miércoles, 25 de septiembre de 2013

CUESTIONARIO

CUESTIONARIO.

Se acerca mi cumpleaños, se dijo Ricardo con un tono de voz incalificable, basculante entre la angustia y la opresión. Otra vez mi madre, al abrir la puerta, tras mirarme desde el pelo hasta la puntera de los zapatos, a modo extraño de saludo, establecerá el cuestionario tradicional, consistente en: Tienes novia? Trabajo? Has dejado de fumar? De trasnochar? para recitar el lagrimeo de rigor : un día no me acordaré de tu cara. No llamas nunca, ya no te acuerdas de tu pobre madre, que morirá sin nietos; y a saber dónde lavas la ropa, lo que comes a diario, qué flaco estás, que dirán las vecinas, sobre todo la del primero que tiene una lengua tan espesa como la bayeta de los cristales, que no utiliza, a la vista está.

Dirá todo eso sin respirar mientras le somete a un minucioso examen visual. No has tenido tiempo de planchar la camisa, que poco te importamos, ni tu padre ni yo. Tampoco le bastará con palpar su brazo, le dirá que está muy delgado, que no tiene edad para descuidarse, que ya peina canas y que no cuenta (¡todavía!) con un futuro.

Suspirará, autocompadeciéndose ante la pasividad del rostro que fue niño alguna vez y le preguntará de nuevo, a qué espera, a qué aspira, que mira a su vecino, aquél el del quinto, que con ocho años compartían merienda y travesuras mínimas, todo hay que decirlo, había conseguido trabajo en una Multinacional, aunque no sabía muy bien del puesto que ocupaba. Ah, y se casó con una chica majísima, en una gran ceremonia. Tienen una casa en la costa, esperan un hijo, tiene una vitalidad increíble... que será porque sale con frecuencia en su barco, qué cosa mejor, que la vida ordenada, saludable, de acuerdo con un alto nivel, que eso se respira, hijo, solo hay que ver su jardín. La envidia del barrio, reduciendo a Ricardo a la bajura de un bordillo desgastado de una acera gris.

Y llama siempre a su madre, apostilla Ricardo también suspirando. Existen aceras imposibles de subir. Se afloja el cuello de una camisa prestada de su compañero de piso, mejor dicho, sustraída del armario común, que ya se lo explicaré, se dice.

Entonces es cuando recuerda a Luisa. Le duele todavía recordarla, aquél pequeño cuerpo que le regalaba cada noche y retomaba cada mañana. Pero esa Luisa ya no estaba en su radio de acción. Esfumada, esnifada en su lóbulo frontal, recordatorio para siempre, sin extirpación posible.

Deja la chaqueta en la silla del comedor, saluda a su padre, que dice algo sin decir nada, pues está acostumbrado a dejar vía libre a la boca de su madre. No parece que sean humanos, piensa Ricardo. Semejan dos plantas con ropa, una hiedra y un cactus.
Vegetan, no cabe duda. Son tristes vegetales sin vida, sin color, sin sabor, ni siquiera servirán de comestibles. Mira a su padre, en quién no se ve, negando la carga genética, con la cabeza cada vez más gruesa, con su antiguo cabello que no existe, con el descuido de unos pelos largos en su rostro y orejas que le recuerdan a los gallos desplumados con desgana. Se oculta tras la mirada baja, con vergüenza de que su hijo le mire con desaprobación, aunque no dejará de atacarle mientras su mujer, que lo sabe todo, que todo lo controla y que dirige sus vidas por un camino jamás cuestionado, continúe lanzando dardos candentes con los entrantes. Tostadas con paté. Seguro que no desconocen el origen del alimento allí extendido. Patos enterrados hasta el cuello, por cebar y crear un megahígado. Ni lo probará, facilitando la excusa para que la animada conversación no decaiga. Ricardo tiene mil nudos en el estómago.

Se palpa el bolsillo del pantalón con la raya sin hacer; tiene un paquete de chicles, para mascar con furia su agobio.

Así sucedió con Elena, cuyo nombre real era Luisa, pero que la madre tomó por bueno y dio la razón a Ricardo cuándo propuso a su, por aquél entonces, amiga y algo más, que le mintiera.

_Así no te agobiará tanto al llamarte. Pensarás que no va contigo, hasta que decidas lo más apropiado para contestarle. Es un buen plan, todo lo más, parecerá que eres un poco despistada...

_ O sorda perdida, sonrió Luisa.


Ahora tiene un año más. Doce meses de nada que le hacen distinto del año anterior, por alguna misteriosa razón. Le ralea el pelo y cuenta con menos tiempo, menos ganas de asistir a un gimnasio. Sus músculos se han invertido sin remedio, sin grasa que aportarles a sus estructuras, se desmayan sobre los huesos. Y ellos, los viejos, también, piensa con alegría, sabedor que el tiempo a partir de cierta edad, incluso tempranamente, actúa como una estera que sacude una alfombra. También ellos tendrán ésas sacudidas que harán su espíritu menos capaz y su fuerza menguar, quién sabe hasta adónde.
Ricardo aguarda expectante ése momento. Mientras, la comida llega de manos de su madre. Un magnífico asado, por cantidad, destinado a la persona más vegetariana del salón comedor. Ricardo resopla.

De repente suena el timbre y su madre, que ya iniciaba el camino de los castigos ejemplares que necesitaron éste o aquél mengano conocido, a los que la vida había puesto en su lugar, como no podía haber sido de otra forma, ( vive Dios) se levanta dejando la impecable servilleta viajar desde sus rodillas, juntas y apretadas, hasta la zona emplatada.
No queda la tela convertida en un gurruño, sino doblada con discreción, aunque histriónica.

Un año más, se repite el hijo, mientras apoya las nalgas más abajo del ángulo del asiento. Está duro el tablón, a pesar de su tela tapizada, sus glúteos comienzan a pedir auxilio. En eso van parejos a su cerebro, que lleva lanzando alarmas desde el día anterior, cuándo decidió visitar la casa materna.

Porque aquello es un invernadero matriarcal, piensa con amargura. Su padre calla, su madre está ausente, abriendo fauces de la guarida a alguien que ojalá entrara, que fuera un payaso, un asesino, una bailarina, un espectro, un zombie, un alien; alguien que rompiera el ambiente rancio y nunca más loco ni surrealista de lo que pudiera aparecer.
Así reza Ricardo en sus adentros. Aún a sabiendas que no será escuchada su plegaria. No es creyente ni en las causalidades, menos en las necesidades imperiosas en cumpleaños de adultos sin cuarentena.

Elena, Luisa, Elena. Dos pechos, dos piernas, dos brazos, un cuerpo entero, un rostro entero, dos ojos simétricos. Una carne interior hirviente, construida como un don divino en el que perderse. Un cabello fácil y lacio. Una voz dulce y firme. Un despertar agarrado a sus curvas bien diseñadas, dignas de un buen recorrido de fórmula uno. El beso por la espalda, la caricia rodando por el pelo, el susurro indescifrable. El roce de los muslos bajo el nórdico, procurando tibieza hasta inflamarla en pasión. Su cabalgada tranquila, luego salvaje, llena de sudor y luego, su gemir de niña linda, de mujer abandonada al placer, de chiquilla enamorada del hombre que la hubiera transportado más allá de la almohada.
Y era él. Sabía que era él.
Ahora otro.

Luisa desapareció un día de la habitación compartida, su cepillo de dientes, su gel de baño, de la cocina, sus trozos de jengibre, su azúcar glass, del rincón de su vida, alacena de mimos sin enlatar y sensualidad revuelto con café, llevándose su mantel preferido y dos cámaras de fotos. Dejando todos sus papeles desperdigados por el comedor, incluidos el pasaporte y el carné de identidad. Quizás esto debería decirle algo a Ricardo, estupefacto al principio y dolido ya para los restos, aquellos amaneceres en los que estaría solo, aquellas puestas de sol que no vería, de puro coraje. No pensó en que algo impetuoso, lleno de peligro, podía haberla forzado a marchar. No lo pensó porque en el fondo, la genética manda, y más en un caso de choque emocional intenso; se conformó con vegetar, al más puro estilo familiar.

Curioso que su madre no le preguntara por "aquella perdida", como empezara a llamarla bajo la lámpara de cristales a la hora de la cena. Se había librado de la competencia, restableciéndole en el trono del reproche continuo.

Suspira Ricardo y piensa en aquél día, una tarta con velas parecería tan fuera de lugar como si un ejército de hormigas se pasearan por los blancos platos de la vajilla.

Vuelve la señora de manual, tan recta ella, tan rígida. Con fuerzas redobladas. Caballería con ametralladoras.

Ricardo deja de escuchar. Agarra el plato que le correspondía y lo tira al suelo con violencia. El contenido se desparrama.
Sale deprisa por la puerta...

No piensa cumplir años nunca más.

2 comentarios:

Susi DelaTorre dijo...

Un largo texto. También fue un denso silencio el necesario para escribirlo.

Gracias por pasar por aquí!

TORO SALVAJE dijo...

Que no vuelva jamás.
Que horror!!!