domingo, 10 de agosto de 2014

CHARLATÁN.



Hfae.


El jefe de pista poseía un diámetro circular, incontrolable a la altura de su abdomen. Igual que un cachivache meteorológico, sensible a la humedad, peso, o la envidia del ambiente, los centímetros recorrían el perímetro de grasa acumulada, veleidosa según la ingesta de su dueño. Decían los falsos aduladores de bisagra, que era signo de una prosperidad bien acuñada, aunque él estaba harto de no poder agacharse a por las monedas que a veces le tiraban desde la grada, el público agradecido. Todas para él, nunca para otro. 

Aprovechaba su bastón rojo de brillantes flecos, volteando malabares por reclamar la atención de la gradería, para golpear al único hombre bajito, caracterizado de enano, que le seguía a todas partes, a sus órdenes, incluida la tarea de recabar el tesoro monetario. 

No le importaba la circunstancia de ser invisible al deseo femenino, pues hacía tiempo que diera por muerta su virilidad; cualquiera que le ambicionara algo, debía mimar sus orificios naturales. en aras de unos copiosos embuches. 
Un sacrificio que no veía como tal, pues el sexo jamás le concediera tanta satisfacción como el penetrante olor y sabor de un consistente asado regado con catas excesivas de vino. 

Comenzó siendo joven, un atisbo prometedor, ligero, flexible, atractivo, con voz bien modulada. Hfae, que ése era su nombre, se situaba en el centro de la pista principal, decorada con grandes barriles pintados a brochazos, desmenuzando mieles que suavizaban el precio de la entrada, además del penetrante olor a animal en cautiverio que se promocionaba desde todos los ángulos.

Hfae sabía hablar, su cuidado discurso se inscribía a la perfección a través del cerumen, viajando hacia el ánimo de cada uno de los asistentes, modificando las disposiciones amargas que les poseyeran antes escucharlo. Un gurú, un charlatán, un hombre embaucador que daba a la gente lo que ésta demandaba, ingresando en una espiral imparable que colocaba palabras exactas en cabezas que no alquilaban ningún razonamiento lógico. 

El pueblo subía la cuesta medianera, cruzando el río por la zona más baja del caudal, una parte del bosque, tres lodazales hartos de barro porque les forjaran la necesidad de hacerlo de nuevo. Hfae les vendía una luminosidad capaz de viciarlos con la tramoya, objetivo al que no renunciaba, pues por algo era, a día de hoy, el propietario. 

Hfae se traslada sobre la pista con piernas bamboleantes de la adición de resacas anteriores y certezas posteriores añadidas. Una chistera embadurnada con aceite, para contribuir a su brillo, sostiene de puro milagro la ilusión de ser un sombrero, pese a las sacudidas de tos que culminan en grandes salivazos contra el suelo. Los pantalones tipo globo, atados con una cuerda guardan entre pliegues, residuos amargos de posibilidades perdidas.

Hfae muestra la solidez de un azucarillo mojado. 

Nacieron cuatro hijos engendrados por este hombre, tres mujeres contribuyeron a gestarlos y parirlos, entre viudeces y diversos amancebamientos. Los dos mayores, forman parte de la “Galería de los Monstruos” zona de recreo para homínidos raros y algún viejo gorila castrado, lindante de hombre adormilado. Sus hijos moran allí, pero flotan en una lacrimógena fábrica de atentados paternales. 

¡Quién no querría lo mejor para sus hijos! Hfae así lo entendió y decidió ser buen padre. Quizá no tenía un modelo propio que llevar a la reproducción, lo que no justificaría sus acciones posteriores, en ningún caso. Los pequeños no nacieron con taras, contaban con diez dedos en las manos, otros tantos en los pies, unas orejas no sobresalientes y una chata nariz. Con dos años de diferencia y otro vientre, Hfae decidió darles un oficio, y darse un negocio seguro, en la recién inaugurada Galería, dónde proyectaba reunir los seres más extraños.
Al primero, Reek, le tocó la parte experimental, la extirpación de las orejas. Con su hermano pequeño, su padre se sintió creativo, remodelándole el cráneo con tablillas apretadas y cortando los párpados. Eran sus piezas favoritas, aunque no las únicas. 

Un gran cajón maloliente muestra sus nalgas al comienzo de la galería, área de cobranza a mayores, al que siguen a cada lado cortinillas atadas con cordeles, aunque más valdría que fuera la chaqueta de Hfae la que colocaran en aquél mismo sitio, con las faltriqueras desbocadas para simplificarle el trajín del posterior trasvase.

La “Galería de los Monstruos” , tenía un constante éxito.
 — en Durmiendo en una papelera con Durmiendo en una papelera.

lunes, 23 de junio de 2014

COCHES ATRAÍDOS POR CASAS




                                                                               Coches atraídos por casas

Adolfo habita una zona húmeda donde las casas atraen los vehículos que circulan por la carretera. Los muros llaman a los coches desde las ubicaciones acuosas, igual que las cantarinas sirenas atrajeron alguna vez a cien navegantes hacia las rocosas costas. Adolfo es un hombre que soñaba con mujeres desnudas, cuando un turismo de matrícula extranjera asomó un rostro mecánico dentro de su cuarto: luces, guardabarros, rejilla, entre grabados baratos colgados sin clavos, en una pared sin crucifijo.              
  Quedó el ingenio veloz a dos palmos de la cama. Adolfo no es diligente; por un momento pensó en desechar el ruido y la visión, cambiando de postura para continuar durmiendo, aprovechando lo que tenía entre manos, piel rasurada, entre otras cosas. Tenía que levantarse temprano, dar por acabada la orgía, emplazarla para otro sueño, dudando que el despertador hubiera entendido sus táctiles indicaciones. Los aparatos sin cuerda son bastante tontos.

Adolfo no le daba lástima a nadie, salvo en el primer minuto, pero siempre conseguía lo básico y algo más. Su estrategia era dejarse llevar con victimismo, huyendo de quedar expuesto a juicios ajenos. No le había ido mal, entre la cabecera con almohada incluida y el armario ropero, contaba con fetiches que recordaban los que atesoraba un asesino visceral en serie. No conocía a la mujer que iba en el asiento del copiloto, pero tampoco al hombre que se agarraba al redondo volante en la búsqueda de un milagro que cesara la acción que estaba sucediendo. Una mujer morena no constituía su tipo incesante de búsqueda. Él creía que las castañas eran sumisas, las rubias infieles y las pelirrojas proclives al exhibicionismo. Ignoraba la estadística de aquellas que bien fingían deshacerse bajo su cuerpo, pero estaba en ello con tesón. Aunque su apetito haría un hueco para tomarse un banquete de fluidos, sin ni siquiera molestarse en cambiar las sábanas de uno a otro encuentro; echaba hacia abajo la ropa y daba por finiquitado el anterior por un siguiente.
Otros aspiraban a eso, pero, así como desconfiamos que los videntes sean unos patrañeros de temer, no hayamos explicación posible a las rendiciones. Por no tener, Adolfo abúlico, ni siquiera aquél punto canalla que toda mujer respeta y ama convertir en mágica pasión.

Una morena infiel, con la duda de ser diestra en la cama, sin traspasar con fusta el compromiso de ama, constituía un descoloque en sus parámetros. Además, era guapa lo justo; bien mirada, defectos mil la adornaban. Hubiera pasado desapercibida en cualquier espera del supermercado, cine, estanco,  ferretería, no, pensó, entre llaves inglesas, sierras primitivas y tosquedad diamantada, arrancaría su ropa con sólo verla. Tan lúbrica ella, rodeada en distintos codos de caño, recorriendo sobre losetas de muestra, con paredes de césped artificial en oferta. Las revistas pornográficas viajaran en tal cantidad desde sus inicios lúbricos, que la memoria visual constituía el resorte del tensiómetro masculino. No podía resistirlo. Ayudaba a la fantasía, el verla con la boca abierta, el pelo revuelto y dando unos gemidos entre el dolor y lo que Adolfo quería escuchar. La morena que entró en el coche hasta su habitación, a través de la pared, el colmo de la originalidad, tenía dos botones desabrochados en la zona pectoral, señal del inicio y no de la finalización. Dedujo que el conductor era un hombre casado que se iniciaba en lides amenazantes, con la expectación que conlleva. Adolfo, envidioso pensó, con indiscutible malhumor por la ocasión perdida, que quizás no hubiesen coincidido jamás pues la ciudad quedaba un poco apartada, aunque es posible que el azar jugase de extraño farol.
Por lo pronto, la casa heredada de sus padres estaba herida en brecha de muerte.

Algo se le encendió en su ajada bombilla. Para eso estaban los seguros. ¿No?

La pared desplomada levantó el ánimo deprimido de aquella vecina que no cesaba de cotillear. Ya tenía suficiente carnaza para hablar en el presente siglo, incluso en el próximo. Lo que le diera la vida. Ella sí que conocía, no a la pareja; juntos no integraban deshilachado de ninguna alfombra, aunque por separado tenían nombre y apellidos. Que le preguntaran y manifestaría toda la información igual que vierte agua la mayor catarata.

Adolfo en ausencia de caballerosidad, nada extraña por cierto, le tenía sin cuidado que su vecina, la entrometida saliera a la calle en aquella noche fría, envuelto su camisón en una manta a cuadros. Trató de volver a apresar de nuevo el huidizo sueño, no se lo permitió el ruido de los escombros que seguían cayendo, los gritos histéricos de la gente que se arremolinaba con el objetivo de sacar la foto móvil de rigor, las alarmas que constituyeron la música de aquél concierto desconcertado. Se desveló gruñendo.  A media distancia, pudiera parecer  rumor de sorpresa e incluso miedo.
Pero la condecoración de pasivo, en lo relativo al mundo no genital, era un logro clavado por nuestro sujeto. Sin embargo a veces todo cambia. No sabemos si para mejor. 
No soy de marujear, pero yo les cuento.


Un trozo del techo, empujado por la inercia, física o vibración, le cayó sobre la cabeza partiéndose en trozos, dejándolo inconsciente en pensamientos, fueran los que fuesen. No eran elevados, creo haberlo dejado claro, por lo cual, cuando resopló sacudiéndose el escaso flequillo nada parecía distinto a los minutos anteriores al hecho.

Su semblante permaneció con susto y grito contenido. Se consideró un héroe merecedor de un reconocimiento en forma de los caprichos más locos, pues había sobrevivido por partida doble. Deseó todo y todo le valía, desde riquezas, fiestas y fastos, hasta humedades no caseras, pero sí despeinadas. Se le convirtió en una bola cerebral que se lesionó sin remedio, fruto del colapso y la excitación. El tambaleo siguiente casi lo hace caer de bruces. Tal vez necesitaba ayuda para ser tan feliz. Quiso decirlo en voz alta, pero solamente le salió alguna palabra sin conexión. La vecina no le prestó atención, dándole la espalda con desfachatez, mientras se erigía en relaciones públicas. No dejó de permanecer atenta a cualquier aspecto periodístico, televisivo o eso que su sobrina llamaba el mundo virtual, que asomara por aquél radio de acción. Existen divas que nacen y otras que se hacen: llevaba esta señora muchos años, desde su más tierna carne, pugnando por su momento de gloria.

Así que agarrándose a uno de los micrófonos que brotaron en el aire, comenzó advirtiendo que estaba nerviosa, qué susto, madre mía, qué ruido más aterrador, que estaba llorando, hipando y sobresaltada de que aquello sucediera con frecuencia, que podía haberle llevado su propia casa, dijo señalando a otra un poco más delante de la calle. Se enjuagó el moqueo con la manta cuadriculada y al ver que el periodista quería huir de su monopolio, fingió un oportuno desmayo.

Entretanto  Adolfito se paseó entre los escombros igual que un zombie, con la expresión bobalicona de los que saben que tienen algo dentro de la cabeza pero ignoran su utilidad.
Llevados los intrusos, ella y el otro, que también valdría decir que él y la otra: digo, hacia un hospital con jardín y sin opción de futuros encuentros por lo que les toca; el hombre comenzó a extrañarse de ver los ruidos en colores. Sacudió la cabeza para alejar el efecto: malditos sean los que perturban los sueños de otros. De nada sirvió el ademán, los colores se transformaron en notas musicales y éstas en videncias de pulsaciones de un teclado imaginario. Cabe asegurar que el antihéroe rezongón contenía en sí mismo escasa formación musical, ni oída y mucho menos que pulsada. Su oído nunca había escuchado, si, de escuchar con atención, ninguna melodía ni clásica ni moderna, a la moda, se entiende, que le impulsara a elevar su espíritu hacia parte alguna. Incógnita que muestro, ya saben, si el espíritu habita todos los cuerpos o es cosa de una clase humana diferente. Me pararía a reflexionar, pero continúo.

Mientras la vecina, que ya encontrara acomodo en sus lágrimas, apretando una mano solícita de alguien anónimo, por supuesto, manteniendo su caudal a ritmo constante, desgranó al esponjoso micrófono  que la chica morena, bueno, media chica, media señora, por cierto, era una infeliz que se acostaba con hombres alejados de su sentir con el objetivo de comprenderlos mejor. El cámara bajó la lente y resopló interrogante, que es lo menos que se puede hacer cuando otro ser nos descoloca.
Mientras, prosigo,  Adolfo el imaginativo, descubriera por fin una cualidad en su persona: era capaz de imaginar composiciones  musicales desde el porrazo del techo. Su cortedad adquirió largura y se arriesgó a contabilizar en su mente, la cantidad de personas aledañas que poseían un piano.

Por saber. Por probar.

Su aspecto bobo no dejó ni rastro, desapareciendo mientras se encaminaba hacia el lugar más razonable; la sala de música de la escuela.

Quiso la suerte, que viste de corto, empezando por los pies, que sus ojos reparasen en una de las revistas gráficas, de su colección de revistas tan gráficas. Movióse en pos de ella, apropiándose de las figuras femeninas que le mostraban todo sin palpar nada.

Ni decir tengo que, llevado por el afán de atrapar todas las hojas, impresas y sin imprimir, se olvidó del  lugar al que se dirigía. Ni supo ni probó.

Así se pierden los valientes…



jueves, 15 de mayo de 2014

DE GATOS


 
DE GATOS

“La vida fluye, así que voy a bebérmela toda de un solo trago. Notaré, mientras atraviesa mi garganta, sus distintos relieves. Las aristas, los ángulos, que me arañarán por dentro; las lisuras que suavizarán las cicatrices anterio
res, para infringir nuevas heridas. Tengo en mí ser osteoclastos y osteocitos eternos, filmándose igual que una lámpara de lava.
Es densa la existencia. Te permite aplastarla lo suficiente para colocar tus pies encima, hasta que, aburrida y con ganas de jugar, te voltea, siendo tú el aplastado”

- ¡Maldita sea! ¡Otro gato! ¡Ése no es nuestro gato!
- Es verdad - respondo con tono suave- Lleva viniendo por aquí cerca de una semana.
- No puedo entender que adoptes a todo cuánto bicho que se acerca. ¿A qué aspiras? ¿A ser la loca del barrio?
Me quedo callada. Vale, ahora cogerá una piedra del jardín y saldrá tras el felino para ahuyentarlo. No contento, le tirará otra y quizás otra más. Le persigue con cara furibunda y con los pantalones vaqueros flojos que le dan voluminosidad. Semeja un gigante Goliat, mezclado genética y bíblicamente con un David. Aparto la mirada del espectáculo. Por suerte las ramas de los árboles no me permiten ver adónde ha ido el negro gato que me visitaba.
Me siento en el escalón de piedra. Suspiro. Escondo la cara entre las manos, respiro fuerte. Ya está. Todo controlado. Justo a tiempo; ya vuelve.
- ¿Se puede saber en qué piensas?
Claro que no puedes saberlo.
- En nada.
Ante sus ojos entornados, negros como la suerte del felino, repito. La ansiedad hace un pico en mi gráfica interior. Ten cuidado, susurro dentro de mi cabeza.
- No pienso nada.
- ¡Eso es lo que se te da mejor! No pensar en nada. Tú me colocas problemas y esperas que yo venga a solucionártelos. Voy a esconderte la bolsa de pienso para que no vayas ofertando comida gratis a todo bicho viviente, que pareces un albergue de animales.
Sabe que me encanta tomar el sol por las tardes, sentada en cualquier zona del camino, mirando hacia una carretera que no se llega a ver. No se sienta a mi lado, sino que camina cruzando la entrada, siendo consumido por la puerta de casa.
Un reto. Es decirme sin palabras, ven, te espero dentro aunque te encanta sentir el sol, quiero que dobles tu voluntad y me sigas. El sacrificio que reclama es imposible de obviar, las consecuencias no quiero vivirlas. Me levanto. Entro en la casa, más fresca que afuera, aunque necesito que la frialdad del hombre se disuelva con un calor de cualquier clase.
Me acomodo en el sofá, reparto los almohadones. La cálida televisión ofrece un partido de fútbol, una carrera de coches, una cacería de caimanes, un holocausto gastronómico, una destrucción en global. Reseteo las condiciones apropiadas; tengo el móvil en silencio. No nos molestará nadie que me haga perder el temple. Aunque debo estar atenta para que no parezca que lo he silenciado, la suspicacia vive entre los cojines del sofá. Celebro en mi manto íntimo haber borrado mensajes y literaturas que pudieran ser comprometidas. Soy una guardiana del bienestar a tiempo entero.
Recomponer el mundo de nuevo es cada día más difícil, cuando algo se quiebra, un segundo basta para crear mil horas de perturbadora incertidumbre, en el mejor de los casos. En el peor de ellos, la recomendación ha sido: llama a la policía, huye si puedes. Una vez perdido el autocontrol, ya estará perdida toda oportunidad. Me comienza a dañar la angustia, es frustrante y no me voy a dejar vencer sin luchar. Cállate, le grito a mis tripas, a mi chakra ventral, a mi todo, cállate maldito, ni te atrevas a flaquear.
Las historias no siempre son lo que parecen, a decir de un amigo; pelo cano brillante, sonrisa fantástica y un sitio eterno en el pensamiento, nada, y subrayaba con énfasis la palabra “nada” es lo que parece. Cierto que hablaba con conocimiento de causa, la gente que se coloca al margen de la normalidad legal, sea lo que sea eso, tienen una forma de sabiduría que necesitan expandir a los que alcanzan sus tentáculos. Debilidades humanas. Mis oídos estaban atentos, así la intensidad en mi recuerdo.
Sabes, me repite, que tú eres la culpable de que venga, de que se vaya, suba, baje, me enfade, me intranquilice, rompa mi estabilidad, tú y solo tú. Que lo sepas.
Rabio con la idea pues sé que cruzaré los dedos cada día, cada mañana hasta la noche para que un animal tan insignificante como un gato negro se acerque a mi casa. No rezo porque no soy creyente, sino fiel a la realidad. Cuánto menos piense en ello, mejor.

Empezaré a pintar un óleo, bien grande y vistoso, para que el tiempo pueda volar como ensoñación. o fabricaré un enorme pastel de chocolate y nata, con destino incierto en mis caderas. Puedo coser mil trozos de paños hasta elaborar un saco dónde ocultarme. Entretenerse es fácil en teoría. Estar ocupada.

Hasta otra anotación en el informe médico, iniciada por una espera y sopesada con el pacto de formular estabilidad.

Yo soy la única que puedo chillar sin hacerlo jamás. Una promesa es una promesa; no hay gato negro.

(Una muestra silenciada con seguimiento de trazado)
  — en Durmiendo en una papelera con Susi DelaTorre.

domingo, 13 de abril de 2014

CAPEANDO



CAPEANDO


Para mí es solo un niño de ocho años. Uno de los mocosos de mujer ajena. Pero atrae moscas igual que si fuera miel. El carcelero, hombre rudo y grotesco, tampoco entiende el revuelo de voces, desde su encarcelamiento. Su físico infantil es un poco incómodo, o mejor dicho, lo era. Demasiado refinado, pálido, con lunar identificador en la pierna izquierda y pelo pajizo que, por acción del llanto y las palizas, parece desgastado en gris. Ante mis ojos se ha cubierto del óleo que dona vejez cruda, tan fuera de sitio en su edad, doliente en la entraña de madre que le visita. Desde luego, mis hijos son de otra condición y otro abono; morenos, caminando hacia un necesario embrutecimiento, en edad de perder sus primeros dientes. Sonríen entre los huecos que asoman, causándoles un gran contento. Se meten los dedos los unos a los otros en la boca, ganándose algún coscorrón de su padre, que desea un poco menos de algarabía. Es difícil, pues tengo cuatro pequeños, que no sobrepasan en edad al condenado. Serán hombres fuertes y buenos ciudadanos, para eso hemos luchado.


Si antes recubierto de blanco enfermizo, ahora asediado por la enfermedad, rompe el pecho sucio y gorgoteante, con toses que recuerdan los sermones del cura. Todos somos mortales, preparaos para arder en el infierno, gritaba desde el púlpito, todos florecíamos en el pecado, encogiendo nuestra savia. Eran otros tiempos. Ahora ya no alza los brazos intentando intimidarnos; alguien le ha asestado bayonetazos para constatar su pecaminosa mortalidad.

Todavía desconfío de que su mensaje no tuviera verdades. Me han criado así y me cuesta renunciar a algo que ha formado parte de mi vida. Esto me lo callo.

Soy ignorante en el arte de los sacamuelas y charlatanes vendedores de remedios; ausente de nociones de brujería herbolaria y miedosa de la ira de Dios, pero sé que una buena cama caliente, ropas secas sin piojos y una escudilla de sopa, lo protegería durante una temporada. Llego todos los días con el bajo de la falda cepillado para que no se note la humildad con que recorro el fango que rodea la prisión. No llamar la atención para evitar un registro es mi objetivo. Ahora que todos somos iguales, me debo a la causa. Pelo recogido en cofia blanca, tez sin refinamiento y manos duras de obrera. Soy una más de las mujeres que caminan hacia la igualdad. La misión de vigilar al niño fue un honor bien remunerado en su momento y un trabajo excesivo en el presente. En el bajo del ropaje oculto mendrugos de pan junto con algún resto de comida. Hiere ver como se apaga, explico cuando doy el parte al comité, con gran júbilo de sus componentes. Hay algo inhumano en desear la muerte de un niño, sea o no un “asqueroso cerdo” y eso me hace desacordar de sus opiniones. Existen hechos que no debieran suceder a propósito. Pero mi opinión es sometida ante todos ellos, vecinos y simpatizantes del nuevo orden creado. Lo que comienza bien, no encaja destrozarse por la muerte de un chiquillo, al que nombraron rey sin saber serlo. Ni leer ni escribir. No podría reinar pues los que lo aúpan defienden su trono para interés propio. Ni siquiera parece vivo, de puro enflaquecimiento. Se rumoreó en su tiempo que fue un bastardo que parió la reina. Qué se podía esperar de una madre disoluta y un supuesto padre con derecho a tiranizar al pueblo. Dicen que le incitaba a prácticas insanas y lujuriosas. Nada peor que una mala hierba criando brotes. Traté de acariciarlo movida por el hedor, la miseria y la pena que lo rodea; se asustó muchísimo, alejándome con gritos inhumanos. Lejanos los abrazos de su aya, que mil veces lo meció más que su madre. Lo que recibe un niño pobre, él lo desconoce. Ahora acoge palos en nombre de la justicia social. Pobre niño rico. No merece la descortesía nominativa del animal; los hijos no son culpables de los pecados de sus padres. Quizás con los reyes es distinto, lo de la sangre azul y eso. Aunque yo he visto sangrar al prisionero y la tiene roja, lo que me ha confundido mucho; no me he atrevido a rebatir.
Cuando llegué por primera vez, el carcelero, verdugo por ocio, olvidado ya su oficio artesano, me revisó de arriba hasta abajo, desnudándome igual que los hombres acostumbrados a sopesar la jarra que van a ingerir, para atajar posibles trampas y robos. Se burló del paño que me cubre el escote, decidiendo tomarlo como trueque por darme paso. Peor podía haber sido. La palabra libertad contamina mientras libera. Así traspasé yo en aquellas piedras, colocadas de tal modo que ni puerta había, todo lo más, una oquedad. Una cárcel formada alrededor de un chiquillo lleno de mocos y lágrimas. Nadie tuviera piedad con él, muy al contrario, las palizas a su cuerpecillo eran una de las ocupaciones diarias, hasta que la fiebre y las pústulas lo rindieron en el duro suelo. Perdió toda diversión para los salvajes que gritaban desde cualquier acumulación que les diera altitud, izando proclamas y manifiestos. Ahora, los ciudadanos se creen dioses, con derecho a juzgar, decidir y castigar. La muerte impuesta es el lugar más frecuentado, una fiesta que rompe con lo antiguo y revive lo nuevo. También los que pierden la cabeza en la cesta tienen la sangre roja. 

¡Nos han mentido desde hace tanto tiempo!


Las últimas órdenes que me han llegado, han sido la de intentar que muera deprisa. Movida por un sentimiento de humanidad, pensé en varias opciones, aunque al imaginar a mis propios hijos sufriendo muertes anunciadas, decidí arriesgar. Todavía continúo sintiendo mi alma devota de algún dios o creyente en la bondad perpetua. Será que soy una analfabeta y maldita mujer, como escupe mi esposo, su madre y los hombres que me aprisionan contra la pared del callejón. La ciudad está demasiado enervada, salvaje y brutal.

Algunos quieren levantar a este pellejo joven, dicen que tienen un trono para él. No llegará a verlo ni ellos a sentarlo. Quisiera salvarlo de una muerte que le ronda el aire, consumiendo su existencia en la insensatez asesina de otros. He pensado en un plan para burlar su destino. Mi capa será el protagonista, tapando un muerto de su edad, nadie, ni siquiera el carcelero, empeñado en sobarme salvajemente en cada visita, recibiendo lo que ansía, notará después lo que sujeto con trapos a mi cuerpo. Los huesos no pesan, amoldándose a la calidez de mi vientre. Llevaré un corazón parado, de los que conservan en alcohol los alquimistas, saliendo con otro hermoso, pujante de vida. Huyendo del ronquido de bestia satisfecha, con cuidado me dirigiré al callejón dónde vivo. Mentiré y diré que es uno de los pequeños criados de Palacio, descubierto entre cadáveres que estaban a punto de enterrar. Pero que ha tenido suerte. Un ciudadano que representará la victoria de los hombres justos, equitativos y por fin, libres. 

No habrá objeciones, pues nada inflama más a las guerras que las causas comunes. Los que más crímenes realizan por las doctrinas, son enardecidos luchadores por las víctimas de sus causas. En ello me baso.
No puedo pensar en otra cosa.

Será mi contribución a la historia y a la libertad.


viernes, 14 de marzo de 2014

Muñeca estropeada.




“Las muñecas cierran los ojos al ser tumbadas, como debe ser”

 Está claro, ¿no? Los zombis no deberían pilotar aviones. Ya por cuestión física: los tendones se enredan con la palanca de cambios, con los jirones deshilachados de las mangas, con falanges que se luxan hacia direcciones imprevistas.
Veo en el radar que llega uno de ellos. Siento odio hacia los seres tan rellenos. Son íntegros, con toda la carne y sangre en su sitio, bien colocados sobre el tapizado asiento. Sobre la columna vertebral se adhieren las entrañas, sin deserciones; la disciplina de tripas me aburre. Compactos en sus cuerpos limitados por la piel, que crea frontera y ayuda a hacer cosas sin que, en un momento dado, tirantee tropezándose con los aparejos.

El cuadro de mandos me indica cuál es el instante exacto para disparar. Qué feliz soy, la expectación ante la posibilidad de no fallar es inmensa, adrenalítica y superior. Me encanta ponerme a tiro para demostrar mi valía como piloto. Cuando estallan, es genial, manchan todo el cristal delantero del avión con sangre y vísceras, no sin antes mostrar en sus caras,  enteras, perfectas, el pánico ante lo inevitable. El ruido es como canto para mis oídos, suena igual que un “choff” sobre un charco invernal con botas de goma, o tal vez como un pisotón a una cucaracha, con crepitado de fin de vida. Ahora, cuando escucho un crujido, las manos me tiemblan de placer. Incluso los cerebros escindidos  son hedonistas. Automatismos perversos que me distraen en la vida inventada que todos llevamos afuera.

Escucho el llorar de mi hermana. Ya está bien. Es una mocosa blancuzca con la que juega a las muñecas mi vieja. Le repite mil veces lo bonita que es para después, obligarla a sentirse culpable por no serlo más. Tengo antipatía a mi hermana. Se deja querer con los halagos empalagosos de su titiritera, no comprendiendo que sea ésta misma, la que le pega por no llegar a ser perfecta. Ella consiente ser zarandeada, anulada, mientras la visten, la peinan, le clavan punzantes horquillas, se las quitan con violencia. El resultado nunca es pulcro y cuidado. Odio su actitud  estocolmista amplificándose  por las inmediaciones de su habitación, hasta alcanzar mis dominios. La visión clarividente enerva la ira. Su pelo amarillo siempre enredado es insufrible, sus trapos desvaídos me ponen frenético. Sus orejas merecen algo más que un agujero sin pendientes, pues lo que es revendido, vendido queda y aquellos trozos de oro, regalo de otros tiempos, mejor están en el recuerdo a cambio del trueque por una barra de chocolate y dos paquetes de arroz.

¿Qué si pasamos carestía? Pues no. Yo me he acostumbrado a no comer. Era incómodo ver salir por fuera de mi estómago, tan mermado por la misma hambre, la asquerosa papilla de pan reseso que cocía mi padre antes de largarse. Él sí que tuvo suerte.

Una fiera, mi padre. Nos estuvo sisando durante meses la escasa comida que pedía a gritos entrar en casa. He aprendido a distraerme pensando en cómo debería morir en castigo por dejar que las mejillas de mi madre se deslucieran y el cabello de mi hermana perdiera longitud, fuerza y brillo, siendo sustituida por unos cuantos pelos mal clavados en el cráneo. Me da igual que haya sido un buen hombre hace años, no le exime de su error ni de su mala fe.
¡Cuidado! Requiebro, virando la nave hacia un mejor ángulo de visión. Exactamente colocados mi dedo índice sobre el botón adecuado, espachurro la carne sobrante, logrando un disparo certero. Soy el mejor de los zombis del escuadrón. Me reclino hacia atrás en el asiento con satisfacción. Otras cosas no me valorarán, pero sobre puntería, estrategia, planificación y ejecución, no tengo competencia.

Otra vez llora la pesada de mi hermana. Su llanto taladra mis huesos hasta el tuétano. No la han enseñado a callarse, es lo que tiene no haber tenido una madre que cumpliera su cometido con acierto. Me dan ganas de cortar un trozo de su bata rosa de guatiné y ahogar los sollozos. Supongo que llora por algo, quizás debiera ir y preguntarle. Aunque su madre está para algo, digo yo. Que no todo es embarazarse, parir y dar por supuesto que aquella pequeña cosa crecerá sin molestar. Pero no quiero que se note el interés, eh.
Hago un esfuerzo y tomo conciencia de la ubicación del suelo, del techo y color infame de las paredes. Camino con desolación obligada, estoy descalzo y no viajo tras las líneas enemigas para hacer doble espionaje. Una lástima pues mi físico anodino me camuflaría; un hombre normal más, entre miles de hombres  similares en casi todos los países del mundo.

Golpeo suavemente en el marco de la puerta. Se vuelve y me mira con ojos rojos. Tal vez lleva mucho tiempo llorando. Mi hermana tiene las pestañas tan rubias que parece albina. Su flequillo, corte travieso por ella misma, le hace ladear un ojo para que no le moleste la visión diurna, porque de noche se cubre con la melena para ahuyentar la luz. No es miedosa, pero tampoco adivino una adolescente precavida. Ya no solloza al mirarme. En su mano, una muñeca casi rota, su preferida. Tampoco está entera, ni sus ropas floreadas, ni el número adecuado de brazos y piernas. Sus ojos, dos, sí que están, bordeados por unas pestañas ennegrecidas con restos del rimen de mi madre. Al estar mal aplicado por una niña de seis años, parecen más ojeras amoratadas que unos ojos que quisieran lucir bonitos.
Mi madre tiene los ojos negros, negrísimos igual que un futuro familiar. Algo que es un presagio horrible lleva siempre colgando de sus puntas, aunque se las rice con un artilugio raro que parece un instrumento de tortura. Si algún día…  no quiero que se apueste  por ésas cosas; acomodo fobias muy rápido.

La pequeña baja la cabeza. Intuyo que despisto el cariño que dicen que se tienen los hermanos entre sí. De adultos, todo se acepta, siendo saludable incluso, pero ahora es una rareza que no me vea como a un héroe, pese a estar tan lejos del perfil. Toma aire, lo sé porque observo su pecho y su gesto de apartar los pelos de la cara. Muestra su muñeca con resignación. Tiene un lado de la cara mutilado, con lo que parece ser un manchurrón de rojo mercromina. Un trozo sanguinolento que provoca rechazo. Me recuerda que estaba en medio de una tarea sublime, matar a seres terminados.
Solo fue un acto reflejo, tomo interés por la muestra. Entro en su cuarto, forrado de flores rosas y me siento sobre su edredón, también rosáceo. Igual que una casa de muñecas gigante. Qué hortera es mi vieja.

Me ofrece el mutilado deshecho y se queda a mi lado, muy pegada a mí, tanto que la convección de calor sin fluidos, podría complicarnos a los dos. Por una vez, no me molesta la proximidad de alguien. Será que la vida me llama poco.

Espero a que hable, soy un tipo de costumbres, de malas, muy malas. No recordaba su voz suave, casi melosa, tan suplicante. Ella, una víctima, la otra la sostengo yo entre mis manos.

-          Me dice mamá que es fea. Está estropeada, no cierra los ojos al dormir.

Le doy una mirada larga a su juguete cercenado. Pobre muñeca, otra paria. Asiento con la cabeza y permito que su voz siga desmenuzándose.

-          Es muy fea. No la quiero. Mamá no la quiere. Ya no la quiero.

Me encanta la actitud resuelta de quién toma decisiones. Demuestra un espíritu práctico, sin hacer curvas para sortear problemas, sino rectar hacia soluciones directas. Voy a tener que hacerle un seguimiento a esta nenita despeluchada.

-          ¿Qué quieres hacer con ella?

Le pregunto con curiosidad, de veras que me interesa lo que pueda decir.

Baja la voz, se acerca más hacia mí y sin mostrar rechazo alguno, hace un momento yo era un asqueroso zombi, me susurra.

-          Sé lo que les sucede a las niñas feas que no quieren dormir. Lo que le ocurrió a Delia.

Ahora sí que me sobresalto. Pensé que no se acordaría, debía tener tres años o algo menos. No tiene importancia al igual que no la tuvo Delia. Su huella fue algo leve que se borró en pocos días. Solo recuerdo que era fea. Bueno, yo no la llegué a ver pese a ser otra hermana, pero la frase me sonaba mucho. Era un lamento más repetido que la falta de comida, insensatez o acariño. Luego dicen que la belleza no es importante, que se lo digan a los que asesino todos los días. Son exterminados por igual motivo. En casa hace mucho tiempo que no se habla de Delia. Desde su nacimiento no se la mencionó ninguna vez. Ni siquiera llegó a tener un nombre oficial. Era “eso” para mi padre y para mi madre era un levantar de hombros sin más importancia merecida. Por suerte para ellos duró poco. Me dijeron que tuvieron que llevarla al hospital, repitiendo mi madre “de dónde nunca debió salir”

 No juzguéis a su madre, no sería justo sobrevalorarla tanto como para poder hacerlo.

Digo lo obvio. Soy un adicto a dejarme llevar por las conversaciones con deslizante flojedad. Total, las palabras necesarias son muy limitadas, con decir la adecuada en algún momento, el interlocutor se cree escuchado. Cuánto pánfilo.

-          ¿Qué les pasa a las niñas feas?

Odio las paranoias de la vieja.

-          Sé lo que hay que hacer con las feas. Ven.

 Agarra la pierna de mi pantalón y comienza a andar. Sigo con la muñeca en la mano. Parece haberse olvidado de ella. En sus ojos no hay irradiaciones de determinación, es más una pesadez inmensa de alguien con un peso. Incluso sus piernas parecen ser hierros sin necesarias articulaciones.

De esta manera vamos hacia el jardín tras la casa. No practico nada el deporte de tomar el sol, la naturaleza frecuentada y demás chorradas salutíferas. Yo paso de morirme de un ataque de salud, prefiero escuchar como estallan mis enemigos humanos.

Mira con precaución inútil hacia los lados. La imito contagiado por su cómica gestualidad. Tiene algo esta chiquilla, tal vez sirva para explotar burbujas de personas. Pensaré en alguna prueba a la que someterla; mis cosas son muy  mías. Las casas vecinas están muy lejos, ni con prismáticos lograrían vernos. Tengo la cabeza llena de teorías conspiratorias, la publicidad engañosa me nutre con mi permiso; no quiero ser perfecto.

Llegamos al límite del jardín, algunos árboles dan sombra en verano a esta zona. Recuerdo hace tiempo que sirvió para que mi padre se sentara a terminar de emborracharse al sol. Decía que le subía antes el alcohol y que luego se evaporaba bajo el calor, hasta formar parte de las nubes, su pequeña contribución al espectáculo del cielo.

La muñeca rosa se gira y con aire misterioso toma el juguete de mi mano. Maternal y dulce (tal vez el color rosa le vaya bien después de todo) le retira el pelo sintético de la cara estropeada por el cromer. La sacude un par de veces y sus dedos le bajan los párpados una vez. Luego prueba de nuevo, verificando que el mecanismo no funciona. Está claro, necesita dormirse sola, aquella cosa plástica en forma de muñeca zombi.

 Se agacha en la hierba y coloca la muñeca a su lado, mientras remueve la tierra, levantando un montoncillo de hierba. Cuando le parece bien, coge el objeto insomne y lo tumba dentro del hueco recién hecho. Los ojos no se cierran, quedando clavados en el aire. Mi hermana se los cierra con delicadeza, para seguidamente cubrirla con el amasijo de césped y tierra.

 
-          Era una niña fea. Y se estropeó. Igual que Dalia.

 
Me cuesta respirar, pero debo hacerlo. De mano de mi hermana pequeña, la única que tengo, vuelvo a desandar lo andado. A casa, a mi cuarto, a mi juego de matar humanos, a creerme el mejor e invicto de los zombis que pasean por el más alto nivel.

Era una niña fea.