jueves, 27 de enero de 2011

Disfraz para desnudez.




Cuando me disfrazo, estoy desnuda. Esto sucede desde que voy disfrazada. Es decir, toda mi vida. Ahora suficientes y tantos confesables. No siempre, pero existen jornadas en que vestirme, reporta muchos problemas a mi cabeza. Para empezar, es posible que la ropa me apriete, ajustándose con saña a mi vientre, a mis pechos, a mis pulmones, hasta casi asfixiarme; esto es muy triste. En otras ocasiones, similares telas producen comezones irresistibles en la piel con que contactan. Alguna vez, he sentido la necesidad de desnudarme en plena calle, alborotando a quien estuviera a mi lado. Más bien, ahuyentándolo para siempre.

Empujo las puertas del guardarropa. Son simples tablas color madera, pero ahí se esconde mi verdadero traje, el real, cómodo tal que zapatillas de andar por casa. Vive huraño, marginado la mayoría del tiempo contra el hondo abismo de la última tabla. Oscuro y deslucido, reinando en sombras compactas y gélidas. Se agazapa enredado con culpabilidad por existir. En intensas revueltas vivenciales, lo he rasgado con algún instrumento cortante. Inútil, siempre se regenera. Ha intentado suicidarse varias veces, todas sin éxito. De mis intentos fallidos de asesinarlo, y sus autolisis fracasadas, mantiene unas horrendas cicatrices que muestran más su negrura interior; sobre todo en la zona de las alas. Son enormes, plumíferas de negro diablo, se despliegan cada vez que muestra sus colmillos, pequeños, tan afilados que serían capaces de rasgar el resto de las vestiduras que ocupan el armario.

Una vez, tuve un gato que dormía dentro. Un día desapareció. Lo añoré dos minutos.

Este traje tenebroso, alado y afiladamente dentado, es el que mejor me sienta. Cálido al contacto, acaricia igual que una piel ajena. No entorpece mis movimientos, me inventa esbelta, alta e inteligente. Con cierto punto de malignidad que me encanta.

Cuando lo visto en la intimidad, danzo frente al espejo de cuerpo entero, al son de tambores inaudibles y ritmos frenéticos para el resto del mundo. La música resuena dentro de mi cabeza y agito las ásperas alas, sonriendo al vidrio con los brillantes colmillos. Soy más yo que nunca. Hermosa en mi sombreado, el rímel sostiene miradas pícaras y algo perversas. Agudizan extraordinariamente mis sentidos. Mi capacidad provocativa asoma desde las mejillas, estoy más favorecida que nunca. Inquieta. Devoradora. Ovárica. Puedo tocar el cielo al extender mis brazos, a los que siguen, esclavos indómitos, mis alados apéndices. Esto es prácticamente imposible la mayoría del tiempo.

Una vez, tuve un hombre que me descubrió bailando. Tuve reparos. Ese día desapareció. No lo eché de menos.

Decía que son escasos los momentos en que bailo feliz, frente al espejo. Mis ropas habituales están en la primera línea del armario, colocados en espartano orden. La barra le sirve de pasarela y de escaparate. Quien abra la puerta, será a ellas a quienes vea, sin sospechar su doble fondo, allá donde se esconde mi traje más acogedor. Los ropajes que saltan a la vista son de color rosa. Todos. Si, exactamente todos.

El color rosa es un color especial, tan opuesto al negro que da pavor verlos juntos, se pelean por sobresalir y nunca hay amistad ni entendimiento entre ellos. Son dos caras de un mundo que se divide en continua mitosis. Mantienen oportunas indiferencias. Temen contagiarse. Cada uno de los vestidos color rosa tienen sus propias alas, con misiones distintas. Poseo las ideales para caminar entre revueltas lluvias, entre gente chismosa, entre envidias flechadas; hombres que dormitan su vida o desordenados griteríos de mujeres. Las tengo resplandecientes, para lucir sumisiones prometidas ante ocasionales amantes, opacas para comprar en el supermercado, tímidas para conseguir una sonrisa o la confianza de algún posible enemigo. Son muchas y variadas, tengo un buen vestuario, lo que denominan, un buen fondo de armario.

Ellas son bastante felices, nunca cuestionan nada, tomando con modestia lo que otorga el devenir de los días. Son conformistas y confiadas. Nada las defiende del mundo tenebroso exterior de las personas con quienes tropiezan; creen en la coraza que les instala su propia candidez. En realidad, juegan con la inocencia que se les supone. Con estas vestimentas inicio cada mañana mi lucha diaria. Atenúan y aletargan lo resplandeciente que podría llegar a ser, transformándome en animal menguado que parece suplicar desaparecer licuado, en el primer sumidero que encuentre. Supongo que todo el mundo tiene su estilo personal, yo tengo esta costumbre desde pequeña, desde que mi madre me cortó las alitas que traía congénitas para sustituirlas por éstas. Al ser costurera, hizo desaparecer toda puntada en mi piel. Hilvanó el seco corte de las incipientes alas y las guardó.

Mi padre no dijo nada. Vivía en el silencio. Trabajaba en el silencio. Construía silenciosos muros. Era un silencioso hombre muy ocupado.

Los silencios, eligen ausencias dónde habitar.

Pequeña - exclamó mi madre, suspendiendo en el aire, lo que creí dos pájaros rosados - pequeña, estas son las correctas. Deja las feas encerradas en el guardarropa; tal vez en un futuro puedas sacarlas a airear. Se quedó dubitativa y prosiguió, como hablando consigo misma - o servirte de ellas. Pero con cuidado. ¡Ahora ven!- me dijo, colocándome las nuevas, demasiado suaves y esponjosas. No me iban bien de tamaño, ni de puntadas, ni de dureza. Ni de verdades. Las mentiras no me gustan, aunque he aprendido a convertirlas en creíbles. Me costó manejarlas, luego me fue más fácil dejar que me manejaran ellas; hablo de las mentiras, bueno, también de las alas.

Por lo general, las soporto. Entrar en alados trajes color simplón me ha otorgado una gran capacidad de renuncia y sacrificio. Mis incipientes arrugas en los ojos me dan seguridad y firmeza para encarar una incómoda madurez que alivio con mi doble vestuario. Pero se ha comenzado a inundar mi alma de descontento.

Una vez, alguien rasgó a propósito una parte de ellas. Quería algo que no pensaba darle. Fue castigado para siempre.

Hoy noto picor, opresión y malestar como nunca antes. No sé qué sucede. Será que por una evolución natural, el cansancio me hace desear vestirme con mi ajustado luto, obviando la dulzura, recato y timidez con la que me encierran el resto de mis ropajes. Tal vez la edad cambia la química dérmica, sustituyéndola por el afloramiento de deseos borrascosos. O que, desde que he conocido a Dantio, mi psique gira sin control. Se me repiten sueños. No duermo, no descanso, solo pierdo las horas nocturnas en sueños. Sueños oscuros. Sueños en los que me hace el amor con mis alas negras puestas, mis brillantes ojos y mis diminutos pero acrisolados colmillos.

Recorro la ciudad cuando vence la noche a la luminosidad del día. Cuando agoniza el sol, herido en rojo mortal. Las tinieblas viven, respiran y susurran, sin menguar de tamaño. Me apodero de cualquier sombra y despliego mi poderío oscurecido entre luces de neón y dioses caídos sobre frías losas en bares de mala muerte. Soy reina en un territorio de seres oscuros, o eso pensaba, hasta que pude verle entre esquinadas transacciones nocturnas. Quedé destronada, con mi seguridad hecha trizas.

Aquél hombre sí que era un ser digno de poseer un imperio, aunque fuese construido sobre los cuerpos de seres retráctiles. Mientras todo a mí alrededor se deshacía, igual que ahogados cartones: paredes desconchadas, agonizantes muros, aceras movibles, asfaltos inquietos, gente agolpada en grupos solitarios o encapuchados rateros al acecho en selvas del trapicheo. Gente que apenas sobrevive. Destacó mi pupila al máximo tamaño. Fue en sus largas piernas en las que me enredé, deseando volverme serpiente que surcara aquellas columnas griegas que prometían solidez en su rectitud. En su cinturón desmenucé vivas mareas adolescentes, nada correspondientes a mi verdadera edad. Fue así. Mi involución ante la evolución exhibida de aquél hombre que se apoderó de una desconocida mujer, escondida entre madrugadas. Su cuerpo decía maldades, las llamaba y las negociaba de tal forma, que entendí lo que deseaba comunicar a los ojos que le vieran. No necesité su voz, dura y rota que conocí muy bien después, destilando perversidades en mis oídos. Me apeteció beber agua corrompida y comer basura putrefacta, si él compartía tal festín conmigo.

El desasosiego me acompañó desde aquel instante. Al regresar a mi guarida habitual, acorralé al atuendo cómplice, amenazando con atarlo y amordazarlo si trataba de llamar mi atención. Era este atavío el que me brindaba miles de posibilidades, el que se metamorfoseaba con movimientos continuos. La tentación de salir las noches siguientes fue tan fuerte, tan intensa, que necesité somníferos para perder la consciencia. Perversos amaneceres me descubrían pálida, llena de ensoñaciones inconfesables, con los labios hinchados y secos. El alma consumida.

Era una agonía que no parecía tener fin. Una semana sin salir me convenció de que no era racional, pero sí inevitable que volviera hacia aquella esquina de la calle, a tratar de revolver mis baúles interiores y mi vida, con la imagen que tanto me impactara. Aquella que mordisqueara mi corazón, dejando la huella de sus dientes salvajemente marcada. La vez que elegí un atavío rosáceo, para un paseo cercano me asusté. Un accidente puso en conocimiento de los vecinos que una enfermedad maldita, decían, se adueñara de toda mi dermis. Frente a ellos, unas manchas oscurecidas, color sanguinolento se extendían bajo y sobre mis manos, mi cuello, mi rostro. Temiendo algo parecido a una peste contagiosa, me empujaron hacia mi casa con palabras de repulsión y asco.

Ni el cubo de basura puso objeción a recibir la inservible tela.

Los húmedos vasos largos, siempre guardan un líquido del grosor de un dedo. Es por la evaporación. Así, se recrea la natural sordidez del ambiente, junto con fuerte olor a sudor, sexo y búsquedas. Todos los que sobrevuelan madrugadas van en busca de algo, con gran ansia, con todo el anhelo del mundo, y no temen por sí mismos, ni por los demás. Son sacos de deseo rebosantes, dispuestos a matar o morir en el intento de satisfacerlos. No se conformarán con menos. Volví al punto dónde lo encontrara la primera vez. Un callejón infecto, con sucios papeles que se alimentaban de fluidos producidos por cobardías, que no pudieran guarecerse en las alcantarillas.

El miedo es un sentimiento transparente. Incapaz de mimetizarse en otros colores, se extiende sobre el lienzo deformando un rostro antes simétrico o una imagen armoniosa que distinguíamos entre la niebla. El pánico es un tensor, una banda elástica que se ciñe a los músculos y revienta por presión los órganos internos. Deformando con sus garras, nos convierte en amasijos, robando sonrisas y equilibrios; hasta la capacidad de reaccionar. Esta noche he tenido miedo, que después se ha convertido en pánico y ha pervivido en mí como terror.

No fue producto de la sonrisa de su rostro, que se mostró ante mí como una máscara, embaucadora y eterna. Tampoco fue su tacto, cuando me agarró, más violento, más posesivo, el brazo para impedir que huyese al iniciar el gesto. Un “¡¡Tú!! roncado desde el fondo de su garganta, bastó para que me transportara en breves segundos a otra escena, en absoluto un callejón maloliente y encharcado de vomitivos orines alcohólicos. El frío se empeñó en penetrar por mis poros, aguijoneando mi temblor. Cerré los ojos, ante la ausencia de luna a la que agarrarme, en aquella oscuridad dónde perdí el límite de mi cuerpo. Inicié un vuelo firme, pues mis negras alas se liberaron, desatadas e independientes, guiadas por los brazos que me afianzaban. Hacía años que no sentía el cuerpo tan relleno de brasas candentes. Me sentí ridícula; mientras se tambaleaba mi corazón. El color más cursi de las monjiles féminas, estaba dispuesto a inflamarse por un hombre, pese a sus reticencias iniciales.

Cuando levanté las cejas y abrí los párpados, una acogedora estancia me abrazó cálida. La esculpida chimenea lanzaba llamaradas sobre los leños que consumía. Lamía el fuego, los flecos de la alfombra que dormitaba sobre el suelo, sin intención de alimentarse de ella. Pero lo sorprendente era la cantidad de cuerpos desnudos que se entreveían entre los resplandores de la hoguera. Podían ser diez, o veinte entre hombres y mujeres, desnudos todos ellos formando un exquisito y desde luego, enriquecedor cuadro. Se agrupaban de dos en dos, de tres, de cuatro. Con movimientos suaves, se rozaban casi respetuosos, atentos a la comodidad del recién agregado. Me pareció terrible y magnífico, a partes iguales. En el aura de cada uno de ellos, pude comprobar la existencia de algo más sublime y perfecto que el amor. Era un baile continuo y pactado. Con mi plumaje rosa, jamás habría tenido acceso a semejante club. Escaparme hacia otra sala, no me aportó sino la certeza de que aquél era mi sitio: un montón de vestimentas aladas de color rosa pálido, dormían unas sobre otras con semblante tranquilo y feliz. Mientras, sombras acunadas por cánticos negros las devoraban con deleite y calma de festín preparado con antelación. Parecían, unas y otras, encontrarse muy a gusto.

A partir de aquella noche, Dantio fue mi partenaire y mi compañero. Compartimos juegos carnales. Juegos vivenciales. Tableros mentales, en los que recreábamos mundos diferentes. Tomados de la mano, perdimos calles y encontramos aterciopelados divanes sin secretos. Despertando en salones cortinados en los que su grupo se reunía. Mirándome fijamente mientras hablábamos; escuchando o amando, solos o en compañía, desgranaba íntimos secretos sustanciales. Así, entre tactos y gemidos comunes, supe que esperaba mi llegada. Entre ellos, un hilo invisible amalgamaba costuras, descubriendo cicatrices antiguas de infancias con alas cortadas. Nos descubrimos, aprendiéndonos. Nuestros cuerpos fueron creados para encajar con tal precisión, que ni el filo del cuchillo más cortante, podría hacer mella ni resquicio. Fui una más entre su gente. Por supuesto, me dejé llevar hacia los caminos que me indicaron, reparando en el paisaje que recorríamos. Allí eran deseables los sentidos que obligan a eliminar distancias prudenciales y de respeto: el gusto, el olfato, el tacto. Arrastramos al ostracismo, la vista y el oído, confabuladores ambos de pecados veniales. El mundo entero fue mi espejo. Poseímos mucho más que sexo; opiniones, conocimientos, verdades confiadas, complicidades adecuadas. Fue como llegar a un sitio propio, con la luz adecuada a mis pupilas, con resolución atemporal, con fluidez de pensamiento. Un universo con referencias planetarias. Se cumplía el deseo de ahuyentar dobleces y manifestarme con una sola faz; negra, blanca, morada, incolora, empachante rosa. Pero una. No existía la desorientación que había cercado mi vida anterior, ahora olvidada. Tampoco torciera mi mundo; lo enderezara. Y cuando, pude coger valor para volver a mi casa, a raíz de la muerte solitaria de mi madre, intenté vestirme de virgen vestal y sacrificada. No lo conseguí. Había cruzado la gruesa línea. Una vez abiertas de nuevo las costuras de mi espalda, en una ceremonia iniciática, mis azabaches alas encajaron naturalmente, como si nunca nos separaran.

Desde que soy yo, por fin, de la mano de Dantio, sé que no volveré a ser otra. Creo en el vivir intensamente, eligiendo la vida en lo que se te ofrezca.

Vencido el miedo, nace la libertad… Jamás amordazaré mi ennegrecido ropaje.

39 comentarios:

Marisa dijo...

Me has llevado por extraños
vericuetos con alados plumajes
rosas y negros.
Unos se visten de disfraces
para conseguir lo que se proponen,
otros prefieren vestirse con su
verdadera piel y enfrentarse
a una vida sincera.

Tu creatividad es maravillosa e inmensa,engancha al lector y no lo suelta.

Esta historia vampiresa
ne ha encantado.

Un gran abrazo Susi.

joselop44 dijo...

Muy bueno! me has recordado a mis ropas de estar en casa; a las que me pongo para sentirme atractivo; a las que tengo para aparentar seriedad y formalidad...
Asímismo me has recortda a lo desordenado que tengo mi dormitorio a a cómo intento reordenar mi vida y lo que es más importante, a la importancia de sentirse bien con uno mismo, sin importar lo que pueda pensar nadie. Es nuestra obligación, para ser felices, ser nosotros mismo en todo momento y lugar.
Un abrazo

Susi DelaTorre dijo...

Querida Marisa,
te puedo decir que me ha divertido muchísimo esta incursión al mundo alado.

¡Un abrazo, amiga!

Susi DelaTorre dijo...

Joselop:
Es importante sentirse bien con uno mismo, necesario incluso, para acceder a esa pequeña puerta que llaman felicidad.

Los trajes ayudan o molestan, según el caso.

Un saludo o dos...

Albino dijo...

Se dice, y bien lo sabes, que el hábito no hace al monje. Puede haber en tu armario miles de hábitos -dígase trajes y vestidos- pero el auténtico es la piel que cubre tu cuerpo. Ese es el traje que nace con nosostros, vive con nosotros y muere con nosotros. Después unos dejan que se pudra y que lo coman los gusanos y otros, como en mi caso, somos más higiénicos y preferimos la pira funeraria.
Tu relato es denso. Como el anterior, lo leí dos veces porque no quise que se me pasara ningun detalle, como el juego que haces con las aslas, muy literario y muy simbólico.
Al final saqué dos conclusiones. Primero que esto no es un post, sino un relato breve digno de publicarse en la más rigurosa antologia de grandes escritores, y la segunda, que le tengo envidia a Dantio.
Besos
ç

fonsilleda dijo...

Me ha encantado pasearme por los disfraces de una vida color rosa (que nunca uso), aunque es posible que la mezcla con el negro sean la perfección del disfraz.
De todas maneras, el negro, siempre elegante, siempre austero, es quizá, el de la verdad, el no-disfraz por excelencia, el auténtico, el que no engaña.
Estupendo paseo desde una vida superficial y ficticia hacia el yo más profundo, que posiblemente no es terrible ni deba ser rechazable.
Ya sabes, eres una inventora de realidades estupenda, aunque a veces las disfraces de un terrible "underground".
Bicos

Mario dijo...

Es cierto que, cuando se vence el miedo se libera esa cautiva libertad. Parece un intercambio que no existe, un disfraz de palabras que arrecian sobre la necesidad de perpetuarse de cada uno.

Utilizas, sin embargo, tu desnudez para vestir textos. Haces buen uso de los verbos que te arropan mientras nos desnudan a nosotros. Esos mismos adjetivos que definen tu prosa, excusan la nuestra y nos redimen del mal que se cobija a la espera de un descuido.

Narras tu día a día literario con la frescura y la seguridad de quien sabe hacerlo. Usas la palabra como arma arrojadiza, como vestido corto, como abrigo, como escudo defensor, como radar que te previene contra las tormentas perfectas del alma.

En tu fantasía habita tu realidad. En tus realidades nos vemos reflejados los que desgranamos, los que desgajamos esa mandarina de historias ácidas que nos regalas cada vez que haces acto, escrito, de presencia.

Porque las calles, las aceras, los escaparates, si tuvieran ojos, nunca nos verían vestidos. Cuántas veces nos hemos quedado mirando ese escaparate en el que nos reflejamos, en el que la verdad queda patente y, otra vez sin embargo, nos hemos dicho: -Joder, nos parecemos tanto a ese que nos mira.

La ciudad, como dicta la canción, es un mundo... y el mundo, como reza la novela, es ese amigo que nos mira y conduce y ese enemigo que nos acecha y desnuda. O algo así.

Tus verdades vestidas de desnudez versada hace que venga una y otra vez, que sea recurrente, que me sepa el camino de memoria, que tus aceras sean mi camino, y que tus escaparates letrados, mi fiel reflejo.

Felicidades por tu texto. Preciso, precioso. Certero siempre.

Un abrazo, sin disfraces.

Mario

Susi DelaTorre dijo...

Albino,
La piel desnuda, no deja de ser espejo de nuestra intimidad, nuestra edad, nuestro sentir y nuestra temperatura.

Imposible disfrazarla.

¡Me alegra muchísimo tu visita!

Susi DelaTorre dijo...

Fonsilleda, supongo o sé que la mejor opción es alternar los colores de uno mismo, tratando de fomentar los adecuados a cada circunstancia.

Elegí estos dos por cuestiones simbólicas y contradictorias(inocencia, candidez, frente a rebeldía, experiencia...)


Saludiños costeros.

Susi DelaTorre dijo...

La importancia de vencer el miedo; la necesidad de la libertad individual...
Todo eso ha sido mi relato, Mario o al menos, era mi intención.

Me alegra la huella extensa, honda, fuerte que imprimes en este espacio.

(Creas una sonrisa en mi imaginación, al imaginarte ante un escaparate descubriendote de nuevo)

¡Tienes un don para comentar, amigo...!

Manuel Maria Torres Rojas dijo...

Cada vez leo menos prosa, pero...la tuya siempre me saca a la luz, desde esa honda noche universal (Borges) en que me a veces me encuentro...¡Gracias, galleguiña!

MariluzGH dijo...

Un gran relato que nos lleva a recorrer submundos y descubrir que somos seres 'alados' sin alas cuando logramos que nos acepten con nuestros auténticos atuendos, sin recurrir a disfraces.

Me gustó :)

abrazo de viernes

Sir Bran dijo...

Las alas originales te sentarán mejor... sin duda.
Es dificil suponer porque fueron sustituídas, puede que fuera porque las madres tienen cierta visión de futuro sobre sus hijos.
A pesar de todo, me parece justo que recuperes las piezas originales.
Sí que es lucrativo disponer de varios aspectos, y poder recorrer el mundo infiltrándose en lo que nos apetece...
Supongo que todos somos algo vampiros, y que vayamos de negro o de rosa... arrastramos peligro.
Tu historia es muy original, y está excelentemente llevada a las letras. Solo tú puedes hacerlo así de bien.
Besiños.

susana dijo...

Maravillosa y frondosa creatividad y talento! contar con esa lucidez, y la expectacular dotación de imágenes mentales volcadas, saber muy bien adonde se quiere llegar.
Disfruté cada párrafo, pensé en mis propias alas, en mis amores, glorias y desdichas, en la libertad que da poder ser uno mismo y reconocerse despojado de silenciosas culpas y miradas antiguas....excelente Susi!, un abrazo!

ALA_STRANGE dijo...

si pudiera vencer mis temores....
Big relato!!!


PD; me encnató hablar con vos

Susi DelaTorre dijo...

¡Gracias a ti, Manuel María!

Tu caminar por esta papelera... es para mí,un bello acontecimiento.

Susi DelaTorre dijo...

Mariluz,

Te envío un abrazo ¡junto con mi deseo de que vivas un estupendo fin de semana!

;)

Susi DelaTorre dijo...

Sir Bran...
has realzado un par de cosas importantes: la visión de una madre ante el futuro de sus hijos y la atracción-posesión del peligro.

Gracias por la reflexión,
amigo poeta.

Susi DelaTorre dijo...

¡Bienvenida Susana,
junto con tu precioso comentar!

¡Gracias!

Susi DelaTorre dijo...

ALA_STRANGE,

Recibe mi felicitación por tu blog
y mi saludo coincidente en tiempo.

Juan Escribano Valero dijo...

Hola Susi: Los miedos son inherentes al ser humano, el miedo para mí más coarta es el miedo al ridículo, es bueno disfrazarse de vez en cuando y con la ayuda del disfraz arrojar fuera de si los miedos.
Un relato más a mi colección.
Un fuerte abrazo

merce dijo...

Creo querida escritora, que de momento este relato, por muchas razones es el que más me ha calado.
Quizá por que nos llevas a este mundo de querer taparse, de negar lo que realmente venimos a ser.
Cierto que se requiere mucho valor para mostrarse desnudo, y no de ropa, si nó de piel.
Pero como este intenso relato, es quizá la mejor aventura de nuestra vida.

Gracias por esta inmersión en las mareas profundas, espesas, oscuras en busca de la propia luz.


Besos Susi.

Sophie dijo...

"Este traje tenebroso, alado y afiladamente dentado, es el que mejor me sienta. Cálido al contacto, acaricia igual que una piel ajena. No entorpece mis movimientos, me inventa esbelta, alta e inteligente. Con cierto punto de malignidad que me encanta."
GENIAL

Rapanuy dijo...

Al final resulta que retornar a los inicios es la manera más lógica de interpretarse, da igual cual sea el camino que elijamos, no importa demasiado si escogemos salirnos voluntariamente, o nos sacan a empujones, de la senda que un día el destino diseño para nosotros, por alguna extraña y maravillosa razón la inercia del universo nos encarrila de nuevo en el camino correcto, ese que nunca debimos abandonar… y menos por unas alas rosas, por dios que horteras.

Bonita historia, un abrazo.

Susi DelaTorre dijo...

Amigo Juan,

Debemos vencer el miedo, a no ser que el sentido de la prudencia sea más fuerte. Siempre me gustó disfrazarme... te dá otra visión y desde luego, otra libertad.

Saludos cordiales, ¡gracias por hacer funcionar tu impresora!

Susi DelaTorre dijo...

Bienvenidas tus palabras, Merce,
con tu comentario lleno de color y luz.

Abrazo real.

Susi DelaTorre dijo...

Sophie,

Me encanta recibirte en papelera,
querida niña.

Susi DelaTorre dijo...

Volver a reiniciarnos, es una buena opción, la mayoría de los casos.

Rapanuy, un saludo.

La viajera mas lenta. Madrid Paper Art dijo...

Tu creación de ambientes es impresionante Susi.
Es un viaje onírico que nos habla de una gran realidad, el miedo a ser nosotros mismos y que algún día tendremos que superar, como en tu relato, aunque ese vestido no sea el convencional o el que se espera de nosotros. Es un riesgo que merece la pena.

Gracias por tu Arte!!
Muchos besos!!

La sonrisa de Hiperión dijo...

Hay desnudos que son imposible de cubrir... ni con disfraces... siempre se acaba viendo el cuero que los rodea...

Saludos y un abrazo.

Susi DelaTorre dijo...

¡Un gran y cariñoso saludo, Tati!

(Sí, es un gran riesgo)

Susi DelaTorre dijo...

La Sonrisa de Hiperión,
siempre sale la verdadera esencia por los resquicios de algún descuido.

Abrazos.

david dijo...

nos recomendo tu blog un camarero engancha

Susi DelaTorre dijo...

¡Es lo que tiene tomar muchísimo café,llevar un libro interminable en las manos y pelearte por el periódico... que acabas agrupando amigos!

¡Un saludo, David!

40añera dijo...

Dejar el disfraz del miedo te libera y ya no hay marcha atrás una vez saboreada la libertad de ser quienes somos no podemos volver a esos disfraces que hacen tan felices a quienes no nos han querido ver en esencia.

Tus relatos como siempre cautivadores
Un besote

Mercedes dijo...

Me dejas de piedra con esos universos que tan magistralmente sabes crear y recrear. Y ya no te digo cuando te metes a hurgar en la cabeza de tus personajes...¡Eres la psicología hecha arte!

Un gran saludo!

Juan Escribano Valero dijo...

Hola Susi: Se debe dormir muy bien en la papelera porque hay que ver el tiempo que hace que no nos cuentas nada, ya está bien.
Perdona la brama y recibe un fuerte abrazo y buen finde

Maria H. Sanchez dijo...

Hola!! Tienes un bonito blog!! Voy a seguir cotilleando, pero antes de despedirme quería invitarte a mi baúl, por si quieres compartir algún sueño con todos los amigos de Coquette. Te espero!
Hasta pronto =)

Manuel Maria Torres Rojas dijo...

No recordaba bien este relato y algo me ha traído a él...¡Me gusta más revisitado! Besos