sábado, 4 de febrero de 2017

UNA TRAMPA



UNA TRAMPA


¡Oye, escúchame, de una vez! ¡Ha sucedido algo estupendo! ¡Qué sí, tío! ¡Qué  sí! ¿Te das cuenta? Es maravilloso, por fin podemos hacerlo! ¿Desde luego que te surgen mil dudas, sabes? ¡Pero es la oportunidad que esperábamos! ¡Tú, y yo! Y otros, ¡ésos, aquéllos que han dicho siempre que no tendríamos valor para intentarlo! ¿Recuerdas a Bruhilde, aquél compañero nuestro que murió reventado por un disparo a quemarropa en medio de la cara? ¡Aquél que lloramos fingiendo que no lo hacíamos! ¡ Bruhilde creía, creía ! La causa era lo primordial, eso nos hace grandes, la fe absoluta en que todo puede funcionar cambiando de nuestra mano. Y Chay ¿recuerdas? ¡Pensaba en que todo lo sucedido con nuestro país, había sido una maldita pesadilla de la que conseguiría despertar! Estaba tan seguro que hasta nos hizo dudar de que su charla existencialista no obedecía a la cantidad de hachís que le subvencionaba sus dislates.
Yo pensé, al igual que tú, que alguna razón de ser tendría, para que Hiter alcanzase el podio del ganador. El destino y ésas cosas en las que creen nuestros padres, tan habituados a culpar a los otros de las desgracias propias. Que poco sabía yo de la vida por lo mucho que sé ahora mismo. ¡Vaya, hombre, escucha, que por fin tenemos la oportunidad! Que no se te ocurra derrotarte. ¿Eh?
El caso es que yo estaba en la celda un día, al igual que tú estás ahora mismo, y aparecen dos guardias, ya sabes, el bajito cabrón y el alto panzudo. Me dicen que alguien me espera en la sala y que debo acompañarles. Yo apenas les miré, entiendes, porque, claro, son el enemigo y tal. Nos tratan a patadas y a bofetadas todo el tiempo, que hemos de aprender a no mirarles a los ojos, para que no la tomen con uno. Que luego, jamás hay quién les pare. Malditos estúpidos, que piensan que somos el enemigo, porque nuestro país, ése desconocido que hemos repudiado, es el que nos refrenda como que hemos nacido en esta tierra. Apátrida quisiera haber sido, pero no, oye, que somos alemanes y esto es lo peor que nos ha sucedido.
Continúo, que me disperso por la emoción, que ya te dije alguna vez que soy un poeta sentimental. Un ideólogo prendado de la utopía; eso me rezuma. El caso, abren la reja, esos bastardos londinenses, me alcanzan cada uno por un lado y me conducen por el pasillo de los meados hasta la sala asquerosa dónde no limpian la sangre, que vuela estrellándose en la pared. Allí me meten y me sientan en la silla, frente a un bulto de sombras que no parecía estar vivo, aunque sí. Digo no, porque se mantuvo inmóvil hasta que le dio la gana de hablar. El poder juega con los peones de la peor forma posible.
Y empieza a contarme, amparado por la oscuridad, ganándome terreno a mí, que estaba con el dichoso foco delante de los lagrimales secos. Qué si yo soy lo mejor de mi raza, no de la aria, no, jamás, sino el mejor espécimen de alemán con el cual pudo encontrarse y que me ha estudiado, conoce mi vida y qué malísima suerte que me haya visto envuelto en esta guerra sin sentido. Que sabe que soy, en realidad un héroe, una persona cabal, sincera y valiente. Estoy prisionero porque la vorágine de la historia es así, que fagocita en remolino a los que viven en su proximidad.

Te diré, colega, que jamás pasé por tantas emociones juntas. Se me agolparon la ira del principio, al pensar en que era cierto, que Hitler jamás debió de llegar a ningún sitio, con las ganas de volver a atentar contra él o sus secuaces paliduchos y engreídos. De repente, me veo lleno de una agarradera al pecho y creí que se me salía el corazón por la boca. Pues claro que yo no debía estar en éstas cuatro paredes malolientes, siendo un prisionero de una guerra a la que yo me opusiera desde el principio! Comenzó a decirme que mi novia, que mi madre, que mi hermana, que mi hermano. Que sus necesidades eran acuciantes, ahora que yo estaba recluido. El muy canalla iba perdiendo la sombra y se iluminaba cada vez más hasta permitirle verle en la totalidad su jeta nada aria. Insistió a modo ponzoñoso, que yo, pobre de mí, era el elegido para la misión de más alta nobleza, que… y agárrate, tío ¡me necesitan! ellos, que a saber, que serán todos, o sea, toda la gente de bien, que luche contra los mismos que han devastado nuestra Alemania, convirtiéndola en un lugar que el resto de la humanidad odiará por los siglos y siglos venideros. Alude a la Resistencia y prosigue con un análisis pormenorizado, con nombres y todo, de gente que tú y yo conocemos. ¿Me escuchas? Qué ya están ahí, luchando por esta causa! Por la nuestra!

Así que, me pregunta el tipo, eh? ¿Vas a contestar al deber, al derecho, y a la hombría? ¿Serás voluntario para ésa misión? ¡Yo, que voy a decir, que sí, que sí, que sí! Echa la cabeza hacia atrás y si ríe, como si le hiciese mucha gracia mi rotunda afirmación. Se golpea las palmas de las manos encima de los muslos, como para celebrarlo y le dice a bigotitos y a panzurrón, que ¡eso hay que celebrarlo! Que venga vino, y varias copas para homenajear que ha nacido un valiente que hará por su país lo que debe y lo que quiere. Me augura un futuro prometedor, pues que conoce a fulano y a zutano, y que me los presentará en la próxima jornada.
Oye, Dustin, en serio. Que te levantes del catre. Que no pienses más que nuestra vida no tiene sentido, que cuentan con nosotros, vale? Que solamente con levantar la cabeza y ver mi entusiasmo, olvidarás todo lo malo y creerás en la esperanza. No te derrotes, Dustin. Hazlo por mí, por Chay, por los otros. Por las risas y los buenos ratos que tuvimos que volverán, de alguna forma. O tal vez, por venganza. Por lo que quieras. Pero ven conmigo. Te necesito. Que yo no sé de transportar códigos secretos, cosa que tú eres el mejor en eso, desde la escuela que nadie descubría tus travesuras. Ven conmigo, a mi lado, como siempre. Será fácil, llevamos unos papeles cifrados, los entregamos a la persona asignada y nos volvemos. Me lo asegura el hombre éste, que al final, hasta tiene nombre y todo. Muy amable y colaborador. Es la eficiencia personificada. Estos aliados saben lo que se hacía desde el principio. Que no teníamos escapatoria y que ¡todo irá a mejor!
¡Qué dices que seremos cobayas en una trampa para despistar! Fíate de mí, amigo mío. Sé calar a la gente y no me engañarían así, de esa forma tan burda y absurda.
Cambiaremos el curso de la historia. Seremos héroes y los malos tiempos habrán desaparecido. Desaparecerán. ¿Me crees? ¿Te imaginas lo que será volver a ver a los demás, que ya están ahí, en ésa tesitura? ¡En la Resistencia, oh, qué maravilla! Que orgullo!
¿Qué si desconfío? Pues claro que no desconfío!
Bueno, te cuento el plan, para que veas lo atado que es y lo resolutivo que será: Llegaremos en paracaídas, algo que ya conocemos y tenemos dominado, oyes? Allí seremos dos. Yo contigo, eh? A muerte contigo! Nos encontraremos con ellos y cumpliremos la misión. Organizamos estrategias y todo continuará rodado.
¿La Gestapo? ¿A quién le importa? No nos pillarán porque nos arropan desde aquí, el área de Bremen y los Alpes bávaros. ¡Están comidos por la Resistencia! Eh! Qué lo estamos haciendo! Levántate de ahí, pilla tus cosas y ríete conmigo. ¡Se olvidaron las desgracias y autocompasiones! Que no pueda nadie decirnos jamás, jamás, que somos malos alemanes, o acusarnos de que cometimos asesinatos y crímenes.

Seremos los buenos de este país. Todo gracias a los ingleses, que están creyendo en nosotros, los que presumimos de ser antinazis pero con el peso de ser alemanes. Qué no desconfío, no. Que algo bueno debe salir de todo esto. Déjate llevar. Hay que creer. No nos van a abandonar. No somos humo, no nos utilizan para una trampa, tío. ¡Mírame! Tenemos que estar! Venga!
Seremos los mejores. El orgullo de la raza. Los héroes. Los mejores. Vamos, levántate. Somos ya los mejores. ¡Venga!

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viernes, 21 de octubre de 2016

LA VILLA DE LOS DOS NIÑOS


LA VILLA DE LOS DOS NIÑOS”

Sabes? no soporto que llores! de verdad que eres insufrible. Escucha! Voy a por el látigo, o prefieres que te rompa la cabeza con la figura china del pasillo? No? La mano abierta hace daño suficiente para reventarte la tontería. Encima ahora, haz llorar a tu hermano! Lo que me faltaba! Una maldición que vinieseis a este mundo, que giraba perfectamente sin vosotros dos, y sin ésas bocas tenebrosas y oscuras que constituyen los túneles dónde muere cada día mi propia mente!

Me impide hacer cosas veros ante de mí, con vuestros sordos oídos,  como si acatar alguna de mis órdenes fuese mancharse de un fango lleno de lombrices o quemarse con grandes dolores en el infierno. Soy mejor que lo que el mundo cree! Qué el universo lo sepa! Tengo grandes planes, inmensos proyectos! pero vosotros, enanos, sois mis lastres, mis pesados desechos; mi condena en vida! Está bien, maldita sea! Ya vale, he dicho! No me estáis escuchando?

Chillidos que hacen que mi cabeza pierda el sonido de metrónomo que guía mis pensamientos. Secuenciando así lo perfecto de lo imperfectos que os ven mis ojos. A golpe de ritmo, se organizan los planes que deseo conseguir, a los cuales no deseé renunciar jamás. Suena y resuena, adaptándose a la desaparición de mi propia escucha activa, bajo los sonidos que rebotan en el sofá, reptan bajo las baldosas, rompen los cuadros del salón, deshilachan los soportes de las sillas. Sois mi degeneración como ser auténtico.

Yo! Yo, tenía planes antes de que llegase el momento fetal dónde surgió cada una de vuestras estúpidas caras!

El rostro apergaminado de vuestra madre era bobalicón simple, con ésa cobertura de porcelana quebradiza y blancuzca que desdeñé. presa atormentada en su totalidad, de fanático pudor. Exigente y caprichosa! Una figura de mausoleo sin rematar. Una desidia escultórica. Un saco de carne fantasmal. Igual enfermedad os domina. Estáis ya tan enfermos! Ojalá el final sea similar para vosotros; anhelo eso cada día.

Languideced, menguad!

He recurrido a triquiñuelas para lograrlo, aunque las aparto cada noche al veros dormir. Estáis llamando a ésas sombreadas zonas de paternidad. Yo desoigo la llamada antropológica con satisfacción de saberme un animal vivo y libre de juicios. Recojo mi rezo y orgulloso estoy, de no sentiros como algo mío. Con los párpados cerrados, dormitando sobre las mejillas sonrosadas que otro vería con dulzura, soy consciente de mi necesidad de no continuar anclado a vuestras respiraciones.

La muñeca débil se empeñó en complicarme la vida. No una sola vez, sino dos veces. No fue por cobardía, sino engaño. Tenía agujeros que me hicieron sentir superior, dónde soñé que eran otras mujeres sus dueñas. A mi servicio, todas adquirieron su cuerpo y gimieron en mi cabeza muchísimo más fuerte que cómo ella lo hacía. Tan sutilmente, que diría fingido.

Polluelos malditos. Cerrad los buches de una vez! No tengo más alpiste que echaros, pues que no lleguéis a crecer es una de mis motivaciones. Callad! Morderos al uno al otro! Zamparos entre vosotros!!

Mientras descansan vuestras odiadas demandas cachorriles, yo maquino. Yo pergeño. Yo fabulo. Yo os desgarro. Escucho el andar moderado de la maquinaria hasta que el compás se acelera hasta la alegría de los cien por minuto. El ansia de no visionaros entre mi espacio, alcanza el doscientos transformándome un ser efectivo en su resolución. El ansia me rompe los nervios, las fibras musculares, las sinapsis, los tendones cerebrales. Es mi frecuencia más resolutiva. Mi cabeza no para de golpear. Tac, tac, tac, tac, tac, el segundo que llega tropezando, alterado, sudoroso por ver cumplido el destino de mi libertad.

No os desvisto de La ropa que lleváis. Es la adecuada, tanto de día como de noche, aunque se presente en colores rojizos y amarronados, disimulando el estampado de varias semanas sin muda ni lavado. El olor lo soluciona la distancia que coloco entre nosotros; la máxima posible. 

Qué fácil es olvidar la carga genética que dicen que compartimos!

Vestiros con la precisión exigida, me ha costado trabajo, no creáis. Fui obligado a sortear las lápidas en plena tormenta, tras el entierro, para que nadie me detuviese. Soy de los que no arrancan huesos al camposanto para, tras molerlos, fabricar y negociar con bebedizos. Ésa falsedad quiere sanar, o hacer creer que es posible restablecer la salud de los desahuciados. Abrir la tumba me llevó menos tiempo de lo que creí al principio; la tierra estaba poco apelmazada, por lo reciente. Es que no podía esperar a desenterrarla! Acababa de hundirla en el más allá, lo sé, aunque temblaba de felicidad. Mi ánimo cedía ante la ocasión de reírme por verla con su tez clara marcada de lívido azul, de morados próximos al agusanamiento, de luces ya convertidas en eternas sombras. La loza de su vacía expresión, rota por fin.

Dicen que la ropa de los difuntos, atrae hacia el mundo de los espíritus a quién se la viste. Me conformaría que su enfermedad fatal se contagiase con el roce. Se adaptó bien la viudez desconsolada frente a la sociedad triste y cotilla. Cuánta lástima proyectada sobre mi persona, tanta que hasta molestó la división de mi desgracia entre los “pobres huérfanos”, como si la pérdida fuese menor en mi caso. El estado de “Viudo gozoso” reventó por la responsabilidad añadida de dos mocosos. Ahí estáis.

Dormid igual que hacen los muertos. Los que no molestan. Los eternos.
Caminad, bastardos hijos fuera de mí persona, con firme exhalar hacia el sarcófago. La inutilidad hay que atajarla, sois desechables y plomizos.

 Sois pequeños excrementos. Nada mío.


                              Durmiendoenunapapelera. Susi DeLaTorre





jueves, 1 de septiembre de 2016

FIRME LIBERTAD



FIRME LIBERTAD

¡Siente! ¡Rueda por el musgo, por la piedra, por el agua, por la hojarasca, aprópiate del olor de quién otorga vida! Disfruta del verdor que impregna el aire, de los recortes de cielo que cubren la tierra. Respira agua, suelo, raíces. ¡Nobleza, proyección y fuerza! Olfatea la esencia de la negrura vital que alimenta, que nutre, que acoge desde que naces hasta tu cuerpo inerte. Respira luz, exhala oxígeno, humedece el hocico con noche, con rocío, con instinto. Eriza tu piel transformada en pelaje espeso, deja que invada con rotundidad en viento dentro de tu cerebro. Acciona la tensión que la hierba atrapa. ¿Lo sientes? ¿Lo quieres? ¡Corre, lobo! Corre hasta accionar poderoso los músculos que te impulsan. ¡Qué te dominan! Fíjate en tu almohadillado latiendo sobre las venas de una tierra de la que eres dueño. ¡Te posee! ¡Te reclama! ¡Corre, corre! Ve al encuentro de una maleza que te rasga, que permite que la traspases con tu empuje, que fluye mientras opones tajos a las ramas que espinan tu marcha. ¡Estás vivo, lobo! Estás latiendo con el pulso más hondo que la naturaleza puede otorgarte. Te azota el bosque mientras bascula tu cuerpo perfecto hacia delante, oliendo, mascando, acechando. ¡Los ojos se han pupilado en agudos, dilatando su perfil por darte la sagacidad de un estratega infinito en continua lucha! Eres marcha, caza; libertad y viento defensivo igual que los dedos del tiempo... ¡dotando de estrategia las huellas que impones!
¡Tú, Lobo! ¡Siempre imprevisible! ¡¡Corre, corre!!
 — 

lunes, 23 de mayo de 2016

AZOTE




¡Rompe el alba! ¡Que comience la fiesta!

El empedrado se deja pisotear, vejado por mi peso, cada imperfecto adoquín mostrando su visible pecado.

¡Llega el amanecer!

Los aplasto con presteza, rindiendo el impulso que provoca cada huella en la dirección correcta de mis pies, jamás desviados.

¡Allá voy! El cielo noctámbulo repliega tras mi espalda, mi ropaje pesado y grueso, de animal poderoso que escoge el momento propicio para conseguir que el esquivo infinito mute en luz. Es cera de una antorcha vomitando en su agonía, proyectando seres alados pequeños que se funden en mi cabeza al sobrevolarme. Ellos rodean al que azota la calle, hiriéndola con saña.

¡La negrura habita en mí! La opacidad líquida que despierta el fetal día, atrayendo con mano férrea los angostos muros; ésos que ocultan tras de sí, menores y despreciables criaturas.

La rotura con noche es una cicatriz supurante, cuyos bordes separo, con garras despiadadas mientras recorro la pendiente húmeda, sonrío al pensar en el después; ¡rebosarán los oropeles, el boato, las solemnidades, las reverencias! ¡Me sitúo en  la vanidad, en la ostentación descarnada! 

¡En el ímpetu de una fusta que golpea!
¡No habita nadie ésta conciencia inexistente!

La esquina inquebrantable se postra humillada, vencida ante mi presencia. Intento serenarme, acallando mi furia proyectiva, pues el edificio me esperaba, aguardando cual doncella custodia con desgana, una virtud que nace para ser mancillada.
Quiero, debo, procuro e ingiero la pequeña distancia, esnifando el sudor que rezumo. El aire tiene color bronce viejo. Se adhiere a mi cuerpo.

¡Hosanna!
La suspensión temporal se percibe en este lugar, traspasando las fauces del monstruo que devora sin raciocinio, triturando en círculos la dentada rueda, amoral e insatisfecha que constituye el sucio lapso terrenal.
Giro el rostro hacia atrás y constato el fluir del misticismo: el amanecer reverencia, saludando a mi persona, la tiniebla nocturna se degüella, los revoloteos han cedido a unos pájaros que mantengo en la lejanía.
No veo a nadie, ninguna persona, pues no entran en valoración, las insignificantes y patéticas figuras que se extienden aquí afuera, ansiosas por ser elegidas en compartir juicio condenatorio.

Son cadáveres descalzos que respiran.

La crucifixión sobre ellos no me place. Acaso las brasas candentes serán más propias.

¡Oh, almas pequeñas e inútiles! ¡Copuláis igual que conejos, devorando podredumbre cual ratas!
¡Os desprecio! ¡Vuestro dios os desprecia!

¡Alguno de vosotros se creerá salvado dentro de la jaula colgante, en el instante en que sus huesos, carcomidos por la lluvia, el viento, los gusanos y el asco, comiencen a caer contra el suelo!

Renuncio a someterme a la quietud. Entro. Escucho.

Azotes rítmicos. Gritos cantados en tonos y modulaciones imposibles de habitar otro lugar. La sala abre su vientre de maternidades reventadas. El humo del fuego, el olor a carne quemada, los ganchos que tiran de las extremidades, los pellejos lacerados, la verdad desnuda del hombre, con lujuria insidiada en dolor ensanchado.

¡Música, música!
¡Fuego! ¡Venga, fuego!
(Mi éxtasis visiona el dorado de una piedra filosofal que es el sacrificio)


Saludo mostrando, tras el replegado labial, los dientes al hombre de torso desnudo y herraje metálico, sudoroso por el trajín. La nota adecuada a esta partitura del horror. Muestra victorioso un hierro al rojo vivo y prosigue su tarea, que chilla, se revuelca y se quema, igual que si estuviese viva.

Otro de los bárbaros imbéciles a los que pago con carne, pues su envilecimiento no le permite visitar burdeles. Tras asesinar a varias prostitutas que fueron descuartizadas y ocultas convenientemente, pues la resolución es un arma directa, le otorgo el último estremecimiento de las herejes condenadas; el canto vaginal del cisne.

Yo mismo lo he probado, pero es mi suma inteligencia la que no permite derretir la humanidad física en un cuerpo impuro. Si acaso, mi zona preferida son los ojos de las recién capturadas.

¡Ahí existe siempre demoníaca presencia!

Me temen si las contemplo pues descubren que les traspaso el alma, apoderándome sin violación corpórea de todos sus pensamientos. Ellas son el mejor juego, las poseo, las penetro y ése pasatiempo  se voltea en plácida calma.
Las someto al exorcismo.
Azotan más allá, con el sonido de un yunque que golpea, con brío.

¡Abjura! Grito mientras mis ropas se llenan de poderío. ¡En el nombre de nuestro Señor, abjura!
Carne de impuro que se ahoga en su propio asado.
Mi voz no tiembla. Mi mano no vacila.

¡Este olor! ¡Este delirio! Me creo un Satán de éste infierno, paraíso propio, yo ciclópeo, expansivo...
¡Adelante, por el cáliz glorioso de Cristo!

¡Matad sin medida!

                    ¡Dios excusa!






viernes, 29 de abril de 2016

CONSEGUIDOR DEL DIABLO



Conseguidor del diablo

¡Buenas noches, ustedes tengan…!

Ruego silencien sus voces para escuchar la mía, pues existen alegatos que precisan fórceps metálicos que abran las carnes hasta el tuétano de los huesos. 

¡Ahora mismo no dispongo de tenazas!

Es increíble que, a éstas alturas y bajuras de mi vida ganas me queden de ser sincero. No hay necesidad, porque admitirlo es delatar mi mentira. Otros lo hacen ante la muerte, en la línea abisal que desploma lo orgánico movible hasta un fosilizante inútil, pero ésos tipos no cuentan; solamente desean verterse en un montón de vírgenes prometidas, aunque los velos les cieguen la visión de lo que poseen.

Así que yo, el que observan, orgulloso de mi existencia, prometo ser lo menos sincero y a la vez, lo más objetivo que pueda con mi persona, a sabiendas de que, como toda vida, debe considerarse aburrida y fascinante en pendular tanto por ciento.
Aunque por sabio en naturaleza humana, afirmo que las mentiras son rabiosas tachaduras en el consciente. No escucharéis más… de lo que se desea ser escuchado.

La gente que me cree conocer, y afirmo con regocijo que no lo consiguen, me tacha de aburrido sibarita, lo que no puedo en modo alguno rebatir, pues lo soy, un caballero que ingiere espumas oscuras bajo una bruñida luz que jamás necesita expiación. Reflejo intachable en mis apetencias, siendo espartano desde mis lustrosas suelas hasta mi atildado pañuelo. Al igual que el perfil que muestra mi faz, soy un oculto vestigio, mutando hacia supurante estigma.

El adjetivo de aburrido difiere un poco más de la definición de quién ante ustedes se presenta.

Mi oficio es adueñarme del pecado y mostrarlo realizado, al fin, a quién todavía no lo ha cometido. Es una labor limpia en restos. No denigro jamás en sangre mis manos.
Nadie se resiste, pues caer en la arena de lo incierto, es un irresistible goce. Contiene eso, el pecar digo, un enganche masoquista que arrastra hacia un asfixiado morir en su bozal. Yo mismo soy un exquisito gozador, pues me recreo en cada leve toque de mi mano, para verlos caer en la trampa, que para sí, han urdido. A veces me resulta tedioso, nutrirme de viles sueños o alucinaciones mezquinas. Son demasiado evidentes. Las mal denominadas pesadillas, son ligeras; la máxima expresión levitada de la apetencia de lo humano. También entran en mi quehacer los laberintos que guardan los altillos de la conciencia, los olvidos polvorientos. 

Son divertidos aunque previsibles en simpleza.
¡Si! Yo hago que caigan los mortales en el pecado reprimido.
Soy el conseguidor del diablo
Quién remueve su ocio.
Él, sabe que yo disfruto con cada hembra o macho que acaba hundido en la mortaldad del pecado; ése muestrario admirable de profanadas tumbas sin cruces. No es evidente su óxido, simplemente corroe el alma, tal vez el cuerpo, pero qué importa la cáscara tras las dolorosas cópulas del sufrir la vida.
Seamos ecuánimes ante la reflexión: coincidencia es que la venta de ultrajes, sea ofertada y demandada por un igual dios. No lo olvidemos: todo está cosido con aguja de la hipocresía. Afirmo que vuestro dios es el que ha inventado su desobediencia, para asegurarse el regodeo.

 ¡El diablo es uno más, ignorante de su poca importancia!

Son ejemplo claro; las normas bíblicas sin realidad, las bienaventuranzas sin fe, los mandamientos plegados en cien ramificaciones fluctuantes, las mansedumbres ovejeras, acaso no son inventos infantiles para que los niños teman al monstruo que acecha, creando la obligación de que la obediencia, y a la vez, sacarle jugo a su indisciplina. Repito, el que crea algo de la nada, busca siempre darle la máxima vida e utilidad posible. No vayamos a obviar lo obvio, que es suponerle inteligente y sagaz. Siglos  completos levantan pronto el trasero y brazo ante él.

Bien, digamos que cada pecado llama a otro, igual que las miradas llaman a los cuerpos. Es el iniciador destello para que salgan las impurezas que lleváis dentro y que pisáis ante la compañía dependiente de vuestros afectos. Yo estoy en otro momento existencial. Por eso, un pecado que se manifiesta, yo lo atrapo y a raíz de haceros sucumbir, el resto del apilamiento, nada ni nadie os salva. Todos los recorren vuestros fondos, ante la mirada de quién me traspasa. El infierno apuesta por cada uno de vosotros, para que se promocione la desdicha maloliente y perversa. Incluso puedo indicar estadísticas, pero no deseo aburrir.

Someramente, daré tenues latigazos, digo pinceladas de mi gestión profesional. El blando lacre de una carta no ve su mejor relieve que sobre vuestra carne, mi fuerte sellado.

Sabed que, primero menciono la gula, oh, ése apetito voraz y carnívoro en vacío insaciable, sin remedio alguno, pues el estómago se ensancha, la pupila se dilata a cada mordisco y la apetencia hace desaparecer el resto de las muestras. Es el que menos me gusta promocionar. ¡Ahí debo hilar fino para enganchar otro pecado! Tal vez la pereza, sito al fondo del tobogán deslizante hasta unas cavidades con ambiciosos dientes, que convierte en orondos vuestros envoltorios corpóreos, en diminutos los apéndices, en inútiles los miembros, ensuciando una ya opaca comprensión.
La envidia, la perfección del esbozo, está rellena de peluda rabia, muy brillante, siendo una falta de lo más agradecida, pues incita al resto combatiente a salir a guerrear. Sirve de excusa para que los demás se vistan de inocente necesidad, aludiendo en su defensa, ser un eximente.

El sexo lujurioso es una gloriosa animalidad que, transversal, acude espoleada ante cualquier provocación, por mínima que sea. Es ridícula en su torpeza. Funciona y se acciona también por la envidia, ¡oh, mujeres, las veteranas!

Prosigo con la lujuria, que es gula envidiada aún reprimida. Siempre le dedico más tiempo. Defecto de mi nobleza.

Es la soberbia un ente que aporta tortura sobre lo ansiado, no lo tengo en gran estima, lo incluyo entre los recursos últimos de mi baraja de siete ases. Un comodín, porque conlleva riesgos y daños anexos que no deseo mencionar ahora mismo ante ustedes, quizás en otra ocasión. Prosigo, la avaricia es atesorar lo que se cree poseer, y aquí me permito sonreír ante la estupidez de ésta raza con dos piernas, invisibles cuernos y ningún rabo. 
La ira empieza cabalgando
remordimientos, desarrollándose hasta explotar desde una inmolación autodestructiva. El saberse tan mezquino no devuelve de ninguna forma el reconocimiento humano de uno mismo. Sentiría casi lástima, piedad incluso, si no fuese el promotor del desastre. Pero él me sustenta.

¡Confieso que me encanta ver arder el mundo!

Gracias por permitir que me rodee de vanidad, al demostrar lo que me ocupa. Necesidad lo llamo, pues entre la especie mortal también me hallo, y es buen sino, venerar a quién tiende la mano, sirviendo a su vez de gratuito espectáculo.

¡El diablo y dios, me lo permiten!
Tengan ustedes buena noche, pecadores.

Un placer acompañarles...