domingo, 9 de junio de 2013

Golosinarse, sin más.





  Golosinarse, sin más

 

 

Es fácil. La miro con escepticismo manifiesto, es pequeña, transparente y con su mitad color rosa; una cápsula. Solamente es una medicación suave, me diría el médico de cabecera, sólo es una ayuda para que puedas relajarte y dormir. Entonces comenzó con su cantinela de siempre: sabes que dormir ocho horas mínimo es importante, mucho. En tu caso, resopló por los agujeros de su perfil griego, necesario.

Me aburre mortalmente este hombre, mejor dicho, me hastía sobremanera escucharlo decirme las mismas cosas una vez y otra. Repite la segunda tantas y tantas veces que cifrarlo en finito, sería imposible.

Bien, tengo ya la cápsula entre la pinza de mis dedos. Desde luego que la necesito, me lo ha gritado el espejo hoy, lo chillan mis ventanales sucios, dos ojos que se nublan cada día con más frecuencia y lo susurran mis sesos cuando debo hacer memoria para alcanzar algo en el estante de arriba de la despensa. Como no puedo leer el contenido de las latas, tengo que tratar de adivinarlo, resultando que la mitad de las veces confundo champiñones, formato verde, letras amarillas, con guisantes, formato verde con letras rojas; puede que me haya quedado daltónico.

Semeja una golosina, de ésas que les gustan a los niños, así, alargada con color estimulante, que llama la atención sobre lo dulce y tierna que suele ser la vida cuando la niñez vive en nosotros y todavía no decidimos empujarla afuera para que se hiele y perezca en medio de atroces decepciones. Una golosina que haría girar la lengua a su alrededor, chupando mil jugos desprendidos, licuando tristezas a cambio de unas buenas caries en el esmaltado provisional de los dientes de leche. Y es que ya no puedo más. Así me veo, así me ve, así me ven.

Para dormir, para llegar al sueño en que soy infalible, un héroe. Por agarrarme a ésa posibilidad utópica que no existe en realidad, pues ella no me deja. Es su oposición la que corroe mi ánimo, la que desmonta mis puntales, la que socava mis defensas. Me exige demasiado para un hombre normal. No lo hace con maldad, eso dice, eso dicen, pero me siento tan desvalido, igual que si me sorprendiera con la cremallera abierta del pantalón ante un salón lleno de gente y todos se percataran de ello. Un descuido imperdonable, que diría mucho de mi personalidad, ya se sabe de los psiquiatras, te miran con una lupa en una mano y con las pinzas de disección en la otra. Lo que es peor, te arrancan con quitagrapas la cordura por experimentar, con gran algarabía y sintiendo, ya por fin, la diversión que les prometieron los manuales estudiados. No quisiera dormir demasiado, sé que hará todo lo posible por escaparse, olvidando mi respiración pausada junto con la imagen de la placentera casi muerte. Ella no se quedaría mirándome dejando que el ambiente bucólico nos invadiera a ambos, formando la atmósfera de los cuentos en los que los personajes son blanquísimos algodones o negruzcos tizones. Odia el romanticismo, creo yo que para deshacerse de mí; le funciona. Está siempre levitando dentro de mi pensamiento pero no cercana. Qué extraña mujer.

Sentiré alivio si ingiero esta píldora, aunque su sabor no sea dulce, sino amarga como el ácido de un fruto pasado, casi amargor. Bueno sería poder descansar sin pensar en continuar con mi papel de príncipe que llega para salvarla. Poder llorar cuando tenga ganas, derrotarme en medio del bosque que forman las farolas de su calle, chillar cuando un tráfico inmenso impida el paso de mi vehículo. Bajar las persianas y no temer a la oscuridad, a no ver, a no oír. Apagar el teléfono y dejarme no encontrar, ignorante de noticias, bullas y amores. De sus idas y venidas. Romper mi armadura en mil pedazos y con el escudo refugio de su cuerpecito, deshacerlo punto por punto, como si una labor femenina de sus manos se tratase. Quiero eso, no ser. Que se busque a otro que la defienda de sus miedos irracionales, de sus travesuras de mujer coqueta, de fragilidades mentirosas.

 Dormir, sí, con la inocencia de no cumplir, de no importar… dormir…

 

4 comentarios:

Sir Bran dijo...

La química en favor de un sueño,
algo siempre debatible.
Deben existir desordenes en nuestra paz y en nuestra costumbre de reflexionar... cuando dormir se vuelve na tarea.
Alguns veces lo más fácil es tomarse la pastilla.
Lo fácil es útil en estos tiempos.
Veremos si es siempre así...

Buen texto, estupenda reflexión.
Y habilidosa controversia.

Besiños.

Rapanuy dijo...

Alcanzar el sueño reparador y hacer que el cuerpo y la mente desconecten del mundo exterior, no deja de ser un estado al que llegamos gracias a la química que genera nuestro propio organismo. Poe eso no deberiamos menospreciae cualquier golosina química que nos adentre el el mundo onírico o que nos tumbe en la lona de Pikolin.

Saludos.

Anónimo dijo...

Thanks for finally writing about > "Golosinarse, sin m�s." < Loved it!

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Juan Ramón Ortiz Galeano dijo...

Susi, te debía la visita. Este relato está entre mis preferidos. Lo disfruté como a una oscura golosina.

Un abrazo
JROG