domingo, 13 de enero de 2013

HUMEDADES Y GUSANOS



                                               HUMEDADES Y GUSANOS




Me arrepiento de estar muerto. Agarro oscuridad y siento la viscosidad húmeda de uno de los insectos. Pululan por todas partes, mi féretro es su patio de recreo. Aprieto o intento hacerlo, porque la sensibilidad está ausente en las terminaciones de los muñones.
Unas gotas viscosas caen hacia el vacío que han dejado mis antiguas tripas. Es un hueco infame, que estalla en gases sin hervir. Pero se rehidratan durante un segundo, será por la fuerza de la costumbre. Yo bebía mucho. Tenía sed de todo.
Ahora, solamente el frío se hace eterno.
El trozo de hueso de la pelvis se roe lentamente, acompasado, casi musical. Son el grupo de bichos que gustan de los huesos, no tan duros como pensaba. He descubierto tantas cosas sobre mi cuerpo que ahora sí que hubiera podido acabar mis interminables estudios de medicina que mi abuelo había pagado para dilapidarlo yo con eternidad de segundos.
Pobre viejo, no sospechaba él que su único nieto era en realidad un quemador ambulante, dueño putativo de barras de alterne y fornicador de jóvenes de cabellos largos. Las riendas de las cabalgaduras llamadas mujeres.
Ahora que lo que resta es un pedazo de aquel pubis que golpeteaba sin piedad contra los glúteos redondos de las damas de la noche, no puedo más que sentir nostalgia.
Ojalá no precisara de tomar líquidos todavía. Estrujo más fuerte y chupo con ansia animal. ¡Qué bueno! La verdad es que no siento si algún pedazo del insecto permanece a mi alcance. Si ha caído lo sabré por el ardor de mis vísceras que de nuevo, volverán a secarse, creando la tirantez necesaria para juntarme los huesos a la fuerza. La mortificante ausencia de sensibilidad de unos labios que ya no están me causa un retortijón en los huecos bajos y desde mi esófago, pequeño y roto, surge un gemido angustioso.
No debería estar aquí. Demasiado frío.
Ahora, exactamente ahora cometo el error de acordarme de la última conversación con Sofía.
-          ¿Así que te vas a Ámsterdam?
-          Sí. Iniciaré mi viaje junto a dos maletas y mil recuerdos. Entre ellos, alguno te pertenece.
-          Vete con mucho tiempo-exclamé con tono irónico-Siempre te ha encantado teatralizar situaciones.
-          Nunca has entendido nada- dijo ella. Y colgó.
Aquél día había reventado mis bíceps machacándolos en el gimnasio. Era un local lleno de espejos y cristal demasiado limpio para el gusto de alguien como yo, que busca en las manos de las enfermeras herramientas útiles de una auxiliar. El móvil lo tiré dentro de la taquilla del vestuario. Supongo que seguirá sonando y será ella. Que se joda. La melodía pondrá furiosa a la señora de la limpieza, pero me da igual; es una vieja resentida que no hacía más que protestar por la cantidad de toallas sucias que se amontonaban fuera del cesto habilitado para su recogida. Todos las empapábamos de agua para que le pesaran mucho más.
Es que las mujeres cabizbajas son viejas, tengan la edad que tengan. Son feas. Es un hecho constatado. Las mujeres abatidas espían sus zapatos para no pisar a otra mujer que camine todavía más abajo que ellas. Se colocan unas sobre otras a base de críticas para que ninguna alcance a levantar su cabeza, volviéndose hacia una juventud y belleza para la que saben no son dignas. He conocido a varias, pero he olvidado sus nombres y rostros, incluso la relación que me unió a ellas. No merecían la pena.
Supongo que terminaba llorosa, la mujer del gimnasio, incapaz de mover el peso de la ropa sucia para desplazarla hacia el hueco de la lavandería. No importa que sus músculos se quejaran en la noche mientras que a mí las endorfinas producidas por el ocio, que no por su trabajo, me euforizaban.
Los músculos tienen algo especial. De acuerdo, sirven para movilizar el esqueleto y para sostenernos erguidos, que ya es mucho decir, porque he visto gente que era una bobalicona masa amorfa dentro de un cuerpo derecho y bien plantado. Serán las emociones mal llevadas, supongo. Si trato ahora de moverme un milímetro, las formaciones óseas que me restan, chirrían como goznes de una vieja puerta que no deseara mostrar su envés. En cambio, si les dedicas un poco de tiempo y esfuerzo, renacen de su atonía y son dignos de mostrar junto con una buena dentadura. Las fundas blanquísimas que me costaron una pasta, deben de estar por aquí, en alguna parte de este carcomido sarcófago.
Sofía no entiende nada. No comprende que tenía que marcharme el día uno de febrero, igual que el año pasado, cuando la abandoné. Cosas del trabajo, le dijera yo con un guiño confidencial. Ella lo había entendido, es una chica lista que cometió el error de liarse con un tipo más mayor con una historia personal siempre rondando avisperos. Pero el brillo de sus ojos seguía rompiendo los esquemas de mi realidad.
Te esperaría siempre, había dicho ella. Había descubierto mi escondite en el fondo del tambor de la lavadora. Una casualidad que asomara un trozo de plástico de la bolsa; es una pequeña zorrita astuta. Me advirtió que cambiara de ubicación la mercancía, mientras se pintaba con cómica seriedad las uñas de los pies. Dijo que por si acaso llevaba alguna otra mujer a mi casa. Que me esperaría siempre, a pesar de que sucediera. Vaya con el condicionante.
Yo cometiera el error de confiarle mis debilidades, en uno de esos días en que la guardia se baja, fruto del calor de las sábanas, placer y buen vino. Me respondía tan bien aquella chiquilla de manos dulces y gesto comprensivo, tentado estuve de capitular hacia un estilo de vida más normal. Resistí a las mentiras que acostumbro y se creyó todo o casi. Que si tomara la decisión de divorciarme, que preparara su equipaje y su vida para reunirnos en un París con nuestros nombres, que tal día seríamos compañeros con la igualdad sostenida sin ropajes interiores.
No ignoro que ella sufrió por mí, tras conocer mi desaparición tras el golpe. Entonces se percató de mi verdadera forma de ser. Creo que quedó dañada ante la decepción. Hubiera preferido que continuara siendo un peón, con horario de tres de la mañana a tres de la tarde. Un tipo normalísimo que la recogiese del trabajo cada día y que le arropase a una hora fija cada noche. Que llegase cansado a casa sin ganas de cama ni de cena. Un pobre hombre sin brillo, protegiéndose del vacío de ilusiones mediante boletos constantes de lotería. Ese no soy yo. Me gustaba el riesgo tanto que repetía mi círculo de robos con igual resultado. Y es que hay que saber estar dónde uno debe. Lo ideal era escoger uno de los días más activos para la policía local, para que estuvieran todos los efectivos muy ocupados; una manifestación, una celebración local o un evento importante. Cuanto más jaleo armaran los típicos alborotadores, muchísimo mejor. Tierra libre. Un toquecito adecuado y a volar lejos con la dignidad profesional bien alta. Fácil parece y me hace sentirme un dios indestructible saber que mi actuación es impecable. Un ladrón de guante blanco, eso me considero.
Claro que la carne me reclamaba Sofías. Encontré unas cuantas en Sudamérica, mujeres lindas con redondeados traseros y pechos poderosos. Me perdía entre sus brazos y les llamaba por su nombre mientras a ella le enviaba correos electrónicos pidiéndole fotografías para poder soñar con otra vida a su lado. Por no olvidarla. Si acaso volviera a nacer, tal vez. Siempre Sofía.
También sucede algo extraño con los pensamientos. Me preguntaba con mi envoltura carnal a dónde viajan tras haberlos pensado, al igual que los sonidos que hemos escuchado. Ahora sé que recorren el cuerpo como una oleada de goce temblorosa, traspasando fluídos, membranas celulares, agitando emociones y químicas varias, garrapateando pensamientos, desordenando arterias, perturbando respiraciones. Cambiando nuestro presente, mutando ya sin remedio y decidiendo las acciones futuras. Por eso soy elegante y educado, pues una palabra, frase o modo deshonesto, pueden accionar sin remedio agresividades imparables ante quién negocias. Y pensamos que es justo al contrario. ¡Qué ignorantes somos!
Ahora, imaginariamente, movería mi brazo haciendo un gesto descriptivo con mucha seriedad pero con un rasgo cínico. No puedo ejecutarlo ya. Se me ha desprendido un antebrazo, fue a la semana justa de estar aquí. Fue entre horripilante y asombroso. Tensé el resto de hebra que lograría mover el húmero hacia el pecho, cuando quedó inerte sobre la tela de raso, tan suave y cómoda, cortesía de la funeraria. Estos tipos saben hacer bien las camas perecederas. Lástima que de su blancura ya no queda nada. Llegué a desear poder orinar caliente para volver a sentir alguna clase de calidez, aún que fuera de forma torpe e inhumana. Bueno, ya he traspasado esa frontera.
Puedo adivinar sin utilizar los ojos que junto con mis larvas, mis restos de sangre y negrura de bilis, he dejado todo perdido. Indecente ajenas miradas y respiraciones. Aquí suspira amargo hielo.
Lo que más lamento es la pérdida de mi integridad física, junto con mi mano derecha, la que acariciaba billetes y muslos. Recogía los frutos de vida con hábiles dedos. Sofía me los besaba con fingida sumisión y descarado deseo. Maldita chiquilla que no supo enderezar sus sospechas y que pecó de inocencia. Al colgarme el teléfono solo consiguió enfurecerme. Ése fue mi error. De ahí mi posterior descuido, el que me hizo acoger contra mi voluntad una bala reventona que le sentó tan mal a mi vida.
Eso sí que no podré perdonárselo. Ni una sola vez la he sentido desde este lado de la losa que cierra este infierno mío. Un quejido acaso, que sin duda fue de otra mujer hacia otro amante en otro infierno vecinal más arriba o abajo del que soy okupa. Ignoro si existen flores adornándome, aunque en vida los consideraba hipocresías coloristas y banales. Tampoco si su atuendo es de un rojo carmín vivo o de un lila tenue reflejo de un alivio.
Ojalá se haya muerto en Amsterdam, en el fondo de algún canal fronterizo, bajo música de jazz y fraseos vivos para los muertos. A manos de un sicario o de un asesino en serie. Preciosos quedarían sus bonitos zapatos de tacón flotando como epitafio.
Ella, que decía que me esperaría siempre.

Vuelvo a repasar las letras que escribí en el revés de la lápida:

Te esperaré siempre, para darte tu merecido.

Ahora me encuentro mejor. Intentaré cerrar los párpados que no tengo, sobre las cuevas que albergaron la mirada, que no tengo, para pensar en nuestro encuentro. Sofía… Sofía…



 

3 comentarios:

Sir Bran dijo...

Te mueves excelentemente en cualquier terreno literario... pero este mundo de los
infra-encerrados... sea en la muerte o en cualquier otro modo... saca de tu pluma comnotaciones estupendas.

Estupenda.

Erik dijo...

Magnifico!

Anónimo dijo...

Excelente