lunes, 23 de junio de 2014

COCHES ATRAÍDOS POR CASAS




                                                                               Coches atraídos por casas

Adolfo habita una zona húmeda donde las casas atraen los vehículos que circulan por la carretera. Los muros llaman a los coches desde las ubicaciones acuosas, igual que las cantarinas sirenas atrajeron alguna vez a cien navegantes hacia las rocosas costas. Adolfo es un hombre que soñaba con mujeres desnudas, cuando un turismo de matrícula extranjera asomó un rostro mecánico dentro de su cuarto: luces, guardabarros, rejilla, entre grabados baratos colgados sin clavos, en una pared sin crucifijo.              
  Quedó el ingenio veloz a dos palmos de la cama. Adolfo no es diligente; por un momento pensó en desechar el ruido y la visión, cambiando de postura para continuar durmiendo, aprovechando lo que tenía entre manos, piel rasurada, entre otras cosas. Tenía que levantarse temprano, dar por acabada la orgía, emplazarla para otro sueño, dudando que el despertador hubiera entendido sus táctiles indicaciones. Los aparatos sin cuerda son bastante tontos.

Adolfo no le daba lástima a nadie, salvo en el primer minuto, pero siempre conseguía lo básico y algo más. Su estrategia era dejarse llevar con victimismo, huyendo de quedar expuesto a juicios ajenos. No le había ido mal, entre la cabecera con almohada incluida y el armario ropero, contaba con fetiches que recordaban los que atesoraba un asesino visceral en serie. No conocía a la mujer que iba en el asiento del copiloto, pero tampoco al hombre que se agarraba al redondo volante en la búsqueda de un milagro que cesara la acción que estaba sucediendo. Una mujer morena no constituía su tipo incesante de búsqueda. Él creía que las castañas eran sumisas, las rubias infieles y las pelirrojas proclives al exhibicionismo. Ignoraba la estadística de aquellas que bien fingían deshacerse bajo su cuerpo, pero estaba en ello con tesón. Aunque su apetito haría un hueco para tomarse un banquete de fluidos, sin ni siquiera molestarse en cambiar las sábanas de uno a otro encuentro; echaba hacia abajo la ropa y daba por finiquitado el anterior por un siguiente.
Otros aspiraban a eso, pero, así como desconfiamos que los videntes sean unos patrañeros de temer, no hayamos explicación posible a las rendiciones. Por no tener, Adolfo abúlico, ni siquiera aquél punto canalla que toda mujer respeta y ama convertir en mágica pasión.

Una morena infiel, con la duda de ser diestra en la cama, sin traspasar con fusta el compromiso de ama, constituía un descoloque en sus parámetros. Además, era guapa lo justo; bien mirada, defectos mil la adornaban. Hubiera pasado desapercibida en cualquier espera del supermercado, cine, estanco,  ferretería, no, pensó, entre llaves inglesas, sierras primitivas y tosquedad diamantada, arrancaría su ropa con sólo verla. Tan lúbrica ella, rodeada en distintos codos de caño, recorriendo sobre losetas de muestra, con paredes de césped artificial en oferta. Las revistas pornográficas viajaran en tal cantidad desde sus inicios lúbricos, que la memoria visual constituía el resorte del tensiómetro masculino. No podía resistirlo. Ayudaba a la fantasía, el verla con la boca abierta, el pelo revuelto y dando unos gemidos entre el dolor y lo que Adolfo quería escuchar. La morena que entró en el coche hasta su habitación, a través de la pared, el colmo de la originalidad, tenía dos botones desabrochados en la zona pectoral, señal del inicio y no de la finalización. Dedujo que el conductor era un hombre casado que se iniciaba en lides amenazantes, con la expectación que conlleva. Adolfo, envidioso pensó, con indiscutible malhumor por la ocasión perdida, que quizás no hubiesen coincidido jamás pues la ciudad quedaba un poco apartada, aunque es posible que el azar jugase de extraño farol.
Por lo pronto, la casa heredada de sus padres estaba herida en brecha de muerte.

Algo se le encendió en su ajada bombilla. Para eso estaban los seguros. ¿No?

La pared desplomada levantó el ánimo deprimido de aquella vecina que no cesaba de cotillear. Ya tenía suficiente carnaza para hablar en el presente siglo, incluso en el próximo. Lo que le diera la vida. Ella sí que conocía, no a la pareja; juntos no integraban deshilachado de ninguna alfombra, aunque por separado tenían nombre y apellidos. Que le preguntaran y manifestaría toda la información igual que vierte agua la mayor catarata.

Adolfo en ausencia de caballerosidad, nada extraña por cierto, le tenía sin cuidado que su vecina, la entrometida saliera a la calle en aquella noche fría, envuelto su camisón en una manta a cuadros. Trató de volver a apresar de nuevo el huidizo sueño, no se lo permitió el ruido de los escombros que seguían cayendo, los gritos histéricos de la gente que se arremolinaba con el objetivo de sacar la foto móvil de rigor, las alarmas que constituyeron la música de aquél concierto desconcertado. Se desveló gruñendo.  A media distancia, pudiera parecer  rumor de sorpresa e incluso miedo.
Pero la condecoración de pasivo, en lo relativo al mundo no genital, era un logro clavado por nuestro sujeto. Sin embargo a veces todo cambia. No sabemos si para mejor. 
No soy de marujear, pero yo les cuento.


Un trozo del techo, empujado por la inercia, física o vibración, le cayó sobre la cabeza partiéndose en trozos, dejándolo inconsciente en pensamientos, fueran los que fuesen. No eran elevados, creo haberlo dejado claro, por lo cual, cuando resopló sacudiéndose el escaso flequillo nada parecía distinto a los minutos anteriores al hecho.

Su semblante permaneció con susto y grito contenido. Se consideró un héroe merecedor de un reconocimiento en forma de los caprichos más locos, pues había sobrevivido por partida doble. Deseó todo y todo le valía, desde riquezas, fiestas y fastos, hasta humedades no caseras, pero sí despeinadas. Se le convirtió en una bola cerebral que se lesionó sin remedio, fruto del colapso y la excitación. El tambaleo siguiente casi lo hace caer de bruces. Tal vez necesitaba ayuda para ser tan feliz. Quiso decirlo en voz alta, pero solamente le salió alguna palabra sin conexión. La vecina no le prestó atención, dándole la espalda con desfachatez, mientras se erigía en relaciones públicas. No dejó de permanecer atenta a cualquier aspecto periodístico, televisivo o eso que su sobrina llamaba el mundo virtual, que asomara por aquél radio de acción. Existen divas que nacen y otras que se hacen: llevaba esta señora muchos años, desde su más tierna carne, pugnando por su momento de gloria.

Así que agarrándose a uno de los micrófonos que brotaron en el aire, comenzó advirtiendo que estaba nerviosa, qué susto, madre mía, qué ruido más aterrador, que estaba llorando, hipando y sobresaltada de que aquello sucediera con frecuencia, que podía haberle llevado su propia casa, dijo señalando a otra un poco más delante de la calle. Se enjuagó el moqueo con la manta cuadriculada y al ver que el periodista quería huir de su monopolio, fingió un oportuno desmayo.

Entretanto  Adolfito se paseó entre los escombros igual que un zombie, con la expresión bobalicona de los que saben que tienen algo dentro de la cabeza pero ignoran su utilidad.
Llevados los intrusos, ella y el otro, que también valdría decir que él y la otra: digo, hacia un hospital con jardín y sin opción de futuros encuentros por lo que les toca; el hombre comenzó a extrañarse de ver los ruidos en colores. Sacudió la cabeza para alejar el efecto: malditos sean los que perturban los sueños de otros. De nada sirvió el ademán, los colores se transformaron en notas musicales y éstas en videncias de pulsaciones de un teclado imaginario. Cabe asegurar que el antihéroe rezongón contenía en sí mismo escasa formación musical, ni oída y mucho menos que pulsada. Su oído nunca había escuchado, si, de escuchar con atención, ninguna melodía ni clásica ni moderna, a la moda, se entiende, que le impulsara a elevar su espíritu hacia parte alguna. Incógnita que muestro, ya saben, si el espíritu habita todos los cuerpos o es cosa de una clase humana diferente. Me pararía a reflexionar, pero continúo.

Mientras la vecina, que ya encontrara acomodo en sus lágrimas, apretando una mano solícita de alguien anónimo, por supuesto, manteniendo su caudal a ritmo constante, desgranó al esponjoso micrófono  que la chica morena, bueno, media chica, media señora, por cierto, era una infeliz que se acostaba con hombres alejados de su sentir con el objetivo de comprenderlos mejor. El cámara bajó la lente y resopló interrogante, que es lo menos que se puede hacer cuando otro ser nos descoloca.
Mientras, prosigo,  Adolfo el imaginativo, descubriera por fin una cualidad en su persona: era capaz de imaginar composiciones  musicales desde el porrazo del techo. Su cortedad adquirió largura y se arriesgó a contabilizar en su mente, la cantidad de personas aledañas que poseían un piano.

Por saber. Por probar.

Su aspecto bobo no dejó ni rastro, desapareciendo mientras se encaminaba hacia el lugar más razonable; la sala de música de la escuela.

Quiso la suerte, que viste de corto, empezando por los pies, que sus ojos reparasen en una de las revistas gráficas, de su colección de revistas tan gráficas. Movióse en pos de ella, apropiándose de las figuras femeninas que le mostraban todo sin palpar nada.

Ni decir tengo que, llevado por el afán de atrapar todas las hojas, impresas y sin imprimir, se olvidó del  lugar al que se dirigía. Ni supo ni probó.

Así se pierden los valientes…



1 comentario:

Anónimo dijo...

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