sábado, 25 de febrero de 2012

Asqueando...




Qué asco de vida. Rutina, rutina, y más rutina. Reojo lo justo y necesario a la mujer que lloriquea, tras la mesa de esta oficina. Compartida en cubículo ridículo, menguamos musculatura otro policía y yo. Luis es otro iluso en el castigo. Estamos encadenados al teclado. La mejor elección. El resto de las alternativas ni siquiera fueron barajadas. Dos policías degradados que perdemos lo añadido en gimnasio de cristalera y calle. Aprisionados entre papeles. La señora ésta se desarrolla con lágrimas. No cuenta con mi empatía, es parte de mi condena y el hecho de que venga a la sección de Denuncias, no la ayuda a mi buena valoración. Se ha sentado frente a mí con demasiados aires de víctima desconsolada. Con un grueso chal bordado de los tiempos antropológicos de la ósea Lucy, por lo menos. Está fea cuando moquea, aunque debe de estarlo siempre. Su marido, supongo, el señor que la acompaña, muestra una ingente cantidad de pulgas de las pendencieras. Yo diría que es de los que le pones una multa y te insulta violento, repitiendo que se queda con tu cara y exigiendo tu identificación para amargarte el resto de la existencia. No soporto a ésa clase de tíos.

Qué asco de mañana. A la primera hortera llorona del día le han robado el móvil. Lo raro es que no lo hubieran hecho. Es provocar mostrar el dinero en público, aunque sea transformado en aparato chillón y/o vibratorio. Represento a la ley pero hay ostentaciones que no son de recibo. Exhibir cualquier clase de golosa mercancía nunca ha sido buena idea: por aquí zozobran sustracciones, abusos de toda índole y mucha violada en las noches veraniegas. ¡Hombre ¿acaso piensan que no las vemos?, no señor, se desvisten por eso precisamente! Luego, sucede lo que sucede.

A ella jamás le he permitido desnudarse antes de salir mi casa. Pensando en su tranquilidad, porque no le hagan mal al confundirla. Incluso, tras conocer el dato de que las prostitutas romanas teñían el cabello de color rubio, la he vuelto pelirroja. No le gusta, pero se acostumbrará.  

Lo que ofreces al mirar ajeno, pertenece al deseo del que contempla.

Expresa, mujer feliz con exhibir su desgracia, ante mis preguntas cerradas a la expresiva verborrea inútil, que estaba en una terraza, con su periódico, sus gafas de sol, y su móvil; obviamente se ha olvidado de mencionar al acompañante mal pulgoso. Tras explicarme el valor en el mercado de su teléfono, junto con datos tontísimos, se licúa de nuevo. Para desbordar un río de lágrimas. Sus conductos lagrimales están en plena forma. Sus hipidos casi me dan ganas de poner baldosas en medio, inventándome excusas que me permitan salir con dignidad cabreada. Tal vez oculte algo más que la sustracción de un aparato tecnológico de última generación. Las señoras medianeras suelen ser las peores en fidelidades. El hosco marido suspira con impaciencia mientras ella revuelve su bolso en busca de un clínex. La doy equivocadamente por desaparecida; tras la nube poliéster en cantoso amarillo, surge como una Venus inversa en belleza y serenidad. Su nariz está roja e hinchada, todo un tesoro para la cámara de vídeo que la graba. Lo que se van a reír los colegas. A veces hacen diversión de ésas cosas, recopilan, cortan y pegan, creando montajes de lloros, risas nerviosas, seducciones patéticas o descarríos en el hablar, de borracho tropezón. Sus preferidas son las imágenes de las histéricas. Mejor despeinadas, mal abotonadas o con acompañantes caricaturescos, que suelen apuntar detalles que son rebatidos por quién denuncia, a base de grititos agudos, con malos modos, impaciencias y cargas con emociones letales.  Suerte que no encuentran un arma cercana, que empuñar o blandir. La superficie de la mesa es lisa, desnuda sin fisuras; ausencia de un cubilete para apuñalamientos con bolígrafos, folios susceptibles de ser tapones bucales o un buen abrecartas con que rebanar el gaznate al entrometido. La culpa sobrecarga la atmósfera, bidireccional e inmisericorde.

 Golpeo el teclado con ganas, estoy deseando terminar mi turno de trabajo. Al contrario que esta señora deslucida, lacrimosa, con bolso omnívoro y gran anillo ostentado en su mano derecha, fue la mala suerte, mía propia, me emparejó junto el pusilánime quién se deshace en halagos fuera de lugar ante explicaciones que le causan pena o estupor. La blandura es lo suyo. Escribo la incidencia con todos los dedos, ocupados en acertar con la tecla adecuada.

Y dice usted que había cámara de vigilancia. La mujer agita su pelo vertical, dándole un aspecto de tentetieso con mechas profusamente teñidas. Y dice usted que no observó nada especial en la pareja que se sentó a su lado, ¿entonces? La señora generosa en movimiento articular negativo. Como me gusta que no hable. La voz de las personas alteradas me produce dentera. Vaya, ahora no quiero pensar en Sara, es el momento menos propicio para recordar su voz, esa que me ha negado. El silencio contesta a mis llamadas, desde aquel incidente famoso en mi vida, el antes y el después de mi profesional oficio. No me ha apoyado lo suficiente, un suspenso para ella en el compartir. Cabrona. Sara se creía dueña de la verdad, juzgándome ante la noticia en el periódico. ¿ Qué culpa tengo yo, si aquél tipo se puso “bravú” y cabezota? Vale que estuviera, como otros padres, madres, abuelos, o quién fuese, aparcado en doble fila esperando a que sus alborotadores críos salieran del colegio. Vale que comenzara a colocar multas como un poseso sin medicar, porque me faltaba un montón para cumplir con lo ordenado en el cuartel. Vale que sea la autoridad y que a mí nadie se suba terco a mi chepa. Que solo quiso recoger a su hijo, gemía después. Pues sí, lo mandé salir del coche y lo esposé… que cara de sorpresa se llevó, él y toda la concurrencia, ¡un instante para recordar eternamente!

Luego que no me vengan diciendo que hice mal. Menudo ejemplo para un padre que quiere educar bien a su hijo. Si represento a la autoridad, los demás tendrán que respetarme. Así después la sociedad se queja de que no existe ya el miedo ni la sumisión en las calles. Al contrario, el desorden y la locura acampan por doquier. ¡Hombre! La impresora escupe dos copias del acta. A veces no quiere, aferrándose a su opción de máquina tecnológica en obsolescente rebeldía. Las sitúo bajo la nariz dilatada, firme en las siguientes copias, si le parece bien. Pues no deja letra por leer, señora mía. Me mira un instante y mi recuerdo vuela hacia uno de mis mayores pecados: antes de abandonarme, Sara me miró igualitaria en intensidad. Ésa fue la primera y la última vez. Tampoco la zarandeé tan fuerte, exagerada la chica. Ya entiendo el nexo de unión, el reactivo hilar del pensamiento evocado; son azules, sus ojos, digo. Pupilas abisales. Azules hablan, cuando el arrepentimiento quiere decirme algo y no lo amordazo, esposándolo y golpeando con la porra su desfachatez.

Qué asco de vida. Otros que se van, dejando la puerta abierta a los siguientes. Necesitaría fumar, aunque hace años que lo dejé. Tampoco tengo tabaco. Así me sobreviven las neuronas, que se untarán en una caja de Petri cualquiera. Faltan todavía tres horas para el final del horario de oficina. Me tomaré, ya sin uniforme un whisky que recuerde lo que es no estar de servicio. Será en el Greco, dónde la música es certera y apropiada para olvidar los errores propios ante las virtudes ajenas. No, no tengo hijos. No lo consideré necesario, aunque en honor a la verdad tampoco los querría, sinceramente. Adela, mi ex, ya tiene dos ajenos a mí. Cabrona también. Tras separarnos, no dudó en hacerse toda clase de pruebas y métodos para concebir almas pequeñas, primero con ayuda de émbolos plastificados y después reflejándose en probetas de cuello uterino largo. Sara no quiso hablar de descendencia conmigo, no me veía apto para otorgar una permanencia. ¡Qué sabrá ella! Yo tampoco la veía como madre. Sin embargo, mírala, empujando un lazo rosa con patas de gallinita calle abajo para llegar con la mochila y el bolso, a tiempo para comer. No es suya, a tenor del rasgado de la sien, pero muestra esa necesidad de desparramar maternidades a lo largo y ancho del vecindario. Otra que ha seguido sin mí, sin mayores dificultades. Me pone del hígado verla hablar con unos y otros en el barrio. Tan ajena a mí.

Tal vez debería llamarla. O no. El silencio me exaspera, la última vez que resonó en mi cabeza deshice en menudeos la única foto que olvidó llevarse.

Veo que se acercan a mi desnuda mesa los próximos pesados. Esta vez diría que es un hombre que ata con correa invisible a la mujer que camina dos pasos más allá. Casi pisa sus propias ojeras. Le mira pidiendo permiso para sentarse. Él ya se ha desparramado en la silla más próxima a mí. Pregunto. Vengo a denunciar que mi mujer, ésta que ve usted aquí…

¡Qué asco de vida!





13 comentarios:

Nieves Teresita Maldonado dijo...

Gracias Susi por compartir tus relatos.Me gustó mucho,te felicito

Sir Bran dijo...

Sí Susi...
la vida puede ser repugnantemente asquerosa, y más cuando nos aplican la justicia más injusta.
La sociedad no para de cruzarse denuncias... por maltrato.
Hay mucho que leer en este relato.
Lo tocas con inusitada delicadeza, evitando la crueldad.
Pero la tiene.
Un placer tener un relato tuyo que leer... en esta tarde lenta.
Besos.

Rapanuy dijo...

Relato negro para tiempos oscuros.
A dia de hoy la vida es una sombra de lo que debería ser, y las personas son cuerpos vacíos de esperanza y dignidad.

Por suerte, de los millones de personas que pueblan este páramo desierto que es la existencia, aún quedan algunas que reflejan la verdadera realidad que nos rodea.

Abrazos.

Las cosas de Albino dijo...

Susi: Si yo supiera escribir tan bien como tu, no me dedicaría a otra cosa.
¡Como describes las situaciones que parecen a veces imaginativas, pero que siempre son reales!
Sigue por ese camino y tendrás un puesto en el mundo de la expresión literaria

Mario dijo...

La vida, sí, es asquerosa en muchos aspectos. Hay días buenos, días malos, más o menos asquerosos, pero la vida no se salva, ni nos salva. En fin...

Pero no sé qué comentar. ¿Qué me gusta como lo que escribes? ¿Qué destilas un buen estilo descriptivo? ¿Qué son tus sombras nuestra luz y tus silencios entre frase y frase, nuestros latidos?
Porque tengo la sensación de que siempre acabo diciéndote lo mismo. Escribiendo las mismas cosas. Es como tener esa sensación de lo que escribo ya lo he escrito cuando, sin embargo, lo que leo no me parece haberlo leído nunca. Vamos, un lío, pero yo me entiendo y como me entiendo no quiero repetirme en mis comentarios. Porque al final me vas a censurar por creer que hago y copia pega de lo que otras veces te he escrito…

Porque, a veces pienso que me extralimito en mis comentarios. Quizá sea así, pero si lo es, créeme, lo es como respuesta una provocación. Una de esas provocaciones literarias. Uno de esos textos que invitan al disfrute, primero, a la reflexión, después, y al duelo, por último. Claro, lo de duelo, me refiero, a batirme con tus letras, con tu cabeza, con tus maneras, para ver si soy capaz de arrojar un puñado de letras que conformen un tapiz literario. Mientras obra el milagro, vendré a contemplar tu escaparate cargado de letras intencionadas.

Susi, no dejes de escribir, no dejes de crear esa atmósfera que confiere a tus relatos un aspecto único, un universo sin igual… Leerte es transitar la misma calle y no tropezarte nunca con las mismas personas. Leerte es subir a un autobús de línea urbana que siempre conduce un chófer diferente. Leerte es encontrarle un sabor diferente a café cada día, aunque lo tome en el mismo bar. Leerte es ordeñar las nubes para que las gotas de agua fertilicen tus siembras de verbos… Leerte es adivinarte domando palabras para alimentar conciencias...

Muchas gracias, y mi admiración.

Mario

Domingo dijo...

Susi, al fin vengo a devolverte tu visita. Perdona la demora. ;)
Desde que no entraba aquí veo que no has perdido un ápice de calidad. Conservas todos tus recursos en plena forma, perfectamente engrasados, para deleite de tus lectores. La vida, si sigues escribiendo, será un poco menos asquerosa, así que no se te ocurra abdicar de la escritura, que haces falta. :)

Tati Galiano dijo...

Mi querida Susi, que mas puedo decir sino suscribir todo lo que Mario te dice, con las palabras bien puestas!.
Que es una maravilla leerte siempre. Que admiro tu capacidad de meterte en la piel de los personajes y regalárnoslos para vivirlos, y que la ambientación que haces del relato me envuelve y puedo respirarla.

Gracias por compartirlo!.
Un abrazo muy fuerte

Juan Escribano Valero dijo...

Amiga Susi: He tenido una pequeña recaída que estoy curando en casa bajo bajo los cuidados de mi enfermera jefe a la que obedezco fielmente. ¡Cualquiera no obedece, sino la obedezco me tiene a lentejas todos los días! Y la verdad es que aun cuando están muy buenas porque es una gran cocinera, todos los días no me apetece comer lentejas. Bueno y ahora en serio ya voy estando mejor aun cuando todavía estoy muy limitado.
Susi Dios te ha dado un gran talento y tu tienes la generosidad de compartir con nosotros, es cierto que la vida tiene zonas oscuras pero tiene muchas mas zonas iluminadas por la generosidad y el amor.
Un fuerte abrazo

La sonrisa de Hiperión dijo...

Estupendas las cosas que nos dejas. Como siempre un placer volver por tu casa.

Saludos y un abrazo.

el viajero impresionista dijo...

¿Asqueado de la vida? Si no vives en un país en guerra (las hay de muchas clases)...

Marisa dijo...

Menos mal,creo yo,que habrá personas
en comisarías y en otras oficinas
a donde se acude cuando se nos ha
hecho cualquier fechoría, que no estén cortadadas por este patrón,
porque entonces ya no quedan muchas cosas en que creer.
Has hecho una interpretación de la historia tan real que pareciera
estar sucediendo.
Eres una gran escritora.

Biquiños Susi.

MA dijo...

Buen relato amiga mía el que nos regalas en este post... un placer leer tu historia ...la vida es así una veces llena de asco de vida y otras un paraíso de vida, solo para unos pocos para el resto del mundo un asco de vida, la vida vivida tal y como esta el mundo.


Besos de MA.

Juan Escribano Valero dijo...

Amiga Susi: Como siempre estupendo relato, pero yo pienso que con tu talento podias ser más positiva, la rutina no existe si a las cosas ordinarias y pequeñas les ponemos ilusión y amor.
Un fuerte abrazo