lunes, 19 de enero de 2015

EL CIELO



EL CIELO
....
Déjame darte calor, pequeña mujer.
Voy a hacerlo. 
Lo sabes.
Subiré tu hipotermia hasta la fiebre.
Llevaré al frio que siempre te paraliza,
al holocausto en la hoguera.
Yo haré arder tu piel,
cogiendo tus caderas desde tu espalda.
Voy a hacerlo. Lo sabes.
Despojaré la nieve que ensaliva tus muslos.
Sudaré desde tus axilas.
Resbalaré por tu garganta.
Quemando el borde de tu vientre.

Porque el cielo está mucho más cerca
de lo que piensas.

Humedad danzaré,
entre tus pétalos sensibles.
Tibieza rompiente desde la cascada
de tu gemido.
Me gusta verte en pleno fuego.
Los besos se olvidan de ser dados.
Los ojos abrillantan el mirarnos sin vernos.
Niebla cegadora,
cubre tu interior con ascuas.
Lo sientes, pequeña.
El calor. Ése morir intenso.

El frío no te recuerda.

Porque el cielo está mucho más cerca
de lo que imaginas.
Mucho más cerca....



sábado, 10 de enero de 2015

AMÉN.


Él hizo rozar las yemas de sus dedos por el tul del vestido. Ella se dio cuenta pero fingió que no sucedía. Podía haberle dirigido una sonrisa, volviéndose al notar la caricia, pero temió una catástrofe. Algo así, podía desencadenar alguna fatalidad, proveniente de un amor del que ignoraba su alcance. Denegó la sonrisa, pero el hecho, allanó su interior con fuerza. Su alma se removió con el cataclismo que temía.
Sobraban palabras.
La distancia obligada entre ellos, lógico ajetreo de bambalinas preparatorias; hombres que van y vienen, armatostes metálicos que se mueven sin control, máscaras recién paridas de los terrores de algún esquizofrénico, damas curiosas con lunar pintado en el margen derecho del rostro. Un batiburrillo de sonidos, voces, gritos y apremios.
Él cruza la parte de atrás, dejando trajes colgados, tristes igual que lágrimas que penden en lógicas de aparición.
Gettel. Tocar su vestido es como viajar en un halo de luz infinita, que me descama el corazón. Siento por ella, cada día.
Calla y se pierde en uno de sus trances. Sueña, por si acaso la realidad después no se lo permite.
Lista de deseos de un Jhoseba enamorado.
.
    Que Gettel no muera. El trapecio debe ser su compañero y guía, jamás una mandíbula doble.
·       Que Gettel no muera y que me mire.
·   Que Gettel no muera, que me mire y que sostenga mis ojos durante… tres segundos. Cinco… quizá seis.
·       Que Gettel, mi vida, me sonría alguna vez.
·      Que Gettel, mi amor, sepa que daré por ella, licuado, el color de mis ojos, si se cumplen los anteriores puntos.
·    Bajaré el canto de los pájaros hasta sus oídos, cada amanecer. Llueva, nieve o solee el cielo.
·      Alzaré el brillo de la luna justo antes de marche a dormir.
·      Hundiré las sombras que puedan anidar en su corazón.
·   Que Gettel vea fragmentarse mi vida para sustituir aquellos trozos de los que ella carezca.
·     Que no seré avaricioso, dejaré que sus pensamientos privados la ahoguen, hasta que desee volver hacia mi firme abrazo.
·      Y todos los que restan… habitarán la piel, entre nosotros.

¡Amén!  
Demonios y ángeles. Seres puros e impuros, falsos o hipócritas, cobardes o suicidas. Tomad buena nota, quedáis avisados de que ésta mi alma no descansará en eternidades… ¡Así sea!


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martes, 30 de diciembre de 2014

¡NO HUYAS!


¡NO HUYAS!

¡Por qué duermes! Acaso crees que el sueño es un refugio adecuado. Te confirmo que no es así. La realidad permite la quietud, la rapidez, el grito, mutismo o sorpresa. Ensalza el humedecer la defensa, con aliados, estrategias, venenos, conjuras y mentiras. Un plantel de opciones que el sueño, convertido ya en pesadilla, sólo avanza en una posible dirección: hacia el despertar.

Dónde... ¡No escaparás!

sábado, 15 de noviembre de 2014

Nombradme!



¿De veras queréis saberlo?

¡Escúcheme de una vez, maldita sea! Para mí… ¡es Dios! Así lo llamo. No entiendo qué le reprocha cuando habla uno de los ineptos que no hacen nada por arreglar las cosas. ¿Quién se cree que es? Ahora lo somete a juicio. No tiene perdón. Debería caerle la cara de vergüenza. Ni se atreva a ponerle adjetivos descalificativos. Él salva vidas, las recoge maltrechas del suelo, las pule y las arranca de las pezuñas del Demonio. ¿Oye? ¡No escucha! ¡Qué sabrá usted! ¡No fue su sangre la que se derramó! ¡Ni la bala tenía su nombre! ¡Mi hijo, inocente en el juego, rodeado de gente a plena luz del día! Qué ha pasado, decían los policías que se acercaron, a paso de caminante ocioso, con la mano posada en la culata de las pistolas. 
Qué calma, señor, ¡que gran desfachatez! 
Llegó el primero con paso chulesco de barrio bajero condecorado. Seguro que fueron los gallitos más prometedores y por no caer en el ridículo, denigrándose persecuciones mil veces fracasadas, quedando como idiotas, les ofrecieron hacerse polis. ¡Si lo sabré yo! ¿Qué me ciña a la pregunta? ¡Pero bueno! ¿Acaso no estoy diciendo la verdad?
Mire, me da exactamente igual que digan que el sospechoso está mal de la cabeza. Con más razón para encerrarlo, si no es posible ejecutarlo, ya que es un peligro para la sociedad. Es un asesino, sin excusas ni etiquetas que lo puedan dejar sin castigo. Quisiera verlo colgado, con las tripas por el suelo. Aún con eso ¡no me sentiré satisfecha! 
Pero ¿qué dice? Si, ya escuché al psiquiatra, que ni pinta tiene de un médico de verdad; el mundo sabe que no lo es, ni medicación, ni terapia efectiva, ni nada resolutivo; solo ordena hablar bajo posturas facturadas. Alguien pagará tus sesiones, incluso yo, sin comerlo ni beberlo. Le quito peso a su título. Lo mismo con, si soporta oírlo, los abogaditos que pueblan los márgenes del buen sentido, encrespando triquiñuelas legales. Dijo algo sobre que el salvador de mi pequeño era un narcisista de manual, capaz de manipular situaciones para convertirlas en algo provechoso. Una mente perturbada gravemente alterada. Algo sobre un buscador de un inflador de ego, producto, pobrecillo, de algún suceso pasado traumático de su infancia. Se atrevió a sugerir, con máscara de verdad, que sería interesante hacerle un seguimiento retrospectivo. Y su conclusión es que el criminal francotirador y el ángel de manos preciosas, liberador de la invalidez o muerte de mi hijo, son la misma persona. ¡Ridículo! Diga usted que no tienen arrestos para averiguar quién fue. Buscan la conveniencia del diagnóstico; una cabeza de turco. ¡Envidia! El mundo no tiene la dignidad de llamarse de ésa manera. Somos habitantes de un zoo sin barrotes. Colmillos, pezuñas y garras. Hipócritas engañosos. Cualquiera diría que el criminal es un ser digno de lástima, por lo que carece y lo que desea adquirir. Los hombres extraordinarios molestan. Ah, le sorprende que sea capaz de sintetizar ideas. Usted también es idiota si cree eso. Los médicos necesitan enfermos igual que los mecánicos de coches, averías, los militares, guerras y las demás personas, que otras, a consecuencia de sus acciones, se autodestruyan. Así que rebuscan en grandes vademécum hasta encontrar un perfil que se ajuste al “sujeto”, aunque sea forzando líneas. Éste tipejo escarbamentes parece que les ha convencido ¿no? Entonces pienso que él también lo es, haciendo declaraciones que recargan su ego y su necesidad de llamar la atención. ¡A ver si la cosa va por ahí!
No aparte la mirada ¡está siendo cobarde!
Bien, señoría, ¡me tranquilizo! Prosigamos, aunque sea por perderles de vista. Ordena usted que responda sólo a lo que se me pregunta. Sí, es cierto, mi hijo estaba en el parque. ¡Qué sí! Correcto, yo estaba un poco alejada, sentada bajo un árbol, disfrutando del sol. No, señor, no tengo enemigos capaces de hacer eso, ni amigos tampoco. Y no me venga con el cuento de que mi expareja era un hombre violento, más básico que una ameba. Lo descarto por múltiples razones. Está demasiado lejos, en otro país. ¿Acaso no lo han investigado? Así perdemos el tiempo ¿entiende usted? Dan vueltas retóricas sin objetivo práctico. ¡Cómo se nota que no les duele! 
¡No es él! Le quieren desprestigiar porque es un hombre bueno dueño de sabiduría prodigiosa. Un cirujano que ha devuelto la vida a mi pequeño, no puede ser a la vez el cruel asesino. ¡Me da igual ésas pruebas que presentan! Si estaba en la “escena del crimen” será por su halo divino: llegó hasta allí para atender más rápido a mi hijo.
¡Si no fuese por él! 
¡Loado sea!


viernes, 24 de octubre de 2014

ICARIA




  “¡Pasen… respetable público!... ¡Horrorícense de la mujer que posee el mal en los extremos de sus manos, con ojos crueles, bajo su largo pelo de animal eternamente sucio! Dicen que mató a sus hijos y que los devoró… ¡Pasen y vean! ¡Pasen y vean a esta bestia humana llegada desde el infierno!”


Todos los días igual. Llega con el tiempo sobrado para ajustar el sombrero. Con los minutos infinitos por elegir un asiento acorde con la visión que ofrecerá el cielo de colores. Su figura se asusta ante el pensamiento de que algo puede salir mal, su voluntad se dobla y retuerce con angustia demoledora. Habla con el arqueamiento de sus cejas, con las arrugas de insomnio, con las moradas ojeras. Todo ello le sitúa lejos de la niñez y más lejos todavía de la vejez, porque no refleja la edad infinita que tiene. Mil años, cincuenta, cien. No le preocupa el estado del cielo, no es agricultor, no hace caso a los avisos del campanario de la iglesia, no es creyente. No juega a las cartas con sus coetáneos, desconoce los ritos sociales y jamás saluda. Compra las piezas de fruta de dos en dos, para no agriarse con la ansiedad que da el hambre de poseer. Le nacieron, no hijos, sino úlceras sangrantes mal curadas, pero eso no le importa. Cada día la segunda fila de butacas, nunca después de dos horas antes de la función, limpia con su gabán el polvo que tapiza el asiento; los ensayos en la arena comienzan de mañana y él es el tesorero del control de los movimientos milimétricos. El dueño de las contracciones de los músculos de la ingle de la trapecista, experta en besar suspiros mientras arquea, separando sus rodillas.
Dios hecho carne que, midiendo cada impulso que la hermosa mujer toma para elevarse hacia el techo franjado en rojo y blanco, le recomienda mentalmente. Escucho su pensamiento alto y claro, grave y ansioso, en clave musical de enamorado, de fanático virtuoso, de controlador macho.
Retuerce el ala del sombrero igual que piensa en las manos vendadas de la chica relampagueante por un cielo de intriga, con el ánimo necesario para que la pirueta exacta lo sea. Perfecta en movimientos y justa en su quietud, con personalizado golpe de música en redobles. Olvida alimentarse a propósito, pues desea adquirir con tesón, con fuerza, la telepatía suficiente para transmitirle las energías que él no precisa. Retuerce el sombrero sin atreverse a colocarlo en el asiento más próximo, que espera quede vacío. También sus canas precisan de manos para ordenar ideas, se agitan en cada latido. Temblequea de impaciencia mientras ella se esconde para vestirse con renovados lujos; encajes lenceros que asoman la piel desnuda entre la imaginación que adquiere la lujuria.
Los minutos en que él espera, saboreando los últimos zarandeos del trapecio, aquellos en que los pezones de ella acariciaron a un Eolo moribundo que resucita, se revuelve en el asiento. Le distraen los tramoyistas que están montando los trapecios, los payasos que corretean de uno a otro lado con ridículos andares. Este masculino que aspiro, piensa que su sexo se acoplaría sin descuadres tal y como ella acopla sus movimientos con la música, copulando con el aire. Ignora que resultaría una experiencia atroz, por la impaciencia del ejecutor y la cortedad de la novicia. Sin embargo, yo, que no espero que obre sin ayuda, que le dejaré mis manos para que prescinda de las suyas, preocupándome sólo por su placer, sin pensar en el mío, accesorio preparatorio que supliré con la mirada extraviada cuando su blanquecino ardor me bañe. Es entonces, mientras la musa revolotea, cuando yo serpenteo a su alrededor, orbitando el aura que me permita arañar su psique y colarme dentro. Le insuflo mis reflexiones para que crea que son suyas propias, por hacerme visible. Siempre igual.
Todos los días. Es mi amuleto de buena suerte, aunque sé que viene a por alguien que no soy yo. Escoge el minuto exacto mientras salgo tras los barrotes de mi jaula. Me quedo parada sin perderlo de vista. No lo advierte nunca. Se queda embobado sin ver que yo serpenteo bajo sus pies. Clavo mis larguísimas y retorcidas uñas  entre los restos de comida de los animales siempre enjaulados; yo tengo más suerte, pues no dependo de la voluntad de un imbécil tarzán que, haciendo restallar el látigo me otorgue las golosinas necesarias para acatar mi obediencia. Voy por libre, cerrando y abriendo mis párpados, mis brazos, los dedos de mis manos, para hacerme contemplar por las mujeres y hombres que, cada uno ensoñando distintas zonas de su piel haciendo contacto con mis características primarias. Con una mezcla de miedo y morbo. Llegan con la esperanza blanca de la diversión y coloridos ficticios; entonces reparan en mí. Y sudan. Se encogen. Temen que sea una maga negra que les oscurezca el presente. Así somos los de la especie humana, divididos siempre en varias fases, primero del crecimiento, después de la riqueza, de la porción aseguradora de las necesidades de sexo, de autoestima y de pertenencia a un grupo.
Tampoco es el orden. Yo me entiendo.
Fui una niña desgraciada con una sola suerte en la vida; que la mujer loca del circo ambulante que pasaba entre las chabolas del poblado, me robara de mi madre y me vendara las manos, cada dedo, uno por uno. Eso permitió que la queratina joven del lecho ungueal de cada uña, abonase y nutriera estos apéndices con los que me gano hoy la vida. Flaca estoy por darles más y más largura. Me alimento de las cáscaras de las ponedoras de los pueblos en que actuamos. Bien machacados, hasta hacer una pasta que me permita queratinas y calcio que mis cabellos absorban y mis garras enriquezcan. También mordisqueo algún fruto, a mordisqueos sólidos en la pulpa, por beber algo que se deslice por mi garganta y no me quite el reflejo de succionar vida en color. Las semillas me dan la impresión de acercarme a una fertilidad mentirosa. Nada más que hueso y dureza, así nací. Desconocen mis huesos el vestido de carne que adorna al resto de mujeres. Cualquiera que me amara, solo conseguiría roerme. Mis cabellos crecieron al mismo ritmo, capaces de velar bellas mañanas de sol. Me llegan hasta el suelo y más allá. A veces los lío como puedo creando amalgamas sucias y pegajosas. Imposible es con mi edad pedir auxilio, “ayudan al personaje”, escupe el jefe de pista. Lo de reptar ya es cosa mía. Beneficia a mi equilibrio. Soy una serpiente anticuada, con piel ósea sin continente que contener.
Apartada vivo entre los camerinos de la bella trapecista y del indómito payaso. Entre el bamboleo constante de la infecta caravana del hombre forzudo y el cerrar de puerta ruidosa, allí donde habita la mujer barbuda. A mí me llaman los titulares “La Medusa” y mi leyenda siguiente escrita y gritada, jamás la he llorado: “¡Pasen y horrorícense de la mujer que posee el mal en los extremos de sus manos, sus ojos crueles, bajo su largo pelo de animal eternamente sucio! Dicen que mató a sus hijos y que los devoró… ¡Pasen y vean! ¡Pasen y vean a esta bestia humana llegada desde el infierno!” El público espera encontrar lo que soy, pero desconocen que muestro lo que ellos desean ver. Así funciona el autoengaño ajeno.
Sigo las elípticas de mi rival. Gira y voltea, abriendo sus muslos y sonriendo. Sus brazos desnudos enredados en las cuerdas. Parece un ángel y temo que mi amado, mediante espejismos de testosterona, le dote de alas. Tan hermosa que no parece sino bíblica. Pero es él quién lo parece, transmutado en luz y ensoñaciones mientras ama sus contorneos. Lo adoro. Quisiera eso para mí, ése amor, ésa adoración que le hace perder el sentido y que yo lo sepa desde la distancia de ocupar otro cuerpo y otra dimensión.
Entonces la vemos caer. Mujer pájaro a punto de quemar las plumas con los aplausos. Cae y comienzo a reír mientras avanzo a la velocidad del relámpago hacia el medio de la pista. Sucede que me critico en el absurdo de visionar desde fuera mi rápida intervención. Mujer arrugada, mendiga de uñas retorcidas, bruja de pelo mezclado con mil olores de humo, de fuego, de incienso, de mentiras y de verdades, cautivada por un hombre que ansía a una divinidad cálida que nadie haya penetrado. Me adelanto al segundo en el que se desploma hacia el suelo. ¡Sí, ha llegado mi hora! Saboreo la victoria que laurea mi frente. ¡Es mío! ¡Ése hombre ya es mío: me pertenece! El reflejo horrible de su gesto apuntala mi dicha. ¡Mío!
Avanzo en su dirección, hacia sus brazos, su cuerpo, su calor que me debe y nunca sospechó donarme. Mi apresuramiento es inestable desde mi raudal de pasión sin contención alguna. El pánico en sus pupilas no paraliza mi avance. Con la mirada en alto, divisa a la deidad que muestra el blanco del cuello semejando un ave pronta al sacrificio. ¡Así sea! Levita en el aire, mariposa etérea atravesada por un gran alfiler. Pienso con rabia, sí, muérete. ¡Estréllate contra mis deseos, los de una mujer que ocupará tu lugar en las manos que acariciaban un sombrero alado por no hacerlo por tus pechos! ¡Fallece, expande tus sesos para que el teatro del asco no sea solo patrimonio mío! ¡Sí! Muerta te verán todos y mi amado girará el rostro por no fijar la imagen espeluznante de vísceras e incontinencia. Que vea mi amor lo que su bella guardaba dentro de sí: heces con orina. Mis sonrisas recién aprendidas me burbujean las prietas mejillas. Retumban mis huesos ante el temblar de mis dientes.
¡Me querrá! ¡Me querrá! Canturreo mientras ella vuela en inverso, derretidos los embriagadores tules, viajeros de un país que ya no desearán aquellos que rompían los forros interiores de los pantalones por tocar el placer de apresarla. Volteretas abortadas dejan un aroma ácido en las bocas entreabiertas. Filigranas torpes que dilatan los apéndices nasales, replegados ya ante el inminente olor a muerte. Ausencia de bailarina graciosa, tengo ganas de saltar de puro goce. Tensando mi cuerpo vuelo yo ahora hacia los brazos que ya siento enredarse en mí. Hombre moreno que consolaré jugando a lo eterno cotidiano; la mejor eternidad. Bajo el cuerpo que se precipita me sitúo y descubro mi fatal error. Mi nublado sentir me deja ciega sin prever lo antes evitable. Si ella explosiona sobre mi flaco cuerpo me matará sin remedio. Intento dar un paso hacia atrás, comiendo el tiempo y el fallo. ¡No es posible! Mi fin está aquí. Duele el corazón antes regocijado en grata plenitud; investiga, espía hasta crear un informe de realidad inmediata. Lee que será posible que, a pesar de la confluencia de cuerpos, el bello y el feo, sea el último el que sufra y el primero, plástico y amoldable por el uso en trapecio celestial, sea el que sobreviva sobre el peso que me asesine. ¡Oh, no!¡ No puede ser! ¡Qué muera!¡Qué muera conmigo! ¡Junto a mí! ¡Qué muera bien muerta, lejos de él y enroscada con la fea!¡Masas deformes, igualadas, por fin!
¡Qué muramos juntas!