domingo, 13 de abril de 2014

CAPEANDO



CAPEANDO


Para mí es solo un niño de ocho años. Uno de los mocosos de mujer ajena. Pero atrae moscas igual que si fuera miel. El carcelero, hombre rudo y grotesco, tampoco entiende el revuelo de voces, desde su encarcelamiento. Su físico infantil es un poco incómodo, o mejor dicho, lo era. Demasiado refinado, pálido, con lunar identificador en la pierna izquierda y pelo pajizo que, por acción del llanto y las palizas, parece desgastado en gris. Ante mis ojos se ha cubierto del óleo que dona vejez cruda, tan fuera de sitio en su edad, doliente en la entraña de madre que le visita. Desde luego, mis hijos son de otra condición y otro abono; morenos, caminando hacia un necesario embrutecimiento, en edad de perder sus primeros dientes. Sonríen entre los huecos que asoman, causándoles un gran contento. Se meten los dedos los unos a los otros en la boca, ganándose algún coscorrón de su padre, que desea un poco menos de algarabía. Es difícil, pues tengo cuatro pequeños, que no sobrepasan en edad al condenado. Serán hombres fuertes y buenos ciudadanos, para eso hemos luchado.


Si antes recubierto de blanco enfermizo, ahora asediado por la enfermedad, rompe el pecho sucio y gorgoteante, con toses que recuerdan los sermones del cura. Todos somos mortales, preparaos para arder en el infierno, gritaba desde el púlpito, todos florecíamos en el pecado, encogiendo nuestra savia. Eran otros tiempos. Ahora ya no alza los brazos intentando intimidarnos; alguien le ha asestado bayonetazos para constatar su pecaminosa mortalidad.

Todavía desconfío de que su mensaje no tuviera verdades. Me han criado así y me cuesta renunciar a algo que ha formado parte de mi vida. Esto me lo callo.

Soy ignorante en el arte de los sacamuelas y charlatanes vendedores de remedios; ausente de nociones de brujería herbolaria y miedosa de la ira de Dios, pero sé que una buena cama caliente, ropas secas sin piojos y una escudilla de sopa, lo protegería durante una temporada. Llego todos los días con el bajo de la falda cepillado para que no se note la humildad con que recorro el fango que rodea la prisión. No llamar la atención para evitar un registro es mi objetivo. Ahora que todos somos iguales, me debo a la causa. Pelo recogido en cofia blanca, tez sin refinamiento y manos duras de obrera. Soy una más de las mujeres que caminan hacia la igualdad. La misión de vigilar al niño fue un honor bien remunerado en su momento y un trabajo excesivo en el presente. En el bajo del ropaje oculto mendrugos de pan junto con algún resto de comida. Hiere ver como se apaga, explico cuando doy el parte al comité, con gran júbilo de sus componentes. Hay algo inhumano en desear la muerte de un niño, sea o no un “asqueroso cerdo” y eso me hace desacordar de sus opiniones. Existen hechos que no debieran suceder a propósito. Pero mi opinión es sometida ante todos ellos, vecinos y simpatizantes del nuevo orden creado. Lo que comienza bien, no encaja destrozarse por la muerte de un chiquillo, al que nombraron rey sin saber serlo. Ni leer ni escribir. No podría reinar pues los que lo aúpan defienden su trono para interés propio. Ni siquiera parece vivo, de puro enflaquecimiento. Se rumoreó en su tiempo que fue un bastardo que parió la reina. Qué se podía esperar de una madre disoluta y un supuesto padre con derecho a tiranizar al pueblo. Dicen que le incitaba a prácticas insanas y lujuriosas. Nada peor que una mala hierba criando brotes. Traté de acariciarlo movida por el hedor, la miseria y la pena que lo rodea; se asustó muchísimo, alejándome con gritos inhumanos. Lejanos los abrazos de su aya, que mil veces lo meció más que su madre. Lo que recibe un niño pobre, él lo desconoce. Ahora acoge palos en nombre de la justicia social. Pobre niño rico. No merece la descortesía nominativa del animal; los hijos no son culpables de los pecados de sus padres. Quizás con los reyes es distinto, lo de la sangre azul y eso. Aunque yo he visto sangrar al prisionero y la tiene roja, lo que me ha confundido mucho; no me he atrevido a rebatir.
Cuando llegué por primera vez, el carcelero, verdugo por ocio, olvidado ya su oficio artesano, me revisó de arriba hasta abajo, desnudándome igual que los hombres acostumbrados a sopesar la jarra que van a ingerir, para atajar posibles trampas y robos. Se burló del paño que me cubre el escote, decidiendo tomarlo como trueque por darme paso. Peor podía haber sido. La palabra libertad contamina mientras libera. Así traspasé yo en aquellas piedras, colocadas de tal modo que ni puerta había, todo lo más, una oquedad. Una cárcel formada alrededor de un chiquillo lleno de mocos y lágrimas. Nadie tuviera piedad con él, muy al contrario, las palizas a su cuerpecillo eran una de las ocupaciones diarias, hasta que la fiebre y las pústulas lo rindieron en el duro suelo. Perdió toda diversión para los salvajes que gritaban desde cualquier acumulación que les diera altitud, izando proclamas y manifiestos. Ahora, los ciudadanos se creen dioses, con derecho a juzgar, decidir y castigar. La muerte impuesta es el lugar más frecuentado, una fiesta que rompe con lo antiguo y revive lo nuevo. También los que pierden la cabeza en la cesta tienen la sangre roja. 

¡Nos han mentido desde hace tanto tiempo!


Las últimas órdenes que me han llegado, han sido la de intentar que muera deprisa. Movida por un sentimiento de humanidad, pensé en varias opciones, aunque al imaginar a mis propios hijos sufriendo muertes anunciadas, decidí arriesgar. Todavía continúo sintiendo mi alma devota de algún dios o creyente en la bondad perpetua. Será que soy una analfabeta y maldita mujer, como escupe mi esposo, su madre y los hombres que me aprisionan contra la pared del callejón. La ciudad está demasiado enervada, salvaje y brutal.

Algunos quieren levantar a este pellejo joven, dicen que tienen un trono para él. No llegará a verlo ni ellos a sentarlo. Quisiera salvarlo de una muerte que le ronda el aire, consumiendo su existencia en la insensatez asesina de otros. He pensado en un plan para burlar su destino. Mi capa será el protagonista, tapando un muerto de su edad, nadie, ni siquiera el carcelero, empeñado en sobarme salvajemente en cada visita, recibiendo lo que ansía, notará después lo que sujeto con trapos a mi cuerpo. Los huesos no pesan, amoldándose a la calidez de mi vientre. Llevaré un corazón parado, de los que conservan en alcohol los alquimistas, saliendo con otro hermoso, pujante de vida. Huyendo del ronquido de bestia satisfecha, con cuidado me dirigiré al callejón dónde vivo. Mentiré y diré que es uno de los pequeños criados de Palacio, descubierto entre cadáveres que estaban a punto de enterrar. Pero que ha tenido suerte. Un ciudadano que representará la victoria de los hombres justos, equitativos y por fin, libres. 

No habrá objeciones, pues nada inflama más a las guerras que las causas comunes. Los que más crímenes realizan por las doctrinas, son enardecidos luchadores por las víctimas de sus causas. En ello me baso.
No puedo pensar en otra cosa.

Será mi contribución a la historia y a la libertad.


viernes, 14 de marzo de 2014

Muñeca estropeada.




“Las muñecas cierran los ojos al ser tumbadas, como debe ser”

 Está claro, ¿no? Los zombis no deberían pilotar aviones. Ya por cuestión física: los tendones se enredan con la palanca de cambios, con los jirones deshilachados de las mangas, con falanges que se luxan hacia direcciones imprevistas.
Veo en el radar que llega uno de ellos. Siento odio hacia los seres tan rellenos. Son íntegros, con toda la carne y sangre en su sitio, bien colocados sobre el tapizado asiento. Sobre la columna vertebral se adhieren las entrañas, sin deserciones; la disciplina de tripas me aburre. Compactos en sus cuerpos limitados por la piel, que crea frontera y ayuda a hacer cosas sin que, en un momento dado, tirantee tropezándose con los aparejos.

El cuadro de mandos me indica cuál es el instante exacto para disparar. Qué feliz soy, la expectación ante la posibilidad de no fallar es inmensa, adrenalítica y superior. Me encanta ponerme a tiro para demostrar mi valía como piloto. Cuando estallan, es genial, manchan todo el cristal delantero del avión con sangre y vísceras, no sin antes mostrar en sus caras,  enteras, perfectas, el pánico ante lo inevitable. El ruido es como canto para mis oídos, suena igual que un “choff” sobre un charco invernal con botas de goma, o tal vez como un pisotón a una cucaracha, con crepitado de fin de vida. Ahora, cuando escucho un crujido, las manos me tiemblan de placer. Incluso los cerebros escindidos  son hedonistas. Automatismos perversos que me distraen en la vida inventada que todos llevamos afuera.

Escucho el llorar de mi hermana. Ya está bien. Es una mocosa blancuzca con la que juega a las muñecas mi vieja. Le repite mil veces lo bonita que es para después, obligarla a sentirse culpable por no serlo más. Tengo antipatía a mi hermana. Se deja querer con los halagos empalagosos de su titiritera, no comprendiendo que sea ésta misma, la que le pega por no llegar a ser perfecta. Ella consiente ser zarandeada, anulada, mientras la visten, la peinan, le clavan punzantes horquillas, se las quitan con violencia. El resultado nunca es pulcro y cuidado. Odio su actitud  estocolmista amplificándose  por las inmediaciones de su habitación, hasta alcanzar mis dominios. La visión clarividente enerva la ira. Su pelo amarillo siempre enredado es insufrible, sus trapos desvaídos me ponen frenético. Sus orejas merecen algo más que un agujero sin pendientes, pues lo que es revendido, vendido queda y aquellos trozos de oro, regalo de otros tiempos, mejor están en el recuerdo a cambio del trueque por una barra de chocolate y dos paquetes de arroz.

¿Qué si pasamos carestía? Pues no. Yo me he acostumbrado a no comer. Era incómodo ver salir por fuera de mi estómago, tan mermado por la misma hambre, la asquerosa papilla de pan reseso que cocía mi padre antes de largarse. Él sí que tuvo suerte.

Una fiera, mi padre. Nos estuvo sisando durante meses la escasa comida que pedía a gritos entrar en casa. He aprendido a distraerme pensando en cómo debería morir en castigo por dejar que las mejillas de mi madre se deslucieran y el cabello de mi hermana perdiera longitud, fuerza y brillo, siendo sustituida por unos cuantos pelos mal clavados en el cráneo. Me da igual que haya sido un buen hombre hace años, no le exime de su error ni de su mala fe.
¡Cuidado! Requiebro, virando la nave hacia un mejor ángulo de visión. Exactamente colocados mi dedo índice sobre el botón adecuado, espachurro la carne sobrante, logrando un disparo certero. Soy el mejor de los zombis del escuadrón. Me reclino hacia atrás en el asiento con satisfacción. Otras cosas no me valorarán, pero sobre puntería, estrategia, planificación y ejecución, no tengo competencia.

Otra vez llora la pesada de mi hermana. Su llanto taladra mis huesos hasta el tuétano. No la han enseñado a callarse, es lo que tiene no haber tenido una madre que cumpliera su cometido con acierto. Me dan ganas de cortar un trozo de su bata rosa de guatiné y ahogar los sollozos. Supongo que llora por algo, quizás debiera ir y preguntarle. Aunque su madre está para algo, digo yo. Que no todo es embarazarse, parir y dar por supuesto que aquella pequeña cosa crecerá sin molestar. Pero no quiero que se note el interés, eh.
Hago un esfuerzo y tomo conciencia de la ubicación del suelo, del techo y color infame de las paredes. Camino con desolación obligada, estoy descalzo y no viajo tras las líneas enemigas para hacer doble espionaje. Una lástima pues mi físico anodino me camuflaría; un hombre normal más, entre miles de hombres  similares en casi todos los países del mundo.

Golpeo suavemente en el marco de la puerta. Se vuelve y me mira con ojos rojos. Tal vez lleva mucho tiempo llorando. Mi hermana tiene las pestañas tan rubias que parece albina. Su flequillo, corte travieso por ella misma, le hace ladear un ojo para que no le moleste la visión diurna, porque de noche se cubre con la melena para ahuyentar la luz. No es miedosa, pero tampoco adivino una adolescente precavida. Ya no solloza al mirarme. En su mano, una muñeca casi rota, su preferida. Tampoco está entera, ni sus ropas floreadas, ni el número adecuado de brazos y piernas. Sus ojos, dos, sí que están, bordeados por unas pestañas ennegrecidas con restos del rimen de mi madre. Al estar mal aplicado por una niña de seis años, parecen más ojeras amoratadas que unos ojos que quisieran lucir bonitos.
Mi madre tiene los ojos negros, negrísimos igual que un futuro familiar. Algo que es un presagio horrible lleva siempre colgando de sus puntas, aunque se las rice con un artilugio raro que parece un instrumento de tortura. Si algún día…  no quiero que se apueste  por ésas cosas; acomodo fobias muy rápido.

La pequeña baja la cabeza. Intuyo que despisto el cariño que dicen que se tienen los hermanos entre sí. De adultos, todo se acepta, siendo saludable incluso, pero ahora es una rareza que no me vea como a un héroe, pese a estar tan lejos del perfil. Toma aire, lo sé porque observo su pecho y su gesto de apartar los pelos de la cara. Muestra su muñeca con resignación. Tiene un lado de la cara mutilado, con lo que parece ser un manchurrón de rojo mercromina. Un trozo sanguinolento que provoca rechazo. Me recuerda que estaba en medio de una tarea sublime, matar a seres terminados.
Solo fue un acto reflejo, tomo interés por la muestra. Entro en su cuarto, forrado de flores rosas y me siento sobre su edredón, también rosáceo. Igual que una casa de muñecas gigante. Qué hortera es mi vieja.

Me ofrece el mutilado deshecho y se queda a mi lado, muy pegada a mí, tanto que la convección de calor sin fluidos, podría complicarnos a los dos. Por una vez, no me molesta la proximidad de alguien. Será que la vida me llama poco.

Espero a que hable, soy un tipo de costumbres, de malas, muy malas. No recordaba su voz suave, casi melosa, tan suplicante. Ella, una víctima, la otra la sostengo yo entre mis manos.

-          Me dice mamá que es fea. Está estropeada, no cierra los ojos al dormir.

Le doy una mirada larga a su juguete cercenado. Pobre muñeca, otra paria. Asiento con la cabeza y permito que su voz siga desmenuzándose.

-          Es muy fea. No la quiero. Mamá no la quiere. Ya no la quiero.

Me encanta la actitud resuelta de quién toma decisiones. Demuestra un espíritu práctico, sin hacer curvas para sortear problemas, sino rectar hacia soluciones directas. Voy a tener que hacerle un seguimiento a esta nenita despeluchada.

-          ¿Qué quieres hacer con ella?

Le pregunto con curiosidad, de veras que me interesa lo que pueda decir.

Baja la voz, se acerca más hacia mí y sin mostrar rechazo alguno, hace un momento yo era un asqueroso zombi, me susurra.

-          Sé lo que les sucede a las niñas feas que no quieren dormir. Lo que le ocurrió a Delia.

Ahora sí que me sobresalto. Pensé que no se acordaría, debía tener tres años o algo menos. No tiene importancia al igual que no la tuvo Delia. Su huella fue algo leve que se borró en pocos días. Solo recuerdo que era fea. Bueno, yo no la llegué a ver pese a ser otra hermana, pero la frase me sonaba mucho. Era un lamento más repetido que la falta de comida, insensatez o acariño. Luego dicen que la belleza no es importante, que se lo digan a los que asesino todos los días. Son exterminados por igual motivo. En casa hace mucho tiempo que no se habla de Delia. Desde su nacimiento no se la mencionó ninguna vez. Ni siquiera llegó a tener un nombre oficial. Era “eso” para mi padre y para mi madre era un levantar de hombros sin más importancia merecida. Por suerte para ellos duró poco. Me dijeron que tuvieron que llevarla al hospital, repitiendo mi madre “de dónde nunca debió salir”

 No juzguéis a su madre, no sería justo sobrevalorarla tanto como para poder hacerlo.

Digo lo obvio. Soy un adicto a dejarme llevar por las conversaciones con deslizante flojedad. Total, las palabras necesarias son muy limitadas, con decir la adecuada en algún momento, el interlocutor se cree escuchado. Cuánto pánfilo.

-          ¿Qué les pasa a las niñas feas?

Odio las paranoias de la vieja.

-          Sé lo que hay que hacer con las feas. Ven.

 Agarra la pierna de mi pantalón y comienza a andar. Sigo con la muñeca en la mano. Parece haberse olvidado de ella. En sus ojos no hay irradiaciones de determinación, es más una pesadez inmensa de alguien con un peso. Incluso sus piernas parecen ser hierros sin necesarias articulaciones.

De esta manera vamos hacia el jardín tras la casa. No practico nada el deporte de tomar el sol, la naturaleza frecuentada y demás chorradas salutíferas. Yo paso de morirme de un ataque de salud, prefiero escuchar como estallan mis enemigos humanos.

Mira con precaución inútil hacia los lados. La imito contagiado por su cómica gestualidad. Tiene algo esta chiquilla, tal vez sirva para explotar burbujas de personas. Pensaré en alguna prueba a la que someterla; mis cosas son muy  mías. Las casas vecinas están muy lejos, ni con prismáticos lograrían vernos. Tengo la cabeza llena de teorías conspiratorias, la publicidad engañosa me nutre con mi permiso; no quiero ser perfecto.

Llegamos al límite del jardín, algunos árboles dan sombra en verano a esta zona. Recuerdo hace tiempo que sirvió para que mi padre se sentara a terminar de emborracharse al sol. Decía que le subía antes el alcohol y que luego se evaporaba bajo el calor, hasta formar parte de las nubes, su pequeña contribución al espectáculo del cielo.

La muñeca rosa se gira y con aire misterioso toma el juguete de mi mano. Maternal y dulce (tal vez el color rosa le vaya bien después de todo) le retira el pelo sintético de la cara estropeada por el cromer. La sacude un par de veces y sus dedos le bajan los párpados una vez. Luego prueba de nuevo, verificando que el mecanismo no funciona. Está claro, necesita dormirse sola, aquella cosa plástica en forma de muñeca zombi.

 Se agacha en la hierba y coloca la muñeca a su lado, mientras remueve la tierra, levantando un montoncillo de hierba. Cuando le parece bien, coge el objeto insomne y lo tumba dentro del hueco recién hecho. Los ojos no se cierran, quedando clavados en el aire. Mi hermana se los cierra con delicadeza, para seguidamente cubrirla con el amasijo de césped y tierra.

 
-          Era una niña fea. Y se estropeó. Igual que Dalia.

 
Me cuesta respirar, pero debo hacerlo. De mano de mi hermana pequeña, la única que tengo, vuelvo a desandar lo andado. A casa, a mi cuarto, a mi juego de matar humanos, a creerme el mejor e invicto de los zombis que pasean por el más alto nivel.

Era una niña fea.

lunes, 10 de febrero de 2014

APOCALIPSIS (CON PELUCA)




Dolores entró por urgencias agarrándose la peluca. Sus dedos casi se partían de la fuerza que ejercía su deteriorada mente sobre el pelo sintético, de un color desvaído de tanto usar un champú de perro, más barato en el supermercado que los publicitados en la TV.

La obsesión de encasquetarse la cápsula de hebras sobre su clarísimo cráneo venía de una edad de Dolores indeterminada. Debió ser una niña con los brazos levantados en la escuela, proponiendo a su flequillo directrices más complejas que las desarrolladas en la pizarra por su profesora, la misma que se cardaba su cabello natural, pero tintado por parecer más alta y estilosa. Le prohibía esta profesora, en aras de un capricho vanidoso, que la niña Dolores mantuviera el gorro de lana puesto en clase, así que la martirizaba bajo la obligación de vigilar que no se le torciera su prótesis capilar.

Dolores no se fijó, por razones obvias en la pequeña enfermera que sugirió liberarla de todas sus ropas y enseres, muchos más de los imaginados en el primer momento del ingreso. Eran las tres de la mañana y el café de primera hora del turno de noche, ya había sido digerido y acunado por el calor del silencio, mediante pacientes con adecuada medicación. Aunque el montón acumulado por el despoje de la enferma, acabó por barrer a todos los sanitarios, logrando que ya no se hablara de nada más hasta las ocho de la mañana, y más allá, en sus casas, en sus círculos, con sus gentes y consigo mismos.

Dolores había entrado en sus vidas igual que un ente inaudito, tal era su fealdad. La excusa de que estuviese calva, no valdría de atenuante y el sentimiento de piedad o lástima quedó fuera de aquellas níveas paredes. Era la protagonista con el mejor papel. Un coro de pijamas blanco la rodeó comiéndosela con los ojos para vomitarla de inmediato. Dio la orden la enfermera jefe de proceder a su desnudez, lo que provocó que alguno desertara y otras miraran con más ímpetu y fijeza. De todo existe en este valle de fracaso al que expulsaron a nuestros ancestros alguien llamado dios (se comenta).

El inventario fue el siguiente: Unas pestañas postizas, de buen pegamento, tras dos tirones; un escapulario que a juzgar por lo tiñoso, debía tener mil años; dos anillos enormes de color verde esmeralda, una dentadura postiza con diente de oro incluida; dos paquetes de clínex entre la tela del sujetador beige de los “sufriditos” y una peluca, claro.

Las cejas no se pudieron extraer, por lo que se esperó al aseo de la mañana, obligatorio para ideólogos con estetoscopio, dirigentes políticos y ejecutores del fregoteo humano; quizás salieran con agua y jabón. Aquello fue un acontecimiento social a gran escala en el hospital, por otra parte, pequeño en número de camas, escaso en quirófanos y nulo en investigación.

Dolores, la nuit, tuvo también un gran debut. Las pastillas necesarias para hacerla dormir parecían no relajar sus falanges terminales, pues la peluca, torcida sin remedio, no aflojaba su ubicación. Lo curioso de un peinado torcido es que otorga un aspecto picassiano criminal o de demente abstracto a su dueña. Dolores atravesó la noche siendo una obra de arte con la duda de los espectadores sobre su condición humana, bajo los focos del cabecero; un cuadro de exposición iluminado sin marco ni paspartú.

Leído el historial, las cábalas sobre su vida, alcanzaron la simetría perfecta para deducir que había sido cosa de los pecados cometidos por sus padres: un alcohólico quizás con rasgos autistas y una quizás epiléptica nacida sin folículos pilosos. Las certezas se pierden si no se concretan y por mucho que digan, un historial médico no es muy definido. Afirmación que sostengo pues es un escrito altamente subjetivo, escrito por varios autores en momentos tan distantes que llaman al error en su pretendida homogeneidad. Algo así como un evangelio según San psiquiatra, que llegó tarde como siempre, bobalicón y comulgando con ruedas de molino, un Todopoderoso neurólogo, que ejerció de mandamás y se le cruzaron las dendritas, una Linda internista, que aconsejaba mucho deporte y buenos alimentos; junto con su Reverendo dermatólogo que untaba sin cesar al laboratorio que más y mejor regalos le obsequiaba.

Cuando llegó el Apocalipsis, Dolores no escuchara a sus familiares predecir su futuro. Saltó la joven sobrina que ya que la tía no tenía hijos, pues ella sería su heredera Universal. Alabó su vida y obras, que pocas eran, cinco mil asistencias a la iglesia, la ocupación de varias generaciones de gallinas ponedoras y tres limoneros necesitados, por lo visto, de buenas palizas en sus troncos para enfrutarse. También, llevada por la emoción, su pelucón siniestro, su bondad para con ella, que se reconocía su preferida y su mano para la repostería de meriendas.

La sala de espera, dejó de esperar y se alzó en revolución; primos, sobrinos, hermanos y vecinos, además de un novio de la sobrina, que le cogió de paso, quién sabe a dónde. Todos comenzaron a dejar de posar sus traseros en los incómodos bancos y a oscilar sus dedos índices para taladrar con ellos al vecino.

(Existen herencias que merecemos y otras que la evolución natural debería seleccionar con misericordia; aunque yo, mejor guardo mi opinión, no vaya a ser que alguien con impresionables espinas  se moleste…)

Debo decir como narrador, que al margen de que pareciera un demonio o incubo de los suburbios de un infierno agonizante, la Dolores fea sostuvo su hálito de vida más allá de lo que deseaban los que llegaron a los insultos en la sala contigua. Circunstancia ésta para que el novio fuera distraídamente hacia la enferma, constatando la deformidad posible de su futura progenie (posible, también). Fue el chico volando hacia lo desconocido, más rápido que el más veloz de cuántos animales rápidos y veloces poblaron la Tierra y el más Allá.

Pensó la sobrina, al verse sin su maromo, que mejor, así tocaría a más. Encima, sin ataduras, que menuda vidorra que me voy a dar, lo primero, cirugía “rinoplástica” que me saque el pico de loro… ¡y después mil viajes en pareo!

El gerente, alertado por el vigilante responsable de la seguridad, tomó la medida futura de adecuar una sala insonorizada y cerrada, para ocultar aquellos desmadres que pudieran producirse. La fecha de la reubicación, que coincidió con la muerte de la finada, quedó reflejada en el reciclado fichero marrón patata de la oficina de Archivos.

Puntearé: sufriendo la estela que dejaba el ingreso y fallecimiento de nuestra nunca Lola, impregnando paredes, techos, lámparas y personal, el gerente era un impostor. Ella destapó sin querer las intenciones maliciosas del doble agente, sí, un espía al estilo de novela negra, sueldazo a base de cargarse el hospital, que buenas promesas adquiera de la empresa que le prometió el oro y el moro, que en lenguaje coloquial se dice. Actuar de tapadillo es un síntoma de la enfermedad que porta lo falso por bandera. Y la agita con furia, con ánimo imbatible de degollar a los contrarios. Pues Dolores, sí, la nuestra, murió, es un secreto entre ustedes y yo… exactamente setenta y dos horas antes de que el otro dedo, me pregunto si no sería el gastado para las peinetas, de un dios que no sabe si lo es o no, la señalara; gracias a la pócima mágica de un cóctel de sueros apropiados al caso. Se ahorraron una pasta, no digo más.

Hay personas que despeinan circunstancias hibernadas que a todos, nos ha congelado la vida. Dolores fue una de ellas.

 Para ella, mi homenaje.

 

lunes, 9 de diciembre de 2013

RASTREADORA DE TRENES...


RASTREADORA DE TRENES...
 
Apuro el paso, hasta escuchar el ruido del hoy, porque el mañana es un secreto apenas vislumbrado. Fui rastreadora de trenes. Capaz de adivinar su procedencia y destino con escuchar el retumbo que producían sus vaivenes. Pero me resultan extraños ahora, mientras se perfuman tiempos pasados y mis articulaciones se quejan a gritos. Sereno mi respiración y miro alrededor. Nadie me ha seguido esta vez. La estación ha menguado mucho, apreciación que me sobresalta, pues por acción impía del tiempo, soy consciente de que yo también he disminuido. Ni mi vista, ni el oído, ni otras sensoriales percepciones se conservaron en el ámbar de mi persona. Los trenes viejos también viven agonías; pocos llegan a tiempo en el horario de la eternidad presente. El conjunto de apeadero, raíles y estrechez, que a tanta gente le despierta un flanco romántico, fraterniza con la inquietud del objetivo que cumplir.

    El andén es lúgubre, poseído por luces y sombras, geriátrico paralelo a mis carencias. Hace tiempo que se desvencija, igual que el propósito con que fue construido.  Alcanzar ayer el final de los raíles con la vista, era una muestra de la impotencia que empequeñece hoy la visión de los cristales de mis gafas de lejos. Sus paredes de ladrillo fluctúan entre antiguas, gastadas y sucias. Análogo pegamento que diluye traicioneros adioses, huidas mentirosas y terminales besos, fallecidos por aviesas intenciones, que una paleta obrera recubriera el mundo que allí enflaquece con antiestético color hocico de perro. Un desolado humo aglutina a los viajeros, creando ópticas de misterio, escondido bajo una sempiterna trinchera. Cruzo las piernas con descarado gesto, vegetando en sobrevividos pasados.

Retomo recuerdos; se alborotan para mostrarse mientras se esconden.

Me he sentado en el banco de siempre, lugar atemporal que se desdibujará en mi memoria, agazapado hasta que, seguro de sorprender el presente, dará coronarios pellizcos para reclamar mi atención. Entre estas maderas, ahora pintadas y repintadas de diversos colores, hasta alcanzar el diseño actual, bajo capas añejas de intensos camuflajes, reposan dos nombres. Los nuestros. El de Fran y el mío.

Fran fue el horizonte de mis metamorfosis. Dieciséis líneas paisajísticas. Conocerlo fue trepar nubes o aprisionarme entre páginas ingenuas de los cuentos. Dentro de mi recién apartada infancia, subyacía la inexperiencia, verdugo de mis ilusiones. La vida me ha empujado tanto y tan lejos, que no sé dónde duerme el camino inicial. Algo se torció, no sé en qué momento. Hoy es el día en que me considero un hilván suelto de labor inacabada.
Era Fran entonces, poseedor de fama de chico conflictivo, o al menos lo parecía; su sólida figura, andar de perdonavidas o negrísimo cabello, acompañaba un taciturno semblante de hombre desengañado con el futuro. Trabajoso era para él adquirir un aspecto relajado y tranquilo. Tan ardua era la tarea que una sonrisa necesitaba de considerable azar ganador, para esquivar los músculos destinados a impedirlo. Creí en un dios griego esculpido en alabastro. Sus ojos formaban sendas rendijas bajo sus pestañas, lo que otorgaba carácter a la perfecta delineación de sus labios. Allí vivía yo, dónde comenzaba su pelo, donde alcanzaba la largura de sus pestañas, dónde naufragaba su costosa sonrisa. Pero era en su voz, fuerte, sólida y grave, dónde ansiaba mudarme sin equipaje, desposeída de mí.
Qué cercano parece todo y sin embargo, que lejano en mi cuerpo. Desde que venció la edad, recorro cada noche mi vientre, obviando la piel sobrante y la tersura que evoco si cierro los párpados. Qué triste saberme joven por dentro y que el espejo te despierte a una imagen con la que no te identificas. Podría ser mi cruel tatarabuela, mi fértil bisabuela, mi longeva abuela o mi prematura madre. Cualquiera de ellas, menos yo. Es peor que envejecer, contemplarme. Una agonía de materia orgánica que se desliza hacia el suelo queriendo descansar sobre él. No hay manera de convencerla de que se inmovilice.
En este banco, en el cual reposo la madeja rebelde de mis semblanzas, bajo capas epidérmicas en brochazos anárquicos, dos nombres habían sido escritos por la mano de Fran. Desconocía que tuviera el talento, el arranque y la sensibilidad para regalarme un guiño semejante, eso sí; con el filo cadavérico cortante de una navaja.
En nuestro punto de encuentro, tren procedente del norte, destino sur, inicia su entrada por la vía dos, rogamos a los Sres. viajeros no desciendan hasta que haya detenido totalmente su marcha, gracias. Atentos estábamos del jefe de la estación, que con su uniforme azul, agitaba su bandera para marcar la entrada y la salida del hermoso, a ojos de quién espera, transporte que yo aguardaba. Fran, desde la ventanilla más próxima a mi impaciencia, se fraguaba hacia delante, al calor del encuentro, con su rostro moreno casi pálido en el momento en que nuestros ojos se encontraban. Guardo todos y cada uno de los billetes amarillos que el revisor “picaba” en un ángulo perfecto que siempre me recordaba a las huellas de pequeños pájaros.
De ellos, estaba mi cabeza llena. Dieciséis. Y alma sin sobar, corazón todavía vivo, tropel para apurar varias vidas. Desconozco la clase de animal que habitaba aquella esfinge que me acompañaba sin mirarme apenas. Podíamos pasar horas sin conversar, yo dibujando en mi mente su contorno perfileño, el abultamiento justo de sus labios, aquellos en los que yo me colgaba para besarlo con la mirada, diez, cien, mil veces infinitas.
He venido para recordar, pues temo haber olvidado lo que realmente ocurrió, amparándome en el relleno de alguna laguna mental, que mi médico se empeña en llamar “paréntesis de la edad” y mi hijo, “las cosas de mi madre” sin donar misericordia a la frase que imparable escupe su boca, “ya chochea”. Continúa siendo un proyecto de hombre que se malogró, ejerciendo la necesidad de pisar a su progenitora para sentirse adulto y poderoso. Ninguneos que son cobardes brillanteces. Desconoce que hace tiempo que yo no le presto atención. Ha trasmutado la maternidad hacia el niño que fue y que por desgracia, jamás volverá. Desde que me diagnosticaron la enfermedad de “adquisición de olvidos”, eufemismo que trato de no entender, y que a veces incluso alcanzo, he sentido la necesidad de venir a la estación de mi juventud. Necesito recordar lo que sucedió, para poder olvidarlo para siempre.

Nos encontramos cien, doscientas, cuatrocientas veces. Paseos al comienzo sin tocamientos indecorosos, pero tan latentes que nos traspasaban el iris cada vez que coincidían las miradas y la respiración se entrecortaba. Rendirse a otras manos tenía toda la redención de una enajenación mental. Temíamos morir de un mal latido galopante que se desbocara sin indulto al retorno.
Ahora, observo cómo frena el tren venido del sur, gente que desciende con monstruosos bultos, suplementos anatómicos en forma de bolsos infectados de inutilidades, con cejas fruncidas o desabrochadas. Un laberinto interior ocupa, guía hilvanada en invisibilidades, mi agotado cerebro. Fue aquella vez, cuando, tras escapar de los barrotes caseros, apareció mi padre, ramificado en un manojo de nervios. La firmeza neurasténica de éste hombre nunca le llevó a mal destino, ahora lo entiendo. No fue capaz de soltarme algo inteligible. Adiviné que saliera de su oficina a propósito, alertado por mi madre, en su posición de espía anti alcahueta. Tartamudo mi progenitor por un día, fuera de su territorio de poderío, creí entenderle que traía algo para Fran. Dada su oposición radical a que nos viéramos, paliza mediante y déspota mandato, obligué sumisión a la desconfianza. Dejé que hablase sin moverme, con cara de nada, cruzada de piernas, con medias recién estrenadas y sin una carrera que pudiera estropear algún minuto de observación furtiva. Comencé a escucharlo cuando su voz se convirtió en lacerantes agujas.
Decía que yo, mujercita que no había tocado aún nadie (el tono preñado de “nadie” era en infamantes mayúsculas) podía conseguir un mejor partido. Tal vez, pienso yo ahora, era el llamado “buen partido” el que lograría mala compra. Seguía, convenciendo a alguien que no vestía unas transparentes medias sin roturas, pero con esperanzas, que sería bueno que la dote fuera menor, siempre bajo contrato ante el altar, abaratando la mercancía, por el bien de mis hermanos menores. Antes de entregar gratis lo que él podría negociar, antes de convertirme sin remedio en una “de ésas” mujeres perdidas. Sería una inversión a plazo medio, pues me veía en edad y disposición. Lo dijo de esta manera. Disposición. Seguía su hija sin acertar con el plan de tal alimaña, cuando sacó con nervioso gesto, un talonario del bolsillo.

Oída la oferta del día: una virginidad en subasta.

Quedé tan aturdida como estoy ahora mismo, decidida a revivirlo. Lo disuadí de que no era necesario derrochar su dinero: alejaría al indeseable aspirante de mi lado, bajo promesa sin chantaje y todos contentos. Vendría alguna oferta mejor, alegrando mi y su nivel de exigencia, que se encumbrara tras la relación con el “muerto de hambre ése”. Hay que darse a valer, me dijera mi madre. Repetí lo que tantas veces escuchara en las sobremesas, sobrecenas e intermedios noticieros. Darme a valer. Supongo que no me creyó, pero su cobardía y sus ganas de escapar de un enfrentamiento en el que tendría bonos sobrantes para perder, le hicieron aceptar la solución propuesta. Se fue. Ante mi vista, su espalda, imagen de buitre carroñero que se alejaba con un trozo de carne en el pico. Se alejó como padre, dejando impronta de proxeneta. Desapasionado, pero ambicioso.
Tras unos minutos, apareció Fran ante mí, más callado y ausente que nunca. Esa tarde recorrimos silenciosos escalones hacia ninguna parte, con la torturante conmoción del tiempo perdido, cada uno en un extremo del universo en el que mal orbitaban desconcertados pensamientos.
Aquí se disipan las certezas. Llega un tren y mientras suceden abrazos, lágrimas y sonrisas entre la multitud, reparo en una faz conocida, mas no sé identificarla. Asaltando con angustia. las ruinas del escaso sentido que huye a cada segundo, vuelvo a revivir la fría despedida, de un hombre que, sobre la movible superficie metálica, a punto de cerrarse las compuertas, es preguntado por una chiquilla: ¿Me quieres? El universo sentimental sintetizado en una frase de dos palabras, el destino, la súplica ingenua. “No”, responde.
Mientras aquel rostro conocido, me iza suavemente, puro teatral, con caballerosidad de hijo solícito, pero con la rabia clavada en sus manos, disimulada en el escenario, se revuelca la tristeza ciñendo mis desmemorias blanquecinas. Vayamos a casa, mamá. Me lo repite varias veces, con agitación sumada y caridad restada. ¡Volvemos a casa, mamá! ¡No entiendo a qué has venido aquí…! Me revuelvo con todo el nervio que inspiro en el aire, soltándome de sus manos, deshaciendo su mirada. Lo encaro: no es mi hijo, su rostro transmutado, ¡es mi padre, el miserable vendedor! Contesta, digo: Le pagaste para que se fuera ¿verdad? Cogió el dinero que le ofrecías…
“Si”, dice. Tampoco tiene simpleza la afirmación que me despoja la facultad de seguir viva. Si, mamá. El hombre que dices fue mi padre, aceptó el dinero. ¡Nunca volviste a verlo, vieja chiflada! ¡Basta ya de tonterías!
Y el universo de mi memoria, se desdibuja para siempre. Se decolora y se quiebra, ahíto de lloviznantes sequías. Bienvenido sea mi mal,  antídoto que robe mi dolor. Estoy preparada para olvidar. Me dejo conducir, avejentada y rota hacia el hondo morir de las posibilidades.

 

lunes, 11 de noviembre de 2013

DESPRECIABLE

 
 
DESPRECIABLE
Eres una mujer despreciable.

Se teje el silencio, se detiene el aire; ninguna de ellas piensa en terminar la conversación. No es masoquismo ni placer, tampoco venganza, solo necesidad.

Eres un deshecho humano....

Dejan de respirar a la vez, alarmados los pulmones se colapsan y piden ayuda al cerebro. El centro de operaciones se lava de culpabilidades, derivándolas hacia el corazón.
Los oídos que escuchan transmiten el sonido con mucho cuidado, no precisan daños internos ni por el tono de la frase, ni por los vacíos que están tan llenos.
Toma volumen su pecho y pregunta (qué osadía, qué fantástica manera de regenerarse):

Y tú eres… ella.

Exacto. Tú lo has dicho, soy la otra, aunque para mí, tú eres ésa. Ironías de la vida.

Respiran, una bajo el delantal blanco y la contraria aferrando su piel a una blusa roja. Miran al mismo tiempo hacia abajo, lenguaje gestual y primitivo que adoptan los momentos de torpeza.
Se altera la recién llegada, tras llamar a la puerta con tanta determinación, poder que atestigua en forma de alianza no religiosa. Contempla sus zapatos también rojos, ayudando a sostener en quietud ficticia las rodillas que de repente, se han puesto a temblar.
La otra, delantal con volante, se refugia en el quicio vertical de la puerta. Tal vez también mira hacia sus pies, calzados con sencillas bailarinas. El color no es apreciable, quizás mimético.
Las vemos quietas, aparentemente, pero el agua interior hierve y su temperatura promete no menguar en el próximo futuro. Se presiente el mareo, la caída, el desmayo. El tiempo de los porqués no estaba en la agenda de esta mañana, que la niebla almacena con desgajado reflejo.
Si el pensamiento de abandonar el marco de la puerta¸ nació en algún momento en la bella y esbelta dueña legítima de la casa abordada, consistió en la fugacidad con que viajan las ideas peligrosas que las mentes prudentes desechan, sin plantearlas con seriedad. La visitante, llena de pinceladas rojas, labios, zapatos, blusa, el resto de su vestuario negro; lo mantiene un poco más, adecuado a la conveniencia de no hacer almohada en las ventanas del resto de mujeres.
Nadie gusta de ser cotilleada, sino de hacerlo, colocar los pechos bien asentados sobre un alféizar guateado, para que las horas y las lenguas paseen con la misma rapidez.

Es aquí cuando la el hilo de la hembra logra su conexión. El delantal resplandeciente se aparta del hueco arquitectónico y su mirada se fija en los pies de la recién llegada, adivinando el color que barniza sus uñas. Adelanta su cuerpo negro y rojo la mujer, no cualquiera, la otra.
El zaguán tiene estilo. No de prefabricación en cadena, tampoco usa el diseño torpe con metal y espejo, sino madera y lana. Calidez que dilata la pupila y contornea la palabra “acogedora” igual que si fuera un verbo digno de conjugar. No sabemos si las letras de hogar, duelen. Si lo hacen, conocemos a su víctima, que pisa con cuidado la moqueta, también cuidada. Se cierra la puerta despacio.
Expectación en las ventanas, las terrazas y patios de tendal. Están dentro. Solas. Llenas de rabia o de miedo, valentía o cobardía. Solas cada una y alrededor.

Desconozco el motivo que le trae a mi casa. O debería de ofrecerle un café y asiento, usted que haría en mi lugar…

Me tratas con ofensiva distancia.

Cierto. Estoy haciendo grandes esfuerzos por no perder las buenas formas y la educación.

Crees que eres mejor que yo.

También cierto. Yo puedo mostrarme con la cabeza alta y tú… tú…

Ya entiendo.

Saca un cigarrillo de su bolso, que no hemos visto hasta ahora, uno pequeño, desgastado por las esquinas. No diré su color. Le ofrece uno a la mujer que se ha sentado rígida en el sofá tapizado de verde, que duda un segundo. No, responde su razón.

Bien, quiero hablar contigo sobre él. Creo que ya es necesario.

La mirada es dolorida y azul. Que todo lo tiene la legítima para serlo, en la selección natural. Cristalinos sus ojos, a los que asoma el tul de alianza, el bordado del visillo, la calentura del revés de las zapatillas, la bufanda de cachemir rosa colgada en la entrada.

No veo la necesidad de hablar de él.

Frunce los labios con mohín encantador, casi puchero infantil.

Pues lo vamos a hacer. Para eso he venido.

Se resigna y su rigidez cede un poco. Solamente un toque apenas imperceptible. Pero lo notamos.
Cruza las piernas la otra, dispuesta a decir lo que acarreaba, junto con el bolso usado y el perfume que exhala.

Bien. Verás: tenemos un factor común. Un hombre que compartimos. Eso ya lo sabes, no es algo que te caiga de sorpresa. Seguro que no he sido la única.

Algo que parece una herida recién abierta, sangra en el fondo de una de las almas. Quizás de las dos, una supurante y otra contenida. Dolorosas ambas.

No lo has sido, lo sigues siendo. Hueles igual que él cuándo vuelve a casa. Ese… olor que desprecio hasta el límite.

La rabia hace su aparición entre las cejas perfectas en su rostro perfecto. Cubre de manchas invisibles sus mejillas. Deja de ser una máscara bien maquillada para mutar en una mueca cercana a alguna locura.

Conoces mi perfume.

Sé mucho más de ti de lo que sospechas.

Bien. Ahora te ruego que te serenes. Si decides fumar, pese a haberlo dejado hace un año, te ofrezco mi tabaco. Ten.

No quiero nada que provenga de ti.

El humo unipersonal difumina por un momento la imagen. El salón de techo alto, con sofás verdes, con tapete y rosas de adorno, colorea de sepia todo rastro de modernidad. Pueden ser figuras estáticas, dibujo de hadas, de tiempos remotos, de cuentos sin contar, de teatro de preguerra. Son lo que siempre se ha producido entre mujeres que comparten algo más que una respiración entre sus noches.

Me mostraré lo más civilizada que puedo ante ti, aunque, permite que dude, puede ser que no conozcas la palabra “educación”.

Un silencio se bate en retirada, hacia la trinchera alambrada que presagia tormenta. Con el espesor de un cabello, aparece un viento apaciguado.

No responderé a tu provocación. He venido para hablar, no para verte perder los estribos, ni por supuesto perderlos.

Espera, necesito unos minutos para digerirte aquí. Mi propia casa. Me perdonas y aceptas un café. Sé que te gusta.

Un consentimiento con un atisbo de, sonrisa o algo parecido. Burda imitación con tinte amargo, piensa la bella mientras camina hacia la cocina, azul y blanco, con botes de mermelada ocupando toda la superficie útil de la mesa de comedor, a juego con el mantel, la manopla de horno, el saco para el pan. Desvelado queda el origen de su delantal, junto con el iris. Sus pasos han sucedido tan quedos, como las muñecas andarinas a cuerda, con la elegancia de ser mortificada en el pasado, con el peso de un libro sobre lo alto de su cabeza. Pese a que hoy, en el camino entre salón y cocina, sus hombros se han encorvado ligeramente, nada perceptible hasta que su dignidad, apuntalando la obra de tanto esfuerzo, la envara de nuevo. Barbilla alta, espalda recta, que no decaiga el ánimo, sé fuerte, soporta, camina, que no reluzca la conmoción que te hace temblar la mano que sustenta la cafetera, coloca las tazas, recoloca dos cucharitas, dos azucarillos con envoltorio azul, prepara la bandeja y otorga un nuevo significado a la loza que porta con paso firme, barbilla alta, espalda recta, un tú y yo. Que hace tiempo que son tú, yo y ella.
Toma asiento, tras colocar la trinchera frente a la rival. Porque lo es.

Espero que no se te atragante. Desconozco los primeros auxilios que se prestan a las amantes.

Huele muy bien. Tendré cuidado, no te preocupes.

Si él estuviera contemplando la escena, nos preguntamos qué pensaría. Aquí sonreiría un poco, con ego de macho inflado. En un futuro sería interesante rebobinar su reacción ante sus mujeres, bueno, se continúa…

Habla.

He venido para tranquilizarte. Para que tú no sufras más de lo necesario, porque nada es lo que parece si tu mente acomete premisas falsas. Claro, no sabes por dónde voy. Me explicaré mejor. Tú crees que él me quiere. Temes que te abandone un día, por seguirme adónde vaya, que decida dormir cada noche en mi cama, que desee alimentarse con mi nevera, prepare los fines de semana a mi lado, me agarre de la mano cuando un mal día nubla su ánimo. Tienes miedo de estar fuera de su armario, que no te permita plancharle las camisas, registrar sus bolsillos en busca de algo que no deseas encontrar jamás, que desaparezca de tu vida igual que llegó. No te crees una vida sin esperarle cada tarde, lo orbitas y te haces dependiente de su voz, de cada deseo, orden o desorden.

Resta respirar. Cuesta respirar. Se vacía el oxígeno de la habitación.

Te olvidaste de que conozco cada detalle vivencial que te sitúa a su lado. A nuestro lado, entiendes, porque tú y él sois un “nada”, mientras que él y yo, constituimos un “nosotros”.
No te tapes la cara, no necesitas agazaparte tras tu anillo, que relampaguea y no hiere mi vista, lo digo por si tu intención quiere ser ésa… Déjate de dramas, como dice él. Tengo bien claro cuál es mi lugar en esta historia, pero he venido a tu casa, para ponerte en claro cuál es la tuya.

Qué dices, qué es lo que quieres, que buscas con toda esta pantomima. Me harta escucharte.

Unas piernas se cruzan, protección. Se descruzan ¿aceptación?, no, transición hacia un nuevo cruce.

Atiende. Tú no te das cuenta: soy tu mejor amiga.

Cállate. Eres patética. No entiendo por qué estás aquí. Por amargarme, sin duda.

Espera. Recuerdas la última vez que estuvo enfermo, insistió que fueras a visitar a tu familia, pues sabía que llevabas años sin viajar para ver a los tuyos, asegurándote que todo iría bien. Y así sucedió. Ahí intervino mi mano. Me interesaba por ti. Accioné sus resortes. Tú volviste tan feliz. Ni preguntaste quién le había tomado la fiebre, puesto el despertador, acompañando sus mareos, aireado la habitación. Encontraste un hombre sereno, repuesto, digno entre medicinas y sábanas con naturaleza de sol. Su mal humor, su miedo delirante, el sudor que tapizó su piel, estuvieron entre los dos. No tú, ni contigo. Nosotros, él y yo. También te recuerdo que he ayudado a suavizar los baches que habéis tenido; comenzaste a tomar la píldora y tu deseo sexual desapareció; acaso creías en serio que él se conformaría. Pobre, claro que no. Estuve a su lado como desahogo, al igual que en la enfermedad de tu padre, en tu depresión de los treinta, del post-parto, de los cuarenta, en la de sus cincuenta. Sosteniendo el estrés que colocaba un grito en su boca, las escapadas para beber lejos de ti y de tu correaje no consciente. Cuenta conmigo, entiendes, él cuenta conmigo.

La saliva se almacena en la boca y ahoga. Acaso son lágrimas de ira.

No te atrevas a decir eso. Al revés. Mientras apagaba las luces de la habitación, surgías en la oscuridad ante su deseo, ocupabas mi lugar bajo su cuerpo. Descubrí tu pelo a través de sus manos; me lo estiraba y se lamentaba de su color. Opté por cambiarlo así, a tu manera. Eligió ropa realmente frívola para vestirme, empeñado en cambiar a su esposa por un sucedáneo de amante. Me luce en las reuniones, en los viajes, en los domingos lluviosos, en el momento amargo de decepcionarse ante sí mismo. Entonces me mira sin hacerlo, transparente me vuelve, insensible a mis requerimientos. Sé que estás tú más allá de sus ojos. Pero es en mí en quién duerme. En quién se apuntala. Me pertenece y le pertenezco. Soy sus manos cuando quiere usarlas con precisión. No te deja el trabajo de limpiar su mesa confiando en que nada se mueva. Sé quién es. Sus defectos. El posado ante tu poco tiempo y objetivo, no consigue desnudarlo. Jamás serás más que otra mujer, otra amante cualquiera. Yo lo asumo. Pero ahí está la negación y la diferencia: necesita de mi base para sostener tu ficción, nunca procurará lo contraria. Cuenta conmigo, sabes, él cuenta conmigo.

Qué ingenua es la mente. Lo crees de verdad.

Lo creo.

Impaciencia entre el juego de tazas. El azucarero cae sin que ninguna de ellas lo roce. Se desparrama sin que nada mude alrededor. Será la tensión.

Pero he venido para tranquilizarte, ¿sabes? Decirte que no me interesa él. Te sorprende. La explicación es sencilla, no lo quiero para mí. No todo el tiempo. Cero exclusividad y nula permanencia. Lo dejo libre, y que vuelva cuando lo desee. No como tú, que desconoces los términos del respeto hacia la libertad personal; tapete y ajuar; casa y mantel; postre los domingos, ¡él necesita más! Es un hombre que ocuparía todo el aire que contiene una fortaleza. No puedes ni debes domesticarlo. ¡Es vital y eterno! Sería otro, mucho mejor, más feliz, más él. Lo asfixias con horarios, con volantes, con niñerías. Bastante soporta renunciando a sus gustos por no molestar los tuyos. Necesita aventura, librarse del bozal que le colocas cada mañana a la vez que se afeita. Permite que se vaya de ti, que escuche otros sonidos incorrectos, que yerre, que se sorprenda, que se asuste, que pierda a todos los juegos para que dirija su vida. Debería sentir el cuero del correaje, calculando el fustigamiento preciso. Su autoestima está bajo tus suelas. Algún día estallará. Y no seré yo la que pueda salvarlo. Tampoco tú. ¡Ni te das cuenta! Embutida en modos normales de seres anormales; planteamientos de lo que llamamos amor y que… ¡desfigura cadenas llenas de egoísmo…!

Eres despreciable. Quieres ponerme a tu nivel de bajeza moral.

¡Empiezas a comprender, Cristina!
Ya… Necesito un cigarro, Elena…