martes, 12 de marzo de 2013

FOCALIZACION BUITRE




  Meto la cabeza en el horno. Con previsión, he sacado la bandeja recubierta con el papel de silicona con el que acabé de hornear, hace parece mil horas, las últimas galletas.
La cocina huele bien, aunque algo recargada de sabor. El olor de asado, con el de guiso, se ha quedado impregnando mi pelo. Lo noto y vuelvo a sacar la cabeza. Me hago una coleta de cabello cano y lo recojo adecuadamente. Solo faltaría que cayese algún pelo distraído en alguno de mis platos. 
Hay que cuidar hasta el último detalle, desde emplatar con estilo y creatividad hasta fregar hornillos y mandos de esta cocina, que ha sido mi cómplice.

  Ahora sí, estoy a punto de entrar en mi horno. Es mi turno. Considero que ya he cocinado lo suficiente. La comida ya desborda toda superficie alta disponible, he tenido que comenzar a situarla en el suelo. Hasta he tapado la parte superior de la lavadora, allí he colocado un hermoso frutero con fruta escarchada. Tiene un aspecto estupendo y su importe roza lo que me costó de ocasión el féretro de mi difunta esposa. Ellos se merecen menos, pero el banquete que les aguarda a la fuerza, será histórico.  Tendrán bastante para engordar como pollos de corral. Cebados al estilo de los animales en cautividad, que no se mueven para no cesar de ganar peso. Igual les gusta. Todo el menú es dinero. Cada espárrago, cada tomate, cada pescado. El mercado es un lugar de derroche y de atraco. Ellos tienen el vicio de probarlo todo y de saborearlo entre grotescas ensalivaciones. Así les luce. Yo no quiero más este sinvivir. Quiero el control del caos. Si el objetivo es el dinero, quiero que todo el mundo me lo dé. Por las buenas, con solamente mi presencia. Doy pena, despierto el sentimiento de caridad; soy desgarbado, esquelético, vacío de músculo y con voz educada pero llena de victimismo.

   Si el resto del mundo no valora el dinero, mejor. Pensarán que hacen una buena acción dividiendo su billetera conmigo. Yo tengo ingresos de sobra, a decir de las ayudas que solicito y no me adjudican por exceso de números, pero quiero un extra. No puedo resistir placer de robar al mendigo de la esquina, el saquear el cepillo de la iglesia y sisar en los embutidos en la charcutería. El papel que colocan sobre la báscula, bajo el fiambre, pesa en el balance final. Es un robo.

  Mis hijos no son ricos. Es mi desgracia. Sí lo fueran, aún con pasividad privada de la necesaria ambición, ante el dinero por ganar, yo podría vivir a gastos pagos. Pero son unos inútiles. Invertí mi peculio en ellos para nada.  Ni sesera incrustada entre las orejas les otorgó el nacimiento, ni espabilación suficiente para obtenerlo; un asco de adultos: merecen lo que tienen que es: nada sumado al aire. La mesa del comedor ésta repleta de viandas. Se mezclan los pasteles con los guisados. Una montaña de bizcochos se desparrama sobre las patatas duquesa y las croquetas se mezclan con el caldo de tipo portugués. He perdido la noción del tiempo mientras preparaba una buena farsa para amoldar con las yemas de mis dedos, ya siliconados, la empanada gruesa de los restos del pescado dorado al limón. He usado la totalidad de los ingredientes, pero eso sí, todo ha sido medido al dedillo.

  Anoté en una libreta, simple, estudiantil, el dinero invertido y gastado. Me convertí en el agosto de los puestos del mercado. Me preguntaron si estaba bien, con destellos optimistas en los ojos. Me tienen por un hombre cabal y sobrio, de etnia británica devenida a una ciudad dónde se pierden los detalles característicos del buen hacer. Cada ingrediente, especia, salsa, es contabilidad. Es también dinero, la comida. Sé invierte y se utiliza; es necesario pero no tanto como se pretende. Es posible vivir sin gastar con tanta tontería. Yo mismo he comido durante años una loncha de queso y pan reseso. Con las migas que restaban sobre el papel de publicidad (jamás más lindo mantel, barato y colorido) eran  adaptadas como espesante, forma deliciosa para paladares con hambre de ahorro, el mío. 

  Pero debo de estar viejo; cada vez soporto menos verles cada Navidad más y más obesos, como queriendo asesorar la felicidad en montañas de azúcar. Les odio. Sí llegó a sospechar que esto era la paternidad, hubiese puesto remedio. El sexo no compensa a la felicidad que te dona un buen colchón bancario. He cocinado, sí, con esmerada receta de chef. Ellos me pensarían cobarde para asar también mi despojada cabeza. Quiero que sufran al no poder comer todo lo que les preparé en ésta ocasión. Que sus fibras interiores estallen del esfuerzo. Sus gargantas separaran en rojo proponiendo despojarse de la postura inicial. La nuez de adán de mis despreciables yernos fallecerá por asfixia y los ovarios de mis hijas hablarán, chillando hasta menstruar. 

  Estoy deseando abandonarlos a su mala suerte. Toda mi herencia catastral en comida, que genio soy. Dirán ellos que siempre he sido un avaro  egoísta, pero reconocerán mi mérito al urdir tamaña venganza. ¡Qué les aproveche! 

 Abro la llave de gas y respiro hondo, ahogando la risa...