lunes, 8 de junio de 2015

ESCUCHA UN BESO...




Jhoseba busca a Gettel. 

Es dónde quiere estar, junto a ella, aunque se sienta torpe, sin saber qué decir. Aunque tema un mal pensamiento que le excite la imaginación. Permite que el silencio de ella acompañe al suyo, dilatando la goma del tiempo. Aturde lo sucedido, golpea ambos cuerpos a la vez. Se sienten cansados.

Jhoseba mirará a la chiquilla con sorpresa, cuando ella, tras despojarse de sus zapatillas de baile, permita la luz sobre los recortes de periódicos con las que refuerza su fondo, comenzando a hablar. Pensará en continuar mirándola, decidiendo que no. Apartar  la mirada, es más misericordioso.

El decir es lento, respirado, suspirado, murmurado para alcanzar los oídos que lo captan. Y sin cesar.

-Es horrible lo que sucede a los niños.

Respira fuerte. Jhoseba calla. Ella prosigue.

-Al principio son pequeños seres incapaces, bolitas infantiles que reclaman atención por todos los medios a su alcance. Todo para sobrevivir. Utilizan triquiñuelas y engaños. Sonríen sin hacerlo, lloran por incomodidad, sin emoción. Salen  adelante con sus trucos, sin ser conscientes de su poder, aceptando el cariño igual que el suceder gratuito del sol cada amanecer. Los mayores les regalan alimentos, calor, y amor incondicional, que es por ellos el fin buscado.

Cada hombre, cada mujer ha sido un niño.

Su sonrisa es lo que ilumina el mundo de quién los mira. Su llanto derrumba el universo de quien lo escucha.
Veo a la gente, recomponiendo existencias a toda prisa, para merecer una sonrisa de ésas.
Es horrible lo que sucede a los niños que no son capaces de lograr engañar a nadie. Tras unas intentonas vanas, dejan de sonreír. No llorarán, pues saben que la indiferencia vive en su llanto. 

Son incoloros. Invisibles.


Gettel le mira un instante. Se agacha, tomando una de sus viejas bailarinas en las manos. La estruja, matando la calma que veneraba su voz. Seguirá hablando.

Jhoseba, piensa en que le ha visto sonreír poco. 

Tal vez solo a él...


-         _ Mi cuarto era una caja de cartón. Allí dormía, cuidando de no desbaratar el  inestable armazón. Nunca era la misma caja, pues tan pronto llovía, bajo aquél cielo siempre lleno de flemas y mocos que era mi ciudad, humedecía su pared y se deshacía.

Me quedaba llena de frío y miedo, viendo el refugio se transformaba en una capa marrón de consistencia pastosa que se abalanzaba sobre la cara. No valían de nada los esfuerzos que hacía por no ser víctima de aquella asquerosidad.

Mi padre se reía al verme competir con el viento, en un intento vano de secar las esquinas de mi caja.  Deseaba unos minutos más, para que ocurriese algo que me salvara de quedarme sin aquel cartón, mi seguridad. Él miraba y desde una sonrisa cínica pasaba gradual hacia la carcajada, mientras el pelo se iba pegando a los huesos, forzándolo con la capa provisional del mejunje.

“Fíjate,- decía con la voz bien alta, tal vez para que mis hermanos menores y mi madre escucharan- eres una pequeña tonta. Te inventas que el aire común de tus pulmones bastará para emprender tan inmensa tarea. Debes prepararte siempre para que todo cuanto poseas, tu espacio, seguridad, hermosura, tus padres y tus futuros hijos, todo eso… quebrante y fracase. Te quedarás sola las primeras veces, después te sentirás más todavía, y por último, desearás morir solitaria pues no te quedarán fuerzas para continuar con vida. Igual que hacemos todos.

Te decía, Jhoseba, que es injusto lo que le sucede a los niños. Crecen. Se vuelven adultos incapaces de vivir sin sus niñeces pasadas. No se pueden perdonar no lograr ser mejores que aquellos que los enseñaron.

Y sucede… que echan de menos alguna caja de cartón que ocupar… mientras no se deshaga por la lluvia.
Es injusto que…



-         -Te quiero.


Gettel jamás escuchara un beso.

Silenciando sus labios. Rompió a llorar.

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