martes, 12 de marzo de 2013

FOCALIZACION BUITRE




  Meto la cabeza en el horno. Con previsión, he sacado la bandeja recubierta con el papel de silicona con el que acabé de hornear, hace parece mil horas, las últimas galletas.
La cocina huele bien, aunque algo recargada de sabor. El olor de asado, con el de guiso, se ha quedado impregnando mi pelo. Lo noto y vuelvo a sacar la cabeza. Me hago una coleta de cabello cano y lo recojo adecuadamente. Solo faltaría que cayese algún pelo distraído en alguno de mis platos. 
Hay que cuidar hasta el último detalle, desde emplatar con estilo y creatividad hasta fregar hornillos y mandos de esta cocina, que ha sido mi cómplice.

  Ahora sí, estoy a punto de entrar en mi horno. Es mi turno. Considero que ya he cocinado lo suficiente. La comida ya desborda toda superficie alta disponible, he tenido que comenzar a situarla en el suelo. Hasta he tapado la parte superior de la lavadora, allí he colocado un hermoso frutero con fruta escarchada. Tiene un aspecto estupendo y su importe roza lo que me costó de ocasión el féretro de mi difunta esposa. Ellos se merecen menos, pero el banquete que les aguarda a la fuerza, será histórico.  Tendrán bastante para engordar como pollos de corral. Cebados al estilo de los animales en cautividad, que no se mueven para no cesar de ganar peso. Igual les gusta. Todo el menú es dinero. Cada espárrago, cada tomate, cada pescado. El mercado es un lugar de derroche y de atraco. Ellos tienen el vicio de probarlo todo y de saborearlo entre grotescas ensalivaciones. Así les luce. Yo no quiero más este sinvivir. Quiero el control del caos. Si el objetivo es el dinero, quiero que todo el mundo me lo dé. Por las buenas, con solamente mi presencia. Doy pena, despierto el sentimiento de caridad; soy desgarbado, esquelético, vacío de músculo y con voz educada pero llena de victimismo.

   Si el resto del mundo no valora el dinero, mejor. Pensarán que hacen una buena acción dividiendo su billetera conmigo. Yo tengo ingresos de sobra, a decir de las ayudas que solicito y no me adjudican por exceso de números, pero quiero un extra. No puedo resistir placer de robar al mendigo de la esquina, el saquear el cepillo de la iglesia y sisar en los embutidos en la charcutería. El papel que colocan sobre la báscula, bajo el fiambre, pesa en el balance final. Es un robo.

  Mis hijos no son ricos. Es mi desgracia. Sí lo fueran, aún con pasividad privada de la necesaria ambición, ante el dinero por ganar, yo podría vivir a gastos pagos. Pero son unos inútiles. Invertí mi peculio en ellos para nada.  Ni sesera incrustada entre las orejas les otorgó el nacimiento, ni espabilación suficiente para obtenerlo; un asco de adultos: merecen lo que tienen que es: nada sumado al aire. La mesa del comedor ésta repleta de viandas. Se mezclan los pasteles con los guisados. Una montaña de bizcochos se desparrama sobre las patatas duquesa y las croquetas se mezclan con el caldo de tipo portugués. He perdido la noción del tiempo mientras preparaba una buena farsa para amoldar con las yemas de mis dedos, ya siliconados, la empanada gruesa de los restos del pescado dorado al limón. He usado la totalidad de los ingredientes, pero eso sí, todo ha sido medido al dedillo.

  Anoté en una libreta, simple, estudiantil, el dinero invertido y gastado. Me convertí en el agosto de los puestos del mercado. Me preguntaron si estaba bien, con destellos optimistas en los ojos. Me tienen por un hombre cabal y sobrio, de etnia británica devenida a una ciudad dónde se pierden los detalles característicos del buen hacer. Cada ingrediente, especia, salsa, es contabilidad. Es también dinero, la comida. Sé invierte y se utiliza; es necesario pero no tanto como se pretende. Es posible vivir sin gastar con tanta tontería. Yo mismo he comido durante años una loncha de queso y pan reseso. Con las migas que restaban sobre el papel de publicidad (jamás más lindo mantel, barato y colorido) eran  adaptadas como espesante, forma deliciosa para paladares con hambre de ahorro, el mío. 

  Pero debo de estar viejo; cada vez soporto menos verles cada Navidad más y más obesos, como queriendo asesorar la felicidad en montañas de azúcar. Les odio. Sí llegó a sospechar que esto era la paternidad, hubiese puesto remedio. El sexo no compensa a la felicidad que te dona un buen colchón bancario. He cocinado, sí, con esmerada receta de chef. Ellos me pensarían cobarde para asar también mi despojada cabeza. Quiero que sufran al no poder comer todo lo que les preparé en ésta ocasión. Que sus fibras interiores estallen del esfuerzo. Sus gargantas separaran en rojo proponiendo despojarse de la postura inicial. La nuez de adán de mis despreciables yernos fallecerá por asfixia y los ovarios de mis hijas hablarán, chillando hasta menstruar. 

  Estoy deseando abandonarlos a su mala suerte. Toda mi herencia catastral en comida, que genio soy. Dirán ellos que siempre he sido un avaro  egoísta, pero reconocerán mi mérito al urdir tamaña venganza. ¡Qué les aproveche! 

 Abro la llave de gas y respiro hondo, ahogando la risa...  


lunes, 11 de febrero de 2013

ICARIA




  “¡Pasen… respetable público!... ¡Horrorícense de la mujer que posee el mal en los extremos de sus manos, con ojos crueles, bajo su largo pelo de animal eternamente sucio! Dicen que mató a sus hijos y que los devoró… ¡Pasen y vean! ¡Pasen y vean a esta bestia humana llegada desde el infierno!”


Todos los días igual. Llega con el tiempo sobrado para ajustar el sombrero. Con los minutos infinitos por elegir un asiento acorde con la visión que ofrecerá el cielo de colores. Su figura se asusta ante el pensamiento de que algo puede salir mal, su voluntad se dobla y retuerce con angustia demoledora. Habla con el arqueamiento de sus cejas, con las arrugas de insomnio, con las moradas ojeras. Todo ello le sitúa lejos de la niñez y más lejos todavía de la vejez, porque no refleja la edad infinita que tiene. Mil años, cincuenta, cien. No le preocupa el estado del cielo, no es agricultor, no hace caso a los avisos del campanario de la iglesia, no es creyente. No juega a las cartas con sus coetáneos, desconoce los ritos sociales y jamás saluda. Compra las piezas de fruta de dos en dos, para no agriarse con la ansiedad que da el hambre de poseer. Le nacieron, no hijos, sino úlceras sangrantes mal curadas, pero eso no le importa. Cada día la segunda fila de butacas, nunca después de dos horas antes de la función, limpia con su gabán el polvo que tapiza el asiento; los ensayos en la arena comienzan de mañana y él es el tesorero del control de los movimientos milimétricos. El dueño de las contracciones de los músculos de la ingle de la trapecista, experta en besar suspiros mientras arquea, separando sus rodillas.
Dios hecho carne que, midiendo cada impulso que la hermosa mujer toma para elevarse hacia el techo franjado en rojo y blanco, le recomienda mentalmente. Escucho su pensamiento alto y claro, grave y ansioso, en clave musical de enamorado, de fanático virtuoso, de controlador macho.
Retuerce el ala del sombrero igual que piensa en las manos vendadas de la chica relampagueante por un cielo de intriga, con el ánimo necesario para que la pirueta exacta lo sea. Perfecta en movimientos y justa en su quietud, con personalizado golpe de música en redobles. Olvida alimentarse a propósito, pues desea adquirir con tesón, con fuerza, la telepatía suficiente para transmitirle las energías que él no precisa. Retuerce el sombrero sin atreverse a colocarlo en el asiento más próximo, que espera quede vacío. También sus canas precisan de manos para ordenar ideas, se agitan en cada latido. Temblequea de impaciencia mientras ella se esconde para vestirse con renovados lujos; encajes lenceros que asoman la piel desnuda entre la imaginación que adquiere la lujuria.
Los minutos en que él espera, saboreando los últimos zarandeos del trapecio, aquellos en que los pezones de ella acariciaron a un Eolo moribundo que resucita, se revuelve en el asiento. Le distraen los tramoyistas que están montando los trapecios, los payasos que corretean de uno a otro lado con ridículos andares. Este masculino que aspiro, piensa que su sexo se acoplaría sin descuadres tal y como ella acopla sus movimientos con la música, copulando con el aire. Ignora que resultaría una experiencia atroz, por la impaciencia del ejecutor y la cortedad de la novicia. Sin embargo, yo, que no espero que obre sin ayuda, que le dejaré mis manos para que prescinda de las suyas, preocupándome sólo por su placer, sin pensar en el mío, accesorio preparatorio que supliré con la mirada extraviada cuando su blanquecino ardor me bañe. Es entonces, mientras la musa revolotea, cuando yo serpenteo a su alrededor, orbitando el aura que me permita arañar su psique y colarme dentro. Le insuflo mis reflexiones para que crea que son suyas propias, por hacerme visible. Siempre igual.
Todos los días. Es mi amuleto de buena suerte, aunque sé que viene a por alguien que no soy yo. Escoge el minuto exacto mientras salgo tras los barrotes de mi jaula. Me quedo parada sin perderlo de vista. No lo advierte nunca. Se queda embobado sin ver que yo serpenteo bajo sus pies. Clavo mis larguísimas y retorcidas uñas  entre los restos de comida de los animales siempre enjaulados; yo tengo más suerte, pues no dependo de la voluntad de un imbécil tarzán que, haciendo restallar el látigo me otorgue las golosinas necesarias para acatar mi obediencia. Voy por libre, cerrando y abriendo mis párpados, mis brazos, los dedos de mis manos, para hacerme contemplar por las mujeres y hombres que, cada uno ensoñando distintas zonas de su piel haciendo contacto con mis características primarias. Con una mezcla de miedo y morbo. Llegan con la esperanza blanca de la diversión y coloridos ficticios; entonces reparan en mí. Y sudan. Se encogen. Temen que sea una maga negra que les oscurezca el presente. Así somos los de la especie humana, divididos siempre en varias fases, primero del crecimiento, después de la riqueza, de la porción aseguradora de las necesidades de sexo, de autoestima y de pertenencia a un grupo.
Tampoco es el orden. Yo me entiendo.
Fui una niña desgraciada con una sola suerte en la vida; que la mujer loca del circo ambulante que pasaba entre las chabolas del poblado, me robara de mi madre y me vendara las manos, cada dedo, uno por uno. Eso permitió que la queratina joven del lecho ungueal de cada uña, abonase y nutriera estos apéndices con los que me gano hoy la vida. Flaca estoy por darles más y más largura. Me alimento de las cáscaras de las ponedoras de los pueblos en que actuamos. Bien machacados, hasta hacer una pasta que me permita queratinas y calcio que mis cabellos absorban y mis garras enriquezcan. También mordisqueo algún fruto, a mordisqueos sólidos en la pulpa, por beber algo que se deslice por mi garganta y no me quite el reflejo de succionar vida en color. Las semillas me dan la impresión de acercarme a una fertilidad mentirosa. Nada más que hueso y dureza, así nací. Desconocen mis huesos el vestido de carne que adorna al resto de mujeres. Cualquiera que me amara, solo conseguiría roerme. Mis cabellos crecieron al mismo ritmo, capaces de velar bellas mañanas de sol. Me llegan hasta el suelo y más allá. A veces los lío como puedo creando amalgamas sucias y pegajosas. Imposible es con mi edad pedir auxilio, “ayudan al personaje”, escupe el jefe de pista. Lo de reptar ya es cosa mía. Beneficia a mi equilibrio. Soy una serpiente anticuada, con piel ósea sin continente que contener.
Apartada vivo entre los camerinos de la bella trapecista y del indómito payaso. Entre el bamboleo constante de la infecta caravana del hombre forzudo y el cerrar de puerta ruidosa, allí donde habita la mujer barbuda. A mí me llaman los titulares “La Medusa” y mi leyenda siguiente escrita y gritada, jamás la he llorado: “¡Pasen y horrorícense de la mujer que posee el mal en los extremos de sus manos, sus ojos crueles, bajo su largo pelo de animal eternamente sucio! Dicen que mató a sus hijos y que los devoró… ¡Pasen y vean! ¡Pasen y vean a esta bestia humana llegada desde el infierno!” El público espera encontrar lo que soy, pero desconocen que muestro lo que ellos desean ver. Así funciona el autoengaño ajeno.
Sigo las elípticas de mi rival. Gira y voltea, abriendo sus muslos y sonriendo. Sus brazos desnudos enredados en las cuerdas. Parece un ángel y temo que mi amado, mediante espejismos de testosterona, le dote de alas. Tan hermosa que no parece sino bíblica. Pero es él quién lo parece, transmutado en luz y ensoñaciones mientras ama sus contorneos. Lo adoro. Quisiera eso para mí, ése amor, ésa adoración que le hace perder el sentido y que yo lo sepa desde la distancia de ocupar otro cuerpo y otra dimensión.
Entonces la vemos caer. Mujer pájaro a punto de quemar las plumas con los aplausos. Cae y comienzo a reír mientras avanzo a la velocidad del relámpago hacia el medio de la pista. Sucede que me critico en el absurdo de visionar desde fuera mi rápida intervención. Mujer arrugada, mendiga de uñas retorcidas, bruja de pelo mezclado con mil olores de humo, de fuego, de incienso, de mentiras y de verdades, cautivada por un hombre que ansía a una divinidad cálida que nadie haya penetrado. Me adelanto al segundo en el que se desploma hacia el suelo. ¡Sí, ha llegado mi hora! Saboreo la victoria que laurea mi frente. ¡Es mío! ¡Ése hombre ya es mío: me pertenece! El reflejo horrible de su gesto apuntala mi dicha. ¡Mío!
Avanzo en su dirección, hacia sus brazos, su cuerpo, su calor que me debe y nunca sospechó donarme. Mi apresuramiento es inestable desde mi raudal de pasión sin contención alguna. El pánico en sus pupilas no paraliza mi avance. Con la mirada en alto, divisa a la deidad que muestra el blanco del cuello semejando un ave pronta al sacrificio. ¡Así sea! Levita en el aire, mariposa etérea atravesada por un gran alfiler. Pienso con rabia, sí, muérete. ¡Estréllate contra mis deseos, los de una mujer que ocupará tu lugar en las manos que acariciaban un sombrero alado por no hacerlo por tus pechos! ¡Fallece, expande tus sesos para que el teatro del asco no sea solo patrimonio mío! ¡Sí! Muerta te verán todos y mi amado girará el rostro por no fijar la imagen espeluznante de vísceras e incontinencia. Que vea mi amor lo que su bella guardaba dentro de sí: heces con orina. Mis sonrisas recién aprendidas me burbujean las prietas mejillas. Retumban mis huesos ante el temblar de mis dientes.
¡Me querrá! ¡Me querrá! Canturreo mientras ella vuela en inverso, derretidos los embriagadores tules, viajeros de un país que ya no desearán aquellos que rompían los forros interiores de los pantalones por tocar el placer de apresarla. Volteretas abortadas dejan un aroma ácido en las bocas entreabiertas. Filigranas torpes que dilatan los apéndices nasales, replegados ya ante el inminente olor a muerte. Ausencia de bailarina graciosa, tengo ganas de saltar de puro goce. Tensando mi cuerpo vuelo yo ahora hacia los brazos que ya siento enredarse en mí. Hombre moreno que consolaré jugando a lo eterno cotidiano; la mejor eternidad. Bajo el cuerpo que se precipita me sitúo y descubro mi fatal error. Mi nublado sentir me deja ciega sin prever lo antes evitable. Si ella explosiona sobre mi flaco cuerpo me matará sin remedio. Intento dar un paso hacia atrás, comiendo el tiempo y el fallo. ¡No es posible! Mi fin está aquí. Duele el corazón antes regocijado en grata plenitud; investiga, espía hasta crear un informe de realidad inmediata. Lee que será posible que, a pesar de la confluencia de cuerpos, el bello y el feo, sea el último el que sufra y el primero, plástico y amoldable por el uso en trapecio celestial, sea el que sobreviva sobre el peso que me asesine. ¡Oh, no!¡ No puede ser! ¡Qué muera!¡Qué muera conmigo! ¡Junto a mí! ¡Qué muera bien muerta, lejos de él y enroscada con la fea!¡Masas deformes, igualadas, por fin!
¡Qué muramos juntas!



domingo, 13 de enero de 2013

HUMEDADES Y GUSANOS



                                               HUMEDADES Y GUSANOS




Me arrepiento de estar muerto. Agarro oscuridad y siento la viscosidad húmeda de uno de los insectos. Pululan por todas partes, mi féretro es su patio de recreo. Aprieto o intento hacerlo, porque la sensibilidad está ausente en las terminaciones de los muñones.
Unas gotas viscosas caen hacia el vacío que han dejado mis antiguas tripas. Es un hueco infame, que estalla en gases sin hervir. Pero se rehidratan durante un segundo, será por la fuerza de la costumbre. Yo bebía mucho. Tenía sed de todo.
Ahora, solamente el frío se hace eterno.
El trozo de hueso de la pelvis se roe lentamente, acompasado, casi musical. Son el grupo de bichos que gustan de los huesos, no tan duros como pensaba. He descubierto tantas cosas sobre mi cuerpo que ahora sí que hubiera podido acabar mis interminables estudios de medicina que mi abuelo había pagado para dilapidarlo yo con eternidad de segundos.
Pobre viejo, no sospechaba él que su único nieto era en realidad un quemador ambulante, dueño putativo de barras de alterne y fornicador de jóvenes de cabellos largos. Las riendas de las cabalgaduras llamadas mujeres.
Ahora que lo que resta es un pedazo de aquel pubis que golpeteaba sin piedad contra los glúteos redondos de las damas de la noche, no puedo más que sentir nostalgia.
Ojalá no precisara de tomar líquidos todavía. Estrujo más fuerte y chupo con ansia animal. ¡Qué bueno! La verdad es que no siento si algún pedazo del insecto permanece a mi alcance. Si ha caído lo sabré por el ardor de mis vísceras que de nuevo, volverán a secarse, creando la tirantez necesaria para juntarme los huesos a la fuerza. La mortificante ausencia de sensibilidad de unos labios que ya no están me causa un retortijón en los huecos bajos y desde mi esófago, pequeño y roto, surge un gemido angustioso.
No debería estar aquí. Demasiado frío.
Ahora, exactamente ahora cometo el error de acordarme de la última conversación con Sofía.
-          ¿Así que te vas a Ámsterdam?
-          Sí. Iniciaré mi viaje junto a dos maletas y mil recuerdos. Entre ellos, alguno te pertenece.
-          Vete con mucho tiempo-exclamé con tono irónico-Siempre te ha encantado teatralizar situaciones.
-          Nunca has entendido nada- dijo ella. Y colgó.
Aquél día había reventado mis bíceps machacándolos en el gimnasio. Era un local lleno de espejos y cristal demasiado limpio para el gusto de alguien como yo, que busca en las manos de las enfermeras herramientas útiles de una auxiliar. El móvil lo tiré dentro de la taquilla del vestuario. Supongo que seguirá sonando y será ella. Que se joda. La melodía pondrá furiosa a la señora de la limpieza, pero me da igual; es una vieja resentida que no hacía más que protestar por la cantidad de toallas sucias que se amontonaban fuera del cesto habilitado para su recogida. Todos las empapábamos de agua para que le pesaran mucho más.
Es que las mujeres cabizbajas son viejas, tengan la edad que tengan. Son feas. Es un hecho constatado. Las mujeres abatidas espían sus zapatos para no pisar a otra mujer que camine todavía más abajo que ellas. Se colocan unas sobre otras a base de críticas para que ninguna alcance a levantar su cabeza, volviéndose hacia una juventud y belleza para la que saben no son dignas. He conocido a varias, pero he olvidado sus nombres y rostros, incluso la relación que me unió a ellas. No merecían la pena.
Supongo que terminaba llorosa, la mujer del gimnasio, incapaz de mover el peso de la ropa sucia para desplazarla hacia el hueco de la lavandería. No importa que sus músculos se quejaran en la noche mientras que a mí las endorfinas producidas por el ocio, que no por su trabajo, me euforizaban.
Los músculos tienen algo especial. De acuerdo, sirven para movilizar el esqueleto y para sostenernos erguidos, que ya es mucho decir, porque he visto gente que era una bobalicona masa amorfa dentro de un cuerpo derecho y bien plantado. Serán las emociones mal llevadas, supongo. Si trato ahora de moverme un milímetro, las formaciones óseas que me restan, chirrían como goznes de una vieja puerta que no deseara mostrar su envés. En cambio, si les dedicas un poco de tiempo y esfuerzo, renacen de su atonía y son dignos de mostrar junto con una buena dentadura. Las fundas blanquísimas que me costaron una pasta, deben de estar por aquí, en alguna parte de este carcomido sarcófago.
Sofía no entiende nada. No comprende que tenía que marcharme el día uno de febrero, igual que el año pasado, cuando la abandoné. Cosas del trabajo, le dijera yo con un guiño confidencial. Ella lo había entendido, es una chica lista que cometió el error de liarse con un tipo más mayor con una historia personal siempre rondando avisperos. Pero el brillo de sus ojos seguía rompiendo los esquemas de mi realidad.
Te esperaría siempre, había dicho ella. Había descubierto mi escondite en el fondo del tambor de la lavadora. Una casualidad que asomara un trozo de plástico de la bolsa; es una pequeña zorrita astuta. Me advirtió que cambiara de ubicación la mercancía, mientras se pintaba con cómica seriedad las uñas de los pies. Dijo que por si acaso llevaba alguna otra mujer a mi casa. Que me esperaría siempre, a pesar de que sucediera. Vaya con el condicionante.
Yo cometiera el error de confiarle mis debilidades, en uno de esos días en que la guardia se baja, fruto del calor de las sábanas, placer y buen vino. Me respondía tan bien aquella chiquilla de manos dulces y gesto comprensivo, tentado estuve de capitular hacia un estilo de vida más normal. Resistí a las mentiras que acostumbro y se creyó todo o casi. Que si tomara la decisión de divorciarme, que preparara su equipaje y su vida para reunirnos en un París con nuestros nombres, que tal día seríamos compañeros con la igualdad sostenida sin ropajes interiores.
No ignoro que ella sufrió por mí, tras conocer mi desaparición tras el golpe. Entonces se percató de mi verdadera forma de ser. Creo que quedó dañada ante la decepción. Hubiera preferido que continuara siendo un peón, con horario de tres de la mañana a tres de la tarde. Un tipo normalísimo que la recogiese del trabajo cada día y que le arropase a una hora fija cada noche. Que llegase cansado a casa sin ganas de cama ni de cena. Un pobre hombre sin brillo, protegiéndose del vacío de ilusiones mediante boletos constantes de lotería. Ese no soy yo. Me gustaba el riesgo tanto que repetía mi círculo de robos con igual resultado. Y es que hay que saber estar dónde uno debe. Lo ideal era escoger uno de los días más activos para la policía local, para que estuvieran todos los efectivos muy ocupados; una manifestación, una celebración local o un evento importante. Cuanto más jaleo armaran los típicos alborotadores, muchísimo mejor. Tierra libre. Un toquecito adecuado y a volar lejos con la dignidad profesional bien alta. Fácil parece y me hace sentirme un dios indestructible saber que mi actuación es impecable. Un ladrón de guante blanco, eso me considero.
Claro que la carne me reclamaba Sofías. Encontré unas cuantas en Sudamérica, mujeres lindas con redondeados traseros y pechos poderosos. Me perdía entre sus brazos y les llamaba por su nombre mientras a ella le enviaba correos electrónicos pidiéndole fotografías para poder soñar con otra vida a su lado. Por no olvidarla. Si acaso volviera a nacer, tal vez. Siempre Sofía.
También sucede algo extraño con los pensamientos. Me preguntaba con mi envoltura carnal a dónde viajan tras haberlos pensado, al igual que los sonidos que hemos escuchado. Ahora sé que recorren el cuerpo como una oleada de goce temblorosa, traspasando fluídos, membranas celulares, agitando emociones y químicas varias, garrapateando pensamientos, desordenando arterias, perturbando respiraciones. Cambiando nuestro presente, mutando ya sin remedio y decidiendo las acciones futuras. Por eso soy elegante y educado, pues una palabra, frase o modo deshonesto, pueden accionar sin remedio agresividades imparables ante quién negocias. Y pensamos que es justo al contrario. ¡Qué ignorantes somos!
Ahora, imaginariamente, movería mi brazo haciendo un gesto descriptivo con mucha seriedad pero con un rasgo cínico. No puedo ejecutarlo ya. Se me ha desprendido un antebrazo, fue a la semana justa de estar aquí. Fue entre horripilante y asombroso. Tensé el resto de hebra que lograría mover el húmero hacia el pecho, cuando quedó inerte sobre la tela de raso, tan suave y cómoda, cortesía de la funeraria. Estos tipos saben hacer bien las camas perecederas. Lástima que de su blancura ya no queda nada. Llegué a desear poder orinar caliente para volver a sentir alguna clase de calidez, aún que fuera de forma torpe e inhumana. Bueno, ya he traspasado esa frontera.
Puedo adivinar sin utilizar los ojos que junto con mis larvas, mis restos de sangre y negrura de bilis, he dejado todo perdido. Indecente ajenas miradas y respiraciones. Aquí suspira amargo hielo.
Lo que más lamento es la pérdida de mi integridad física, junto con mi mano derecha, la que acariciaba billetes y muslos. Recogía los frutos de vida con hábiles dedos. Sofía me los besaba con fingida sumisión y descarado deseo. Maldita chiquilla que no supo enderezar sus sospechas y que pecó de inocencia. Al colgarme el teléfono solo consiguió enfurecerme. Ése fue mi error. De ahí mi posterior descuido, el que me hizo acoger contra mi voluntad una bala reventona que le sentó tan mal a mi vida.
Eso sí que no podré perdonárselo. Ni una sola vez la he sentido desde este lado de la losa que cierra este infierno mío. Un quejido acaso, que sin duda fue de otra mujer hacia otro amante en otro infierno vecinal más arriba o abajo del que soy okupa. Ignoro si existen flores adornándome, aunque en vida los consideraba hipocresías coloristas y banales. Tampoco si su atuendo es de un rojo carmín vivo o de un lila tenue reflejo de un alivio.
Ojalá se haya muerto en Amsterdam, en el fondo de algún canal fronterizo, bajo música de jazz y fraseos vivos para los muertos. A manos de un sicario o de un asesino en serie. Preciosos quedarían sus bonitos zapatos de tacón flotando como epitafio.
Ella, que decía que me esperaría siempre.

Vuelvo a repasar las letras que escribí en el revés de la lápida:

Te esperaré siempre, para darte tu merecido.

Ahora me encuentro mejor. Intentaré cerrar los párpados que no tengo, sobre las cuevas que albergaron la mirada, que no tengo, para pensar en nuestro encuentro. Sofía… Sofía…



 

martes, 4 de diciembre de 2012

DESESPERANZA...



Aquella tarde, el otoño se apoderara del viento

El canal de radio todavía no emitiera ningún nuevo suceso. Imposible. Nadie la encendiera desde el día anterior. Los vecinos esperaban pacientes; condición necesaria para conocer longitudes de onda, para arrancar chasquidos conexos a la caja de madera; el milagro de contactar exterior e interior de sus vidas. Amenazaba temporal, codiciando motear de blanco el envés de las hojas caídas, que dormitaban en la tierra, ahíta de agua de lluvia y de charcos con miles de nubes fragmentadas.
Las calles sucumbieran bajo la fortaleza del aire indolente, semejaba que sus edificios se apiñaban unos contra los otros, para guardar un calor vertical que les huía desde los encumbrados aleros hasta las bajas alcantarillas.
 Las veletas, replegadas en sí mismas, plagiaban serpientes de hierro que un ser despiadado retorciera, queriendo ajusticiar las flechas indicadoras. Allí, las brisas se tornaban en vientos furibundos. Los habitantes olvidaran el agrio ambiente de guerra que absorbía los vacíos de las conversaciones y los densos silencios que seguían a las retransmisiones de los noticieros. Apiñados en el bar, mutismos de ajados tapetes verdes, desintegraban recelosas sonrisas, con sumisión intranquila, esperando un acontecimiento decisivo en el rumbo de aquella situación. Estaban agazapados tras el propio temor, pero lo disimulaban cuando caminaban sobre huellas ya impresas hacia el local, dejándolo asomar definitivamente, sepultado en la primera copa. Aquella que calentaba corazones y enfriaba pensamientos. Cada uno de ellos más y más terrible… sobre un destino que se coloreaba a sí mismo de tétrica negrura.
Que el bar se llamase “Desesperanza” no habría sido más indicativo de lo que dormía y despertaba en su interior. Allí tenían la oportunidad de escuchar las noticias, hecho vital para el funcionamiento de sus disertaciones individuales y en ocasiones, colectivas.  La radio tenía un lugar privilegiado en aquel refugio. Era una caja de madera que el antiguo relojero había preparado, el que fuera estraperlista durante mucho tiempo, antes de regresar a la barriada con lo puesto y un brillo de añorar cosas mejores. Pecados que ahora parecían no tener importancia junto a la transportadora de nuevas músicas. Había nacido una nueva clase de ritmo, aunque nadie de los presentes le prestara atención, ni la definiera como tal si llegase a hacerlo. El ritmo joven nunca baila bien en zapatos desgastados.
Los muchachos estaban lejos; rondaran tiesos, orgullosos, con la palabra “Patria” rellenando sus bolsillos, dentro de los uniformes que les había dado el gobierno. Un mundo creado a golpe de estrategia. A los primeros reclutas, chiquillos con sueños que evolucionarían en pesadillas, el resto de sus noches; les ofrecieran dinero, honor y fama, con una distinción que les prometía un futuro lleno de loas, a la profesión que comenzarían: matar a semejantes tan confundidos y asustados como ellos mismos.
Pero ahora era la emisión radiofónica la protagonista. Así estaba, tras sus altavoces, ventanas ojivales que recordaban cúpulas góticas. En ellas se enramaban las tardes de aquel arbóreo otoño con aguanieve, que amenazaba saturarlo todo en cristalinas tristezas.

 El dueño, después de echar un vistazo al reloj, se acercó hacia el mueble que sostenía la radio. Era la hora de las noticias, sintió en la nuca los ojos de los que dejaran las partidas en suspenso, las barajas en la mano, las apuestas derrotadas encima del tapete de las mesas. Llegado el momento de las crónicas todos se paralizaban, los vasos adquirían distancias, dejando el sentido del gusto libre y el afán de ahogo a favor de oídos y escucha atenta, dando a las conversaciones tregua y a los cigarros pausa.
Pero esta tarde el otoño, manto de hojas muertas, vaivén de ropajes escarchados, amenazaba con algo más que el recibimiento de notificaciones de alguna derrota de los aliados. Amenazaba con la carestía que hacía tiempo asomaba su nariz por el cristal de la ventana de cada salón. Hoy se le presumía llegada y cada cual trataba de rogar a su dios para que, aunque sucediera, le dejara bien parado de su visita. Que no se quedara demasiado tiempo.
Los transportes eran unas remembranzas utópicas en las que nadie tenía fe. Si, decían que la región más meridional y mejor comunicada con el país vecino, contara con buena cosecha, pero en esta parte que nos ocupa, el pedrisco y la falta de mano de obra había desplazado la posibilidad de contar con el avituallamiento suficiente. Ni aún recibiendo todo el dinero que el gobierno prometiera para tal circunstancia, lograría que algún camión emprendiera el viaje hacia esa ciudad, tan sitiada y aislada frente a las inclemencias del tiempo, como sólo pueden estarlo las murallas de un castillo abandonado. Algunos hombres veían en este asunto la mano traicionera del dirigente encargado de estas lides, mas cuando no se puede arreglar un asunto, las pataletas políticas debían ser relegadas por una contemplación callada y táctica a la espera de mejores ocasiones.

 Las raquíticas despensas habían adelgazado, quedando algunos restos misteriosos en botes de cristal de antiguas frutas convertidas en mermeladas por las mujeres, algún resto de proteínas en salazón, pero jamás quedaba café, harina o azúcar. Ni siquiera achicoria para engañar las papilas gustativas y la imaginación, ni miel para suavizar las horrorosas llagas que se producían en la boca de los niños por la falta de fruta fresca.
Una vecina, sabedora de que cerebro y vista son los mejores aliados del engaño, hiciera llenar los estantes de su despensa con cajas vacías, amontonadas como si esperasen a alguien que las ordenara, con restos alimenticios visibles desde la puerta. Papeles viejos llenaban las cajas y los capazos, algunos incluso rotulados con bonitas letras: huevos, galletas, miel. Con ristras de paja colgadas de la pared, acaso con una o dos cebollas, más una decoración de teatro que un almacén para subsistir.

A su marido no le había engañado ni por un momento, pero su anciano padre miraba a su hija con orgullosa resolución; a ella le bastaba su tranquilidad. Las necesidades de la vejez son escasas y disimuladas. Su hijo pequeño jamás llegaría a descubrir los papeles que inflaban las barrigas de aquellos bultos. Le diría siempre que algo más tarde sería la hora de comer y saborear aquellos alimentos, distrayéndolos con juegos y sabiduría propia de quien conoce que el fin justifica los medios. Ninguno de ellos, abuelo y nieto, sabían leer, y si contaba con el milagro de algún alimento, hacía el rol de maga, en un espectáculo, sacándolo en el momento adecuado ante los ojos asombrados, ávidos del chiquillo y de su viejo progenitor.

En el local, la desesperanza, al igual que su nombre, era el tablón de salvamento ante una ventisca glacial que anegaría todas las viviendas y la totalidad de almas.
La radio tras chasquidos, quejidos y onomatopeyas inconexas, comenzó a hablar convirtiéndose en la resonancia más fuerte. Pues sí, la derrota de los aliados no dejó de imprimir unas arrugas más en cada rostro. Nadie dijo en voz alta que lo sabía. Aquella guerra terminaría algún día y estarían allí para recoger despojos, a no ser que el hambre les terminara royendo los huesos hasta el tuétano.
La viuda del alfarero rompió a llorar en silencio, mientras se oía la previsión del tiempo para las próximas horas. La nevada y la tormenta de frío que anunciaban, asegurarían el total desabastecimiento de provisiones, por lo que se rogaba a la población que tuviese paciencia y cortedad en sus apetitos.
Un veterano resopló con furia y desaliento.
El dueño del bar silenció la radio. Los demás comenzaron de nuevo a beber, si acaso con más ahínco, y asieron sus cartas como agarrándose a una esperanza que estaba fuera de aquellas paredes.

Desprovista de abrigo, una esperanza a la intemperie.


sábado, 20 de octubre de 2012

ENLOQUECIDOS...



ENLOQUECIDOS...


¡Mírame bien, obsérvame con atención…! Soy pelota saltarina que acude a tu mano, se eleva hasta tu flequillo y cae hasta tus pies. No puedes seguirme, ¡No lo conseguirás! ¡Soy viento, brisa rebelde, huracán indómito! Tsunami  delirante ¡nunca me alcanzas! Ruedo, giro, salto, mimetizándome tras los cojines del sofá. Me convierto en fuego para quemar las puntas de tus cabellos. Deseo convertirlas en aureola inmensa de un dios hermoso, esculpido en carne. Rebordeo los paños de ganchillo, tapetes infames que respiran sobre la mesa de madera. Punteo con mis dedos las costuras que pierden su guateado relleno,  las que canturrean con desarmonía de ligas inexistentes. ¡Óyeme! Mis pies inquietos son alas que pisan sin dañar, vuelos ligeros que apelmazan tu almohada, que despejan tu edredón, coreografías sedosas para repasar con sus manos el encaje de tu visillo. Dibujo cuadrados romanos en el candelabro de pequeños cristales. Descalzo de flecos la alfombra, pues no deseo tu caída. 

Mil tareas me ocupan, mientras escalo una banqueta por alcanzar el cielo de prismas celestes. He visto despeinarse el estante de la cocina. No admito rebeliones a tu semejanza. Subo la escalera y desciendo imitando a las grandes divas de grandes escotes. De colores visto el fondo del horno, creando del  ingrediente amargo, la dulce alegría que maquilla mis pecosas mejillas. Cierro de golpe dramático las persianas para que no contemples otras piernas que te rodeen.¡ No las puedes ver! ¡Ya no están! las otras, las enemigas, las infames robahombres ¡No están! ¡Desaparecen! Soy la que sube hasta el rincón más claro de la casa, la que canta mientras sus ojos se enrojecen, ¡la que pone la música hasta ensordecer las sombras de los zócalos! Soy la que tú deseas amarrar, acallar, vejar y romper. Estoy en todas partes, bajo las tablas del parquét, sobre las repisas, dentro de tu mente haciéndote caricias para que no te oscurezcas, en el interior de tus calcetines siempre desparejados, incluso dentro del buzón de las cartas que nunca lees, pues no sabes aunque quieras. ¡Estoy llena de energía! ¡Chispas vitales que arranco de las flores del papel pintado, tras los cuadros de las habitaciones! Me coloco de puntillas para adornar con rayos de sol las tulipas de las lámparas. Fuego enardecido que adorna el cristal de la chimenea, estropeando las bomboneras doradas, el fondo letrado de los libros del salón, ¡eso soy yo! Mira como giro, las peonzas aprendieron de mi arte cuando era una gran bailarina sin piernas.  Madera nudosa necesité, junto con ligas de pícara cabaretera. Traviesa, melosa y excéntrica, así nací. Óyeme junto con tus sesos, crujimos al unísono, mientras voceas y me aplacas. Me subyugas y me frenas. Gritas y las contraventanas de madera tiemblan, también el corazón pespunteado de tanto reventar para agradarte y encoger para no molestar. Cortas mis hilos de colores, inclinándome hacia el suelo. Loca, me llamas. ¡Loca, me chillas! Siempre haciendo “subeveydiles” siempre rodando hablares y cantares, ¡loca! ¡Que no sabes del estar ni del comportarte, que imaginas sueños y realizas pesadillas! ¡Loca! Que dices que me amas y mientes cada vez más tarde, ¡mentirosa! ¡Que persigues insidiosa por matar lo que soy y lo que muestro! ¡Que afirmas que me quisiste y amaneces sin confesarte del pecado que tú cometes!!traicionera!!

Yo me deslizo por la barandilla de tus ronquidos y sonríen mis pupilas, persigo al gato y le hago rabiar para que parezca fiero a tus bufidos. Me planto en una maceta, para llamarte a voz en grito ¡Loco! Que no te basta que me cortes las cuerdas que me dan vida, ¡Loco! Que no ves suficiente borrarme los labios cada vez que los utilizo ¡para besarte! ¡Traidor! Que todo lo que construyo, bloques de letras con dibujos infantiles, mosaicos de cometas, confetis con las puestas de sol, pájaros de papel... ¡arrasas con patadas! Arrancas los bordados que cocino en la sartén. ¡Desgraciado… que estoy dispuesta a dejarme atar porque no puedo salir de ti, ni querría volver hacia mí de nuevo!