jueves 3 de diciembre de 2009

Rasgando himen...











Rasgando himen mental



“Silenciando un rasguño en el tejido oscurecido de noche, en profundidad… condensa.

Me rondas el aire, confundiendo al vapor. Música entre altas burbujas. Entre redondeadas cavitaciones te adivino. Son opacas las esferas en las que te repito, incesante, imparable, inagotable, perpetuo…

Te respiro. Pulsación que desea. No sabe el calor circundante a qué temperatura viaja mi insolencia, rodando por tu piel.
Ahora mismo, estás sentado a mi lado y me incitas. Sólo son las inciertas madrugadas de la mañana. Podrías estar lejos, en otro sitio más agradable, con otra compañía que no tenga esta extraña ocupación. Al fin, te visualizaría igual…”


Rompiendo himen mental.


Sé que comenzaré a desgastarme. A fragmentarme en pequeños pedazos. Tranquila y calmada. Alborotada por dentro. Bajo tus pupilas. En el murmullo de tus manos.
Poco a poco al comienzo, por tenues bordes y romas esquinas, deshilachando tu nombre, redondeando gestos. Tangencias en varios puntos…
Hinchando senos y caderas. Piel tierna y alma suave.


Envuelvo tus dedos en mí. Construcciones eregidas con destino determinado. Acercar mi ansia hacia tus labios. Curvas que se tatúan de trazo grueso sobre el que te avaricio ver posar. Ahuecando las yemas de mis dedos, guías de mis cegueras, acaricio aleteando sobre tu frente, una perversión traviesa, que jamás ocultará tu sonrisa. Hoyamientos garfiados suavemente, con ternura mientras… te pienso, con transmisiones de cariños imparables.


Caudal de sensaciones licuadas bajo firme línea, en la cuadratura de tu mandíbula, que sabe pronunciar mis gemidos.  Emocionales tactos, que expresan universos infinitos que asoman, piel despierta en plenitud descontrolada. Jamás retráctil... siempre esponjosa.


Te dedicaré mi lascivia mezclada con el amor más vivo. Tentadora promesa.


Me pregunto el porqué de estas madrugadas cálidas en el corazón, estufa abrigada que tinta en sonrojos las mejillas. Me sube la timidez bajo la línea de mis párpados cerrados la única explicación tupida que brota… es que te muestras cercano.
No orgulloso protector, mirando desde arriba, altura infinita, mi pequeña figura, no igual al amante, incapaz de abrazar sin distanciar mentiras por la cintura; como quien agarra algo tabú, pero sagrado.


Es la necesidad de poseerte la que me posee…
No temo que traspases con miradas altaneras y palabras hirientes. No precauciono brillos que impregnas entre mis trémulos lienzos.


Te convertiré en eterno recurso de soledades.
Mis ganas están demasiado cerca de ti.
Goteas otoño… destilas transparencias.


La corazonada es certera y sincera. No temo tu mirada ni el requerimiento urgente de tus manos y de tu boca, que me roe quemaduras del corazón.


Desgarrones en breve instante… mi yo más rotundo.


Arqueo especial yarda entre tu pecho y el mío. Lenguas de fuego me consumen en este instante. Infierno posesivo que atrae mi profundidad.


La álgida verdad se abre paso entre nuestras caderas.


Tienes la semejanza, solitaria pelvis en esta penumbra; me protegerás de la nada, tu cuerpo y el mío han nacido uniformes, envergadura apropiada para paso rápido, constante buscador de balanceos…  Inclinas al abrazo más allá de lo fraterno.
Coordenada simple y complicada, la excitación… condimento que nos acompaña, es conjunto… así lo sientes. Afín en acaricimientos internos.
Calla… te digo desde tu pelo…
Y callas…


Emborrono fácil el tintado poseer, las líneas epidérmicas se imprecisan despintando nuestro yo; en la proximidad buscada, formando una trazada única. Casi nos fundimos, aquando nuestras células. Sufro devorarte, perderme, cegarme y rescatarte desde dónde estés. Secuestrarte y esclavizarte a mi cuerpo… Borrar tu memoria pasada, obligarte a adquirir la presente.


Vértices que recorres con avidez… despeinada.


Fiera inquieta, noctámbula y lujuriosa. Llenando vacíos imnombrables. La pasión cabalgante no descansa , capaz de alcanzar agudos arqueos y ángulados suspiros. Pregunté al destino, tras segundos de conocer tu pupila; cómo hacer la entrega delicada del amor.  Así… retorno a un augurio con luz ideal, calidez idónea… perdida, obtengo todavía la respuesta;  mente y cuerpo se planean enemigas de mis rutinas.
Rostro frente a rostro, milimétricos guiones… nuestros ojos.
Recobro la respiración. Vuelas a tu altura.


Reparando… mi himen corporal


Casi puedo sentir tu corazón latiendo. Anhelos que pugnan por desbocarse de nuevo. Estás vivo. Táctil. Igual que yo.


Te convertiré en eterno
recurso de mi cuerpo…



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martes 1 de diciembre de 2009

Un saludo navideño. Gracias.

El amigo bloguero JoseLop44 del blog Age quod Agis ha sido tan generoso en otorgarme
 un décimo de la Tradicional " Loteria de Navidad"


La maravillosa idea ha surgido del blog : Alas de Plomo , pinchando en el enlace accederéis a las normas.
La filosofía del premio es que lo posea el mayor número de blogs, así, en caso de ser premiado, se podría organizar algo entre todos.

Como mandan las normas, tengo que entregarlo a cinco blogs, lo que es una aprieto muy incómodo para mí, porque aprecio cada
uno por los que me paso, me he pasado alguna vez o me pasaré en el futuro... que jamás se sabe...

En fin; disculpas por los que no se encuentren... cinco es un número muy limitado,
aunque sé que alguno se verá nombrado por otro, o incluso por dos  (Gracias Meiguiña )

Abrazos a todos y gracias por la comprensión:
















viernes 27 de noviembre de 2009

Rectilíneos alfileres.



Rectilíneos alfileres.




-¡Buenos días… señor… señora…! Déjeme pasar, por favor. Gracias por su amabilidad. Ah, buenos días, es usted de Información ¿verdad?



Tengo mi número en orden. Sí, el turno me lo dieron para la Consulta número once, puerta cuatro. En la primera planta. Muy agradecido.



Oftalmología






-¿Cómo? No entiendo… ¿Se dirige a mí? Pues… ¿me pregunta “cómo estoy aquí”?



He entrado por la entrada principal como cualquier otro paciente, tengo aquí el informe de la cita… ¿Qué quién me lo ha dado? Pues la Trabajadora Social. Una chica muy amable, lo que es extraño, si lo pienso. La mayoría de ellas se fruncen con hocico amargo, al verme sentado frente a ellas, con todo el tiempo del mundo extendido en la mesa, sin dejarles tomar su café o charlotear por teléfono. Alguna se esconde entre los papeles o los archivadores. Golpean su bolígrafo con impaciencia.



Se repliegan como los contendientes en las guerras. Tierra por medio. Les impongo. Son demasiado jóvenes para tener empatía… tampoco para darse cuenta de que la vida no es lineal.



En realidad, es un zigzag que recorre todos los estados posibles de las anotaciones mentales que extraemos de la vida. Un recorrer abismos y tratar de caer en ellos. Es en la segunda oportunidad cuando lucharás por esquivarlos, si has conseguido sobrevivir a la primera caída…



Sus pupilas se encogen hasta el tamaño mínimo y fabuloso de las cabezas de alfiler, aguijoneando sin facilitarme sitio en sus pupilas. Tienen miedo de que algo mío les infecte por los ojos…



Perdone, me he distraído con mis pensamientos, que a veces se visten de sonidos, por la costumbre, sabe… Si no hay nadie que escuche… ¿Qué importancia tiene hablar o no hacerlo? Sí claro, yo lo entiendo, es usted el Vigilante de Seguridad y tiene que hacer su trabajo, en este caso preguntarme a qué parte de este edificio voy, con ropas de habitual arrugadas y mal barbeado. Recién salido del albergue; no señor, no huelo fuerte, como usted me dice, estoy oliendo a limpio reciente, pero con el poso de suciedad tardía.



Me han dado de desayunar, no se confunda… no soy un muerto de hambre ni mi objetivo es robar o mendigar. El albergue está limpio y tienen sus normas extrañas e insoportables:… siempre se vende una doctrina, sabe usted; pero el estómago lo contemplan como vía para sendear hacia el cerebro, ¿comprende? por eso no deseo tomarme algo aunque me invite… para obligarme a esperar al final de la consulta y darle tiempo al médico a decidir si tendrá ganas de atenderme o de escapar por otra puerta, rezando para no encontrarse con el "sintecho" que le han dicho está esperando; cuando no tenga al resto de citados esperando su turno, esos que estarán lanzándome cuchicheos y reojos curiosos.



Un acerico soy… diana de dardos de chismes y rechazos, aún sin conocer nada de mi vida, soy culpable, llevando mi culpabilidad a rastras en mis ropas, en mis modales supuestamente rudos y maleducados… en la suposición de que me merezco lo que vivo… solamente por verse protegidos de una situación que desean alejar de sus terrores.



El camino no se presenta recto, con frecuencia, es corto y esquinado. Crea sombras en los carteles indicadores. El fin se diluye en la lejanía, dejando quizás adivinarse con desgana.



Pero ¿importa? ¿Qué importa cuando me miran con curiosidad malsana o rechazan palabras que escribo en un cartón?



Me ensartan el corazón en alfileres, como si mi humanidad quedase en entredicho, en pura apariencia. En hilvanados preventivos.



Perdone, otra vez me dejo llevar por cavilar en alta voz, incontinente mi garganta para expresar lo que pienso. Converso conmigo mismo, pese a que me escuchen los demás.



Usted me dice: ¡Entienda, hombre…!



No sé que tengo que entender, si tengo que entender algo…
¡Disculpe! No tengo inconveniente en sentarme aquí, bajo su vista y sudorosa axila, en esta puerta de entrada e intentar hacerme invisible hasta el fin de la hora de mi cita. Pero quiero que me atiendan, tengo el papel que la confirma y me he presentado. Estoy aquí.



Soy un remiendo, pero aún… late mi pecho.



Quiero que el doctor me vea. Aunque sea de mala gana. Aunque ponga barrera de mascarilla y guantes de látex. Aunque arrugue la cara con gesto de asco no disimulada. He venido. Antes de la hora correspondiente, puntual, que yo sé comportarme, no crea. No soy un ser antisocial.



Y tengo raya en los pantalones y en la cabeza.



Vengo perfectamente rectilíneo. ¿Vé usted?



Espero que ahora, el médico no tenga una urgencia o un malestar de barriga increíble; amplia en el umbral del dolor, viéndose obligado a abandonar el centro sin poderme atender, o dejarme para que me vea otro colega, ése que seguro que le cae fatal o le debe un favor gordísimo.



Ese favor-error gordísimo sería yo… que estoy aquí incómodo, vigilado por un uniforme con autoridad, al lado de una máquina expendedora de agua, viendo a la gente pasar con prisa, cruzarse unos con otros, unos enfermos con otros más enfermos, tan similares en sus casos y no deseando verse ni conocerse por el miedo al contagio.



Si alguna lágrima abre un surco en el párpado inferior, mirarán hacia otro sitio. No por falta de humanidad, sino por vergüenza, por imposibilidad de consolar, por un no querer tocar las lágrimas de los demás…



Es la vida. Usted lo comprueba en cada jornada laboral.



Yo también he venido para que me examinen. Es el ojo izquierdo, está estropeado. ¿Ve? Tengo una nube de lluvia que nunca escampa. No es para volver a leer, aunque me gustaría poder ver nítidos los horóscopos del periódico, ¿sabe? … soy el que los cree… o los resultados de los partidos del fútbol, ni para ver de nuevo la estrella polar, que sé dónde aparecerá cada noche, entre el brillo sedoso del luto, no; es para verla a ella…



Distinguirla entre el resto de nosotros, de esa masa que se pierde por las manzanas de edificios, desbandadas de pájaros humanos, porque a veces no brilla con la fuerza habitual, entonces sé que está triste, que algo empaña su aura blanquecina de purpurina.


Quisiera limpiar el cristal con el que la miro, para advertir su tristeza y combatirla. Aniquilándola, pulverizándola, destruyéndola.



Blandiendo alguno de estos alfileres que me atraviesan.



Si no distingo rápido su cuerpo, entre los millones de personas que pueblan el mundo, cualquier otro puede acercarse a ella… y besar sus labios acariciando su imagen con ojos sanos.



Por eso estoy aquí hoy.



Quiero ser yo el que lo haga.



Dejar de ser muñeco alfileteado y sentirme héroe por un momento…












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lunes 16 de noviembre de 2009

Os veo...



Os veo... Sí…. En poco tiempo, ocupareis la totalidad de la calle. Desde la primera esquina hasta aquí, el recorrido os ha llevado media hora. Comenzando a situaros bajo los semáforos, que iluminan pasos de peatones vacíos, continuando imperturbables con su trabajo, luces intermitentes sin receptores ni nadie que les obedezca. Os veo ante mí, cada vez más juntos, más organizados, testosterónicos, animados y violentos.






¡Malditos chicos! ¡Imberbes y estúpidos críos!





Os escondeis tras algún pasamontañas. Bocas y dientes mientras lanzais rugidos. No baraja vuestra mente el detener vuestro avance, ni los gritos que exhibis… insolentes.





¡Qué poco cerebro dentro del cráneo!






¿Para eso tanto esfuerzo? Nos exigimos a nosotros mismos para lograr criaros lo mejor posible. Os enseñamos a andar, a caminar, a pintar soles de colores, a reíros felices cuando creamos una fiesta infantil de cumpleaños… ¿para esto?





Para que persiga la gana de mataros y matarnos, si es posible. Doble intención, no excluyente en necesidad.





Vociferan las gargantas, ensordeciendo la conciencia que comenzaba a surgir dentro de vosotros. Ignorantes a la realidad, manipulados por vuestra poca edad y desaforado empuje. Incontrolables. Salvajes, imparables.









Guerreros en este trozo de ciudad, ganando centímetro a centímetro un palmo de sinrazón, devorando asfalto tal fuese carbón azucarado de vuestra infancia, no tan lejana.





Apenas os reconoceis los unos a los otros. En seguida algún lider os convenció de que vuestro sino era unir a los mejores compañeros de lucha, simbióticos, elegidos, los más leales. Señalaron que los malos, índices en ristre, el grupo a quienes machacar somos nosotros. Os han engañado. Os han mentido. Hay otras formas de luchar que no son ésta. Llegais en grupos pequeños, con pañoletas adiestradas en ocultar identidades, de cinco o seis, con bolsillos abultados, llenos de proyectiles que nos están destinados. Con la esperanza que alguno nos abra la cabeza en dos. Para vosotros y para ellos, una victoria.





La primera sangre enemiga, brindada con los amigos. Hasta que, por una luz de raciocinio, os avergonzareis de este día y… calleis. Pretendiendo olvido en el silencio.





Podeis ser unos amigos que se juntan en una acera para acercarse a tomar ociosos vinos, en el barrio antiguo de cualquier ciudad pétrea llena de historia y mimada por la calidez de lo añejo y verdadero; pero no, os llaman más los remolineos con manos culpables y nerviosas dentro de los pantalones, dentro de los macutos que cruzan vuestros pechos lampiños, apenas creados, dentro de bocas que consumen uñas de pura impaciencia.









Restos de ilusión que aún se deben gastar… y no sólo hoy ante nosotros, sino con el desgaste natural del camino de la vida. De las acumulaciones interiores, menos quedará al ocaso. Hasta el agotamiento total y escéptico. Teneis todo que perder todavía. A nosotros, nos queda menos.





Vienen más compinches que adornan los bajos de los edificios, planeando hacia qué lado de la calle serán empujados los incendiarios contenedores después de prenderles fuego. Los coches que han quedado aparcados, no se moverán más. Nadie vendrá a retirarlos.





Este paisaje urbano es la boca de un lobo hambriento de trifulcas, de violencia, de persecución y de golpes. Ahí entro yo. El actor que no desea salir a escena. Parapetado bajo un casco, un escudo, un uniforme. Ayer todavía era como vosotros y hoy no deseo ser ni yo, ni tampoco estar en vuestra piel. Quisiera estar en otro sitio, pero soy un refuerzo, uno de los hombres de combate, un antidisturbios que debe poner orden en medio de vuestra desorientación. Adiestrado para dar mamporros y sacudir sobre cuerpos casi infantiles, pero con capacidad de matar, herir y cometer atrocidades de adultos.





Sacais una pancarta, grande, con letras enormes, gritando al mundo la razón que teneis. En realidad, unas simples sábanas blancas, pintadas con brochazos gruesos sobre algún bordado. Alguna madre que hiló cariño a vuestros sueños.





Pero para vosotros la necesidad crece más, es preciso ser héroes ante el espejo. Mis costados rozan los cuerpos de mis compañeros. Estamos agrupados. Somos los antiviolencia, lo que es un sin sentido. Devorar es vuestro objetivo inmediato, al silencio inicial de la calle. No convirtais una manifestación en debacle de pelotas de goma, fuego y sangre. No vengais a por nosotros, atacando. No podemos fallar. Somos unos contra otros. Pensadnos, obligados a luchar sin ganas de hacerlo, sin motivación. No es fácil, enfundarse en este traje y tratar de dejaros hechos unos zorros antes de volver a casa a cenar. Tengo compañeros que se autolesionan para olvidarse en su dolor de cada golpe que descargan. Otros procuran tener una música dentro de su cabeza para no oir los gritos que emiten vuestras heridas. Tenemos hijos como vosotros.



Comienzan las piedras a rasgar el aire entre los bandos enfrentados, siempre… vosotros y nosotros. ¡Críos! ¡Sois unos descerebrados que no teneis ni puta idea de cómo va esto! Ojos asustados sobre trapos y yo delante de esos ojos, tan frágil como lo sois en este instante, pero con la diferencia, que yo os tengo que vapulear, hasta la extenuación. Yo, ante vosotros, más sabio pero más frustrado ante mi deber. Os contemplo mientras os acercais… y mis ruegos se pierden como en la bóveda de una iglesia… ¡No lo hagais! ¡Venga!. Dad otra vuelta a la manzana y pensarlo de nuevo. Por allí hay unos locales dónde los cubatas están cojonudos y a mitad de precio. El dueño es un crak preparando bocatas de jamón y podeis ver los partidos de fútbol en pantalla gigante, con sonido envolvente y todo eso que os mola. ¿Sabéis que es dónde van las chicas antes de ir a dónde quiera que vayan? O iros a casa de los colegas, a jugar con la “play”, no es mejor que os acerqueis con piedras en la mano, sin escuchar este ruego que dirijo para no mancillar el arrebolamiento de vuestras mejillas, tan poco tiempo afeitadas. Tan crédulas pero carentes de hombría.





¡Venga, chicos dejadlo ya!





Quiero irme a mi casa… Hasta os invitaría.





Esto va a dolerme al igual que a vosotros...










miércoles 4 de noviembre de 2009

Tasca de navegantes tristes.








El viejo pirata secó la boca con la manga de su roída chaqueta. Unas gotas se escurrieron presurosas, huidizas, desde un lugar piloso bajo su barbilla, tiñendo de color granate el pecho, apenas cubierto por una fina tela de una casaca que parecía formar parte de su piel.


Sus ojos estaban sepultados en un mar de olas profundas. Las velas blancas de sus retinas formaban un tendal cara a una brisa inexistente en aquel lugar, amarillentas y hepatíticas, síntoma inequívoco de alguna enfermedad biliosamente oscura.



El matasanos, barbero por mas señas, le prohibiera muchos de los placeres de los que había disfrutado, entre otros, el de corretear tras las sirenas de pechos desnudos y corales en sus labios, sustituyéndolas por la ingesta de frutas de color semejante pero jamás tan sabrosas. Le había contestado con un salivazo que no pensaba seguir ninguna indicación semejante.


El que tenía delante de sí, aquel jarro de brebaje Ni siquiera tenía la capacidad suficiente para compararse a uno de esos placeres prohibidos, pues era pequeño, raquítico y escaso. Ridiculo.


Lo tomó entre sus enormes manos manchadas con el salitre incrustado de la mar, en sus poros tantas mareas como marineros caídos en la cubierta de su mejor y más rentuable barco. Las batallas le habían dado dinero y fama. Quizás no buena reputación, pero el oro abre todas las puertas.


Le dio vueltas entre sus dedos como si pudiera proporcionar con esta acción un paso atrás a las agujas del reloj: el cántaro se colmaría de nuevo y él tendría veinticuatro horas más y otro tercio de líquido sangrante le quemaría la garganta con su descenso a las profundidades de un alma que ya no tenía.
Desde que el mosquetón dormía sin pólvora en su cintura.


Bebió un trago, paladeado con la lengua en el cielo de la boca, chasqueando con mala educación, consciente de que a nadie le molestaría.


Las tinieblas del local se disiparon en su mente. Le pareció abandonar la opresiva certeza de estar encerrado en el estómago de una antigua galera.


Olía a sudor aquella bodega, a podredumbre, a descomposición de pasados de sangre y fuego. No había más consumidores de tiempo sentados en las bancadas, pero bastaba que alguna vez estuvieran allí para impregnar de malos presagios los hálitos que gravitaban tras los barriles.


A su lado, haciendo equilibrios encima de un alto taburete, una sirena apoyaba su cabeza sobre un brazo, tras un plato vacío y desportillado. Una porcelana, que al igual que su piel, ya no era alabastro, sino amarillenta pasta mal cocida. Una copa casi vacía pone el punto a su nombre.


Los años le robaran tersura a sus senos, huidizos y escondidos bajo unas costillas que prometían traspasar la epidermis hacia el aire exterior. La grasa formara un oleaje nuevo en la anterior suave curvatura de su talle.


Sentada, o en postura parecida, manteniendo erguida la cintura a la par de la barra, en aquel rincón escondido entre alcohol y brumas.


Tenía los cabellos largos, como toda sirena, pero canosos, que le ocultaban parte del rostro que no conseguían cubrir una cola de pez que se enroscaba, como queriendo huir, tímida, en el armazón de su asiento.


Una isla es la vieja sirena, un refugio en el que nadie piensa naufragar jamás.
Un cofre sin tesoro.

Salvo en una tasca de navegantes tristes.

El pirata jugueteó con sus dedos sobre la superficie del mostrador, encontrando huellas de los que antes le precedieron con filosofía semejante ante un cáliz de ron.


Raspas y migas endurecidas por el temporal del que se refugiaban, se toparon con las yemas de sus dedos. Huellas dactilares nacidas entre vetas de madera oscura que jalonaban en líneas horizontales el tablero del negocio.


Huellas de cuchillos que pasearon en disputas y reyertas.


Carraspeó un par de veces, escrutando bajo la oscilante llama de una mecha de cera, la cabellera desparramada unas yardas más allá de donde él se sostenía.


Nunca tuviera una mujer, aunque no fuera deseable, tan lejos de sí.


Adivinó, antes de verla, una estrella de mar que se ahogaba entre las estelas del blanco pelo. Tuvo ganas de cogerla y salvarla de resbalar desde aquella mujer rancia con postura derrotada, cayendo de un cielo, abandonándola hacia otra sombra.


Una sirena sin su broche estrella, deja ya de serlo, por mucho que conserve la juntura escamosa de sus piernas.


Cuando movió su mano hacia ella, a punto de varar en la celestial orilla, se encontró con una mirada fría y acuosa, casi transparente en el iris.


Parpadearon esos ojos un par de veces queriendo fijar bajo las cejas, un odio dirigido hacia el hombre que la contemplaba confundido y casi turbado.


El tabernero, recio y agrio, dejó el trozo de trapo en que ocupaba sus asuntos, abandonando la vajilla que enjugaba con tedio en sus ademanes, deteniendo su tarea para observar a sus clientes.


La silueta de una daga se dibujó bajo el mandil.


Una ola gigante trajera a sus dominios, un decrépito anciano y una ruinosa cola de pescado.
Alguno de los dos individuos se dio cuenta de la naciente catarata que surgía de aquellas trascendencias.


Una vieja sirena con manantiales salvajes, bajo una cascada de cabello canoso, desteñido tras un vaso que ella ahora apura con cuidado de no perder una sola gota.


Añora el mar, se dice a sí mismo el marinero, todavía resuena en sus oídos la música de los corales bajo el roce de las algas.


Me recuerda a mí, que contemplo dos ríos de agua que anegan sus tersas mejillas de antaño y navego en recuerdos de un tiempo que navegó y se hundió junto con una juventud que no pensé nunca en sacrificar, en un abordaje. Aún ahora conserva la sal del mar antiguo en sus bolsas lagrimales.


Cree que le atisba con reojo sesgado. No se atreve a mirarla con una franca y directa pregunta, hace demasiado tiempo que el contenido sincero de su alma se vació en las profundidades. Ahora también posee esa forma de mirar, sin ver, arrugando los contornos de los huecos vacíos que tiene como enfoque, para que la luz no le traspase, ni dañe el corazón de a quien mire.


Se lo debe al resol de estelas que adornaban la marcha del navío.


El hombre, naúfrago de un tornado plateado, liquida la bebida. Llega el fondo abisal del vidrio donde mueren las quimeras y las cataduras de fantasmas olvidados. Queda apenas una espuma como si tocase una playa una de las ondas en el vaivén de mareas.


La mujer se ha dormido sobre su brazo, sus océanos cerrados sueñan sobre la tabla de cuerpos cristalinos.


Afuera, se oyen ecos. La marea de la noche está subiendo.


Van y vienen, con resacas, trayendo reflejos que la gente confunde con tesoros escondidos. Botellas Sin mensajes en las bases de los estantes del bar.


Ya sus tiempos de pirateo han pasado, no fantasea con puñados de monedas en el galeón que podrá abordar mañana.


El todavía las busca, escudriñando el fondo de los cristales de las jarras de licor.


Continúa dando giros al recipiente, extasiándose, dejando a la vista del aire viciado un tatuaje desvahído, tan gastado y envejecido como su dueño, que se aferra a las hojas de tabaco para salvar al navegante de la sima azulada y gelatinosa de las pupilas profundas de la sirena. No tiene fuerzas para escuchar la respiración del mascarón de proa varada sobre su cola gris, flotando sobre un mostrador, desgranando cabellos con una sola estrella a punto del suicidio.


Carraspea el viejo navegante, intentando deshacer telarañas, a las que se pegan sus recuerdos pasados...tose ligeramente el tabernero.


No sabe bien el porqué, mas recuerda el grito de pánico de hombres rudos cuando se avecinaba el asalto a otro navío. Había sido sordo y ciego, impasible, ante los miedos de los recién enrolados y despiadado con los fachendosos aventureros que se acorbardaban ante la inminente llegada del dolor. Le gustaba empujarlos hacia las espadas de los enemigos, o incluso herirlos él mismo. Pensaba que así curtirían sus mandíbulas y rechinarían sus dientes, prestándoles el suficiente valor y rabia para hincarlas con toda la fuerza del odio en el enemigo. Sus hombres eran invencibles hasta que estaban rígidos, tiesos, formando seguidamente parte de la manducatoria de los tiburones.



Era ley de vida, la del más fuerte y del que mejor coqueteara con la parca, esa caprichosa masa de agua que los zarandeaba a su antojo.


Sí, había sido despiadado y feroz, un joven pirata arrogante, dueño desdeñoso de un cuerpo musculado y de mujeres hermosas, cofres pesados de puro tesoro.


Al olor de la sangre de los asesinatos y del frenesí de los botines de los saqueos, devenían las cosas hermosas que la vida le otorgaba, la riqueza de las telas, los diamantes, las especias.


Por desgracia, todas las costas tienen su bajamar, influenciadas por la luna, y, en esta noche, sus dientes se encontraban mellados y musgosos, perdidos de agresividad, de blancura, de viveza.


El pecho, se le hundiera como hacen las grandes naos, hacia dentro, formando un hueco que no conseguía llenar con aire, con sal, con armas. Nada disimulaba las mejillas hundidas como velas hechas jirones colgando de los mástiles de su barba rala.


Su decadencia era la imagen de una nave desguazada por los rompientes rocosos de una costa abrupta.


El posadero ajustó el cabo de una vela en uno de los huecos entre las maderas del tablero, con un sonido bronco y autoritario en su ademán, seco, quizás destinado a despertar a la mujer de rabadilla de pez a la que no se le escucha respirar desde hace rato.


Semeja agonizante, ballena varada en una orilla adornada con un charco de botellas, pensó cada criminal navegante de lujurias incompletas.


Si aquel local era el averno frío y gris con el que le maldijeran tantos antes de pasar por la quilla, trataría de disfrutarlo.


Allí estaba, una sirena. Rancia en su cuerpo, pero próxima a su mano en esta isla.


El viejo lobo de mar sonrie bajo la nariz, colorada y alcohólica, recorrida por senderos azulados y borrachos afluentes.


Se atreve, por fin. Su mano, decidida, contando con el permiso mudo del dueño del garito, sacude el brazo de la sombra de sirena.


Una exclamación que no se pronuncia: señora, eh,… ssshhhiiiissss, escuche….


Una figura humana, mitad pez, cae con pesadez al césped de serrín, levantando una humareda de virutas que acoge el cuerpo en el suelo. Los hombres paran sus corazones un instante, viendo la escena que se acaba de producir.


Cadáver era, sin duda, aquella a quien quería haber logrado despertar. Se levantó con cuidado como si tuviera temor de despertar a la durmiente. Está decidido a salir del aire nauseabundo que los envuelve como un sudario, lejos de aquella anciana recién acabada en la cubierta de un antro, lejos de su masa de agua.


Perdiendo si fuera necesario la posibilidad de otro trago.

Un cruce de miradas basta para que los dos hombres, con su pasado tormentoso y sus bagajes vitales, se entiendan sin pronunciar una sola palabra. El de dentro, empuja una de las tablas para dejar pasar su delantal grasiento, borracho de manchas etílicas.




Dos antiguos asesinos y el cuerpo de una vieja ninfA.


Agarra con sus brazos firmes la pescada de color mate, que tan brillante había sido en medio de cantos seductores, tan perfectos en desgracias a inocentes locos que no tuvieran la precaución de recubrir los oídos o atarse al mástil de la embarcación.



Comenzó a arrastrarla, los cabellos como arado, dejando surcos entre las losas irregulares del suelo. Camino hacia la trastienda.


Muñeca muerta.


Sirena enredada en una red sin escapatoria.


Sus baladas ya no enloquecerían jamás a ningún desdichado.



Los hombres empujan por su cuerpo, arrastrando su rostro sin contemplaciones, rudo y brutal su movimiento, mientras la introducen entre dos barriles, ocultándola de alguna alma perdida que entrara en aquél justo momento, desconociendo el galeón en el que se podria embarcar, enrolándose sin quererlo.


Después de ocultar a la muerta entre los toneles, cajas, botellas vacías y basuras varias, el bodeguero pone otra jarra de ron frente al pirata, y ahora, cómplice. Con un guiño, se gira a la vista del compañero y una botella nueva, cerrada y con varios años de polvo de llevar encerrada en sí misma, parece surgida de la nada.




Los dos guardan silencio mientras el líquido canturrea.


Una estrella de mar, escolla entre las lápidas del suelo.


Levantan sus jarras al unísono, haciendo resonar sus vidrios transparentes.


Por las viejas sirenas, brindan chocando sendas bebidas, por ellas, siempre!


La noche cae en la gruta, se levanta y vuelve a desplomarse, para todos los navegantes que quieran echar el ancla en su ribera. Hay un nuevo avituallamiento en la posada.


Ron oscuro para los viejos bucaneros.


Y si alguno de los desarrapados quiere saborear algo de comida, el tabernero tiene una sorpresa especial:

Tajadas de cola de pescado para saborear.






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Un viejo pirata ...Busca ....Sirena... Para Amistad…Y lo que surja...












un relato de Susi romero de la torre