martes, 3 de marzo de 2015

APRETANDO DIENTES




El pueblo ha sido tomado por intrusión. Verano para unos arietes imparables, mejunjes de canícula. Las zonas picudas de los edificios parecen encogerse ante el avance, terremoto de roncos sonidos. Sus tejados se pelean por replegarse hacia las chimeneas, replegando primitivas y rudas cañerías que desconocen su nombre y ocupación asignada, puesto que de repente, han encogido lo máximo para no perder la dignidad de lo que son. Espesa el aire, inservible para un cirujano, rota en vapores concéntricos. Unos maderos que formaban añadidos sobre otros, resultan desmayados antes de desplegar las banderas blancas de la rendición. Las veletas fundidas con perfil animal se doblan con misterio herrero. Los ratones han huido, patitas al aire y rabo largo agitado con la velocidad máxima que le permiten unas al otro; al igual que los gatos, dejando sus múltiples ocupaciones  divididas entre aseo y cazador, reuniéndose incluso bajo huecos comunes. Se quedan mirando el jaleo que se forma entre los frenazos de las riendas de los caballos, agobiados por sus amos, llenos de ansiosas golpeteadas en los cuerpos animales. Hasta que el ruido desborda su percepción felina, esparciéndose más hondo en el cobijo de sus miradores.


Los gatos se alegran de no ser caballos.

Los ratones, únicos espectadores también se contentan no siendo gatos.

Pero los hombres tampoco desean ser ratones, ni gatos, ni por supuesto, sus propias y castigadas cabalgaduras.

Los hombres se bastan con ser lo que aparentan; ser testosterona furiosa.

Entraron, sí, cual arietes despiadados, con los rostros pintados con la determinación a romper los silencios posibles, los gritos de la madre todavía resonando en sus oídos, sintiendo que la misión encomendada era la más alta misión adquirida para alcanzar la heroicidad… encogiendo las lenguaraces viviendas, pronosticando luchas intestinas y dérmicas.

Comenzó el juego al atravesar las barreras del respeto, derribadas las fronteras del buen gusto y la urbanidad. El fin lo justificaba y eran dos niños los buscados, comprendes, dos niños, que podían tratarse de tus hijos, de tus futuros amantes, de tus padres o abuelos de pequeños, del tendero que te servía o de una amistad, todavía sin descubrir. Pues por ellos, la excusa perfecta. Por ellos, violentaron los restos dejados de los mercaderes, huidos al verlos irrumpir con tanta virulencia, azuzando a los caballos, a los mulos, a las ruedas. Apretando los dientes, mascullando insensateces sin pensarlas,  sintiéndolas desde el corazón y las vísceras. Por ellos, los niños eclipsados, descabalgaron de sus alturas y cachetearon los pies en la tierra,  estrepitosos y levantando polvareda, augurando ninguna razonada dialéctica posterior. Las telas de los expositores de madera, se derrotaron cubriendo las escasas zonas empedradas, creando unos caminos con textura forrada, por dónde avanzaron con rápida marcha los hombres justicieros, haciendo su feudo cada palmo conquistado. Las frutas, las verduras, los maderos sustentados, los barriles, las torres apiladas de alimentos, las jarras de bebida; los racimos de flores, los tejidos de lana, objetos de latón, cobre o barro, patatas, cebollas, nabizas y animales pequeños enjaulados, nadie se libró, es un decir, de esparcirse por acción del rodamiento, de la caída o estamparse contra, para, a través del terreno y de los callejones adyacentes. Un desconcierto bajo un aire embolsado en perplejidad.

La primera puerta, se abrió con un golpe. Siguieron bastantes más.

lunes, 19 de enero de 2015

EL CIELO



EL CIELO
....
Déjame darte calor, pequeña mujer.
Voy a hacerlo. 
Lo sabes.
Subiré tu hipotermia hasta la fiebre.
Llevaré al frio que siempre te paraliza,
al holocausto en la hoguera.
Yo haré arder tu piel,
cogiendo tus caderas desde tu espalda.
Voy a hacerlo. Lo sabes.
Despojaré la nieve que ensaliva tus muslos.
Sudaré desde tus axilas.
Resbalaré por tu garganta.
Quemando el borde de tu vientre.

Porque el cielo está mucho más cerca
de lo que piensas.

Humedad danzaré,
entre tus pétalos sensibles.
Tibieza rompiente desde la cascada
de tu gemido.
Me gusta verte en pleno fuego.
Los besos se olvidan de ser dados.
Los ojos abrillantan el mirarnos sin vernos.
Niebla cegadora,
cubre tu interior con ascuas.
Lo sientes, pequeña.
El calor. Ése morir intenso.

El frío no te recuerda.

Porque el cielo está mucho más cerca
de lo que imaginas.
Mucho más cerca....



sábado, 10 de enero de 2015

AMÉN.


Él hizo rozar las yemas de sus dedos por el tul del vestido. Ella se dio cuenta pero fingió que no sucedía. Podía haberle dirigido una sonrisa, volviéndose al notar la caricia, pero temió una catástrofe. Algo así, podía desencadenar alguna fatalidad, proveniente de un amor del que ignoraba su alcance. Denegó la sonrisa, pero el hecho, allanó su interior con fuerza. Su alma se removió con el cataclismo que temía.
Sobraban palabras.
La distancia obligada entre ellos, lógico ajetreo de bambalinas preparatorias; hombres que van y vienen, armatostes metálicos que se mueven sin control, máscaras recién paridas de los terrores de algún esquizofrénico, damas curiosas con lunar pintado en el margen derecho del rostro. Un batiburrillo de sonidos, voces, gritos y apremios.
Él cruza la parte de atrás, dejando trajes colgados, tristes igual que lágrimas que penden en lógicas de aparición.
Gettel. Tocar su vestido es como viajar en un halo de luz infinita, que me descama el corazón. Siento por ella, cada día.
Calla y se pierde en uno de sus trances. Sueña, por si acaso la realidad después no se lo permite.
Lista de deseos de un Jhoseba enamorado.
.
    Que Gettel no muera. El trapecio debe ser su compañero y guía, jamás una mandíbula doble.
·       Que Gettel no muera y que me mire.
·   Que Gettel no muera, que me mire y que sostenga mis ojos durante… tres segundos. Cinco… quizá seis.
·       Que Gettel, mi vida, me sonría alguna vez.
·      Que Gettel, mi amor, sepa que daré por ella, licuado, el color de mis ojos, si se cumplen los anteriores puntos.
·    Bajaré el canto de los pájaros hasta sus oídos, cada amanecer. Llueva, nieve o solee el cielo.
·      Alzaré el brillo de la luna justo antes de marche a dormir.
·      Hundiré las sombras que puedan anidar en su corazón.
·   Que Gettel vea fragmentarse mi vida para sustituir aquellos trozos de los que ella carezca.
·     Que no seré avaricioso, dejaré que sus pensamientos privados la ahoguen, hasta que desee volver hacia mi firme abrazo.
·      Y todos los que restan… habitarán la piel, entre nosotros.

¡Amén!  
Demonios y ángeles. Seres puros e impuros, falsos o hipócritas, cobardes o suicidas. Tomad buena nota, quedáis avisados de que ésta mi alma no descansará en eternidades… ¡Así sea!


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martes, 30 de diciembre de 2014

¡NO HUYAS!


¡NO HUYAS!

¡Por qué duermes! Acaso crees que el sueño es un refugio adecuado. Te confirmo que no es así. La realidad permite la quietud, la rapidez, el grito, mutismo o sorpresa. Ensalza el humedecer la defensa, con aliados, estrategias, venenos, conjuras y mentiras. Un plantel de opciones que el sueño, convertido ya en pesadilla, sólo avanza en una posible dirección: hacia el despertar.

Dónde... ¡No escaparás!

sábado, 15 de noviembre de 2014

Nombradme!



¿De veras queréis saberlo?

¡Escúcheme de una vez, maldita sea! Para mí… ¡es Dios! Así lo llamo. No entiendo qué le reprocha cuando habla uno de los ineptos que no hacen nada por arreglar las cosas. ¿Quién se cree que es? Ahora lo somete a juicio. No tiene perdón. Debería caerle la cara de vergüenza. Ni se atreva a ponerle adjetivos descalificativos. Él salva vidas, las recoge maltrechas del suelo, las pule y las arranca de las pezuñas del Demonio. ¿Oye? ¡No escucha! ¡Qué sabrá usted! ¡No fue su sangre la que se derramó! ¡Ni la bala tenía su nombre! ¡Mi hijo, inocente en el juego, rodeado de gente a plena luz del día! Qué ha pasado, decían los policías que se acercaron, a paso de caminante ocioso, con la mano posada en la culata de las pistolas. 
Qué calma, señor, ¡que gran desfachatez! 
Llegó el primero con paso chulesco de barrio bajero condecorado. Seguro que fueron los gallitos más prometedores y por no caer en el ridículo, denigrándose persecuciones mil veces fracasadas, quedando como idiotas, les ofrecieron hacerse polis. ¡Si lo sabré yo! ¿Qué me ciña a la pregunta? ¡Pero bueno! ¿Acaso no estoy diciendo la verdad?
Mire, me da exactamente igual que digan que el sospechoso está mal de la cabeza. Con más razón para encerrarlo, si no es posible ejecutarlo, ya que es un peligro para la sociedad. Es un asesino, sin excusas ni etiquetas que lo puedan dejar sin castigo. Quisiera verlo colgado, con las tripas por el suelo. Aún con eso ¡no me sentiré satisfecha! 
Pero ¿qué dice? Si, ya escuché al psiquiatra, que ni pinta tiene de un médico de verdad; el mundo sabe que no lo es, ni medicación, ni terapia efectiva, ni nada resolutivo; solo ordena hablar bajo posturas facturadas. Alguien pagará tus sesiones, incluso yo, sin comerlo ni beberlo. Le quito peso a su título. Lo mismo con, si soporta oírlo, los abogaditos que pueblan los márgenes del buen sentido, encrespando triquiñuelas legales. Dijo algo sobre que el salvador de mi pequeño era un narcisista de manual, capaz de manipular situaciones para convertirlas en algo provechoso. Una mente perturbada gravemente alterada. Algo sobre un buscador de un inflador de ego, producto, pobrecillo, de algún suceso pasado traumático de su infancia. Se atrevió a sugerir, con máscara de verdad, que sería interesante hacerle un seguimiento retrospectivo. Y su conclusión es que el criminal francotirador y el ángel de manos preciosas, liberador de la invalidez o muerte de mi hijo, son la misma persona. ¡Ridículo! Diga usted que no tienen arrestos para averiguar quién fue. Buscan la conveniencia del diagnóstico; una cabeza de turco. ¡Envidia! El mundo no tiene la dignidad de llamarse de ésa manera. Somos habitantes de un zoo sin barrotes. Colmillos, pezuñas y garras. Hipócritas engañosos. Cualquiera diría que el criminal es un ser digno de lástima, por lo que carece y lo que desea adquirir. Los hombres extraordinarios molestan. Ah, le sorprende que sea capaz de sintetizar ideas. Usted también es idiota si cree eso. Los médicos necesitan enfermos igual que los mecánicos de coches, averías, los militares, guerras y las demás personas, que otras, a consecuencia de sus acciones, se autodestruyan. Así que rebuscan en grandes vademécum hasta encontrar un perfil que se ajuste al “sujeto”, aunque sea forzando líneas. Éste tipejo escarbamentes parece que les ha convencido ¿no? Entonces pienso que él también lo es, haciendo declaraciones que recargan su ego y su necesidad de llamar la atención. ¡A ver si la cosa va por ahí!
No aparte la mirada ¡está siendo cobarde!
Bien, señoría, ¡me tranquilizo! Prosigamos, aunque sea por perderles de vista. Ordena usted que responda sólo a lo que se me pregunta. Sí, es cierto, mi hijo estaba en el parque. ¡Qué sí! Correcto, yo estaba un poco alejada, sentada bajo un árbol, disfrutando del sol. No, señor, no tengo enemigos capaces de hacer eso, ni amigos tampoco. Y no me venga con el cuento de que mi expareja era un hombre violento, más básico que una ameba. Lo descarto por múltiples razones. Está demasiado lejos, en otro país. ¿Acaso no lo han investigado? Así perdemos el tiempo ¿entiende usted? Dan vueltas retóricas sin objetivo práctico. ¡Cómo se nota que no les duele! 
¡No es él! Le quieren desprestigiar porque es un hombre bueno dueño de sabiduría prodigiosa. Un cirujano que ha devuelto la vida a mi pequeño, no puede ser a la vez el cruel asesino. ¡Me da igual ésas pruebas que presentan! Si estaba en la “escena del crimen” será por su halo divino: llegó hasta allí para atender más rápido a mi hijo.
¡Si no fuese por él! 
¡Loado sea!