CORNUDO
La burla o el escarnio no están sometidos a ningún juicio religioso. Yo cumplo con mi parte de votos benedictinos, por algo soy el Obispo. En mi caso non son la fe, esperanza y caridad, más o menos disfrazadas, sino la pobreza, de la que se me exime, obediencia, ultimada por un Papa afortunadamente lejano y la castidad, que se entiende relajada en noblezas varias, adhiriéndose al vulgo con todas sus exquisiteces y ninguno de sus inconvenientes. Pero la burla tiene algo elevado y mucho de sagrado, poseedora de voltear lo común dándole un sesgo extraordinario. Quién me lo diría hace un tiempo, cuando contraté al escultor de piedra, hombre reconocido en su oficio, que su obra junto con su presencia aliviaría mi tediosa rutina de Obispo en la Catedral de Florencia. Esa inmensa nave que zarpa hacia la muerte que deseo a todos cuantos la contemplen, dónde el sol es el rosetón central, las estrellas las hermosas vidrieras y los restantes claroscuros de los rincones atemorizan a los ignorantes. Ése lugar del que soy guía y noble líder, púlpito y miedo mediante. El incienso aturde los sentidos y el latín los transforma en temerosos seres, dubitativos incluso de su inconexa fe. Era el maestro escultor un hombre más terrenal que volátil, lo percibí al instante de conocerlo. Su mirada me hizo recordar mi voto de castidad, deseando anular para siempre la Cuaresma y abrazar, literalmente la tentación carnal.
Acostumbré a mi séquito a supervisar las obras con asiduidad, para que no se viese con extrañeza el aparecer en solitario en lo venidero. Vestía yo ropajes de apariencia sedosa que conocía irresistibles a los tactos que me contemplaban sin atreverse al rozamiento. La opulencia siempre arrastra las voluntades débiles hacia el fango de un crédulo deslumbramiento. El escultor portaba con frecuencia una túnica azulada casi monacal que proclamaba más su verticalidad cuando caminaba para contemplar su obra desde las perspectivas complejas. Me explicaba mirándome fijamente, los pormenores, causas y detalles de cada figura, asombrándome de su valía e ingenio. Imponente, me subyugaba la respiración alterándome los latidos en la sien. Provocaba una atracción desconocida e insana, impropia de mi cargo. Hablaba yo con el artista, interrogándole sobre su trabajo mientras saboreaba cada sílaba que traspasaba el cielo de su boca. Respiraba cada luz que proyectaba la mañana, incidiendo en las pestañas que aleteaban y criticaban su obra durante la charla. Tenia un gran sentido del humor, lo que me hacia adorarlo mucho más. Nunca sentí antes así la poética del amor. Nunca antes lamenté ser tan desproporcionado con el resto de la gente del pueblo. Mi poder era causa de lejanía por consumar mis deseos, que no eran otros, que agarrarle por la base del cuello y besarle profundo hasta alcanzarle el alma. Hice lo posible por enclaustrarlo a mi presencia, aunque él no se mostró dócil ni tampoco abrumado. Esquivaba mis insinuaciones con serena galantería, confiando en que mi arrebato se extinguiera más pronto que tarde. En algún momento, comenzó a ausentarse de su puesto, delegando pequeñas tareas a sus aprendices. No tuve alarma aunque me llenó de furia y celos la noticia de que cometía, con asiduidad, pecado con la mujer del panadero, hombre bien conocido por mi, presa continua de la ansiedad de los egoístas. El panadero me presentaba cada semana, muestras de obleas destinadas a la misa, deseando la exclusividad en el negocio. Yo me hacía de rogar, pues jamás una negociación debe ser cesión rápida por la parte del poder eclesial. Se trata de sostener la vigencia. 
La tarde en que conocí el motivo de las ausencias de mi adorado, partí furtivo desde mi aposento hacia la Catedral. Había menos sombras en los rincones que las que inundaban mi corazón, aunque no silencio. Tras el Altar Mayor yacían copulando con evidente placer el artista y la adúltera. Lleno de rabia, mi furiosa carcajada los asustó, mientras escuchaban espantados el estruendo provocado por mi, al arrojar al suelo los cirios cercanos y los votivos de latón cuya caída provocó en las bóvedas apariencia de cataclismo.
Aún sin reconocerme, quizá sospecharon que en las horas siguientes,  ordenaría  llamar al traicionado a mi presencia. Esperaba éste, sin duda, la noticia del otorgamiento exclusivo de las Santas Formas, superando la competencia del cercano convento de monjas. Ser mujeres constituía traba y cualidad, pues eran pocas, jóvenes e impuras mientras sangraban. Frené su inicial sonrisa al denegarle lo esperado, argumentando con firmeza que la Iglesia exigía una intachable conducta y su hogar, era ejemplo de lujurioso pecado. No tardó en indagar y atar cabos, hecho facilitado sin duda por el atolondramiento de la certeza infiel de su esposa. No me arrepiento. Los denunció al Alto Tribunal, involucrándome en dictar una sentencia que yo había gestado con regocijo en mi mente.

Cierto, la risa es una provechosa arma, superior a la ira y a los celos. Y comencé a ver la situación desde mi posicionamiento. Ya no dejé de reírme por dentro y durante el juicio, el sarcasmo me inclinó las comisuras de la boca, doblándome por la hilaridad, mientras contemplaba los esfuerzos de mi amado escultor por conseguir un trato de favor. Un artista prefiere la muerte a carecer de su esencia. Sin crear se mueren. 
Ahí existe la fe personal y la confianza; el armazón y la estructura. Un chantaje también es algo divertido y provechoso. En mi lecho yació cien veces, tantas como con la mujer, hasta que me harté de quitarle su túnica azul y la obra amatoria terminó. Conmigo estuvo bien, lo traté como un digno amante e incluso en los buenos momentos reíamos al unísono del pobre burlado. El amor es regalar complicidades. Le concedí realizar una gran figura de toro cornudo, en la fachada de la catedral frente a la panadería, para escarnio diario del hombre. Todavía sonrío al pensarlo. Nada igual a realizar obras inmemoriales que despierten la sagrada virtud de la risa. 

Gracias, eterno cornudo.



Comentarios

Entradas populares