viernes, 19 de septiembre de 2014

Hada del viento



Naim hace balancear los pies desnudos  mientras traquetea el camino, pues el frescor no le molesta. Juega a ser un hada que camina sobre el viento, mientras el sol seduce  la ventana de la noche para que la luna le permita el paso. El mismo sol que después hará brillar con fuerza sus cabellos rubios enmarañados alrededor de unas pálidas mejillas. Nadie la peina, pero a la niña no le importa, odiaría que le recogieran el pelo coartando su libertad. El encaje sucio de su enagua, antaño en forma de remate lujoso, hoy en tenues ondas, se empeña en subir más de lo necesario el listón no censurado de sus rodillas.  Busca a Joseba cuándo se ve apartada de su juego y ensoñación, pues la caravana aminora su marcha y se escuchan voces dirigiendo la marcha de los caballos. Sabe que han llegado al sitio designado. Le da pena dejar marchar la brisa, pero la distrae rápido la visión del círculo que se forma con rapidez.
Aparece el sol,
Naim se peina con la mano.



De repente, los carromatos se despreñan, reventando su interior al estancar sus ruedas en el suelo. Los artistas bajan anónimos, sin dejar de gesticular al hablar, igual que hormigas lenguaraces, demasiado atareadas en no escucharse. Todos saben su cometido y la recompensa será encontrarse de nuevo instalados en la pereza de un fuego, hacia la noche. Un día entero por delante para sacudir el viaje del cuerpo, la ropa y la mala intención que promiscua la proximidad de lo oscuro.
Naim esperó, sentada en el mismo tablón a que apareciera Jhoseba. Sin él no iría a ninguna parte ni pronunciaría palabra alguna. No cediera ante amenazas de los mayores, cansados ya de gritarle y perseguirla tratando de azotarla, tampoco frente al miedo de que un día, Jhoseba no viniese a rescatarla de las acciones ruidosas, aceleradas, aparentemente absurdas, que surgían inexplicables a su alrededor. Miró con tranquilidad ante sí, con reserva inmutable.
Ella almacenaba porqués, sin destruirlos jamás.
A la espera de alguna explicación.
Encontrara a Jhoseba una mañana, no sabría precisar dónde, sentado bajo un árbol con la cara entre las manos. Dudó si aquel chico estaría llorando, pero no sollozaba, entonces pensó que dormía, sin roncar, después, llevada por la curiosidad de su poca edad, se sentó junto a él, dispuesta a dejar pasar el tiempo hasta cumplir mil años o muchos más. No le preocupaban los desconocidos, a pesar de que su chillona madre le gritase que se alejara de los barbudos que la mirasen fijamente. Naim  conociera a algunos individuos de mala calaña, de quienes escapara, pero en este momento, su único impulso fue acompañar al inmóvil desconocido hasta que decidiera salir de dónde estuviera. Parecía que no ocupara junto a ella, aunque indudablemente, si estaba. Un ser que respira con la cadencia de un oleaje, no puede constituir un peligro, creía la pequeña. Algo la impulsó a encontrar calma, abriendo su ánimo hacia un infinito agradable, hasta entonces desconocido. La tibieza del cuerpo, la confianza o la pesada carga de la niñez, la hicieron quedarse adormilada al lado del extraño, aún sin llegar a verle el rostro. Fue más tarde que, tras sentir un ligero movimiento se encontró con unos ojos brillantes que le sonreían, ofreciendo una mano delgada y blanca para ayudarla a levantarse.
Aquél fue el origen del mundo de Naim. El chico se transformó en su hogar, desplazando a las personas que se denominaban su familia, de las cuales, su madre era regañona y brusca, pudiendo ser cualquiera de las demás mujeres, un padre que hacía lo mismo que los demás hombres, secuenciando trabajo, bebida y otras hembras, o por lo menos, el babeo constante por ellas. La ausencia de otros niños no la condicionaba. Su juego era vivir en el circo, oscilando entre ser una molestia entre los mayores, recordándoles con su presencia lo lejos que se hallaban ya de la inocencia y celebrando las bondades que de vez en cuando aparecían. Llevaba nota de éstos pequeños milagros en una cuadrada tablilla a la que Jhoseba le grabara su nombre, con letras estilizadas igual que las pestañas del chico. Le insistía al dibujarlo que provenía de un cuento  sobre una princesa árabe muy hermosa.
Ella quería creerlo, pese a no cuadrarle bien que sus padres conocieran ninguna historia de princesas. La pizarra iba atada con una cuerdecilla a la cinturilla de la falda, bien a mano por si era testigo  repentino de buenas rarezas, dignas de ser mencionadas. Al principio sus impresiones eran un garabato vertical, apretado con una piedra hasta forjar un surco. No quería más porque sabía que lo tendría.
Sabría después que Jhoseba, igual que el rocío se sabe imprescindible en la hierba fresca, la necesitaba a ella, a Naim, para agarrar su mano cuándo todo se volvía extraño, nublando su mente. Era el asidero perfecto, con tacto de nube; manteniendo constante su entereza, asegurándole que regresaría de nuevo. 

2 comentarios:

fonsilleda dijo...

Sumergida en un cuento que me trasladó a la infancia, a aquellas imágenes de hadas benefactoras de niñas con problemas. Tus palabras se hacen más dulces hoy.
Besos.

Antonio Llanos Alonso dijo...

Susi: la mejor musica para tu post es "Penelope" de J.M. Serrat.
Caligrafia preciosa. Más para admirar que para usar en lectura digital :-)
Foto-imagen digna de Leonor de Aquitania.