viernes, 14 de marzo de 2014

Muñeca estropeada.




“Las muñecas cierran los ojos al ser tumbadas, como debe ser”

 Está claro, ¿no? Los zombis no deberían pilotar aviones. Ya por cuestión física: los tendones se enredan con la palanca de cambios, con los jirones deshilachados de las mangas, con falanges que se luxan hacia direcciones imprevistas.
Veo en el radar que llega uno de ellos. Siento odio hacia los seres tan rellenos. Son íntegros, con toda la carne y sangre en su sitio, bien colocados sobre el tapizado asiento. Sobre la columna vertebral se adhieren las entrañas, sin deserciones; la disciplina de tripas me aburre. Compactos en sus cuerpos limitados por la piel, que crea frontera y ayuda a hacer cosas sin que, en un momento dado, tirantee tropezándose con los aparejos.

El cuadro de mandos me indica cuál es el instante exacto para disparar. Qué feliz soy, la expectación ante la posibilidad de no fallar es inmensa, adrenalítica y superior. Me encanta ponerme a tiro para demostrar mi valía como piloto. Cuando estallan, es genial, manchan todo el cristal delantero del avión con sangre y vísceras, no sin antes mostrar en sus caras,  enteras, perfectas, el pánico ante lo inevitable. El ruido es como canto para mis oídos, suena igual que un “choff” sobre un charco invernal con botas de goma, o tal vez como un pisotón a una cucaracha, con crepitado de fin de vida. Ahora, cuando escucho un crujido, las manos me tiemblan de placer. Incluso los cerebros escindidos  son hedonistas. Automatismos perversos que me distraen en la vida inventada que todos llevamos afuera.

Escucho el llorar de mi hermana. Ya está bien. Es una mocosa blancuzca con la que juega a las muñecas mi vieja. Le repite mil veces lo bonita que es para después, obligarla a sentirse culpable por no serlo más. Tengo antipatía a mi hermana. Se deja querer con los halagos empalagosos de su titiritera, no comprendiendo que sea ésta misma, la que le pega por no llegar a ser perfecta. Ella consiente ser zarandeada, anulada, mientras la visten, la peinan, le clavan punzantes horquillas, se las quitan con violencia. El resultado nunca es pulcro y cuidado. Odio su actitud  estocolmista amplificándose  por las inmediaciones de su habitación, hasta alcanzar mis dominios. La visión clarividente enerva la ira. Su pelo amarillo siempre enredado es insufrible, sus trapos desvaídos me ponen frenético. Sus orejas merecen algo más que un agujero sin pendientes, pues lo que es revendido, vendido queda y aquellos trozos de oro, regalo de otros tiempos, mejor están en el recuerdo a cambio del trueque por una barra de chocolate y dos paquetes de arroz.

¿Qué si pasamos carestía? Pues no. Yo me he acostumbrado a no comer. Era incómodo ver salir por fuera de mi estómago, tan mermado por la misma hambre, la asquerosa papilla de pan reseso que cocía mi padre antes de largarse. Él sí que tuvo suerte.

Una fiera, mi padre. Nos estuvo sisando durante meses la escasa comida que pedía a gritos entrar en casa. He aprendido a distraerme pensando en cómo debería morir en castigo por dejar que las mejillas de mi madre se deslucieran y el cabello de mi hermana perdiera longitud, fuerza y brillo, siendo sustituida por unos cuantos pelos mal clavados en el cráneo. Me da igual que haya sido un buen hombre hace años, no le exime de su error ni de su mala fe.
¡Cuidado! Requiebro, virando la nave hacia un mejor ángulo de visión. Exactamente colocados mi dedo índice sobre el botón adecuado, espachurro la carne sobrante, logrando un disparo certero. Soy el mejor de los zombis del escuadrón. Me reclino hacia atrás en el asiento con satisfacción. Otras cosas no me valorarán, pero sobre puntería, estrategia, planificación y ejecución, no tengo competencia.

Otra vez llora la pesada de mi hermana. Su llanto taladra mis huesos hasta el tuétano. No la han enseñado a callarse, es lo que tiene no haber tenido una madre que cumpliera su cometido con acierto. Me dan ganas de cortar un trozo de su bata rosa de guatiné y ahogar los sollozos. Supongo que llora por algo, quizás debiera ir y preguntarle. Aunque su madre está para algo, digo yo. Que no todo es embarazarse, parir y dar por supuesto que aquella pequeña cosa crecerá sin molestar. Pero no quiero que se note el interés, eh.
Hago un esfuerzo y tomo conciencia de la ubicación del suelo, del techo y color infame de las paredes. Camino con desolación obligada, estoy descalzo y no viajo tras las líneas enemigas para hacer doble espionaje. Una lástima pues mi físico anodino me camuflaría; un hombre normal más, entre miles de hombres  similares en casi todos los países del mundo.

Golpeo suavemente en el marco de la puerta. Se vuelve y me mira con ojos rojos. Tal vez lleva mucho tiempo llorando. Mi hermana tiene las pestañas tan rubias que parece albina. Su flequillo, corte travieso por ella misma, le hace ladear un ojo para que no le moleste la visión diurna, porque de noche se cubre con la melena para ahuyentar la luz. No es miedosa, pero tampoco adivino una adolescente precavida. Ya no solloza al mirarme. En su mano, una muñeca casi rota, su preferida. Tampoco está entera, ni sus ropas floreadas, ni el número adecuado de brazos y piernas. Sus ojos, dos, sí que están, bordeados por unas pestañas ennegrecidas con restos del rimen de mi madre. Al estar mal aplicado por una niña de seis años, parecen más ojeras amoratadas que unos ojos que quisieran lucir bonitos.
Mi madre tiene los ojos negros, negrísimos igual que un futuro familiar. Algo que es un presagio horrible lleva siempre colgando de sus puntas, aunque se las rice con un artilugio raro que parece un instrumento de tortura. Si algún día…  no quiero que se apueste  por ésas cosas; acomodo fobias muy rápido.

La pequeña baja la cabeza. Intuyo que despisto el cariño que dicen que se tienen los hermanos entre sí. De adultos, todo se acepta, siendo saludable incluso, pero ahora es una rareza que no me vea como a un héroe, pese a estar tan lejos del perfil. Toma aire, lo sé porque observo su pecho y su gesto de apartar los pelos de la cara. Muestra su muñeca con resignación. Tiene un lado de la cara mutilado, con lo que parece ser un manchurrón de rojo mercromina. Un trozo sanguinolento que provoca rechazo. Me recuerda que estaba en medio de una tarea sublime, matar a seres terminados.
Solo fue un acto reflejo, tomo interés por la muestra. Entro en su cuarto, forrado de flores rosas y me siento sobre su edredón, también rosáceo. Igual que una casa de muñecas gigante. Qué hortera es mi vieja.

Me ofrece el mutilado deshecho y se queda a mi lado, muy pegada a mí, tanto que la convección de calor sin fluidos, podría complicarnos a los dos. Por una vez, no me molesta la proximidad de alguien. Será que la vida me llama poco.

Espero a que hable, soy un tipo de costumbres, de malas, muy malas. No recordaba su voz suave, casi melosa, tan suplicante. Ella, una víctima, la otra la sostengo yo entre mis manos.

-          Me dice mamá que es fea. Está estropeada, no cierra los ojos al dormir.

Le doy una mirada larga a su juguete cercenado. Pobre muñeca, otra paria. Asiento con la cabeza y permito que su voz siga desmenuzándose.

-          Es muy fea. No la quiero. Mamá no la quiere. Ya no la quiero.

Me encanta la actitud resuelta de quién toma decisiones. Demuestra un espíritu práctico, sin hacer curvas para sortear problemas, sino rectar hacia soluciones directas. Voy a tener que hacerle un seguimiento a esta nenita despeluchada.

-          ¿Qué quieres hacer con ella?

Le pregunto con curiosidad, de veras que me interesa lo que pueda decir.

Baja la voz, se acerca más hacia mí y sin mostrar rechazo alguno, hace un momento yo era un asqueroso zombi, me susurra.

-          Sé lo que les sucede a las niñas feas que no quieren dormir. Lo que le ocurrió a Delia.

Ahora sí que me sobresalto. Pensé que no se acordaría, debía tener tres años o algo menos. No tiene importancia al igual que no la tuvo Delia. Su huella fue algo leve que se borró en pocos días. Solo recuerdo que era fea. Bueno, yo no la llegué a ver pese a ser otra hermana, pero la frase me sonaba mucho. Era un lamento más repetido que la falta de comida, insensatez o acariño. Luego dicen que la belleza no es importante, que se lo digan a los que asesino todos los días. Son exterminados por igual motivo. En casa hace mucho tiempo que no se habla de Delia. Desde su nacimiento no se la mencionó ninguna vez. Ni siquiera llegó a tener un nombre oficial. Era “eso” para mi padre y para mi madre era un levantar de hombros sin más importancia merecida. Por suerte para ellos duró poco. Me dijeron que tuvieron que llevarla al hospital, repitiendo mi madre “de dónde nunca debió salir”

 No juzguéis a su madre, no sería justo sobrevalorarla tanto como para poder hacerlo.

Digo lo obvio. Soy un adicto a dejarme llevar por las conversaciones con deslizante flojedad. Total, las palabras necesarias son muy limitadas, con decir la adecuada en algún momento, el interlocutor se cree escuchado. Cuánto pánfilo.

-          ¿Qué les pasa a las niñas feas?

Odio las paranoias de la vieja.

-          Sé lo que hay que hacer con las feas. Ven.

 Agarra la pierna de mi pantalón y comienza a andar. Sigo con la muñeca en la mano. Parece haberse olvidado de ella. En sus ojos no hay irradiaciones de determinación, es más una pesadez inmensa de alguien con un peso. Incluso sus piernas parecen ser hierros sin necesarias articulaciones.

De esta manera vamos hacia el jardín tras la casa. No practico nada el deporte de tomar el sol, la naturaleza frecuentada y demás chorradas salutíferas. Yo paso de morirme de un ataque de salud, prefiero escuchar como estallan mis enemigos humanos.

Mira con precaución inútil hacia los lados. La imito contagiado por su cómica gestualidad. Tiene algo esta chiquilla, tal vez sirva para explotar burbujas de personas. Pensaré en alguna prueba a la que someterla; mis cosas son muy  mías. Las casas vecinas están muy lejos, ni con prismáticos lograrían vernos. Tengo la cabeza llena de teorías conspiratorias, la publicidad engañosa me nutre con mi permiso; no quiero ser perfecto.

Llegamos al límite del jardín, algunos árboles dan sombra en verano a esta zona. Recuerdo hace tiempo que sirvió para que mi padre se sentara a terminar de emborracharse al sol. Decía que le subía antes el alcohol y que luego se evaporaba bajo el calor, hasta formar parte de las nubes, su pequeña contribución al espectáculo del cielo.

La muñeca rosa se gira y con aire misterioso toma el juguete de mi mano. Maternal y dulce (tal vez el color rosa le vaya bien después de todo) le retira el pelo sintético de la cara estropeada por el cromer. La sacude un par de veces y sus dedos le bajan los párpados una vez. Luego prueba de nuevo, verificando que el mecanismo no funciona. Está claro, necesita dormirse sola, aquella cosa plástica en forma de muñeca zombi.

 Se agacha en la hierba y coloca la muñeca a su lado, mientras remueve la tierra, levantando un montoncillo de hierba. Cuando le parece bien, coge el objeto insomne y lo tumba dentro del hueco recién hecho. Los ojos no se cierran, quedando clavados en el aire. Mi hermana se los cierra con delicadeza, para seguidamente cubrirla con el amasijo de césped y tierra.

-          Era una niña fea. Y se estropeó. Igual que Dalia.

Me cuesta respirar, pero debo hacerlo. De mano de mi hermana pequeña, la única que tengo, vuelvo a desandar lo andado. A casa, a mi cuarto, a mi juego de matar humanos, a creerme el mejor e invicto de los zombis que pasean por el más alto nivel.

Era una niña fea.

2 comentarios:

Nuria S. dijo...

Me gusta mucho el tono cínico del narrador con un vocabulario más sencillo que otros textos pero que filtra más ira, desprecio y dolor.
La verdad es que este relato me gustó mucho.

Susi DelaTorre dijo...

Nuria S.

Me alegro que te haya agradado más, el tono del narrador y el estilo. Necesariamente pensé en adecuar la edad y vida del protagonista, al lenguaje.

Un gran abrazo!