viernes, 25 de diciembre de 2015

TORTURA






Soporto muy bien la presión. Y el frío, y el calor. Aguanto el dolor físico ya sea voluntario o infringido con rabia y furia. Soy de los seres que han nacido para guardar secretos y descerrajar los ajenos. Estoy porque sé dónde, cómo y cuándo. Tomo de la vida lo que me otorga sin preguntas ni vanas cuestiones éticas. Para eso están los demás, los blandos, los templados, los sin nombre. Lo que dejo atrás en mi pasaje, rezagado queda y no tengo más que decir.

 Ustedes me intentan poner en un aprieto peligroso, en mitad de este decorado repleto de objetos que buscan desvelar mi emoción. El guión lo tienen ustedes muy estudiado, feliciten de mi parte al impulsor y autor de tan maravillosa puesta en escena. De verdad que otro, que no fuera yo, sentiría amenazadoras sus preguntas, sus paseos ante mis ojos, las sombras que crean en la pared a medida que sucede el tiempo. 

Pero conmigo dan contra hierro sin forja posible. Reconozco que la última pregunta me ha descolocado de mi firmeza, pero tan tenue, que ya saben que no les contestaré. No les diré las ganas que tengo de limpiar la sangre que me resbala desde el pómulo, ni el dolor agudo que me tronza en dos mitades el estómago. 
Por mí, pueden continuar hasta el total desmayo o mi muerte; nadie me espera. Y si eso sucediera, alguien que no existe, alguien que no es nadie, alguien que no me importa, sentiría un agudo puñal en sus lindas entrañas desgarrándola, rajándola desde el corazón hasta su vientre, el que con la boca me permito besar cuando espera de madrugada a que yo vuelva, para darme su piel y su cobijo. Ella ha sido la señal definitiva en la encrucijada. A partir del cruce de caminos, ya he elegido yo, aunque sea para distanciarme de lo anterior.

 Perdónenme si soy así de cabal y noble. Callo porque mientras me torturan, mi mente toma derroteros fantasmales pero me ocupan todos los sentidos. El dolor viene hasta mí de manera muy lejana, como el ruido de una bomba que estalla en otro edificio mucho más alejado del que nos envuelve. Desconozco si ustedes van a permitirme seguir viviendo, aunque estaría bien, me sitúo en el margen de responsabilidad que quise para maniobrar con la seguridad que me otorga el no permitirme jamás el miedo. 

Me preguntaban por ella, pues nada diré de la seguridad que desconoce todo, absolutamente todo sobre mí y mis actos. No ha querido saber, porque es una mujer inteligente que sabe priorizar en su vida y sus afectos. Así como dona con generosidad los últimos, protege de tal forma la primera que hasta la recreación de lo vivido consigue apartarlo hacia un rincón y taparlo, hasta que olvida dónde lo escondió, o si fue un sueño o fruto de su desbordante imaginación. Esto le permite seguir viva, inocente, un blanco papel por escribir.

No, desconozco dónde está, no tengo ni idea. Sí, tampoco ella a mí. De acuerdo. Les veo acercarse de nuevo amenazadores, con sus cables, sus puños, sus rostros de malos que pretenden cumplir bien con su trabajo, serlo. No tengo ni idea. No sé. No entiendo la pregunta. No diré nada. 

Soporto bien el no recordar. También tapo lo que escondo, hasta que me olvido de que alguna vez lo he tenido.
Lo aprendí de ella...




lunes, 14 de septiembre de 2015

PRIMER TACTO



PRIMER TACTO


Lo que recuerdo más vivamente, es que no desperté del hechizo pasional hasta salir con el cabello saciado en curiosidades, mojado bajo la luz clara y vibrante de las farolas de la ciudad. Me dejé bañar en fosforescencia y sonidos urbanos. Colores de semáforos con restos de bolsas de aperitivos consumidos entre dos movimientos de reloj. Levité la vuelta a mi casa, puliendo esquinas y levantando adoquines para encontrar la playa que siempre aseguraban estaba debajo. Aquél día, incluso construí castillos preñados de caracolas internas. Mi cabeza giraba sobre lo ocurrido, a pesar de mi euforia.
A lo largo de mi vida, me he encontrado con hombres que me han atraído hacia ellos de igual forma, con un simple alargamiento de brazo, tras abrir los párpados y observarme, tras contemplar, encapricharse y desenamorarse en un par de encuentros selváticos con cualquier otra mujer. Desde luego, yo no era la que les cabalgaba primero, de eso se encargaban las más divertidas, más fuertes, más altas y rotundas que yo. Pero volvían de rebote, en plan remanso de unas relaciones que jamás llegaban a lo que ellos deseaban, o que se aquietaban en alguna coordenada vulgar y carente en profundidades, negándose a caminar un poco más allá. Eso en el mejor de los casos. Con los años, he comprobado que también rebotan las relaciones estacionales más diversas en coloraciones, desde las amarillentas yermas hasta las fecundas, pluviosas y azuladas. Aunque si me dejo llevar, recuerdo que la insuficiencia urgente de la primera caricia era un hermoso momento estallido, que mutaba lo presente para encontrar futuros ya instaurados e imparables. El primer tacto es el definitivo.





sábado, 8 de agosto de 2015

ESCOTE DE CAMISA DE FUERZA




ESCOTE DE CAMISA DE FUERZA.

A veces, ocurre lo inesperado. Precisando, por ejemplo: que la expansión de un armario, disminuya y nunca se conforme con la dimensión anterior.

(Última mudanza)

Sucede también: que un charco de gotas de lluvia decida limitar su pequeñez, estirando su agua hasta formar un lago.

(Lectura de viaje)

Transcurre: que una camisa de fuerza, abandona su engranaje narcotizado, decidiendo no encerrarse en un solo tallaje.

(Visto por éstos ojos)

Pasando inesperadamente, por ejemplo: que un corazón humano resquebraje su corteza o se distienda, y nunca, jamás de los jamases, vuelva a su ser.
Estará cedido, dado de sí, sobrepasado.

(Ejemplo práctico)

Observando lo inesperado: que alguien te ame con otra piel, no cualquier otra cobertura dérmica, sino justo aquella que hace juego con la tuya; la esponjosidad adecuada, con directo gemido, con ardor preciso. El sobresalto de saber, ya sin fisuras, que has llegado a tu realidad, a tu fantasía, al hogar de un cuerpo que, jamás de los jamases, será distancia, si no, ya, también la tuya.

(Una certeza)

Y renovamos el fondo de un armario, la profundidad de una gota de lluvia, el escote de una camisa de fuerza, el nudo ajustable de un corazón rebosante...

lunes, 6 de julio de 2015

MUJERCITA...




Las persecuciones son estimulantes. Perseguirla a ella, un completo placer. Me estoy divirtiendo.
Escucho su respirar con ése aliento jadeante y sudoroso, de presa acorralada, descomponiendo su organismo interior.

(Arrítmica en jadeo. Variable. Frágil)

La persigo con grandes aspavientos, los brazos pretenden círculos tormentosos en éste aire que corta ella, pues le otorgo ventaja en la contienda. Limosna del vencedor. Las zancadas aplastan obstáculos mudos que harían desistir a otros perseguidores. A mí no me sucede.

(Ella no ha sabido jamás respirarme)

Mujer mía, dejándome sus exhalaciones al viento que poseyeron sus pulmones, acicate perfecto para ver crecer mi empeño. Mi deseo es su miedo.
El suelo del bosque cruje, se lamenta, grita. El sol no ha tocado las oscuridades húmedas dónde ella y yo, jugamos a perseguirnos, monstruo yo, gacela ella.

(Colmillos en busca de su carne)

Ramas que se rompen, sumisas, al peso que las asesina, mientras las rocas en las que me apoyo, se pulverizan con un gemido. La hojarasca se pudre en depresión, lleva mis huellas impresas.

(Calla, amor. No caigas todavía.
Las flores... estallan)

Expuesta queda la canción del egoísmo, bien entonada, segura en tono, forma y volumen, rellenando la bestialidad que le muestro con descaro. Impropio soy.
Las zarzas intentan impedir que atraviese el camino, por solidaridad inútil con la fémina que se acorrala en su propio miedo. Ésas zarpas son iguales a ella, desgarrantes, agudas y esquinadas, provocadoras e hirientes, siendo preciso limar su constante desvarío. Para que no usurpen atribuciones indebidas.

(Dice que soy yo… a veces tiene razón… Todas las veces)

La inocencia de su tul se retrasa, llegando tarde a su alocado escape, probando a frenar la inutilidad del gesto. Se ve prendido en las espinas de los arbustos, entre la maleza, aquí y allá, sin orden lógico más que la dirección que su dueña toma a capricho. Tienen los pedazos, más sensatez que la cierva de largo cuello y ojos inmensos, hocico suave, que niega ésta maldad que transporto. Veo otro trozo, engarzado en un espino.

(Un hermoso encaje de tul. Etéreo. Alado. Imperceptible)

Lo pinzo entre los dedos, tironeando por liberarlo de su enganche al arbusto. Se desmaya mientras le concedo unos segundos para acompañarlo en su desaparición. Me regodeo en su desfallecimiento, lo rozo contra mis yemas; pedazo rosáceo de mil tonalidades que componen a ésa mujer, que siempre me huye. Rosas que ajustan su talle, pintan sus labios y afianzan su piel a un color que me enloquece.

(Creo que es ella misma, un pétalo caído que se pudrirá si no lo diviso a tiempo, antes de aplastarlo con ira)

Existen tactos enguantados, cuyo anestésico es la virtud de propagarse en el cuerpo de quién los atrae. Partículas frenéticas de una vitalidad ajena que los nutre y engrandece.
Camino unos pasos más, rugiendo para que conozca lo cerca que me encuentro. Tiembla. No es una sorpresa. Odio a la vez que disfruto. Saboreo el siguiente recodo, presintiendo ya el que me reserva ella. Su calor en los muslos, el último latido en su pecho.
Escucho su febril lamento y, quiero pensar, fingido. Las imágenes me ciegan la razón que no poseo, que desenfoco desde la nebulosa de mi cerebro. No importa.

(Mis manos tienen el color de sus ojos)

Se aproxima el momento de capturarla. Le daré la vuelta a su cintura, aunque grite, arañe, patalee y, tan imprevisible en su deseo, sonría con delicadeza de mimosa flor. En mis pesadillas jamás posee mi cuerpo con dulzura, eso le falta.

(De eso, mi chiquilla… careces)

Quiero atraparla por sus ropajes, ajados, maltrechos y heridos. Encontrarla vencida, despejando la duda entre quién verdaderamente es y lo que muestra. Tampoco yo soy lo que creía. Lo haré con rapidez y violencia, apartando sus telas, victimizarla, hablarle grueso, separando los cabellos del adhesivo de sus resecas lágrimas.

(Miente: no me teme)

No comprende, error de hada, que debo regalarle el sentir de unos dedos en su garganta, premio y recompensa por haber accedido a ser mía.
Hoy me ha suplicado, con la mirada, que la libere del sufrimiento de verme padecer sus dudas, sus vacilaciones de proseguir unos devenires futuros a mi lado, destinados a la infelicidad perpetua.

(Le grito. Ella solloza)

Lo hemos pactado, mirándonos de frente, jurándonos que mantendremos el amor puro, intachable. Yo accedí a todo; al sacrificio de los momentos tiernos que sin duda tendríamos. Los sé, maravillosos. Mi mujercita rosácea, cumpliré tu deseo porque tú me lo pides, para que no sufras amaneceres a mi lado, tu cintura bajo mis manos pesadas, tus piernas inmóviles por mis brazos, incapaz de dormirte, sintiendo mi vigilancia acechando cada variación de tu cuerpo.

Te diría que, poco duró el amor y eterno se convirtió el infinito.

Mi vida, no mereces una buena muerte, sin permites que luchemos juntos, para abreviar mi degradación. Mejor es el trato acordado, digo y ella me mira con pestañas separadas y pupilas brillantes, trata de decirme algo que ya sé: no quiere morir, lo ha pensado mejor. Que intentará soportar al monstruo que cada vez, toma más espacio dentro de mi forma humana.

Tonterías de mi pequeña, que era más mujer cuándo más valiente fue al aceptarme.

(Descansa, amor... ¡Estás a salvo!)
               



                                                     Susi DelaTorre

lunes, 8 de junio de 2015

ESCUCHA UN BESO...




Jhoseba busca a Gettel. 

Es dónde quiere estar, junto a ella, aunque se sienta torpe, sin saber qué decir. Aunque tema un mal pensamiento que le excite la imaginación. Permite que el silencio de ella acompañe al suyo, dilatando la goma del tiempo. Aturde lo sucedido, golpea ambos cuerpos a la vez. Se sienten cansados.

Jhoseba mirará a la chiquilla con sorpresa, cuando ella, tras despojarse de sus zapatillas de baile, permita la luz sobre los recortes de periódicos con las que refuerza su fondo, comenzando a hablar. Pensará en continuar mirándola, decidiendo que no. Apartar  la mirada, es más misericordioso.

El decir es lento, respirado, suspirado, murmurado para alcanzar los oídos que lo captan. Y sin cesar.

-Es horrible lo que sucede a los niños.

Respira fuerte. Jhoseba calla. Ella prosigue.

-Al principio son pequeños seres incapaces, bolitas infantiles que reclaman atención por todos los medios a su alcance. Todo para sobrevivir. Utilizan triquiñuelas y engaños. Sonríen sin hacerlo, lloran por incomodidad, sin emoción. Salen  adelante con sus trucos, sin ser conscientes de su poder, aceptando el cariño igual que el suceder gratuito del sol cada amanecer. Los mayores les regalan alimentos, calor, y amor incondicional, que es por ellos el fin buscado.

Cada hombre, cada mujer ha sido un niño.

Su sonrisa es lo que ilumina el mundo de quién los mira. Su llanto derrumba el universo de quien lo escucha.
Veo a la gente, recomponiendo existencias a toda prisa, para merecer una sonrisa de ésas.
Es horrible lo que sucede a los niños que no son capaces de lograr engañar a nadie. Tras unas intentonas vanas, dejan de sonreír. No llorarán, pues saben que la indiferencia vive en su llanto. 

Son incoloros. Invisibles.


Gettel le mira un instante. Se agacha, tomando una de sus viejas bailarinas en las manos. La estruja, matando la calma que veneraba su voz. Seguirá hablando.

Jhoseba, piensa en que le ha visto sonreír poco. 

Tal vez solo a él...


-         _ Mi cuarto era una caja de cartón. Allí dormía, cuidando de no desbaratar el  inestable armazón. Nunca era la misma caja, pues tan pronto llovía, bajo aquél cielo siempre lleno de flemas y mocos que era mi ciudad, humedecía su pared y se deshacía.

Me quedaba llena de frío y miedo, viendo el refugio se transformaba en una capa marrón de consistencia pastosa que se abalanzaba sobre la cara. No valían de nada los esfuerzos que hacía por no ser víctima de aquella asquerosidad.

Mi padre se reía al verme competir con el viento, en un intento vano de secar las esquinas de mi caja.  Deseaba unos minutos más, para que ocurriese algo que me salvara de quedarme sin aquel cartón, mi seguridad. Él miraba y desde una sonrisa cínica pasaba gradual hacia la carcajada, mientras el pelo se iba pegando a los huesos, forzándolo con la capa provisional del mejunje.

“Fíjate,- decía con la voz bien alta, tal vez para que mis hermanos menores y mi madre escucharan- eres una pequeña tonta. Te inventas que el aire común de tus pulmones bastará para emprender tan inmensa tarea. Debes prepararte siempre para que todo cuanto poseas, tu espacio, seguridad, hermosura, tus padres y tus futuros hijos, todo eso… quebrante y fracase. Te quedarás sola las primeras veces, después te sentirás más todavía, y por último, desearás morir solitaria pues no te quedarán fuerzas para continuar con vida. Igual que hacemos todos.

Te decía, Jhoseba, que es injusto lo que le sucede a los niños. Crecen. Se vuelven adultos incapaces de vivir sin sus niñeces pasadas. No se pueden perdonar no lograr ser mejores que aquellos que los enseñaron.

Y sucede… que echan de menos alguna caja de cartón que ocupar… mientras no se deshaga por la lluvia.
Es injusto que…



-         -Te quiero.


Gettel jamás escuchara un beso.

Silenciando sus labios. Rompió a llorar.