martes, 12 de octubre de 2010

Tribalidades


Tribalidades


-¿ Pero... esto qué es?

Me pregunta con desconcierto. Casi me da la risa, y eso que no estaba la situación para demasiadas chanzas. El pelo revuelto de él, desorden en la habitación, caos en la cama. Yo, desnuda. Todo absolutamente perfecto, ¿o no? Vuelve a preguntar pero con más voz, como si ya hubiese pensado algo al respecto.

-Pues…- le respondo, divertida ante su azoramiento - pues… es un tatuaje.

Ahora sí que abre la boca igual que si estuviese en la consulta de un dentista trastornado. Oigo el tragar de saliva, y llevo la mano a mis labios, para no soltar la carcajada que me provoca el contexto. - Si, un tatuaje… - pongo cara de mimosa asustada, que casi siempre da resultado, aunque por dentro… me río; no paro de reírme.

-Pero… pero… ¿porqué?- Balbucea.

Será tonto, ¿qué clase de pregunta es ésa?

-Un tatuaje sin un por qué, Juan, no tiene importancia…

Me tapo con la sábana el pubis dibujado, que tan poco éxito de crítica ha cosechado en su debut.

-Déjalo, pensé que te gustaría…

-¿Gustarme? ¡Me gusta y mucho! ¡Muchísimo! -exclama entusiasmado- solamente te pregunto por qué… ¡y AHORA!

Ahí estaba el quid de la cuestión, lo que le desosegaba a este hombre que compartía hasta hace un momento íntimo de los de envidiar en las películas “sexxxxmuchosequis”

Lo que apenas sospechó, es que estaba metido en un lío. Fue a la hora de poner la lavadora. Hay algo en los hombres que les escapa por las ranuras, es decir, puede que un día aparezcan en casa con una ristra de nuevos boxes-tanga, de colores y dibujos manga, que sobrevivan ocultos tras el último cajón del lado de su armario, pero llegará un momento, y eso no hay fallo, en que sucios, usados y con rendimiento extraído, los plantarán en la lavadora como confortándose: Ella (yo) no los va a ver. Ella (yo) no será capaz de verlos; los estoy convirtiendo con mis poderes supermágicos en trapos invisibles, volátiles. Cierran los ojos, los echan todos juntitos, tal vinieron de la tienda, como buenos amigos de fechorías adúlteras, y creen que también una cierra los ojos por sistema al sacar la colada. No lo entiendo. Y algunos son brillantes en su trabajo, con altos cargos, con caras serias y preocupadas, con análisis económicos, filosóficos y políticos, incluso futboleros, que nadie osaría rebatir. Para luego pifiarla de esa manera. En fin.

Eran bonitos, que conste. Chulísimos. Agarré el primero que pariera el bombo de la lavadora y lo sostuve frente a mí. Caramba, que sexy. Visualicé su cuerpo metido dentro de semejante prenda; mala cosa hice, rápidamente se acercaba una desconocida. La imaginación es lo que tiene. Hace trampas. Vale, lo imaginé con esa pose de navegante con los pulgares en las caderas, uhmmm, tampoco es buena cosa, pero por lo menos soy yo la que aparezco. Hasta que no lo soy. Acabaron todavía húmedos en el suelo, pisoteados con saña imaginándome que pateaba alguna parte de su anatomía. Que le duela, me decía mientras intentaba no resbalar.

Si ha cambiado el blanco calzón eterno, holgado que me obliga a comprarle desde tiempos de mari-castaña, por estos brillantes colores llenos de dragones a punto de devorar “sabediósquéanimesfemeninas” es que algo hay. No es mi estilo bucear en pensamientos obsesivos ni hacer de espía en mis posesiones, así que me planté un dibujo de grueso trazo, en todo el hueso del pubis, que por cierto, dolió… aunque reflejó menos mi expresión bajo la aguja del tatuador que la cara de quién me lo hizo… ejem, esa es otra historia.

Pero sigo con la estela del tattoo. Se levanta cuán largo es; que lo es, mucho. Antes de que haga un gesto, le digo - ¿Por qué AHORA?, me preguntas POR QUÉ AHORA, qué sucede AHORA, ¿algo que NO SUCEDÍA ANTES? Creo que lo veo sudar por un momento, pero no quiero precipitarme en sus reacciones. Parece un animalito a punto de ir a la cazuela. Por cierto, tengo hambre de que lo que va a decir. Comienza a andar de un lado al otro, cosa cómica porque ya se sabe, un hombre desnudo, balanceándose, es un hombre llamado a la comicidad. Yo, de espectadora de primera fila.

-¡No, no, todo está bien, todo está MUY BIEN! Me ha sorprendido, eso es todo. No sueles ser así, no me lo esperaba.

-Pero ¡bueno!, Juan, si lo esperases, no sería una sorpresa, no crees…

- Claro, claro, pero tú no eres de ésas.

Huy… qué mal dirige las conversaciones este atribulado hombrecito, porque lo crea o no, ha empequeñecido a pesar del balanceo constante. Me impaciento.

- Mira, fue un detalle que pensé que te agradaría, un toque de locura, una tontería si quieres, perdona si he destrozado esos esquemas tan preconcebidos que tienes sobre mí, si crees que debo, por mi naturaleza insípida, según tú, dejar de hacer ciertas cosas que te resulten sorprendentes, así será. No quiero que te trastornes. Esto último lo digo con un tono de: “trastornado, eso eres, eso estás…”

Por supuesto, la incipiente película de dos rombos acabó ahí. Dónde hubo rescoldos, a poco que se mezcle agua, nace una pasta inservible. Durante unos días el silencio sobre el episodio, fue roto en nuestros pensamientos, mas no entre horarios laborales, mantelerías bordadas o visitas al supermercado. Yo, cada ducha diaria matinal, me contemplaba, menos orgullosa y más melancólica el grafitico dibujo, frotado a sabiendas que no se borraría con el gel que lo ocultaba, pecadora, en el minuto cinco del enjabonado. Desconozco lo que hacía él, pero sus maravillosos e irisados calzones desaparecieron, ellos sí, del mapa de nuestro cuarto. Al día siguiente, fue el jabón de afeitar y aquella asquerosa loción que utilizaba para el post-barbeo. Tardó tanto aquel día que temí no volviera por sus cuatro trajes y la corbata pintada por mí en aquel ataque de manualidades con las que rellené el invierno pasado.

Llamé por teléfono, en un ataque visceral y ovárico, necesitada de un hombro o una conspiración feminista en grado sumo. Responde la hija de mi mejor amiga, con horrible resultado; hablo también de la niña, por supuesto. Su madre está fuera de la ciudad; no, ni idea cuándo vuelve. Vale, me tragaré mis amarguras, porque ella no lo conoce. Soy muy celosa para con mi vida privada. También estaba ocupada en otras cosas. Que no lo haya conocido me otorga la libertad de exagerar, bajarlo a los infiernos y hundirlo en palabras movedizas sin posibilidad de críticas absolutorias o atenuantes. Quiero la condena completa.

Todo lo que cambia, impone. Es ley de vida que esto suceda, pero los indicadores son tímidos al comienzo, por lo que tendemos, como buenos humanos, a dejarlos medrar hasta que nos devoran. Entre Juan y yo, se habían roto hacía tiempo demasiadas cosas como para retroceder, siempre más costoso en emociones y llantos. Nada sería igual. El amor es un jarrón que se hace añicos y jamás se recupera del todo, perdiendo su razón de existir. Me convencí de eso, cuando una tarde de domingo, ya desaparecida del salón la antigualla del tocadiscos de Juan, su maqueta a escala del Fórmula uno de “noséquién” y otra hilera de calcetines, sin duda para acompañar a los calzoncillos provocadores del desastre, fui a dar con mis pesares ojerosos a la cafetería, dónde llegué arrastrándome, en una cita con la amiga de la hija horrible. Soy mala persona. Bueno, no.

Venía guapa, la condenada. Feliz. Odio la luz feliz de la gente espumosa, me agotan, porque mi espuma es poco consistente, un soplido… y se va…

Sacude su melena brillante y castaña, ahora con mechas rubias. Se ríe. Me dice que por fin tiene a alguien con quien no contaba. Vuelve a reirse. La veo distinta, más definida. Se habrá blanqueado los dientes, además. Prosigue con su cháchara: que si yo sabré entenderlo; cuando llega la ocasión no hay que dejarla escapar. Deseo que se calle pronto, pero continúa como animada por una manivela. Que si el tío le contó que se llevaba mal con su pareja, arpía desde las uñas de los pies hasta la coronilla. Qué si está a punto de instalarse en su casa. Que si llevan ocho meses juntos, en total… ¡toda la vida!, suspira satisfecha. Pánfila inocente. Otra que ha caído en garras del futuro desamor. Sonrío interiormente, el hombre ése no sabe lo fea que es su niña. Ni lo feos que pueden salirle los hermanos. Porque ella es mi amiga, pero no es Venus ni Afrodita. Tampoco demasiado lista. Ya me he convertido en una amargada vieja. No es envidia, que conste. Sorbe su café. Vuelve a reír tontamente, se calla, se queda pensativa. Todos los síntomas de un revuelto enamoramiento físico. No he comenzado todavía a hablar de lo que debo, ni de lo que quiero. Hace una llamada al móvil, mensajea, sus ojos brillan, y vuelta a sonreír. Estoy a punto de levantarme e irme. Tanta felicidad ajena me sienta mal. Pero como es un problema mío, aguanto mecha.

Viendo la necesidad de centrarse o engañarme, intenta anular las comisuras de su sonrisa perpetua y bobalicona, se sienta erguida, con la columna vertebral forzadamente recta y se dispone a fingir que escucha. Me dispongo a hablar. Pero en el limbo, entre digo y dice o digo y escucha, se produce algo que echa al traste mi deseo de vivir mi episodio contado en un duelo rápido. Algo así: (¿Juan?… ¿Qué Juan?)

Me suelta de sopetón: - Oye, tú que sabes de todo… ¿dónde puedo conseguir un tatuaje? de ésos… ya sabes… íntimos… algo tribal, me lo ha pedido mi nuevo… bueno, se llama Juan…

Ahora sí me levanto, un poco temblorosa. Busco la salida sin abonar la cuenta. Pienso mil cosas a la vez; lo hago fatal, por falta de costumbre, sobre todo bajo estrés.

Recurriré al láser, más no puede doler…

Malditos calzones.
























































32 comentarios:

Ricardo Miñana dijo...

Bonita vivencia que plasmas en tan excelente texto, mis felicitaciones.
un placer leerte.
feliz semana.

40añera dijo...

Interesante y dolorosa historia que descubre un tema más habitual de lo que nos gustaría.
Un saludo

Voy de anónimo. Tengo cita en psiquiatría... dijo...

No he podido evitar reír conforme leía. Eres única. Hace poco referí algo con base "tatu", iban por otro lado los tiros. Pero llevas razón. Tenemos el merengue ahí al lado, le hacemos ascos, viene alguien, le pone una cereza y ya es otro, el merengue.

Que sí. Que es lo que me dice Ana:

"Pero niño, tú es que no sales de tonto...!

Y se pone tacones en la cama, no le queda otro remedio.

Un beso, estooo, si quieres, claro...

Roberto Esmoris Lara dijo...

También tú...pobre infeliz, qué mal hacía con sus calzones cartoon network ?...
No te borres el, tatoo, ponte otro que diga no parking
(quçé hermoso sentido del humor que tienes)

Besos, amiga. Ayer no pude entrar como quería a esa maravilla de post que subiste. Es espectacular.

Fan nº1 dijo...

Qué cambio!! Nunca me dejaré de impresionar ante la versatilidad de tus textos, como buena escritora, gracias por este epitafio desde tu isla.

Sigue así de original, artista.

Sir Bran dijo...

Un texto fresco, hábil... y tan electrizante como humoristico.
El final es hilarante de veras.
Hay que ver el precioso círculo que acabas cerando en torno a ese sensual tatoo.
Felicidades por abordar la vida con tanta facilidad... y tanta mordacidad.
Me ha encantado.
Besiños.

Robërtier dijo...

No pude evitar sonreir.
Eres una excelente narradora.
Casi puedo verte desde una ventana, tejiendo tus historias.

Un beso en las mejillas,

fonsilleda dijo...

Me fastidia decir siempre lo mismo (casi) acerca de tus historios que me parecen siempre buenas pero hoy puedo variar.
Me he divertido, me has divertido mucho.
EStupenda la historia que comenzaron unos calzones imposibles y terminará un láser, más imposible si cabe.
Gracias.
Biquiños.

joselop44 dijo...

Muy divertido relato. Me has sorprendido!
Demuestras con este relato que eres una escritora honda y profunda, capaz de abarcar más estilos que el que dominas y al que nos tienes habituados.
Enhorabuena!

Mario dijo...

Tu texto es una escena de película. Película de no sé qué director. Película no sé si cebollera, sexotera, comedia, o más bien, seguro, melodrama. Pero mucho melo, y menos drama. Tu forma de situar la escena, de presentar a Juan sin miedo, y a punto de ser un Juan con un tatuaje menos, es genial. Genial de bien, genial de bien divertido.

Mientras tomo café, leo. Mientras comento, voy posando la taza en mis labios que dibujan una mueca divertida. Labios que se retuercen ante el empuje de las palabras. Del querer saber más. Esas ganas de nada, menos de ti, que eres lectura. Hoy sólo me apetece leer, hoy necesito letras ajenas, hoy necesito verme y creerme en textos que nunca serán míos. Es un viaje, es una renovación peregrina cada vez que abro tu blog de par en par y me encuentro cara a cara con tus historias vestidas de noche, elegantes, desafiantes, plurales, únicas.

Una maravilla, esta vez, como otras veces, para los ojos, para los ojos del alma, para los ojos del corazón, para los ojos del deseo.
Seguiré viajándote, verbo mediante. A veces, muchas veces… tantas… la mejor medicina no la recetan los médicos, no la suministran las farmacias… Así que a algún sitio tendremos que venir a curar nuestros días aciagos.
Claro que para celebrar un día “diez”, un concierto exquisito, una relación renovada y letrada, también habrá que acudir a tu santuario de palabras, a tu manantial de historias. Porque aquí se llega a curarse y renovarse, y a bailar y brindar con la felicidad abecedaria, también.

Felicidades por este relato. Y gracias.

Un abrazo, tribal...

Mario

Mercedes dijo...

¡Que el láser no borre este magnífico relato!

Un saludo!!!!!

rapanuy dijo...

¡Cuidado con el láser!
Los tatuajes en general, nunca me han gustado demasiado, pero ese en concreto tiene su que, y además arrastra una interesante historia, que es más de lo que pueden contar otros.

Una narración estupenda, y un tatuaje con final de infarto.

Un abrazo.

lemaki dijo...

Estoy de acuerdo con José Alfonso, eres única. Leer relatos como los que escribes es complicado, hay que rebuscar entre decenas de blogs y leer, leer para hallar tesoros que esconden tus palabras... (cursilería aparte).

Bueno, todo o la mayoría de cosas la hacemos pensando en el otro, creyendo que el otro comparte nuestras ideas, sensaciones y emociones y solemos confundirnos en ciertas aclaraciones o puntualizaciones: como que la otra persona no solo quiere renovar el aire sino cambiar de provincia o de país...

Un gustazo esta lectura: chispeante, llena de sorpresas y el final, totalmente inesperado. Pero así ella podría convencerse de que él era un poco miserable????

Un saludo escritora excepcional.

Marisa dijo...

Con esa chispa que tienes
has sabido bordar una historia
que a pesar de encerrar un
cierto dramatismo la has narrado
con gracia y frescura.

Un fuerte abrazo

MariluzGH dijo...

jejeje... que bien hilada la historia, cómo nos has llevado hasta levantarnos nosotros mismos de la cafetería y salir taconeando.

Gracias por el bello regalo de tus 'cuentos'.

abrazos

Albino dijo...

La historia es perfecta y muy bien relatada.
Los tatuajes no me molestan salvo esos que ahora se hacen que ocupan un brazo completo o todo el torso.
Me gustan los de los antiguos piratas, pues no hay nada nuevo bahjo el sol.
Besos

lemaki dijo...

Gracias por tu comentario; es cierto, no hay que frivolizar con un asunto tan delicado como es la depresión, el intento de acabar con la vida. Pero Juan Benet tenía la habilidad de decir y tratar los temas más escabrosos y serios del modo más correcto y con las palabras más acertadas, era una de sus virtudes: decir la verded con las palabras necesarias como para no herir... no todos poseemos esa cualidad, sin duda, habrá que nacer y formarse para ello.

saludos.

María dijo...

Excelente historia.

Un beso.

TORO SALVAJE dijo...

Sorpresas te da la vida.

El desamor le llega a todo el mundo con mayor o menor virulencia.

Que se consuele.

Besos.

La sonrisa de Hiperión dijo...

Por aquí ando, una mañanita más de domingo. Un placer volver para perderme entre tus palabras...

Saludos y un abrazo.

don vito dijo...

Hola Susi, un lujo pasar por tú casa, un sumo placer, gracias por tu ambilidad,pasa buen domingo,gracias,besos.

Meiguiña dijo...

Magnífica como siempre querida amiga, me ha encantado pasar a visititarte y encontrarmme esta historia.

Bicos meigos

Daniel Os dijo...

Todo está permitido, el sexo es un juego perfecto donde los dos ganan y cada uno de ellos puede ir inventando las reglas sobre la marcha.

Bienvenidos tatuajes, bienvenidos borrones también.

D.

mariarosa dijo...

Me has hecho reir. Que tonto tu amigo, mejor perderlo.

Un tatuaje te puede hacer mejor o peor persona? No me parece. ¡¿Quién se puede haber creido ese tipo?!

Muy bien escrito.

mariarosa

merce dijo...

Historia curiosa, de cierto humor, dolor y un final redondo.

Felicidades!!!


Un abrazo.

Carla dijo...

Excelente final! Maravillosamente armado el cuento!!!!

Juan Escribano Valero dijo...

Hola Susi: Cuando se está convaleciente la risa es una buena terapia y yo me he reido con el relato tuyo de hoy.
Como no tengo mucho tiempo de ordenador te mando un fuerte abrazo

Sophie dijo...

Muy bueno!
Como siempre las mejores descripciones, las tenés vos.

Sakkarah dijo...

Buenísimo tu relato, me ha mantenido muy atenta, y me gusta, me parece además muy original.

Un beso.

Juan Escribano Valero dijo...

Hola Susi: Como ya estoy en franca mejoría mi enfermera jefe me concede tiempo para hacer visitas, así que aquí estoy a darte un fuerte abrazo.
Si lo bueno se saborea despacio y varias veces se disfruta más eso me pasa con tu escrito.
Un fuerte abrazo

chavela dijo...

Me ha gustado.Mucho!

Clip dijo...

me ha gustado la equiparacion de los tatoos a los boxes ridículos, una narracion, fresca y a la vez florida. Me ha gustado mucho

gracias y un abrazo!!