LA PELIRROJA



LA PELIRROJA

Las cosas nos iban mal. Rematadamente mal. Y el colmo fue el desajuste de la venda en los ojos, en aquél hotel. Entre la seda, la vislumbré por vez primera. Era pelirroja. Al contrario de mi esposanovia, pues en mi cabeza así la denominaba, desde que habíamos vuelto a retomar la relación. Bueno: Cada uno se suicida a su manera y no diré nada que cuestione ése punto.
La pelirroja era un regalo de Marga, tal fantasiosa en el sexo y tan ansiosa en que yo le perteneciese de nuevo. Había urdido la sorpresa, supongo por todo el trabajo mal hecho, exorcizar sus pecados y sumirme en la felicidad más absoluta. Ya habíamos hecho intentonas de buscar regalitos con el deseo de otros cuerpos. No respondía a una necesidad, sino a la consciente actuación de ver que la vida se desintegraba alrededor. Mi última relación la había devastado de adentro afuera; llevándola desde la ansiedad a la desesperación. Pero aquella venda en aquella gran cama no cumplía su función, pues las veía tocándose, todo ardor y cuerpos perfectos, hembras solitarias que ya no lo eran en mi imaginación. Era yo, el macho afortunado que las contemplaba entre un atisbo de luz. La caza con acecho pero sin desgaste. El trofeo gratuito en forma de audioforma pornográfica. Eran sus cuerpos delgados, de similar tonalidad. Jóvenes y hermosas, con alguna leve falta que las hacia distanciarse de las proyecciones masturbatorias a las que todo hombre está más que acostumbrado. Hacerlas creíbles y reales me excitaba todavia más. Se comportaban como mariposas, tocándose levemente al principio. El cabello de la otra, la curvatura del cuello, alterar la boca. Rozaban los pezones con una delicadeza extrema. Aquello era arte exclusivo sólo comparable con el cielo. Llevaban apenas lencería cubriéndoles el pubis, que yo sabía rasurado, húmedo sin duda, fragante y delicioso en su madurez en labios. El encaje era negro en Marga, tan amiga de creerse seductora en tatuajes. La pelirroja optaba por un rojo eléctrico y chillón que iniciaba en mi mente un mordisco por descubrir su vulva, mi regalo. Marga gemía con respiraciones cortas, intentando serenar la cascada de reacciones que le habían llevado a olvidarse de mí, supuestamente ciego pero no sordo a escucharlas. La chica nueva no gemía, susurraba algo inaudible para mi alcance. Aquella chica desconocida estaba usando a mi mujer, la mía, con todo mi permiso. Yo las devoraba con los ojos. Llevaba noches sin dormir ensoñándolas en ése momento, sospechando que Marga nunca accedería a hacer aquella locura realidad. Pero allí estaban, ya introduciendo Marga su mano dentro del encaje rojo, el paraíso de un clítoris nuevo, un botón hecho para el placer de la chica que sonriendo tenue, se dejaba adelantar las caderas, abriendo las piernas para que mi nueva novia probase al tacto las fragancias de aquél fruto recién llegado.
Me olvidé de sujetar la venda, remediándolo enseguida, haciendo un nudo con prisa, mintiendo con mi apresuramiento que fuera involuntario. Ellas me miraron a la vez como a un extraño del que desconocìan hasta aquél momento su existencia. Vaya forma de mirar. Aquellas excitantes mujeres abrieron sus ojos a la vez, mirándome con deseo. Sentí algo parecido al pánico y al goce, a la eternidad y a lo infinito.
Tumbado en la cama observé como se acercaban, unidas, sin poder despegarse ya. Ellas eran una sola mujer para mí, eran pechos amigos, pubis desnudos que se hablaban, cabellos largos del mismo color. Se colocaron sobre mis piernas, una a cada lado, para volver a reconocerse como ya hicieran. Se besaron. Se exploraron con la lengua y el aroma de sus sexos inundó ya mi cuerpo, sobreexcitado desde el principio. Mi cerebro ya dejó de racionalizar, llevado por el deseo de poseerlas sin concederles más tiempo. La desconocida me rozó el sexo con ternura, casi timidez. Tenía los ojos claros. Mi mujer le siguió como reclamando mi presencia. Supe que aquello, esa lucha amatoria entre hembras reclamando placer, nos haría bien. Todo se desencadenó en sudor, delicias, sensaciones, placer culminado.

Mi mente plena y vacía.

Más tarde llegaron las preguntas. En nuestro apartamento. Junto al deslucido frutero, la silla de nuestro odioso gato, los ruidosos vecinos. Imaginé que había huído, que aquél era el pacto, vestirse, cometer aquél pecado de cubrirse, e irse de mi vida para siempre.

¿Quién era aquella chica? ¿Dónde la encontrará Marga? ¡Quería volver a verla! Sabía que no se repetiría nuestro encuentro a tres. Mi nueva noviaesposa había sido muy firme ante ése supuesto. Recordaba la novedad de su tibieza interior, sus manos y los besos que no disfruté por darle Marga los suyos con una avidez que me hizo sentir pasionales celos. La pelirroja me había cabalgado mientras yo fingía que no veía sus ojos cerrados, su estremecimento compartido con la otra mujer que la besaba para luego besarme a mí. Se recostara sobre mi cuello, murmurando con dulzura algo que no entendí, con salado aroma. De repente, fuimos solo, ella y yo. Nada valía la otra contra su presencia. Me sobraba. Subimos y bajamos en cada cuerpo multiplicado por tres. El éxtasis mío que se empalaba en sexo, no decayó al pensar que desaparecería de mi vida, aunque aquél pensamiento se instaló en el orgasmo igual que un infecto virus. ¿Enamorado yo? Desde luego que no. Qué tontería.
Registré los cajones de la ropa interior de Marga. Miento, escudriñé en los estantes de todos sus feudos, el baño, la cocina, sus libros, su bolso, los papeles de su oficina. El ordenador no contenía el ultimo historial de visitas ni tampoco fotos reveladoras. Buscaba una tarjeta, un anuncio subrayado en un periódico, una amistad que se me escapara. Nada. Desesperado, iba creciendo en mí la obsesión y la falta de control sobre Marga me intranquilizaba de forma creciente. Por fin hallé su encaje de lencería rojo, al fondo del cesto de la ropa sucia. Evoqué el momento en que la ví despidiéndose de tal indumentaria , mirándonos con líquida mirada. No conseguía sacar de mi mente las imágenes de sus piernas abiertas sobre mí. Sus dientes rozándome desde su boca. La cálida saliva buscando mi explosion. Su cuerpo tensándose de gozo. Cogí el rojo color y lo deshilé un poco, lo justo para rodear con una hebra mi dedo y pensar en masturbarme de inmediato.
En los siguientes días busqué la tienda que vendiese la marca de la braguita. Yo que sé; pudiera ser que fuese dependienta o clienta habitual y me la encontrase, pues en aquellas alturas de lo absurdo, creía que el hilo rojo aquél correspondía a la Leyenda sobre que todos nacemos unidos a alguien desde siempre. Conocernos ahora, pensaba yo, con mi matrimonio roto, una mujer empeñada en querernos (tan agobiante y maravillosa a la vez), junto con la inseguridad de la que era portador desde hacía demasiados años, era, sin duda, un requiebro irónico del azar. No tuve acceso al móvil de Marga, lo que me cortó bastante las alas de la investigación. De noche no dormía pensando en aquella chica y torturándome con preguntas: ¿y si no era de verdad, pelirroja? ¿ y si no estaba en ésta ciudad? No dudaba que fue por dinero, aunque ¿y si no era así? Quizás fuese una amiga de mi mujer, tal vez le tenía lésbicas ganas y el regalo, fue pensando en ella más que en mí. ¿Seguirían ellas en contacto? Unos potentes celos me provocaron ira ante ésa posibilidad.
No lograba salir de aquél cúmulo de inquisiciones. Estaba hundiendo mi ánimo, a pesar que Marga dirigía sus ojos al frente y sacaba sus propias conclusiones. Se le oscurecian contrariados. Procuré sonsacarle en otras amatorias noches, con excusa del fantaseo habitual, alguna pista. El sexo fantaseado es un buen termómetro del otro, y Marga carecía de la imaginación suficiente para mentir y sostener la misma versión en un largo período de tiempo. También debía tener cuidado para que el interés no se resolviera en mi contra. Mi nueva tenacidad era muy sensible a los afectos de ella, empeñada en darme, decía, lo que no vivierámos nunca antes en nuestra relación. Así fue pasando el tiempo, interminables meses, hasta hoy. Creí haberme vuelto a enamorar de Marga, pues el papel de hombre comprensivo y cumplidor con ella para conocer algún dato de aquella noche, incluso me ha gustado. Ella se esforzaba por estar, haciéndose presente mediante recuerdos compartidos comunes, anécdotas, creando un adhesivo hogar del que yo, cuán mosca en papel gomado, jamas deseara despegarme. He tenido momentos en los que, incluso, olvidé el objetivo. Otros, lo dí por perdido.
Pero hoy lo sé.
Tengo un número y una dirección. A la casualidad, causalidad. Algo tal fácil cómo registrar un bolso antiguo. Una simple anotación, junto a la fecha de aquel regalo. He cogido con fuerza las llaves y voy a salir. No dejaré ninguna nota, por si acaso. Por si es una entelequia de las mías. Si todo sale bien, adiós Marga. El corazón me martillea el pecho.
Aquellos ojos claros con sexo. Nada puedo hacer.
Mi hilo rojo.
La pelirroja.

(Susi DelaTorre)

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