domingo, 10 de agosto de 2014

CHARLATÁN.



Hfae.


El jefe de pista poseía un diámetro circular, incontrolable a la altura de su abdomen. Igual que un cachivache meteorológico, sensible a la humedad, peso, o la envidia del ambiente, los centímetros recorrían el perímetro de grasa acumulada, veleidosa según la ingesta de su dueño. Decían los falsos aduladores de bisagra, que era signo de una prosperidad bien acuñada, aunque él estaba harto de no poder agacharse a por las monedas que a veces le tiraban desde la grada, el público agradecido. Todas para él, nunca para otro. 

Aprovechaba su bastón rojo de brillantes flecos, volteando malabares por reclamar la atención de la gradería, para golpear al único hombre bajito, caracterizado de enano, que le seguía a todas partes, a sus órdenes, incluida la tarea de recabar el tesoro monetario. 

No le importaba la circunstancia de ser invisible al deseo femenino, pues hacía tiempo que diera por muerta su virilidad; cualquiera que le ambicionara algo, debía mimar sus orificios naturales. en aras de unos copiosos embuches. 
Un sacrificio que no veía como tal, pues el sexo jamás le concediera tanta satisfacción como el penetrante olor y sabor de un consistente asado regado con catas excesivas de vino. 

Comenzó siendo joven, un atisbo prometedor, ligero, flexible, atractivo, con voz bien modulada. Hfae, que ése era su nombre, se situaba en el centro de la pista principal, decorada con grandes barriles pintados a brochazos, desmenuzando mieles que suavizaban el precio de la entrada, además del penetrante olor a animal en cautiverio que se promocionaba desde todos los ángulos.

Hfae sabía hablar, su cuidado discurso se inscribía a la perfección a través del cerumen, viajando hacia el ánimo de cada uno de los asistentes, modificando las disposiciones amargas que les poseyeran antes escucharlo. Un gurú, un charlatán, un hombre embaucador que daba a la gente lo que ésta demandaba, ingresando en una espiral imparable que colocaba palabras exactas en cabezas que no alquilaban ningún razonamiento lógico. 

El pueblo subía la cuesta medianera, cruzando el río por la zona más baja del caudal, una parte del bosque, tres lodazales hartos de barro porque les forjaran la necesidad de hacerlo de nuevo. Hfae les vendía una luminosidad capaz de viciarlos con la tramoya, objetivo al que no renunciaba, pues por algo era, a día de hoy, el propietario. 

Hfae se traslada sobre la pista con piernas bamboleantes de la adición de resacas anteriores y certezas posteriores añadidas. Una chistera embadurnada con aceite, para contribuir a su brillo, sostiene de puro milagro la ilusión de ser un sombrero, pese a las sacudidas de tos que culminan en grandes salivazos contra el suelo. Los pantalones tipo globo, atados con una cuerda guardan entre pliegues, residuos amargos de posibilidades perdidas.

Hfae muestra la solidez de un azucarillo mojado. 

Nacieron cuatro hijos engendrados por este hombre, tres mujeres contribuyeron a gestarlos y parirlos, entre viudeces y diversos amancebamientos. Los dos mayores, forman parte de la “Galería de los Monstruos” zona de recreo para homínidos raros y algún viejo gorila castrado, lindante de hombre adormilado. Sus hijos moran allí, pero flotan en una lacrimógena fábrica de atentados paternales. 

¡Quién no querría lo mejor para sus hijos! Hfae así lo entendió y decidió ser buen padre. Quizá no tenía un modelo propio que llevar a la reproducción, lo que no justificaría sus acciones posteriores, en ningún caso. Los pequeños no nacieron con taras, contaban con diez dedos en las manos, otros tantos en los pies, unas orejas no sobresalientes y una chata nariz. Con dos años de diferencia y otro vientre, Hfae decidió darles un oficio, y darse un negocio seguro, en la recién inaugurada Galería, dónde proyectaba reunir los seres más extraños.
Al primero, Reek, le tocó la parte experimental, la extirpación de las orejas. Con su hermano pequeño, su padre se sintió creativo, remodelándole el cráneo con tablillas apretadas y cortando los párpados. Eran sus piezas favoritas, aunque no las únicas. 

Un gran cajón maloliente muestra sus nalgas al comienzo de la galería, área de cobranza a mayores, al que siguen a cada lado cortinillas atadas con cordeles, aunque más valdría que fuera la chaqueta de Hfae la que colocaran en aquél mismo sitio, con las faltriqueras desbocadas para simplificarle el trajín del posterior trasvase.

La “Galería de los Monstruos” , tenía un constante éxito.
 — en Durmiendo en una papelera con Durmiendo en una papelera.

1 comentario:

Marisa dijo...

¡Fantástico y espeluznante !
Querida Susi admiro tu inmensa creatividad.

Te deseo todo lo mejor.

A falta de verte
un abrazo de los nuestros.

Biquiños