martes, 15 de octubre de 2013

HÉROES DE ANDAR POR CASA



La cabeza del niño, pelirrojo y su nariz puntiaguda asomaron bajo el edredón, llenas de preocupado semblante. Temí que me preguntara algo que no sabría contestar. Algo que incluso yo me preguntaba, sin saber, como él, a quién hacerlo.

Me hice el dormido, cerrado los párpados con fuerza, pero no hubo manera de engañar a mi hermano pequeño. Siempre fue el más agudo. Menos mal que el destino no invirtiera los papeles, dotándole de la primera bocanada de aire, convirtiéndole en mi pesadilla comparativa eterna, sobre la que perder. De nada me valió girarme, simulando un movimiento inherente del sueño.

Adrián llamó con susurros que ya no lo eran. Quería que le hiciera caso y al fin, lo consiguió. Me rendí a su inevitable inquisición.

-          Vale, qué quieres.

-          A ver - dijo con voz de juez alzado sobre un estrado, que las formas las tenía; sería cosa del abuelo - Si lo he entendido bien, los mayores se enamoran y se desenamoran, ¿no?

-          Si…

-          Vale, entonces papá se ha desenamorado y mamá… se ha enamorado. ¿Es eso?

Debí contar con la edad de este futuro letrado; tan simple en su planteamiento inicial del caso, que nos ocuparía quién sabe cuánto tiempo. Pero si con diez años no tienes el objetivo bien planteado, no podrás esquematizar lo más importante. Le miré, bajando el edredón.

-          Pues estamos en un buen lío, ¿verdad? Pues papá se ha ido con otra y mamá quiere ir a conocer a ése… cómo es… Guerrero48…  Pero bueno, ¿ésas cosas no las regula nadie?

 

Me miró con desconcierto rebosando sus ojos. Sonreí por inercia, por no saber que sería lo adecuado para decirle. Ya me ganaba por goleada. Era un sabio, seguro que sí. Todos sobresalientes en el último curso y prometía más; mi envidia era rabia porque yo arrastraba suficientes junto con algún otro cate, demostrándome que era injusto que le deseara que suspendiese alguna vez. Mis dieciséis años tampoco dan para más, intuyendo pero sin tener la seguridad de lo intuído. Continuaba sonriendo pero se me pasaran las ganas.

 

_ Parece que no, Juan. Y si mamá quiere ir a conocer al Guerrero ése, pues no quedará más remedio que ir con ella.

Ante su resoplido y su gesto de inconformidad, proseguí:

 

_ No tenemos más opción.

 

_ ¡Pues vaya rollo! ¿Dónde está ése lugar? ¿Lejos? ¿Tiene mar? ¿Colegios? ¿Cines? ¿Bolera?

 

Reluce Adrián y sus diez años. El mundo es una caja de galletas. Todas sabrosas, pero algunas aparecen misteriosamente rotas, por mal almacenaje.

 

Aquello era ir a la aventura. Empezaba a pensar que los mayores no tenían ni idea de por qué hacían las cosas, aunque eso no resguardara  las quejas por lo provocado. Si se enamorasen por orden, igual que hacemos los equipos de fútbol en el colegio, pues estaría todo resuelto. Debe ser lo natural, supongo. A mí me gustan las filas para entrar en la clase,  el alfabeto que comienza por la a y termina por la z, la hora de arroparse para dormir, tener mi propio cepillo de dientes. Saber que al día siguiente estará todo de nuevo para disfrutarlo. Ellos deberían querer mullida la cocina por si se caen accidentalmente, por levantarse de nuevo de un brinco con la vanidad intacta. Sin dramas. Sin descalabros. Aunque recuerdo las telenovelas que todos los días, a la misma hora, se cuelan por la rendija de la puerta de la vecina Pepa y que la hacen llorar, de amores y desamores que hasta entonces, no me llamaran la atención. Por mí, podía estar moqueando su delantal de flores todo el resto de la tarde, mientras me dejara la merienda en un lugar visible. Formaba parte del juego, aparecer ante los amigos con una gran tostada de pan en la mano, rebosante de Nocilla. Resistía que me revolviera el pelo con torpezas casi caricias. Una extraña mujer que luego supe tenía a su hijo viviendo bajo la tierra del cementerio. Sin merienda. Sin montañas de nocilla. Así parece que son las cosas para los mayores. Telenovelas. Tristes.

Me estaba haciendo adulto, llegué a pensar, ¡pues vaya rollo! Estaba ya en la misma línea de salida que mi hermano, lo que indicaba que, dado que no había retrocedido en mi edad cronológica, él sí alcanzara mi edad mental. Es el mejor, tuve que reconocerlo y mirarlo con otros ojos para vislumbrar el poderoso hombre que se escondía dentro del infantil pijama de los superhéroes: Iron man, El Capitán América, Superman y demás pegotes de cómic.

Bajó de un salto desde la litera y ocupó la alfombra en un tercio de media pausa, indicando que me sentara junto a él. Lo sospechaba desde el primer momento; quería una conversación seria.

 

_ Dime de “ésas cosas”_ me apremió.

_ No sé qué decirte, Adrián. Que nos vamos mañana y ya está. Mamá lo dijo. Llegaremos en dos horas o tres a casa de la tía Chuca, que vive por allí cerca.

_ Pero ¡yo no quiero ir! ¿Acaso quieres ir tú? Podemos quedarnos con los abuelos.

 

Los abuelos. Los padres de mamá. Aquellos seres inquietantes que desconocían el euro y cualquier precio lo veían caro, llenos de olor a berzas cocidas y abrigados los pies con cuadros deshilachados. Continuaban tirándome de los mofletes para comprobar el grado de obesidad infantil próxima a extinguirse. Sus bocatas eran de un raro color marrón, con mil semillas como de alpiste de canario. Tal vez era para que cantáramos, pues la abuela nos llamaba “mis queridos querubines”. Cuando volvíamos a casa, Adrián lucía fiebre y yo… preocupación por el futuro de mi madre, a la que veía claramente abocada al desastre si lograba envejecer como la abuela.

 

_ No me quiero quedar con los abuelos.

 

_ Pues entonces, no hay solución posible… _ Me recosté cuan largo soy, digo, cuan largo era…

 

La vida me pareció a lo ancho, largo y profundidad, una gran papilla de avena caliente,  ésas que toman los belgas para desayunar. Café sin aroma con leche fría y avena a hervir. Es la vida, una forma inconexa, difícil de comprender si se viste un pijama de superhéroes o, igual al mío, con estampado nulo, todo verde. Odio el color verde.

Una nueva ciudad, un nuevo país. Un nuevo cuerpo para mi madre, que se fuera a un local de belleza, traspasando el umbral de su profesión maternal, hacia otra mutación horrorosa al mejor tipo alien, con pelo más rubio, más largo, junto con uñas de colores verdaderamente de féminas que antes criticaba en voz alta. Mira a “ésa”, menuda pinta de busca algo. Quién sería y que habría pasado con la progenitora que al sentarse estiraba con decoro la falda sobre sus rodillas.

Mi padre exiliado lejos, fantasma rebasado y ausente. Era un viento incierto el horizonte que se dibujaba intentando seguir las huellas de aquella mujer, que dándonos la espalda, no dejaba de apremiarnos para no perder a ninguno, sin sujetar nuestra mano. Mi consuelo consistía en apoyarme sobre el hombro de mi hermano, fingiendo que algo del camino me llamaba la atención. Así quedó establecida la relación para los siguientes años.

Adrián delante, aventurero, indecoroso, grandilocuente, enorme. Yo, Juan, detrás, reduciendo pasos para no rebasarlo, tímido, empequeñecido.

La ventura y el desventurado.

 

En algún momento nos dormimos. Con inquietud.

  

La mañana siguiente amaneció porque no le quedó más remedio. Desperté porque no tenía alternativa. Esconderme bajo la cama no era fácil, no cogía. Además, me daba miedo. Era el reloj el que hacía oposición manifiesta hacia las agujas que pugnaban por hacer su footing diario. El tiempo, cuyo objetivo era dar vueltas hasta que la luna le relevase por la inconsciencia humana, venía cargado con mochila de piedras. En nada se parecía aquel amanecer a los que viviera antes. Una pesadez ocre vistió las pupilas haciendo que la ventana se desdibujara al pensar en las despedidas.

 Como la televisión; cuando la apagas en medio de un programa que deseabas mucho ver. O no sabías lo que te gustaba hasta que se apagó. ..Y pararse en medio de la cocina para preguntarme: ¿qué pasará ahora? ¿Qué desayunan los superhéroes? ¿Cereales azucarados como siempre o leche helada con una asquerosa capa de nata? Los mayores ni se lo imaginan.

 
Maletas entre Adrián y yo. Zumos en la guantera, caramelos blandos para chupar y alejar los mareos, pero aun así; dos bolsas anti-vómitos. Dormid, ordenara la conductora, que era anteriormente mi madre. Nos miramos con seriedad, con telepatía manifiesta al mejor estilo de Superman. ¡Venga, a fingir que dormimos!

 
Fue un larguísimo viaje.
 

Ahí nos alcanzó la edad de la razón plena, consciente y dolorosa, mientras el fingimiento nos retaba a no parpadear en demasía. Una angustia en el estómago, que se pronunciaba bajo la entrada de los túneles, tras el stop, entre los ceda el paso, que forzaba a tratar de pensar en otra cosa. Por suerte, mi madre era buena conductora, sin tirones ni brusquedades. Fluidez en las curvas, liquidez en las rectas. Adelantaba tan segura como pensaba que manejaba su vida. Conservadora y leal en la carretera y en todo lo demás…

Deseé regalarle de mayor un descapotable rojo brillante, que convirtiera a sus estrafalarias uñas en accesorio imprescindible. Adrián dejó de fingir, rindiéndose a la verdad, su respiración me sumió también en un dulce sopor.

 

También la solución que la capa voladora diera la noche anterior, abrigándome el alma con su calidez.

 

_ ¡Pues algo hay que hacer! Soy un superhéroe, lleno de ideas e.co.plás.ti.cas y fan.ta.bu.lo.sas!

 

Se puso de pie y comenzó a dar patadas al aire, con puñetazos más o menos ridículos, pero seguro que efectivos contra su rival.

 

_ ¿Me sigues, eh, me sigues? ¡Tienes la misma sangre llena de constelaciones líquidas que nos dan... ¡El Poder Supremo! Venga, ¡¡di que sí!!

 

-          ¡Claro que sí, Adrián, déjalo ya! - Qué niño más niño…

 

-          ¡Noooo! ¡Así no vale! ¡Junta conmigo las fuerzas y venceremos a ése Guerrero cómosellame! ¡Mamá no querrá quedarse con un tonto que se llama…!¡cómo se llame! ¡Haremos que todo vuelva a su lugar de nuevo! ¡Resistiremos en la sombra, igual que los espías! Y cuándo menos se lo esperen… ¡¡Zass!!

 

Me eché a reir y comencé a patear al aire, con todo el poder de la infancia, una piel que sabía perdida al día siguiente. Pero ya no me daba miedo.

 
Teníamos un plan…

¡Y era muuuuyyyy bueno!

 

5 comentarios:

Susi DelaTorre dijo...

Espero que la foto no horrorice demasiado y haga desistir de la lectura. Me pareció original y surrealista...

Un saludo!

Rapanuy dijo...

Tengo dos críos a los que les encantan esos guantes heroicos. A mi desde luego me gusta también la historia que los acompaña.

;)

Esilleviana dijo...

Tus creaciones no son de andar por casa porque no resulta ni cotidianos, ni mucho menos coloquiales y corrientes, pero aún menos son ideas y palabras comunes y acostumbradas en un relato, nunca :))
Hacía tiempo que no te leía, lo siento.

un abrazo escritora

Susi DelaTorre dijo...

Muchas gracias por tu visita, Rapanuy!

Otra sonrisa y un gran abrazo!

Susi DelaTorre dijo...

Esilleviana,


Me ha encantado tu doble sonrisa y tus palabras!

Otro abrazo para ti!