viernes, 24 de octubre de 2014

ICARIA




  “¡Pasen… respetable público!... ¡Horrorícense de la mujer que posee el mal en los extremos de sus manos, con ojos crueles, bajo su largo pelo de animal eternamente sucio! Dicen que mató a sus hijos y que los devoró… ¡Pasen y vean! ¡Pasen y vean a esta bestia humana llegada desde el infierno!”


Todos los días igual. Llega con el tiempo sobrado para ajustar el sombrero. Con los minutos infinitos por elegir un asiento acorde con la visión que ofrecerá el cielo de colores. Su figura se asusta ante el pensamiento de que algo puede salir mal, su voluntad se dobla y retuerce con angustia demoledora. Habla con el arqueamiento de sus cejas, con las arrugas de insomnio, con las moradas ojeras. Todo ello le sitúa lejos de la niñez y más lejos todavía de la vejez, porque no refleja la edad infinita que tiene. Mil años, cincuenta, cien. No le preocupa el estado del cielo, no es agricultor, no hace caso a los avisos del campanario de la iglesia, no es creyente. No juega a las cartas con sus coetáneos, desconoce los ritos sociales y jamás saluda. Compra las piezas de fruta de dos en dos, para no agriarse con la ansiedad que da el hambre de poseer. Le nacieron, no hijos, sino úlceras sangrantes mal curadas, pero eso no le importa. Cada día la segunda fila de butacas, nunca después de dos horas antes de la función, limpia con su gabán el polvo que tapiza el asiento; los ensayos en la arena comienzan de mañana y él es el tesorero del control de los movimientos milimétricos. El dueño de las contracciones de los músculos de la ingle de la trapecista, experta en besar suspiros mientras arquea, separando sus rodillas.
Dios hecho carne que, midiendo cada impulso que la hermosa mujer toma para elevarse hacia el techo franjado en rojo y blanco, le recomienda mentalmente. Escucho su pensamiento alto y claro, grave y ansioso, en clave musical de enamorado, de fanático virtuoso, de controlador macho.
Retuerce el ala del sombrero igual que piensa en las manos vendadas de la chica relampagueante por un cielo de intriga, con el ánimo necesario para que la pirueta exacta lo sea. Perfecta en movimientos y justa en su quietud, con personalizado golpe de música en redobles. Olvida alimentarse a propósito, pues desea adquirir con tesón, con fuerza, la telepatía suficiente para transmitirle las energías que él no precisa. Retuerce el sombrero sin atreverse a colocarlo en el asiento más próximo, que espera quede vacío. También sus canas precisan de manos para ordenar ideas, se agitan en cada latido. Temblequea de impaciencia mientras ella se esconde para vestirse con renovados lujos; encajes lenceros que asoman la piel desnuda entre la imaginación que adquiere la lujuria.
Los minutos en que él espera, saboreando los últimos zarandeos del trapecio, aquellos en que los pezones de ella acariciaron a un Eolo moribundo que resucita, se revuelve en el asiento. Le distraen los tramoyistas que están montando los trapecios, los payasos que corretean de uno a otro lado con ridículos andares. Este masculino que aspiro, piensa que su sexo se acoplaría sin descuadres tal y como ella acopla sus movimientos con la música, copulando con el aire. Ignora que resultaría una experiencia atroz, por la impaciencia del ejecutor y la cortedad de la novicia. Sin embargo, yo, que no espero que obre sin ayuda, que le dejaré mis manos para que prescinda de las suyas, preocupándome sólo por su placer, sin pensar en el mío, accesorio preparatorio que supliré con la mirada extraviada cuando su blanquecino ardor me bañe. Es entonces, mientras la musa revolotea, cuando yo serpenteo a su alrededor, orbitando el aura que me permita arañar su psique y colarme dentro. Le insuflo mis reflexiones para que crea que son suyas propias, por hacerme visible. Siempre igual.
Todos los días. Es mi amuleto de buena suerte, aunque sé que viene a por alguien que no soy yo. Escoge el minuto exacto mientras salgo tras los barrotes de mi jaula. Me quedo parada sin perderlo de vista. No lo advierte nunca. Se queda embobado sin ver que yo serpenteo bajo sus pies. Clavo mis larguísimas y retorcidas uñas  entre los restos de comida de los animales siempre enjaulados; yo tengo más suerte, pues no dependo de la voluntad de un imbécil tarzán que, haciendo restallar el látigo me otorgue las golosinas necesarias para acatar mi obediencia. Voy por libre, cerrando y abriendo mis párpados, mis brazos, los dedos de mis manos, para hacerme contemplar por las mujeres y hombres que, cada uno ensoñando distintas zonas de su piel haciendo contacto con mis características primarias. Con una mezcla de miedo y morbo. Llegan con la esperanza blanca de la diversión y coloridos ficticios; entonces reparan en mí. Y sudan. Se encogen. Temen que sea una maga negra que les oscurezca el presente. Así somos los de la especie humana, divididos siempre en varias fases, primero del crecimiento, después de la riqueza, de la porción aseguradora de las necesidades de sexo, de autoestima y de pertenencia a un grupo.
Tampoco es el orden. Yo me entiendo.
Fui una niña desgraciada con una sola suerte en la vida; que la mujer loca del circo ambulante que pasaba entre las chabolas del poblado, me robara de mi madre y me vendara las manos, cada dedo, uno por uno. Eso permitió que la queratina joven del lecho ungueal de cada uña, abonase y nutriera estos apéndices con los que me gano hoy la vida. Flaca estoy por darles más y más largura. Me alimento de las cáscaras de las ponedoras de los pueblos en que actuamos. Bien machacados, hasta hacer una pasta que me permita queratinas y calcio que mis cabellos absorban y mis garras enriquezcan. También mordisqueo algún fruto, a mordisqueos sólidos en la pulpa, por beber algo que se deslice por mi garganta y no me quite el reflejo de succionar vida en color. Las semillas me dan la impresión de acercarme a una fertilidad mentirosa. Nada más que hueso y dureza, así nací. Desconocen mis huesos el vestido de carne que adorna al resto de mujeres. Cualquiera que me amara, solo conseguiría roerme. Mis cabellos crecieron al mismo ritmo, capaces de velar bellas mañanas de sol. Me llegan hasta el suelo y más allá. A veces los lío como puedo creando amalgamas sucias y pegajosas. Imposible es con mi edad pedir auxilio, “ayudan al personaje”, escupe el jefe de pista. Lo de reptar ya es cosa mía. Beneficia a mi equilibrio. Soy una serpiente anticuada, con piel ósea sin continente que contener.
Apartada vivo entre los camerinos de la bella trapecista y del indómito payaso. Entre el bamboleo constante de la infecta caravana del hombre forzudo y el cerrar de puerta ruidosa, allí donde habita la mujer barbuda. A mí me llaman los titulares “La Medusa” y mi leyenda siguiente escrita y gritada, jamás la he llorado: “¡Pasen y horrorícense de la mujer que posee el mal en los extremos de sus manos, sus ojos crueles, bajo su largo pelo de animal eternamente sucio! Dicen que mató a sus hijos y que los devoró… ¡Pasen y vean! ¡Pasen y vean a esta bestia humana llegada desde el infierno!” El público espera encontrar lo que soy, pero desconocen que muestro lo que ellos desean ver. Así funciona el autoengaño ajeno.
Sigo las elípticas de mi rival. Gira y voltea, abriendo sus muslos y sonriendo. Sus brazos desnudos enredados en las cuerdas. Parece un ángel y temo que mi amado, mediante espejismos de testosterona, le dote de alas. Tan hermosa que no parece sino bíblica. Pero es él quién lo parece, transmutado en luz y ensoñaciones mientras ama sus contorneos. Lo adoro. Quisiera eso para mí, ése amor, ésa adoración que le hace perder el sentido y que yo lo sepa desde la distancia de ocupar otro cuerpo y otra dimensión.
Entonces la vemos caer. Mujer pájaro a punto de quemar las plumas con los aplausos. Cae y comienzo a reír mientras avanzo a la velocidad del relámpago hacia el medio de la pista. Sucede que me critico en el absurdo de visionar desde fuera mi rápida intervención. Mujer arrugada, mendiga de uñas retorcidas, bruja de pelo mezclado con mil olores de humo, de fuego, de incienso, de mentiras y de verdades, cautivada por un hombre que ansía a una divinidad cálida que nadie haya penetrado. Me adelanto al segundo en el que se desploma hacia el suelo. ¡Sí, ha llegado mi hora! Saboreo la victoria que laurea mi frente. ¡Es mío! ¡Ése hombre ya es mío: me pertenece! El reflejo horrible de su gesto apuntala mi dicha. ¡Mío!
Avanzo en su dirección, hacia sus brazos, su cuerpo, su calor que me debe y nunca sospechó donarme. Mi apresuramiento es inestable desde mi raudal de pasión sin contención alguna. El pánico en sus pupilas no paraliza mi avance. Con la mirada en alto, divisa a la deidad que muestra el blanco del cuello semejando un ave pronta al sacrificio. ¡Así sea! Levita en el aire, mariposa etérea atravesada por un gran alfiler. Pienso con rabia, sí, muérete. ¡Estréllate contra mis deseos, los de una mujer que ocupará tu lugar en las manos que acariciaban un sombrero alado por no hacerlo por tus pechos! ¡Fallece, expande tus sesos para que el teatro del asco no sea solo patrimonio mío! ¡Sí! Muerta te verán todos y mi amado girará el rostro por no fijar la imagen espeluznante de vísceras e incontinencia. Que vea mi amor lo que su bella guardaba dentro de sí: heces con orina. Mis sonrisas recién aprendidas me burbujean las prietas mejillas. Retumban mis huesos ante el temblar de mis dientes.
¡Me querrá! ¡Me querrá! Canturreo mientras ella vuela en inverso, derretidos los embriagadores tules, viajeros de un país que ya no desearán aquellos que rompían los forros interiores de los pantalones por tocar el placer de apresarla. Volteretas abortadas dejan un aroma ácido en las bocas entreabiertas. Filigranas torpes que dilatan los apéndices nasales, replegados ya ante el inminente olor a muerte. Ausencia de bailarina graciosa, tengo ganas de saltar de puro goce. Tensando mi cuerpo vuelo yo ahora hacia los brazos que ya siento enredarse en mí. Hombre moreno que consolaré jugando a lo eterno cotidiano; la mejor eternidad. Bajo el cuerpo que se precipita me sitúo y descubro mi fatal error. Mi nublado sentir me deja ciega sin prever lo antes evitable. Si ella explosiona sobre mi flaco cuerpo me matará sin remedio. Intento dar un paso hacia atrás, comiendo el tiempo y el fallo. ¡No es posible! Mi fin está aquí. Duele el corazón antes regocijado en grata plenitud; investiga, espía hasta crear un informe de realidad inmediata. Lee que será posible que, a pesar de la confluencia de cuerpos, el bello y el feo, sea el último el que sufra y el primero, plástico y amoldable por el uso en trapecio celestial, sea el que sobreviva sobre el peso que me asesine. ¡Oh, no!¡ No puede ser! ¡Qué muera!¡Qué muera conmigo! ¡Junto a mí! ¡Qué muera bien muerta, lejos de él y enroscada con la fea!¡Masas deformes, igualadas, por fin!
¡Qué muramos juntas!



domingo, 19 de octubre de 2014



PIOLET EMOCIONAL

Al igual que hiere la epidermis granítica, 
la roja hiedra de los muros de mi casa, 
¡hincas con rabia tus uñazas en mi piel!

Extraes trozos de carne interior desde mi cuerpo.
Recoges lo sobrante para arrojarlo, despreciado,
al rincón oscuro de la escucha.
Ignoras a la propia ignorancia. 

Me descubro sollozando... ¡Estoy focalizada a tí!

¡Tengo aún mucha carne que tiembla!

Retroceso inútil. 
La orografía emocional cede o se enquista.
¡Otra vez lo intentas! 
No remite la necesidad de escalar sobre mi todo.
Vuelta al hundimiento, con garras bien afiladas, 
sin reparar en sangrados proferidos.

Nada valen. Nada son.

(Soy destino de un piolet montañoso...)


Susi DelaTorre.
Durmiendo en una papelera.

domingo, 5 de octubre de 2014

ODANEA



                                                  ODANEA

El hombre arqueó el cuello, tensando su espalda y fingió alcanzar el clímax rechinando con fuerza los dientes. Una serie de gruñidos amenizaron la bóveda zurcida, dando patética cobertura al final de la escena. La mujer sintió una oleada de vehemente furor naciendo del gurruño en que la prisa, convirtiera la ropa. Miró hacia el extremo de las remendadas cortinas, buscando ya el aire que precisaba, sin decir nada o diciéndolo todo. Su presencia le pareció superflua, consciente de que un hombre que finge un orgasmo, tomando ésa decisión tan drástica, sólo puede obedecer a profunda vergüenza en su género. Ni siquiera lo intentara el amante con ganas, negando la posibilidad de que ella recurriese a otras prácticas amatorias  si la sospecha aflorara. Indignada por el egoísmo masculino, airada, sin dejar de fruncir los labios todavía de estreno, desamparó el carromato deslizando con habilidad sus nalgas, apenas cubiertas por una arrugada falda resistente a lisuras gravitatorias, hasta tocar zona firme. 
 Desoyó el insulto que la persiguió, y otro insulto, y otro grito, hasta que por fin, cesaron en otro gruñido frustrado. Orientándose en la penumbra, inició el regreso pisando con determinación. 

El carro no perdiera las hendiduras originales sobre el terreno,  pues los embistes más las posturas, no se realizaran con canallesca intención ni con salvaje ímpetu. Mejor le hubiera ido si no la hubiera molestado; ella ¡con tanto que hacer, tanto que preparar! Era la encargada de dirigir las clases de malabares con el aprendiz, la valoración mañosa a la nueva chica del girahilos, incluso retorcer los pocos sueños que le desaparecieran, tareas, todas ellas, más dignas que soportar un cuerpo blando que, al fin, nada aportaba.

-¡Idiota!- pensaba mientras se bañaba en noche- ¡Idiota! No estoy  para perder tiempo en juegos individuales, que para eso no necesito que alguien me oferte un jergón descosido. ¡Ni para actor sirve, qué asco!

Recompuso su melena rizada con un suspiro sin espejo, logrando un recogido desprendido con mechones bailarines sobre su óvalo. Ya no era joven, aunque a ella no le importaba en absoluto envejecer, independizada de los cataclismos colaterales propios de la juventud. La libertad que le otorgaba sus aradas líneas faciales, estaba ampliamente compensada por el acometimiento agradable de una solidez plena.

Continuaba lamentando el encuentro desafortunado, diciéndose que no se pueden “abandonar las ovejas sin pacer”, expresión heredada de su bisabuela, quién supiera si llevada por igual motivo que su descendiente.

-       ¡Cuándo pienso en ése hombre insignificante, persiguiéndome durante semanas! Total, para qué… ¡debería haberme dejado pasar sin prometer lo que me prometían sus manos, su apostura, su roce!

El camino era desnivelado, hacia el racimo de casas menos temerosas, que lindaban con la llanura. Alcanzó el quinto tejado por la derecha y dobló huellas dirigiéndose hacia una pequeña casa, tímida, casi escondida carente de vallado protector. Destacaba el roble que distraía su entrada, pues el poderoso tronco hacía pensar en un custodio atento, un guerrero dispuesto a entrar en batalla si la persona que iniciara el paso bajo sus grandes ramas, contuviera alguna sombra diabólica presta a manifestarse. El ramaje formaba un respaldo que impedía distinguir con facilidad el resto de un sotechado de tapias blanqueadas, hasta la ofensa de las contraventanas, con matiz azul.

Sobre un alero de orden escrupuloso, una claraboya oteaba desde lo alto, signo del reto de una buhardilla chismosa. El tejado se deslizó en dos aguas antes de que los pies de la mujer alcanzaran la puerta de entrada.
Una piedra recibió un puntapié con más energía de la necesaria, para ser testigo de cómo la dueña se dejaba caer al final del sendero.

Se echó a llorar, junto con la piedra, la buhardilla, el camino, el árbol y el recién llegado amanecer.


 Odanea.

viernes, 19 de septiembre de 2014

Hada del viento



Naim hace balancear los pies desnudos  mientras traquetea el camino, pues el frescor no le molesta. Juega a ser un hada que camina sobre el viento, mientras el sol seduce  la ventana de la noche para que la luna le permita el paso. El mismo sol que después hará brillar con fuerza sus cabellos rubios enmarañados alrededor de unas pálidas mejillas. Nadie la peina, pero a la niña no le importa, odiaría que le recogieran el pelo coartando su libertad. El encaje sucio de su enagua, antaño en forma de remate lujoso, hoy en tenues ondas, se empeña en subir más de lo necesario el listón no censurado de sus rodillas.  Busca a Joseba cuándo se ve apartada de su juego y ensoñación, pues la caravana aminora su marcha y se escuchan voces dirigiendo la marcha de los caballos. Sabe que han llegado al sitio designado. Le da pena dejar marchar la brisa, pero la distrae rápido la visión del círculo que se forma con rapidez.
Aparece el sol,
Naim se peina con la mano.



De repente, los carromatos se despreñan, reventando su interior al estancar sus ruedas en el suelo. Los artistas bajan anónimos, sin dejar de gesticular al hablar, igual que hormigas lenguaraces, demasiado atareadas en no escucharse. Todos saben su cometido y la recompensa será encontrarse de nuevo instalados en la pereza de un fuego, hacia la noche. Un día entero por delante para sacudir el viaje del cuerpo, la ropa y la mala intención que promiscua la proximidad de lo oscuro.
Naim esperó, sentada en el mismo tablón a que apareciera Jhoseba. Sin él no iría a ninguna parte ni pronunciaría palabra alguna. No cediera ante amenazas de los mayores, cansados ya de gritarle y perseguirla tratando de azotarla, tampoco frente al miedo de que un día, Jhoseba no viniese a rescatarla de las acciones ruidosas, aceleradas, aparentemente absurdas, que surgían inexplicables a su alrededor. Miró con tranquilidad ante sí, con reserva inmutable.
Ella almacenaba porqués, sin destruirlos jamás.
A la espera de alguna explicación.
Encontrara a Jhoseba una mañana, no sabría precisar dónde, sentado bajo un árbol con la cara entre las manos. Dudó si aquel chico estaría llorando, pero no sollozaba, entonces pensó que dormía, sin roncar, después, llevada por la curiosidad de su poca edad, se sentó junto a él, dispuesta a dejar pasar el tiempo hasta cumplir mil años o muchos más. No le preocupaban los desconocidos, a pesar de que su chillona madre le gritase que se alejara de los barbudos que la mirasen fijamente. Naim  conociera a algunos individuos de mala calaña, de quienes escapara, pero en este momento, su único impulso fue acompañar al inmóvil desconocido hasta que decidiera salir de dónde estuviera. Parecía que no ocupara junto a ella, aunque indudablemente, si estaba. Un ser que respira con la cadencia de un oleaje, no puede constituir un peligro, creía la pequeña. Algo la impulsó a encontrar calma, abriendo su ánimo hacia un infinito agradable, hasta entonces desconocido. La tibieza del cuerpo, la confianza o la pesada carga de la niñez, la hicieron quedarse adormilada al lado del extraño, aún sin llegar a verle el rostro. Fue más tarde que, tras sentir un ligero movimiento se encontró con unos ojos brillantes que le sonreían, ofreciendo una mano delgada y blanca para ayudarla a levantarse.
Aquél fue el origen del mundo de Naim. El chico se transformó en su hogar, desplazando a las personas que se denominaban su familia, de las cuales, su madre era regañona y brusca, pudiendo ser cualquiera de las demás mujeres, un padre que hacía lo mismo que los demás hombres, secuenciando trabajo, bebida y otras hembras, o por lo menos, el babeo constante por ellas. La ausencia de otros niños no la condicionaba. Su juego era vivir en el circo, oscilando entre ser una molestia entre los mayores, recordándoles con su presencia lo lejos que se hallaban ya de la inocencia y celebrando las bondades que de vez en cuando aparecían. Llevaba nota de éstos pequeños milagros en una cuadrada tablilla a la que Jhoseba le grabara su nombre, con letras estilizadas igual que las pestañas del chico. Le insistía al dibujarlo que provenía de un cuento  sobre una princesa árabe muy hermosa.
Ella quería creerlo, pese a no cuadrarle bien que sus padres conocieran ninguna historia de princesas. La pizarra iba atada con una cuerdecilla a la cinturilla de la falda, bien a mano por si era testigo  repentino de buenas rarezas, dignas de ser mencionadas. Al principio sus impresiones eran un garabato vertical, apretado con una piedra hasta forjar un surco. No quería más porque sabía que lo tendría.
Sabría después que Jhoseba, igual que el rocío se sabe imprescindible en la hierba fresca, la necesitaba a ella, a Naim, para agarrar su mano cuándo todo se volvía extraño, nublando su mente. Era el asidero perfecto, con tacto de nube; manteniendo constante su entereza, asegurándole que regresaría de nuevo. 

domingo, 10 de agosto de 2014

CHARLATÁN.



Hfae.


El jefe de pista poseía un diámetro circular, incontrolable a la altura de su abdomen. Igual que un cachivache meteorológico, sensible a la humedad, peso, o la envidia del ambiente, los centímetros recorrían el perímetro de grasa acumulada, veleidosa según la ingesta de su dueño. Decían los falsos aduladores de bisagra, que era signo de una prosperidad bien acuñada, aunque él estaba harto de no poder agacharse a por las monedas que a veces le tiraban desde la grada, el público agradecido. Todas para él, nunca para otro. 

Aprovechaba su bastón rojo de brillantes flecos, volteando malabares por reclamar la atención de la gradería, para golpear al único hombre bajito, caracterizado de enano, que le seguía a todas partes, a sus órdenes, incluida la tarea de recabar el tesoro monetario. 

No le importaba la circunstancia de ser invisible al deseo femenino, pues hacía tiempo que diera por muerta su virilidad; cualquiera que le ambicionara algo, debía mimar sus orificios naturales. en aras de unos copiosos embuches. 
Un sacrificio que no veía como tal, pues el sexo jamás le concediera tanta satisfacción como el penetrante olor y sabor de un consistente asado regado con catas excesivas de vino. 

Comenzó siendo joven, un atisbo prometedor, ligero, flexible, atractivo, con voz bien modulada. Hfae, que ése era su nombre, se situaba en el centro de la pista principal, decorada con grandes barriles pintados a brochazos, desmenuzando mieles que suavizaban el precio de la entrada, además del penetrante olor a animal en cautiverio que se promocionaba desde todos los ángulos.

Hfae sabía hablar, su cuidado discurso se inscribía a la perfección a través del cerumen, viajando hacia el ánimo de cada uno de los asistentes, modificando las disposiciones amargas que les poseyeran antes escucharlo. Un gurú, un charlatán, un hombre embaucador que daba a la gente lo que ésta demandaba, ingresando en una espiral imparable que colocaba palabras exactas en cabezas que no alquilaban ningún razonamiento lógico. 

El pueblo subía la cuesta medianera, cruzando el río por la zona más baja del caudal, una parte del bosque, tres lodazales hartos de barro porque les forjaran la necesidad de hacerlo de nuevo. Hfae les vendía una luminosidad capaz de viciarlos con la tramoya, objetivo al que no renunciaba, pues por algo era, a día de hoy, el propietario. 

Hfae se traslada sobre la pista con piernas bamboleantes de la adición de resacas anteriores y certezas posteriores añadidas. Una chistera embadurnada con aceite, para contribuir a su brillo, sostiene de puro milagro la ilusión de ser un sombrero, pese a las sacudidas de tos que culminan en grandes salivazos contra el suelo. Los pantalones tipo globo, atados con una cuerda guardan entre pliegues, residuos amargos de posibilidades perdidas.

Hfae muestra la solidez de un azucarillo mojado. 

Nacieron cuatro hijos engendrados por este hombre, tres mujeres contribuyeron a gestarlos y parirlos, entre viudeces y diversos amancebamientos. Los dos mayores, forman parte de la “Galería de los Monstruos” zona de recreo para homínidos raros y algún viejo gorila castrado, lindante de hombre adormilado. Sus hijos moran allí, pero flotan en una lacrimógena fábrica de atentados paternales. 

¡Quién no querría lo mejor para sus hijos! Hfae así lo entendió y decidió ser buen padre. Quizá no tenía un modelo propio que llevar a la reproducción, lo que no justificaría sus acciones posteriores, en ningún caso. Los pequeños no nacieron con taras, contaban con diez dedos en las manos, otros tantos en los pies, unas orejas no sobresalientes y una chata nariz. Con dos años de diferencia y otro vientre, Hfae decidió darles un oficio, y darse un negocio seguro, en la recién inaugurada Galería, dónde proyectaba reunir los seres más extraños.
Al primero, Reek, le tocó la parte experimental, la extirpación de las orejas. Con su hermano pequeño, su padre se sintió creativo, remodelándole el cráneo con tablillas apretadas y cortando los párpados. Eran sus piezas favoritas, aunque no las únicas. 

Un gran cajón maloliente muestra sus nalgas al comienzo de la galería, área de cobranza a mayores, al que siguen a cada lado cortinillas atadas con cordeles, aunque más valdría que fuera la chaqueta de Hfae la que colocaran en aquél mismo sitio, con las faltriqueras desbocadas para simplificarle el trajín del posterior trasvase.

La “Galería de los Monstruos” , tenía un constante éxito.
 — en Durmiendo en una papelera con Durmiendo en una papelera.