domingo, 5 de octubre de 2014

ODANEA



                                                  ODANEA

El hombre arqueó el cuello, tensando su espalda y fingió alcanzar el clímax rechinando con fuerza los dientes. Una serie de gruñidos amenizaron la bóveda zurcida, dando patética cobertura al final de la escena. La mujer sintió una oleada de vehemente furor naciendo del gurruño en que la prisa, convirtiera la ropa. Miró hacia el extremo de las remendadas cortinas, buscando ya el aire que precisaba, sin decir nada o diciéndolo todo. Su presencia le pareció superflua, consciente de que un hombre que finge un orgasmo, tomando ésa decisión tan drástica, sólo puede obedecer a profunda vergüenza en su género. Ni siquiera lo intentara el amante con ganas, negando la posibilidad de que ella recurriese a otras prácticas amatorias  si la sospecha aflorara. Indignada por el egoísmo masculino, airada, sin dejar de fruncir los labios todavía de estreno, desamparó el carromato deslizando con habilidad sus nalgas, apenas cubiertas por una arrugada falda resistente a lisuras gravitatorias, hasta tocar zona firme. 
 Desoyó el insulto que la persiguió, y otro insulto, y otro grito, hasta que por fin, cesaron en otro gruñido frustrado. Orientándose en la penumbra, inició el regreso pisando con determinación. 

El carro no perdiera las hendiduras originales sobre el terreno,  pues los embistes más las posturas, no se realizaran con canallesca intención ni con salvaje ímpetu. Mejor le hubiera ido si no la hubiera molestado; ella ¡con tanto que hacer, tanto que preparar! Era la encargada de dirigir las clases de malabares con el aprendiz, la valoración mañosa a la nueva chica del girahilos, incluso retorcer los pocos sueños que le desaparecieran, tareas, todas ellas, más dignas que soportar un cuerpo blando que, al fin, nada aportaba.

-¡Idiota!- pensaba mientras se bañaba en noche- ¡Idiota! No estoy  para perder tiempo en juegos individuales, que para eso no necesito que alguien me oferte un jergón descosido. ¡Ni para actor sirve, qué asco!

Recompuso su melena rizada con un suspiro sin espejo, logrando un recogido desprendido con mechones bailarines sobre su óvalo. Ya no era joven, aunque a ella no le importaba en absoluto envejecer, independizada de los cataclismos colaterales propios de la juventud. La libertad que le otorgaba sus aradas líneas faciales, estaba ampliamente compensada por el acometimiento agradable de una solidez plena.

Continuaba lamentando el encuentro desafortunado, diciéndose que no se pueden “abandonar las ovejas sin pacer”, expresión heredada de su bisabuela, quién supiera si llevada por igual motivo que su descendiente.

-       ¡Cuándo pienso en ése hombre insignificante, persiguiéndome durante semanas! Total, para qué… ¡debería haberme dejado pasar sin prometer lo que me prometían sus manos, su apostura, su roce!

El camino era desnivelado, hacia el racimo de casas menos temerosas, que lindaban con la llanura. Alcanzó el quinto tejado por la derecha y dobló huellas dirigiéndose hacia una pequeña casa, tímida, casi escondida carente de vallado protector. Destacaba el roble que distraía su entrada, pues el poderoso tronco hacía pensar en un custodio atento, un guerrero dispuesto a entrar en batalla si la persona que iniciara el paso bajo sus grandes ramas, contuviera alguna sombra diabólica presta a manifestarse. El ramaje formaba un respaldo que impedía distinguir con facilidad el resto de un sotechado de tapias blanqueadas, hasta la ofensa de las contraventanas, con matiz azul.

Sobre un alero de orden escrupuloso, una claraboya oteaba desde lo alto, signo del reto de una buhardilla chismosa. El tejado se deslizó en dos aguas antes de que los pies de la mujer alcanzaran la puerta de entrada.
Una piedra recibió un puntapié con más energía de la necesaria, para ser testigo de cómo la dueña se dejaba caer al final del sendero.

Se echó a llorar, junto con la piedra, la buhardilla, el camino, el árbol y el recién llegado amanecer.


 Odanea.

2 comentarios:

Susi DelaTorre dijo...

Susi DelaTorre
Y ¿si es una metáfora de quién crea en otra persona, expectativas que se frustran? ¿Y si han prometido en vano, conociendo con anterioridad su incapacidad? 😯

Domingo dijo...

A todos alguna vez nos han despertado algo que teníamos dormido y luego no lo han podido respaldar. Por eso es tan importante la congruencia y, en definitiva, levantar un relato íntegro (e integrador) sobre nosotros mismos que poder trasladar a los demás sin fallas en el argumento ni equívocos en la estructura.