viernes, 29 de abril de 2016

CONSEGUIDOR DEL DIABLO



Conseguidor del diablo

¡Buenas noches, ustedes tengan…!

Ruego silencien sus voces para escuchar la mía, pues existen alegatos que precisan fórceps metálicos que abran las carnes hasta el tuétano de los huesos. 

¡Ahora mismo no dispongo de tenazas!

Es increíble que, a éstas alturas y bajuras de mi vida ganas me queden de ser sincero. No hay necesidad, porque admitirlo es delatar mi mentira. Otros lo hacen ante la muerte, en la línea abisal que desploma lo orgánico movible hasta un fosilizante inútil, pero ésos tipos no cuentan; solamente desean verterse en un montón de vírgenes prometidas, aunque los velos les cieguen la visión de lo que poseen.

Así que yo, el que observan, orgulloso de mi existencia, prometo ser lo menos sincero y a la vez, lo más objetivo que pueda con mi persona, a sabiendas de que, como toda vida, debe considerarse aburrida y fascinante en pendular tanto por ciento.
Aunque por sabio en naturaleza humana, afirmo que las mentiras son rabiosas tachaduras en el consciente. No escucharéis más… de lo que se desea ser escuchado.

La gente que me cree conocer, y afirmo con regocijo que no lo consiguen, me tacha de aburrido sibarita, lo que no puedo en modo alguno rebatir, pues lo soy, un caballero que ingiere espumas oscuras bajo una bruñida luz que jamás necesita expiación. Reflejo intachable en mis apetencias, siendo espartano desde mis lustrosas suelas hasta mi atildado pañuelo. Al igual que el perfil que muestra mi faz, soy un oculto vestigio, mutando hacia supurante estigma.

El adjetivo de aburrido difiere un poco más de la definición de quién ante ustedes se presenta.

Mi oficio es adueñarme del pecado y mostrarlo realizado, al fin, a quién todavía no lo ha cometido. Es una labor limpia en restos. No denigro jamás en sangre mis manos.
Nadie se resiste, pues caer en la arena de lo incierto, es un irresistible goce. Contiene eso, el pecar digo, un enganche masoquista que arrastra hacia un asfixiado morir en su bozal. Yo mismo soy un exquisito gozador, pues me recreo en cada leve toque de mi mano, para verlos caer en la trampa, que para sí, han urdido. A veces me resulta tedioso, nutrirme de viles sueños o alucinaciones mezquinas. Son demasiado evidentes. Las mal denominadas pesadillas, son ligeras; la máxima expresión levitada de la apetencia de lo humano. También entran en mi quehacer los laberintos que guardan los altillos de la conciencia, los olvidos polvorientos. 

Son divertidos aunque previsibles en simpleza.
¡Si! Yo hago que caigan los mortales en el pecado reprimido.
Soy el conseguidor del diablo
Quién remueve su ocio.
Él, sabe que yo disfruto con cada hembra o macho que acaba hundido en la mortaldad del pecado; ése muestrario admirable de profanadas tumbas sin cruces. No es evidente su óxido, simplemente corroe el alma, tal vez el cuerpo, pero qué importa la cáscara tras las dolorosas cópulas del sufrir la vida.
Seamos ecuánimes ante la reflexión: coincidencia es que la venta de ultrajes, sea ofertada y demandada por un igual dios. No lo olvidemos: todo está cosido con aguja de la hipocresía. Afirmo que vuestro dios es el que ha inventado su desobediencia, para asegurarse el regodeo.

 ¡El diablo es uno más, ignorante de su poca importancia!

Son ejemplo claro; las normas bíblicas sin realidad, las bienaventuranzas sin fe, los mandamientos plegados en cien ramificaciones fluctuantes, las mansedumbres ovejeras, acaso no son inventos infantiles para que los niños teman al monstruo que acecha, creando la obligación de que la obediencia, y a la vez, sacarle jugo a su indisciplina. Repito, el que crea algo de la nada, busca siempre darle la máxima vida e utilidad posible. No vayamos a obviar lo obvio, que es suponerle inteligente y sagaz. Siglos  completos levantan pronto el trasero y brazo ante él.

Bien, digamos que cada pecado llama a otro, igual que las miradas llaman a los cuerpos. Es el iniciador destello para que salgan las impurezas que lleváis dentro y que pisáis ante la compañía dependiente de vuestros afectos. Yo estoy en otro momento existencial. Por eso, un pecado que se manifiesta, yo lo atrapo y a raíz de haceros sucumbir, el resto del apilamiento, nada ni nadie os salva. Todos los recorren vuestros fondos, ante la mirada de quién me traspasa. El infierno apuesta por cada uno de vosotros, para que se promocione la desdicha maloliente y perversa. Incluso puedo indicar estadísticas, pero no deseo aburrir.

Someramente, daré tenues latigazos, digo pinceladas de mi gestión profesional. El blando lacre de una carta no ve su mejor relieve que sobre vuestra carne, mi fuerte sellado.

Sabed que, primero menciono la gula, oh, ése apetito voraz y carnívoro en vacío insaciable, sin remedio alguno, pues el estómago se ensancha, la pupila se dilata a cada mordisco y la apetencia hace desaparecer el resto de las muestras. Es el que menos me gusta promocionar. ¡Ahí debo hilar fino para enganchar otro pecado! Tal vez la pereza, sito al fondo del tobogán deslizante hasta unas cavidades con ambiciosos dientes, que convierte en orondos vuestros envoltorios corpóreos, en diminutos los apéndices, en inútiles los miembros, ensuciando una ya opaca comprensión.
La envidia, la perfección del esbozo, está rellena de peluda rabia, muy brillante, siendo una falta de lo más agradecida, pues incita al resto combatiente a salir a guerrear. Sirve de excusa para que los demás se vistan de inocente necesidad, aludiendo en su defensa, ser un eximente.

El sexo lujurioso es una gloriosa animalidad que, transversal, acude espoleada ante cualquier provocación, por mínima que sea. Es ridícula en su torpeza. Funciona y se acciona también por la envidia, ¡oh, mujeres, las veteranas!

Prosigo con la lujuria, que es gula envidiada aún reprimida. Siempre le dedico más tiempo. Defecto de mi nobleza.

Es la soberbia un ente que aporta tortura sobre lo ansiado, no lo tengo en gran estima, lo incluyo entre los recursos últimos de mi baraja de siete ases. Un comodín, porque conlleva riesgos y daños anexos que no deseo mencionar ahora mismo ante ustedes, quizás en otra ocasión. Prosigo, la avaricia es atesorar lo que se cree poseer, y aquí me permito sonreír ante la estupidez de ésta raza con dos piernas, invisibles cuernos y ningún rabo. 
La ira empieza cabalgando
remordimientos, desarrollándose hasta explotar desde una inmolación autodestructiva. El saberse tan mezquino no devuelve de ninguna forma el reconocimiento humano de uno mismo. Sentiría casi lástima, piedad incluso, si no fuese el promotor del desastre. Pero él me sustenta.

¡Confieso que me encanta ver arder el mundo!

Gracias por permitir que me rodee de vanidad, al demostrar lo que me ocupa. Necesidad lo llamo, pues entre la especie mortal también me hallo, y es buen sino, venerar a quién tiende la mano, sirviendo a su vez de gratuito espectáculo.

¡El diablo y dios, me lo permiten!
Tengan ustedes buena noche, pecadores.

Un placer acompañarles...