domingo, 26 de abril de 2015

ACECHANDO...

 


De repente, llega la hora del fin. Tras los aplausos y sabiendo, por fin que la trapecista vive. Le dejan hacerlo. También llega la hora en que el cansancio viste con una capa gruesa e incómoda la piel, impidiendo su transpiración de las mujeres, que notan atorados los poros, glutinosos los cabellos, sudorosas las axilas y las ingles. Incomoda la ropa, por mucho que la aligeren sus moradoras.

Para el aseo, Neleca y las demás hembras, se apiñaban en un cubículo destinado, por medio de una maquinaria transportable, a verter el agua despacio y en continuo. El cuerpo de aquellas atletas, musculadas y curtidas, se esponja para recibir el frescor del verano, junto con la calidez invernal. La temperatura es un misterio, igual que todo de lo que se ocupa Jhoseba, ésta otra tarea más. Hace el efecto de revivir sensualidades por partida doble, entre hombres y mujeres, machos y hembras, especies que se quieren, odiándose cómo nunca antes la naturaleza viera en los animales.

El agua fluye y es vida. La vida es lo contrario a cualquier otro estado, por eso las ellas dejan que el batir del collar de gotas, les alise los cabellos. Permiten que les dibuje los pezones, que caliente el pecho. Resbala entre valles humanos y se precipitan hacia el vientre, alguno más terso que otro, pero siempre fértil en sensitiva mimosa. Surcan los muslos por su zona interior, creando cosquilleos nada incómodos si no suman calores. Charcos en el suelo hierven en templado todo el recorrido. La mayoría no se recatan en adormecer asonancias de satisfacción que les provoca el bienestar destinado a la limpieza. Cada gemido, suspiro, respiración, va unido, ligado, encintado y atado a un revolotear hacia oídos activos y sensibles a su eco.

Los hombres remueven los pasos, volviendo a ser pisados, con la clara intención de no avanzar, sino de permanecer. Olisquean el sudor inicial, relevado por una creciente sensualidad, que ensordece la pituitaria masculina. Les provoca colocarse en un disimulo que es tímido en mostrarse, sin lograr por un momento aferrarlo. No engañan a nadie, ni tampoco a ellas, las desnudas, que alborozadas las más jóvenes y serenas las mayores, azuzan sabiamente. Completan el aseo, una jofaina astillada, guerrillera al soportar el llenado y posterior vacío del agua con un poco de jabón desleído, mutando en un puñado de arena en tiempos difíciles.

Odanea se suelta el pelo, formando una capa ya grisácea por el tiempo. La longitud alcanza sus rodillas, al igual que la melena espesa de Neleca, que tras un cepillado, recogerá en un ahuecado alto. Cada mujer acomoda el manto capilar de forma personal, siendo vigilada por las demás ante cualquier variación. Son muy suyas con las extrañezas físicas. Por lo que se braman ésos regalos. Un hombre sorprendido, es un animal transformado por el instinto cazador. No consienten ellas ninguna concesión.

Enseñan los dientes, pero nunca para sonreír.


martes, 3 de marzo de 2015

APRETANDO DIENTES




El pueblo ha sido tomado por intrusión. Verano para unos arietes imparables, mejunjes de canícula. Las zonas picudas de los edificios parecen encogerse ante el avance, terremoto de roncos sonidos. Sus tejados se pelean por replegarse hacia las chimeneas, replegando primitivas y rudas cañerías que desconocen su nombre y ocupación asignada, puesto que de repente, han encogido lo máximo para no perder la dignidad de lo que son. Espesa el aire, inservible para un cirujano, rota en vapores concéntricos. Unos maderos que formaban añadidos sobre otros, resultan desmayados antes de desplegar las banderas blancas de la rendición. Las veletas fundidas con perfil animal se doblan con misterio herrero. Los ratones han huido, patitas al aire y rabo largo agitado con la velocidad máxima que le permiten unas al otro; al igual que los gatos, dejando sus múltiples ocupaciones  divididas entre aseo y cazador, reuniéndose incluso bajo huecos comunes. Se quedan mirando el jaleo que se forma entre los frenazos de las riendas de los caballos, agobiados por sus amos, llenos de ansiosas golpeteadas en los cuerpos animales. Hasta que el ruido desborda su percepción felina, esparciéndose más hondo en el cobijo de sus miradores.


Los gatos se alegran de no ser caballos.

Los ratones, únicos espectadores también se contentan no siendo gatos.

Pero los hombres tampoco desean ser ratones, ni gatos, ni por supuesto, sus propias y castigadas cabalgaduras.

Los hombres se bastan con ser lo que aparentan; ser testosterona furiosa.

Entraron, sí, cual arietes despiadados, con los rostros pintados con la determinación a romper los silencios posibles, los gritos de la madre todavía resonando en sus oídos, sintiendo que la misión encomendada era la más alta misión adquirida para alcanzar la heroicidad… encogiendo las lenguaraces viviendas, pronosticando luchas intestinas y dérmicas.

Comenzó el juego al atravesar las barreras del respeto, derribadas las fronteras del buen gusto y la urbanidad. El fin lo justificaba y eran dos niños los buscados, comprendes, dos niños, que podían tratarse de tus hijos, de tus futuros amantes, de tus padres o abuelos de pequeños, del tendero que te servía o de una amistad, todavía sin descubrir. Pues por ellos, la excusa perfecta. Por ellos, violentaron los restos dejados de los mercaderes, huidos al verlos irrumpir con tanta virulencia, azuzando a los caballos, a los mulos, a las ruedas. Apretando los dientes, mascullando insensateces sin pensarlas,  sintiéndolas desde el corazón y las vísceras. Por ellos, los niños eclipsados, descabalgaron de sus alturas y cachetearon los pies en la tierra,  estrepitosos y levantando polvareda, augurando ninguna razonada dialéctica posterior. Las telas de los expositores de madera, se derrotaron cubriendo las escasas zonas empedradas, creando unos caminos con textura forrada, por dónde avanzaron con rápida marcha los hombres justicieros, haciendo su feudo cada palmo conquistado. Las frutas, las verduras, los maderos sustentados, los barriles, las torres apiladas de alimentos, las jarras de bebida; los racimos de flores, los tejidos de lana, objetos de latón, cobre o barro, patatas, cebollas, nabizas y animales pequeños enjaulados, nadie se libró, es un decir, de esparcirse por acción del rodamiento, de la caída o estamparse contra, para, a través del terreno y de los callejones adyacentes. Un desconcierto bajo un aire embolsado en perplejidad.

La primera puerta, se abrió con un golpe. Siguieron bastantes más.

lunes, 19 de enero de 2015

EL CIELO



EL CIELO
....
Déjame darte calor, pequeña mujer.
Voy a hacerlo. 
Lo sabes.
Subiré tu hipotermia hasta la fiebre.
Llevaré al frio que siempre te paraliza,
al holocausto en la hoguera.
Yo haré arder tu piel,
cogiendo tus caderas desde tu espalda.
Voy a hacerlo. Lo sabes.
Despojaré la nieve que ensaliva tus muslos.
Sudaré desde tus axilas.
Resbalaré por tu garganta.
Quemando el borde de tu vientre.

Porque el cielo está mucho más cerca
de lo que piensas.

Humedad danzaré,
entre tus pétalos sensibles.
Tibieza rompiente desde la cascada
de tu gemido.
Me gusta verte en pleno fuego.
Los besos se olvidan de ser dados.
Los ojos abrillantan el mirarnos sin vernos.
Niebla cegadora,
cubre tu interior con ascuas.
Lo sientes, pequeña.
El calor. Ése morir intenso.

El frío no te recuerda.

Porque el cielo está mucho más cerca
de lo que imaginas.
Mucho más cerca....



sábado, 10 de enero de 2015

AMÉN.


Él hizo rozar las yemas de sus dedos por el tul del vestido. Ella se dio cuenta pero fingió que no sucedía. Podía haberle dirigido una sonrisa, volviéndose al notar la caricia, pero temió una catástrofe. Algo así, podía desencadenar alguna fatalidad, proveniente de un amor del que ignoraba su alcance. Denegó la sonrisa, pero el hecho, allanó su interior con fuerza. Su alma se removió con el cataclismo que temía.
Sobraban palabras.
La distancia obligada entre ellos, lógico ajetreo de bambalinas preparatorias; hombres que van y vienen, armatostes metálicos que se mueven sin control, máscaras recién paridas de los terrores de algún esquizofrénico, damas curiosas con lunar pintado en el margen derecho del rostro. Un batiburrillo de sonidos, voces, gritos y apremios.
Él cruza la parte de atrás, dejando trajes colgados, tristes igual que lágrimas que penden en lógicas de aparición.
Gettel. Tocar su vestido es como viajar en un halo de luz infinita, que me descama el corazón. Siento por ella, cada día.
Calla y se pierde en uno de sus trances. Sueña, por si acaso la realidad después no se lo permite.
Lista de deseos de un Jhoseba enamorado.
.
    Que Gettel no muera. El trapecio debe ser su compañero y guía, jamás una mandíbula doble.
·       Que Gettel no muera y que me mire.
·   Que Gettel no muera, que me mire y que sostenga mis ojos durante… tres segundos. Cinco… quizá seis.
·       Que Gettel, mi vida, me sonría alguna vez.
·      Que Gettel, mi amor, sepa que daré por ella, licuado, el color de mis ojos, si se cumplen los anteriores puntos.
·    Bajaré el canto de los pájaros hasta sus oídos, cada amanecer. Llueva, nieve o solee el cielo.
·      Alzaré el brillo de la luna justo antes de marche a dormir.
·      Hundiré las sombras que puedan anidar en su corazón.
·   Que Gettel vea fragmentarse mi vida para sustituir aquellos trozos de los que ella carezca.
·     Que no seré avaricioso, dejaré que sus pensamientos privados la ahoguen, hasta que desee volver hacia mi firme abrazo.
·      Y todos los que restan… habitarán la piel, entre nosotros.

¡Amén!  
Demonios y ángeles. Seres puros e impuros, falsos o hipócritas, cobardes o suicidas. Tomad buena nota, quedáis avisados de que ésta mi alma no descansará en eternidades… ¡Así sea!


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martes, 30 de diciembre de 2014

¡NO HUYAS!


¡NO HUYAS!

¡Por qué duermes! Acaso crees que el sueño es un refugio adecuado. Te confirmo que no es así. La realidad permite la quietud, la rapidez, el grito, mutismo o sorpresa. Ensalza el humedecer la defensa, con aliados, estrategias, venenos, conjuras y mentiras. Un plantel de opciones que el sueño, convertido ya en pesadilla, sólo avanza en una posible dirección: hacia el despertar.

Dónde... ¡No escaparás!