sábado, 8 de agosto de 2015

ESCOTE DE CAMISA DE FUERZA




ESCOTE DE CAMISA DE FUERZA.

A veces, ocurre lo inesperado. Precisando, por ejemplo: que la expansión de un armario, disminuya y nunca se conforme con la dimensión anterior.

(Última mudanza)

Sucede también: que un charco de gotas de lluvia decida limitar su pequeñez, estirando su agua hasta formar un lago.

(Lectura de viaje)

Transcurre: que una camisa de fuerza, abandona su engranaje narcotizado, decidiendo no encerrarse en un solo tallaje.

(Visto por éstos ojos)

Pasando inesperadamente, por ejemplo: que un corazón humano resquebraje su corteza o se distienda, y nunca, jamás de los jamases, vuelva a su ser.
Estará cedido, dado de sí, sobrepasado.

(Ejemplo práctico)

Observando lo inesperado: que alguien te ame con otra piel, no cualquier otra cobertura dérmica, sino justo aquella que hace juego con la tuya; la esponjosidad adecuada, con directo gemido, con ardor preciso. El sobresalto de saber, ya sin fisuras, que has llegado a tu realidad, a tu fantasía, al hogar de un cuerpo que, jamás de los jamases, será distancia, si no, ya, también la tuya.

(Una certeza)

Y renovamos el fondo de un armario, la profundidad de una gota de lluvia, el escote de una camisa de fuerza, el nudo ajustable de un corazón rebosante...

lunes, 6 de julio de 2015

MUJERCITA...




Las persecuciones son estimulantes. Perseguirla a ella, un completo placer. Me estoy divirtiendo.
Escucho su respirar con ése aliento jadeante y sudoroso, de presa acorralada, descomponiendo su organismo interior.

(Arrítmica en jadeo. Variable. Frágil)

La persigo con grandes aspavientos, los brazos pretenden círculos tormentosos en éste aire que corta ella, pues le otorgo ventaja en la contienda. Limosna del vencedor. Las zancadas aplastan obstáculos mudos que harían desistir a otros perseguidores. A mí no me sucede.

(Ella no ha sabido jamás respirarme)

Mujer mía, dejándome sus exhalaciones al viento que poseyeron sus pulmones, acicate perfecto para ver crecer mi empeño. Mi deseo es su miedo.
El suelo del bosque cruje, se lamenta, grita. El sol no ha tocado las oscuridades húmedas dónde ella y yo, jugamos a perseguirnos, monstruo yo, gacela ella.

(Colmillos en busca de su carne)

Ramas que se rompen, sumisas, al peso que las asesina, mientras las rocas en las que me apoyo, se pulverizan con un gemido. La hojarasca se pudre en depresión, lleva mis huellas impresas.

(Calla, amor. No caigas todavía.
Las flores... estallan)

Expuesta queda la canción del egoísmo, bien entonada, segura en tono, forma y volumen, rellenando la bestialidad que le muestro con descaro. Impropio soy.
Las zarzas intentan impedir que atraviese el camino, por solidaridad inútil con la fémina que se acorrala en su propio miedo. Ésas zarpas son iguales a ella, desgarrantes, agudas y esquinadas, provocadoras e hirientes, siendo preciso limar su constante desvarío. Para que no usurpen atribuciones indebidas.

(Dice que soy yo… a veces tiene razón… Todas las veces)

La inocencia de su tul se retrasa, llegando tarde a su alocado escape, probando a frenar la inutilidad del gesto. Se ve prendido en las espinas de los arbustos, entre la maleza, aquí y allá, sin orden lógico más que la dirección que su dueña toma a capricho. Tienen los pedazos, más sensatez que la cierva de largo cuello y ojos inmensos, hocico suave, que niega ésta maldad que transporto. Veo otro trozo, engarzado en un espino.

(Un hermoso encaje de tul. Etéreo. Alado. Imperceptible)

Lo pinzo entre los dedos, tironeando por liberarlo de su enganche al arbusto. Se desmaya mientras le concedo unos segundos para acompañarlo en su desaparición. Me regodeo en su desfallecimiento, lo rozo contra mis yemas; pedazo rosáceo de mil tonalidades que componen a ésa mujer, que siempre me huye. Rosas que ajustan su talle, pintan sus labios y afianzan su piel a un color que me enloquece.

(Creo que es ella misma, un pétalo caído que se pudrirá si no lo diviso a tiempo, antes de aplastarlo con ira)

Existen tactos enguantados, cuyo anestésico es la virtud de propagarse en el cuerpo de quién los atrae. Partículas frenéticas de una vitalidad ajena que los nutre y engrandece.
Camino unos pasos más, rugiendo para que conozca lo cerca que me encuentro. Tiembla. No es una sorpresa. Odio a la vez que disfruto. Saboreo el siguiente recodo, presintiendo ya el que me reserva ella. Su calor en los muslos, el último latido en su pecho.
Escucho su febril lamento y, quiero pensar, fingido. Las imágenes me ciegan la razón que no poseo, que desenfoco desde la nebulosa de mi cerebro. No importa.

(Mis manos tienen el color de sus ojos)

Se aproxima el momento de capturarla. Le daré la vuelta a su cintura, aunque grite, arañe, patalee y, tan imprevisible en su deseo, sonría con delicadeza de mimosa flor. En mis pesadillas jamás posee mi cuerpo con dulzura, eso le falta.

(De eso, mi chiquilla… careces)

Quiero atraparla por sus ropajes, ajados, maltrechos y heridos. Encontrarla vencida, despejando la duda entre quién verdaderamente es y lo que muestra. Tampoco yo soy lo que creía. Lo haré con rapidez y violencia, apartando sus telas, victimizarla, hablarle grueso, separando los cabellos del adhesivo de sus resecas lágrimas.

(Miente: no me teme)

No comprende, error de hada, que debo regalarle el sentir de unos dedos en su garganta, premio y recompensa por haber accedido a ser mía.
Hoy me ha suplicado, con la mirada, que la libere del sufrimiento de verme padecer sus dudas, sus vacilaciones de proseguir unos devenires futuros a mi lado, destinados a la infelicidad perpetua.

(Le grito. Ella solloza)

Lo hemos pactado, mirándonos de frente, jurándonos que mantendremos el amor puro, intachable. Yo accedí a todo; al sacrificio de los momentos tiernos que sin duda tendríamos. Los sé, maravillosos. Mi mujercita rosácea, cumpliré tu deseo porque tú me lo pides, para que no sufras amaneceres a mi lado, tu cintura bajo mis manos pesadas, tus piernas inmóviles por mis brazos, incapaz de dormirte, sintiendo mi vigilancia acechando cada variación de tu cuerpo.

Te diría que, poco duró el amor y eterno se convirtió el infinito.

Mi vida, no mereces una buena muerte, sin permites que luchemos juntos, para abreviar mi degradación. Mejor es el trato acordado, digo y ella me mira con pestañas separadas y pupilas brillantes, trata de decirme algo que ya sé: no quiere morir, lo ha pensado mejor. Que intentará soportar al monstruo que cada vez, toma más espacio dentro de mi forma humana.

Tonterías de mi pequeña, que era más mujer cuándo más valiente fue al aceptarme.

(Descansa, amor... ¡Estás a salvo!)
               



                                                     Susi DelaTorre

lunes, 8 de junio de 2015

ESCUCHA UN BESO...




Jhoseba busca a Gettel. 

Es dónde quiere estar, junto a ella, aunque se sienta torpe, sin saber qué decir. Aunque tema un mal pensamiento que le excite la imaginación. Permite que el silencio de ella acompañe al suyo, dilatando la goma del tiempo. Aturde lo sucedido, golpea ambos cuerpos a la vez. Se sienten cansados.

Jhoseba mirará a la chiquilla con sorpresa, cuando ella, tras despojarse de sus zapatillas de baile, permita la luz sobre los recortes de periódicos con las que refuerza su fondo, comenzando a hablar. Pensará en continuar mirándola, decidiendo que no. Apartar  la mirada, es más misericordioso.

El decir es lento, respirado, suspirado, murmurado para alcanzar los oídos que lo captan. Y sin cesar.

-Es horrible lo que sucede a los niños.

Respira fuerte. Jhoseba calla. Ella prosigue.

-Al principio son pequeños seres incapaces, bolitas infantiles que reclaman atención por todos los medios a su alcance. Todo para sobrevivir. Utilizan triquiñuelas y engaños. Sonríen sin hacerlo, lloran por incomodidad, sin emoción. Salen  adelante con sus trucos, sin ser conscientes de su poder, aceptando el cariño igual que el suceder gratuito del sol cada amanecer. Los mayores les regalan alimentos, calor, y amor incondicional, que es por ellos el fin buscado.

Cada hombre, cada mujer ha sido un niño.

Su sonrisa es lo que ilumina el mundo de quién los mira. Su llanto derrumba el universo de quien lo escucha.
Veo a la gente, recomponiendo existencias a toda prisa, para merecer una sonrisa de ésas.
Es horrible lo que sucede a los niños que no son capaces de lograr engañar a nadie. Tras unas intentonas vanas, dejan de sonreír. No llorarán, pues saben que la indiferencia vive en su llanto. 

Son incoloros. Invisibles.


Gettel le mira un instante. Se agacha, tomando una de sus viejas bailarinas en las manos. La estruja, matando la calma que veneraba su voz. Seguirá hablando.

Jhoseba, piensa en que le ha visto sonreír poco. 

Tal vez solo a él...


-         _ Mi cuarto era una caja de cartón. Allí dormía, cuidando de no desbaratar el  inestable armazón. Nunca era la misma caja, pues tan pronto llovía, bajo aquél cielo siempre lleno de flemas y mocos que era mi ciudad, humedecía su pared y se deshacía.

Me quedaba llena de frío y miedo, viendo el refugio se transformaba en una capa marrón de consistencia pastosa que se abalanzaba sobre la cara. No valían de nada los esfuerzos que hacía por no ser víctima de aquella asquerosidad.

Mi padre se reía al verme competir con el viento, en un intento vano de secar las esquinas de mi caja.  Deseaba unos minutos más, para que ocurriese algo que me salvara de quedarme sin aquel cartón, mi seguridad. Él miraba y desde una sonrisa cínica pasaba gradual hacia la carcajada, mientras el pelo se iba pegando a los huesos, forzándolo con la capa provisional del mejunje.

“Fíjate,- decía con la voz bien alta, tal vez para que mis hermanos menores y mi madre escucharan- eres una pequeña tonta. Te inventas que el aire común de tus pulmones bastará para emprender tan inmensa tarea. Debes prepararte siempre para que todo cuanto poseas, tu espacio, seguridad, hermosura, tus padres y tus futuros hijos, todo eso… quebrante y fracase. Te quedarás sola las primeras veces, después te sentirás más todavía, y por último, desearás morir solitaria pues no te quedarán fuerzas para continuar con vida. Igual que hacemos todos.

Te decía, Jhoseba, que es injusto lo que le sucede a los niños. Crecen. Se vuelven adultos incapaces de vivir sin sus niñeces pasadas. No se pueden perdonar no lograr ser mejores que aquellos que los enseñaron.

Y sucede… que echan de menos alguna caja de cartón que ocupar… mientras no se deshaga por la lluvia.
Es injusto que…



-         -Te quiero.


Gettel jamás escuchara un beso.

Silenciando sus labios. Rompió a llorar.

domingo, 26 de abril de 2015

ACECHANDO...

 


De repente, llega la hora del fin. Tras los aplausos y sabiendo, por fin que la trapecista vive. Le dejan hacerlo. También llega la hora en que el cansancio viste con una capa gruesa e incómoda la piel, impidiendo su transpiración de las mujeres, que notan atorados los poros, glutinosos los cabellos, sudorosas las axilas y las ingles. Incomoda la ropa, por mucho que la aligeren sus moradoras.

Para el aseo, Neleca y las demás hembras, se apiñaban en un cubículo destinado, por medio de una maquinaria transportable, a verter el agua despacio y en continuo. El cuerpo de aquellas atletas, musculadas y curtidas, se esponja para recibir el frescor del verano, junto con la calidez invernal. La temperatura es un misterio, igual que todo de lo que se ocupa Jhoseba, ésta otra tarea más. Hace el efecto de revivir sensualidades por partida doble, entre hombres y mujeres, machos y hembras, especies que se quieren, odiándose cómo nunca antes la naturaleza viera en los animales.

El agua fluye y es vida. La vida es lo contrario a cualquier otro estado, por eso las ellas dejan que el batir del collar de gotas, les alise los cabellos. Permiten que les dibuje los pezones, que caliente el pecho. Resbala entre valles humanos y se precipitan hacia el vientre, alguno más terso que otro, pero siempre fértil en sensitiva mimosa. Surcan los muslos por su zona interior, creando cosquilleos nada incómodos si no suman calores. Charcos en el suelo hierven en templado todo el recorrido. La mayoría no se recatan en adormecer asonancias de satisfacción que les provoca el bienestar destinado a la limpieza. Cada gemido, suspiro, respiración, va unido, ligado, encintado y atado a un revolotear hacia oídos activos y sensibles a su eco.

Los hombres remueven los pasos, volviendo a ser pisados, con la clara intención de no avanzar, sino de permanecer. Olisquean el sudor inicial, relevado por una creciente sensualidad, que ensordece la pituitaria masculina. Les provoca colocarse en un disimulo que es tímido en mostrarse, sin lograr por un momento aferrarlo. No engañan a nadie, ni tampoco a ellas, las desnudas, que alborozadas las más jóvenes y serenas las mayores, azuzan sabiamente. Completan el aseo, una jofaina astillada, guerrillera al soportar el llenado y posterior vacío del agua con un poco de jabón desleído, mutando en un puñado de arena en tiempos difíciles.

Odanea se suelta el pelo, formando una capa ya grisácea por el tiempo. La longitud alcanza sus rodillas, al igual que la melena espesa de Neleca, que tras un cepillado, recogerá en un ahuecado alto. Cada mujer acomoda el manto capilar de forma personal, siendo vigilada por las demás ante cualquier variación. Son muy suyas con las extrañezas físicas. Por lo que se braman ésos regalos. Un hombre sorprendido, es un animal transformado por el instinto cazador. No consienten ellas ninguna concesión.

Enseñan los dientes, pero nunca para sonreír.


martes, 3 de marzo de 2015

APRETANDO DIENTES




El pueblo ha sido tomado por intrusión. Verano para unos arietes imparables, mejunjes de canícula. Las zonas picudas de los edificios parecen encogerse ante el avance, terremoto de roncos sonidos. Sus tejados se pelean por replegarse hacia las chimeneas, replegando primitivas y rudas cañerías que desconocen su nombre y ocupación asignada, puesto que de repente, han encogido lo máximo para no perder la dignidad de lo que son. Espesa el aire, inservible para un cirujano, rota en vapores concéntricos. Unos maderos que formaban añadidos sobre otros, resultan desmayados antes de desplegar las banderas blancas de la rendición. Las veletas fundidas con perfil animal se doblan con misterio herrero. Los ratones han huido, patitas al aire y rabo largo agitado con la velocidad máxima que le permiten unas al otro; al igual que los gatos, dejando sus múltiples ocupaciones  divididas entre aseo y cazador, reuniéndose incluso bajo huecos comunes. Se quedan mirando el jaleo que se forma entre los frenazos de las riendas de los caballos, agobiados por sus amos, llenos de ansiosas golpeteadas en los cuerpos animales. Hasta que el ruido desborda su percepción felina, esparciéndose más hondo en el cobijo de sus miradores.


Los gatos se alegran de no ser caballos.

Los ratones, únicos espectadores también se contentan no siendo gatos.

Pero los hombres tampoco desean ser ratones, ni gatos, ni por supuesto, sus propias y castigadas cabalgaduras.

Los hombres se bastan con ser lo que aparentan; ser testosterona furiosa.

Entraron, sí, cual arietes despiadados, con los rostros pintados con la determinación a romper los silencios posibles, los gritos de la madre todavía resonando en sus oídos, sintiendo que la misión encomendada era la más alta misión adquirida para alcanzar la heroicidad… encogiendo las lenguaraces viviendas, pronosticando luchas intestinas y dérmicas.

Comenzó el juego al atravesar las barreras del respeto, derribadas las fronteras del buen gusto y la urbanidad. El fin lo justificaba y eran dos niños los buscados, comprendes, dos niños, que podían tratarse de tus hijos, de tus futuros amantes, de tus padres o abuelos de pequeños, del tendero que te servía o de una amistad, todavía sin descubrir. Pues por ellos, la excusa perfecta. Por ellos, violentaron los restos dejados de los mercaderes, huidos al verlos irrumpir con tanta virulencia, azuzando a los caballos, a los mulos, a las ruedas. Apretando los dientes, mascullando insensateces sin pensarlas,  sintiéndolas desde el corazón y las vísceras. Por ellos, los niños eclipsados, descabalgaron de sus alturas y cachetearon los pies en la tierra,  estrepitosos y levantando polvareda, augurando ninguna razonada dialéctica posterior. Las telas de los expositores de madera, se derrotaron cubriendo las escasas zonas empedradas, creando unos caminos con textura forrada, por dónde avanzaron con rápida marcha los hombres justicieros, haciendo su feudo cada palmo conquistado. Las frutas, las verduras, los maderos sustentados, los barriles, las torres apiladas de alimentos, las jarras de bebida; los racimos de flores, los tejidos de lana, objetos de latón, cobre o barro, patatas, cebollas, nabizas y animales pequeños enjaulados, nadie se libró, es un decir, de esparcirse por acción del rodamiento, de la caída o estamparse contra, para, a través del terreno y de los callejones adyacentes. Un desconcierto bajo un aire embolsado en perplejidad.

La primera puerta, se abrió con un golpe. Siguieron bastantes más.