viernes, 21 de octubre de 2016

LA VILLA DE LOS DOS NIÑOS


LA VILLA DE LOS DOS NIÑOS”

Sabes? no soporto que llores! de verdad que eres insufrible. Escucha! Voy a por el látigo, o prefieres que te rompa la cabeza con la figura china del pasillo? No? La mano abierta hace daño suficiente para reventarte la tontería. Encima ahora, haz llorar a tu hermano! Lo que me faltaba! Una maldición que vinieseis a este mundo, que giraba perfectamente sin vosotros dos, y sin ésas bocas tenebrosas y oscuras que constituyen los túneles dónde muere cada día mi propia mente!

Me impide hacer cosas veros ante de mí, con vuestros sordos oídos,  como si acatar alguna de mis órdenes fuese mancharse de un fango lleno de lombrices o quemarse con grandes dolores en el infierno. Soy mejor que lo que el mundo cree! Qué el universo lo sepa! Tengo grandes planes, inmensos proyectos! pero vosotros, enanos, sois mis lastres, mis pesados desechos; mi condena en vida! Está bien, maldita sea! Ya vale, he dicho! No me estáis escuchando?

Chillidos que hacen que mi cabeza pierda el sonido de metrónomo que guía mis pensamientos. Secuenciando así lo perfecto de lo imperfectos que os ven mis ojos. A golpe de ritmo, se organizan los planes que deseo conseguir, a los cuales no deseé renunciar jamás. Suena y resuena, adaptándose a la desaparición de mi propia escucha activa, bajo los sonidos que rebotan en el sofá, reptan bajo las baldosas, rompen los cuadros del salón, deshilachan los soportes de las sillas. Sois mi degeneración como ser auténtico.

Yo! Yo, tenía planes antes de que llegase el momento fetal dónde surgió cada una de vuestras estúpidas caras!

El rostro apergaminado de vuestra madre era bobalicón simple, con ésa cobertura de porcelana quebradiza y blancuzca que desdeñé. presa atormentada en su totalidad, de fanático pudor. Exigente y caprichosa! Una figura de mausoleo sin rematar. Una desidia escultórica. Un saco de carne fantasmal. Igual enfermedad os domina. Estáis ya tan enfermos! Ojalá el final sea similar para vosotros; anhelo eso cada día.

Languideced, menguad!

He recurrido a triquiñuelas para lograrlo, aunque las aparto cada noche al veros dormir. Estáis llamando a ésas sombreadas zonas de paternidad. Yo desoigo la llamada antropológica con satisfacción de saberme un animal vivo y libre de juicios. Recojo mi rezo y orgulloso estoy, de no sentiros como algo mío. Con los párpados cerrados, dormitando sobre las mejillas sonrosadas que otro vería con dulzura, soy consciente de mi necesidad de no continuar anclado a vuestras respiraciones.

La muñeca débil se empeñó en complicarme la vida. No una sola vez, sino dos veces. No fue por cobardía, sino engaño. Tenía agujeros que me hicieron sentir superior, dónde soñé que eran otras mujeres sus dueñas. A mi servicio, todas adquirieron su cuerpo y gimieron en mi cabeza muchísimo más fuerte que cómo ella lo hacía. Tan sutilmente, que diría fingido.

Polluelos malditos. Cerrad los buches de una vez! No tengo más alpiste que echaros, pues que no lleguéis a crecer es una de mis motivaciones. Callad! Morderos al uno al otro! Zamparos entre vosotros!!

Mientras descansan vuestras odiadas demandas cachorriles, yo maquino. Yo pergeño. Yo fabulo. Yo os desgarro. Escucho el andar moderado de la maquinaria hasta que el compás se acelera hasta la alegría de los cien por minuto. El ansia de no visionaros entre mi espacio, alcanza el doscientos transformándome un ser efectivo en su resolución. El ansia me rompe los nervios, las fibras musculares, las sinapsis, los tendones cerebrales. Es mi frecuencia más resolutiva. Mi cabeza no para de golpear. Tac, tac, tac, tac, tac, el segundo que llega tropezando, alterado, sudoroso por ver cumplido el destino de mi libertad.

No os desvisto de La ropa que lleváis. Es la adecuada, tanto de día como de noche, aunque se presente en colores rojizos y amarronados, disimulando el estampado de varias semanas sin muda ni lavado. El olor lo soluciona la distancia que coloco entre nosotros; la máxima posible. 

Qué fácil es olvidar la carga genética que dicen que compartimos!

Vestiros con la precisión exigida, me ha costado trabajo, no creáis. Fui obligado a sortear las lápidas en plena tormenta, tras el entierro, para que nadie me detuviese. Soy de los que no arrancan huesos al camposanto para, tras molerlos, fabricar y negociar con bebedizos. Ésa falsedad quiere sanar, o hacer creer que es posible restablecer la salud de los desahuciados. Abrir la tumba me llevó menos tiempo de lo que creí al principio; la tierra estaba poco apelmazada, por lo reciente. Es que no podía esperar a desenterrarla! Acababa de hundirla en el más allá, lo sé, aunque temblaba de felicidad. Mi ánimo cedía ante la ocasión de reírme por verla con su tez clara marcada de lívido azul, de morados próximos al agusanamiento, de luces ya convertidas en eternas sombras. La loza de su vacía expresión, rota por fin.

Dicen que la ropa de los difuntos, atrae hacia el mundo de los espíritus a quién se la viste. Me conformaría que su enfermedad fatal se contagiase con el roce. Se adaptó bien la viudez desconsolada frente a la sociedad triste y cotilla. Cuánta lástima proyectada sobre mi persona, tanta que hasta molestó la división de mi desgracia entre los “pobres huérfanos”, como si la pérdida fuese menor en mi caso. El estado de “Viudo gozoso” reventó por la responsabilidad añadida de dos mocosos. Ahí estáis.

Dormid igual que hacen los muertos. Los que no molestan. Los eternos.
Caminad, bastardos hijos fuera de mí persona, con firme exhalar hacia el sarcófago. La inutilidad hay que atajarla, sois desechables y plomizos.

 Sois pequeños excrementos. Nada mío.


                              Durmiendoenunapapelera. Susi DeLaTorre





jueves, 1 de septiembre de 2016

FIRME LIBERTAD



FIRME LIBERTAD

¡Siente! ¡Rueda por el musgo, por la piedra, por el agua, por la hojarasca, aprópiate del olor de quién otorga vida! Disfruta del verdor que impregna el aire, de los recortes de cielo que cubren la tierra. Respira agua, suelo, raíces. ¡Nobleza, proyección y fuerza! Olfatea la esencia de la negrura vital que alimenta, que nutre, que acoge desde que naces hasta tu cuerpo inerte. Respira luz, exhala oxígeno, humedece el hocico con noche, con rocío, con instinto. Eriza tu piel transformada en pelaje espeso, deja que invada con rotundidad en viento dentro de tu cerebro. Acciona la tensión que la hierba atrapa. ¿Lo sientes? ¿Lo quieres? ¡Corre, lobo! Corre hasta accionar poderoso los músculos que te impulsan. ¡Qué te dominan! Fíjate en tu almohadillado latiendo sobre las venas de una tierra de la que eres dueño. ¡Te posee! ¡Te reclama! ¡Corre, corre! Ve al encuentro de una maleza que te rasga, que permite que la traspases con tu empuje, que fluye mientras opones tajos a las ramas que espinan tu marcha. ¡Estás vivo, lobo! Estás latiendo con el pulso más hondo que la naturaleza puede otorgarte. Te azota el bosque mientras bascula tu cuerpo perfecto hacia delante, oliendo, mascando, acechando. ¡Los ojos se han pupilado en agudos, dilatando su perfil por darte la sagacidad de un estratega infinito en continua lucha! Eres marcha, caza; libertad y viento defensivo igual que los dedos del tiempo... ¡dotando de estrategia las huellas que impones!
¡Tú, Lobo! ¡Siempre imprevisible! ¡¡Corre, corre!!
 — 

lunes, 23 de mayo de 2016

AZOTE




¡Rompe el alba! ¡Que comience la fiesta!

El empedrado se deja pisotear, vejado por mi peso, cada imperfecto adoquín mostrando su visible pecado.

¡Llega el amanecer!

Los aplasto con presteza, rindiendo el impulso que provoca cada huella en la dirección correcta de mis pies, jamás desviados.

¡Allá voy! El cielo noctámbulo repliega tras mi espalda, mi ropaje pesado y grueso, de animal poderoso que escoge el momento propicio para conseguir que el esquivo infinito mute en luz. Es cera de una antorcha vomitando en su agonía, proyectando seres alados pequeños que se funden en mi cabeza al sobrevolarme. Ellos rodean al que azota la calle, hiriéndola con saña.

¡La negrura habita en mí! La opacidad líquida que despierta el fetal día, atrayendo con mano férrea los angostos muros; ésos que ocultan tras de sí, menores y despreciables criaturas.

La rotura con noche es una cicatriz supurante, cuyos bordes separo, con garras despiadadas mientras recorro la pendiente húmeda, sonrío al pensar en el después; ¡rebosarán los oropeles, el boato, las solemnidades, las reverencias! ¡Me sitúo en  la vanidad, en la ostentación descarnada! 

¡En el ímpetu de una fusta que golpea!
¡No habita nadie ésta conciencia inexistente!

La esquina inquebrantable se postra humillada, vencida ante mi presencia. Intento serenarme, acallando mi furia proyectiva, pues el edificio me esperaba, aguardando cual doncella custodia con desgana, una virtud que nace para ser mancillada.
Quiero, debo, procuro e ingiero la pequeña distancia, esnifando el sudor que rezumo. El aire tiene color bronce viejo. Se adhiere a mi cuerpo.

¡Hosanna!
La suspensión temporal se percibe en este lugar, traspasando las fauces del monstruo que devora sin raciocinio, triturando en círculos la dentada rueda, amoral e insatisfecha que constituye el sucio lapso terrenal.
Giro el rostro hacia atrás y constato el fluir del misticismo: el amanecer reverencia, saludando a mi persona, la tiniebla nocturna se degüella, los revoloteos han cedido a unos pájaros que mantengo en la lejanía.
No veo a nadie, ninguna persona, pues no entran en valoración, las insignificantes y patéticas figuras que se extienden aquí afuera, ansiosas por ser elegidas en compartir juicio condenatorio.

Son cadáveres descalzos que respiran.

La crucifixión sobre ellos no me place. Acaso las brasas candentes serán más propias.

¡Oh, almas pequeñas e inútiles! ¡Copuláis igual que conejos, devorando podredumbre cual ratas!
¡Os desprecio! ¡Vuestro dios os desprecia!

¡Alguno de vosotros se creerá salvado dentro de la jaula colgante, en el instante en que sus huesos, carcomidos por la lluvia, el viento, los gusanos y el asco, comiencen a caer contra el suelo!

Renuncio a someterme a la quietud. Entro. Escucho.

Azotes rítmicos. Gritos cantados en tonos y modulaciones imposibles de habitar otro lugar. La sala abre su vientre de maternidades reventadas. El humo del fuego, el olor a carne quemada, los ganchos que tiran de las extremidades, los pellejos lacerados, la verdad desnuda del hombre, con lujuria insidiada en dolor ensanchado.

¡Música, música!
¡Fuego! ¡Venga, fuego!
(Mi éxtasis visiona el dorado de una piedra filosofal que es el sacrificio)


Saludo mostrando, tras el replegado labial, los dientes al hombre de torso desnudo y herraje metálico, sudoroso por el trajín. La nota adecuada a esta partitura del horror. Muestra victorioso un hierro al rojo vivo y prosigue su tarea, que chilla, se revuelca y se quema, igual que si estuviese viva.

Otro de los bárbaros imbéciles a los que pago con carne, pues su envilecimiento no le permite visitar burdeles. Tras asesinar a varias prostitutas que fueron descuartizadas y ocultas convenientemente, pues la resolución es un arma directa, le otorgo el último estremecimiento de las herejes condenadas; el canto vaginal del cisne.

Yo mismo lo he probado, pero es mi suma inteligencia la que no permite derretir la humanidad física en un cuerpo impuro. Si acaso, mi zona preferida son los ojos de las recién capturadas.

¡Ahí existe siempre demoníaca presencia!

Me temen si las contemplo pues descubren que les traspaso el alma, apoderándome sin violación corpórea de todos sus pensamientos. Ellas son el mejor juego, las poseo, las penetro y ése pasatiempo  se voltea en plácida calma.
Las someto al exorcismo.
Azotan más allá, con el sonido de un yunque que golpea, con brío.

¡Abjura! Grito mientras mis ropas se llenan de poderío. ¡En el nombre de nuestro Señor, abjura!
Carne de impuro que se ahoga en su propio asado.
Mi voz no tiembla. Mi mano no vacila.

¡Este olor! ¡Este delirio! Me creo un Satán de éste infierno, paraíso propio, yo ciclópeo, expansivo...
¡Adelante, por el cáliz glorioso de Cristo!

¡Matad sin medida!

                    ¡Dios excusa!






viernes, 29 de abril de 2016

CONSEGUIDOR DEL DIABLO



Conseguidor del diablo

¡Buenas noches, ustedes tengan…!

Ruego silencien sus voces para escuchar la mía, pues existen alegatos que precisan fórceps metálicos que abran las carnes hasta el tuétano de los huesos. 

¡Ahora mismo no dispongo de tenazas!

Es increíble que, a éstas alturas y bajuras de mi vida ganas me queden de ser sincero. No hay necesidad, porque admitirlo es delatar mi mentira. Otros lo hacen ante la muerte, en la línea abisal que desploma lo orgánico movible hasta un fosilizante inútil, pero ésos tipos no cuentan; solamente desean verterse en un montón de vírgenes prometidas, aunque los velos les cieguen la visión de lo que poseen.

Así que yo, el que observan, orgulloso de mi existencia, prometo ser lo menos sincero y a la vez, lo más objetivo que pueda con mi persona, a sabiendas de que, como toda vida, debe considerarse aburrida y fascinante en pendular tanto por ciento.
Aunque por sabio en naturaleza humana, afirmo que las mentiras son rabiosas tachaduras en el consciente. No escucharéis más… de lo que se desea ser escuchado.

La gente que me cree conocer, y afirmo con regocijo que no lo consiguen, me tacha de aburrido sibarita, lo que no puedo en modo alguno rebatir, pues lo soy, un caballero que ingiere espumas oscuras bajo una bruñida luz que jamás necesita expiación. Reflejo intachable en mis apetencias, siendo espartano desde mis lustrosas suelas hasta mi atildado pañuelo. Al igual que el perfil que muestra mi faz, soy un oculto vestigio, mutando hacia supurante estigma.

El adjetivo de aburrido difiere un poco más de la definición de quién ante ustedes se presenta.

Mi oficio es adueñarme del pecado y mostrarlo realizado, al fin, a quién todavía no lo ha cometido. Es una labor limpia en restos. No denigro jamás en sangre mis manos.
Nadie se resiste, pues caer en la arena de lo incierto, es un irresistible goce. Contiene eso, el pecar digo, un enganche masoquista que arrastra hacia un asfixiado morir en su bozal. Yo mismo soy un exquisito gozador, pues me recreo en cada leve toque de mi mano, para verlos caer en la trampa, que para sí, han urdido. A veces me resulta tedioso, nutrirme de viles sueños o alucinaciones mezquinas. Son demasiado evidentes. Las mal denominadas pesadillas, son ligeras; la máxima expresión levitada de la apetencia de lo humano. También entran en mi quehacer los laberintos que guardan los altillos de la conciencia, los olvidos polvorientos. 

Son divertidos aunque previsibles en simpleza.
¡Si! Yo hago que caigan los mortales en el pecado reprimido.
Soy el conseguidor del diablo
Quién remueve su ocio.
Él, sabe que yo disfruto con cada hembra o macho que acaba hundido en la mortaldad del pecado; ése muestrario admirable de profanadas tumbas sin cruces. No es evidente su óxido, simplemente corroe el alma, tal vez el cuerpo, pero qué importa la cáscara tras las dolorosas cópulas del sufrir la vida.
Seamos ecuánimes ante la reflexión: coincidencia es que la venta de ultrajes, sea ofertada y demandada por un igual dios. No lo olvidemos: todo está cosido con aguja de la hipocresía. Afirmo que vuestro dios es el que ha inventado su desobediencia, para asegurarse el regodeo.

 ¡El diablo es uno más, ignorante de su poca importancia!

Son ejemplo claro; las normas bíblicas sin realidad, las bienaventuranzas sin fe, los mandamientos plegados en cien ramificaciones fluctuantes, las mansedumbres ovejeras, acaso no son inventos infantiles para que los niños teman al monstruo que acecha, creando la obligación de que la obediencia, y a la vez, sacarle jugo a su indisciplina. Repito, el que crea algo de la nada, busca siempre darle la máxima vida e utilidad posible. No vayamos a obviar lo obvio, que es suponerle inteligente y sagaz. Siglos  completos levantan pronto el trasero y brazo ante él.

Bien, digamos que cada pecado llama a otro, igual que las miradas llaman a los cuerpos. Es el iniciador destello para que salgan las impurezas que lleváis dentro y que pisáis ante la compañía dependiente de vuestros afectos. Yo estoy en otro momento existencial. Por eso, un pecado que se manifiesta, yo lo atrapo y a raíz de haceros sucumbir, el resto del apilamiento, nada ni nadie os salva. Todos los recorren vuestros fondos, ante la mirada de quién me traspasa. El infierno apuesta por cada uno de vosotros, para que se promocione la desdicha maloliente y perversa. Incluso puedo indicar estadísticas, pero no deseo aburrir.

Someramente, daré tenues latigazos, digo pinceladas de mi gestión profesional. El blando lacre de una carta no ve su mejor relieve que sobre vuestra carne, mi fuerte sellado.

Sabed que, primero menciono la gula, oh, ése apetito voraz y carnívoro en vacío insaciable, sin remedio alguno, pues el estómago se ensancha, la pupila se dilata a cada mordisco y la apetencia hace desaparecer el resto de las muestras. Es el que menos me gusta promocionar. ¡Ahí debo hilar fino para enganchar otro pecado! Tal vez la pereza, sito al fondo del tobogán deslizante hasta unas cavidades con ambiciosos dientes, que convierte en orondos vuestros envoltorios corpóreos, en diminutos los apéndices, en inútiles los miembros, ensuciando una ya opaca comprensión.
La envidia, la perfección del esbozo, está rellena de peluda rabia, muy brillante, siendo una falta de lo más agradecida, pues incita al resto combatiente a salir a guerrear. Sirve de excusa para que los demás se vistan de inocente necesidad, aludiendo en su defensa, ser un eximente.

El sexo lujurioso es una gloriosa animalidad que, transversal, acude espoleada ante cualquier provocación, por mínima que sea. Es ridícula en su torpeza. Funciona y se acciona también por la envidia, ¡oh, mujeres, las veteranas!

Prosigo con la lujuria, que es gula envidiada aún reprimida. Siempre le dedico más tiempo. Defecto de mi nobleza.

Es la soberbia un ente que aporta tortura sobre lo ansiado, no lo tengo en gran estima, lo incluyo entre los recursos últimos de mi baraja de siete ases. Un comodín, porque conlleva riesgos y daños anexos que no deseo mencionar ahora mismo ante ustedes, quizás en otra ocasión. Prosigo, la avaricia es atesorar lo que se cree poseer, y aquí me permito sonreír ante la estupidez de ésta raza con dos piernas, invisibles cuernos y ningún rabo. 
La ira empieza cabalgando
remordimientos, desarrollándose hasta explotar desde una inmolación autodestructiva. El saberse tan mezquino no devuelve de ninguna forma el reconocimiento humano de uno mismo. Sentiría casi lástima, piedad incluso, si no fuese el promotor del desastre. Pero él me sustenta.

¡Confieso que me encanta ver arder el mundo!

Gracias por permitir que me rodee de vanidad, al demostrar lo que me ocupa. Necesidad lo llamo, pues entre la especie mortal también me hallo, y es buen sino, venerar a quién tiende la mano, sirviendo a su vez de gratuito espectáculo.

¡El diablo y dios, me lo permiten!
Tengan ustedes buena noche, pecadores.

Un placer acompañarles...

viernes, 19 de febrero de 2016



REGRESIÓN


“Que se cuide la ignorancia del que duerme su vida, anestesiado del sajado propio de la infancia, del clavado de puñales del amor reventado y por fin, del adulto que vislumbra el descanso en la podredumbre sombreada de una lápida.
Que se mime la vida que muestra su estela mientras desaparece tras un océano contaminando cada  segundo de luz impropia, cada minuto presente traidor y la franja que ahoga el futuro que es el mismo velamen en un instante ya sucedido.
Pues la verdad es más mentira que ella misma,  una embriaguez continúa  vistiendo  la mascarada en relieve, que danza con moribunda  decadencia.
Hazte idea, amigo mío, de que la cúspide de la sombra que te contempla mientras sueñas, es aquella que mejor accede a tus pesadillas, la más sabionda de tus ruedas dentadas, de tus tenazas inmisericordes, de cumbre sin eco y éste sin grito, huérfanos somos del vivir dolientes, latiendo, retorciéndonos bajo dolores y alegrías, dichas o glorias. 
Observa el sendero… poblado está de nieblas y malezas, de negras espinas y mil rosas pisadas, camelias podridas y ojos que te vigilan, propios más de animales sin plumas, peces sin garras,  felinos sin cantos y hombres sin almas!
Acaríciate, hombre, dejando el tacto de tus frías manos bien lejano de la cúspide de tu corazón, de ése que reconoces haber anegado en lodo espeso, con la incredulidad de quién desea ser ajusticiado.  
Hazte un ser involucionado, porque volver al origen es lo más sensato,  promocionar los músculos horripilantes que movían al direccionar de las orejas, del hocico, la cola para agradar a un dueño que te somete, infecto correaje de perro trucado, también facturarse del olor a menstruación de hembra para repelerla, mordiendo con salvaje celo, el óvulo que desea recibirte. Involuciona, inocente amigo, para que exonerado quedes de una responsabilidad que no deseas, que no soportas, que no contemplas.
La libertad que tú pides, concedida queda! 
Dame todo lo que desees, insignificante macho humano, lo menguaré en un rincón abuhardillado  en el infierno, dentro un negro baúl con etiqueta. Si vuelves, que no volverás, yo te lo digo, aquí estaré dispuesto para abrirlo, no lo dudes. 
Aunque no promete nadie en tu sedosa custodia;  ni yo mismo ni otro, que la inmovilidad de tus haberes no asome deteriorada y triste; pues asustados y llenos de silenciados chillidos  encontrarás tus pensamientos abandonados en su fondo.
Repletos de  locura, furibundos desatados. Más puede ser que no regreses, desdichado tortuoso  en tu felicidad angosta, satisfecho de tu barbarie, que será lo máximo, lo mejor que un infierno puede ofrecerte.
Loado serás, amasijo de carne. A tu disposición permanezco!