sábado, 13 de marzo de 2010

Ladrando...



El perro no paraba de ladrar. Me golpeaba su eco, alisando por fuerza varios surcos cerebrales. Rebotaba su ladrido hasta quebrar mis maltrechas junturas óseas. Estaban surgiendo en mí, las ganas irrefrenables de rompérselas a él. ¡Maldito chucho! Siempre lo mismo. Todos los días, a la misma hora, el perro ladraba incesante mientras su dueña entraba en la tienda de ultramarinos del barrio. Bien podía ir a un hipermercado, como todo el mundo, a hacer su ridícula compra para un mes por lo menos. Pero esta señora, con nula consideración para con el resto del vecindario, bajaba desde su ventana eterna de tendal y pinzas; aquella que yo distinguía desde la mía, con aquel chucho gritón, daba el concierto en horas desesperanzadas.



El perro no tenía ni media patada. Apenas para un pisotón con mi bota militar. Era pequeño y raquítico. De ésos que asemejan arañas por el grosor de sus patitas enclenques. Ojos de insecto aumentados por microscopios. La dueña tampoco mejoraba el perfil. Contrahecha y gafosa. Yo sé bien a quién odio más en este instante.


He tenido una noche mala. Lo que se dice: una muy mala noche, con todas las connotaciones posibles. Ahora me levanto para ir a la cocina, en busca de un vaso de agua. Guau, guau, y dale, más guaus. Escaso perro, como baje... ¡te vas a enterar de quién soy yo!


En principio, parecía que el plan marcharía bien. Todo estaba preparado y ensayado una docena de veces. Si Tocoko no hubiera fallado las dos primeras, todo terminaría antes, pero es un patoso y creo que se recochinea de serlo. Saberse torpe cree que otorga categoría y originalidad. Se piensa mejor de lo que vemos.


En los ensayos, los fallos detectados fueron solucionados de la mejor forma, viéndolos de frente, cualquier otra manera sería cobarde y no digna de nosotros. Es que es grande el jefe, ¿eh?... le dije con un codazo nada amistoso al Tocoko, cuando estaba ya cansado y con inmensa gana de marcharme de allí. Le hubiera roto el brazo para que no volviera a intentar montar los cables al revés. Creo que lo hacía a propósito, el muy imbécil.




Si quería ponerme nervioso, lo estaba consiguiendo.


Todo porque estaba mosqueado por haberme visto hablar con Ravena. Celoso, el Romeo. ¡Pues yo hablo con quien quiero! Y si ella quiere, mejor… para mi cabeza y mi entrepierna. Sschsssssss… Calladito, Tocoko, que no soy nadie hasta que me tocas el punto tonto.


Los cables eran fácilmente reconocibles en su disposición. Colores alternos y dobles para cada sección de las distintas bobinas. Cosa de niños pequeños, de aprendices. El plan no era mucho más complicado: entrábamos, colocábamos, salíamos y lo hacíamos estallar.

Nos reunimos… maldita sea el chucho y la madre que lo parió. ¡Cállate, cállate, cállate! Lo que menos puedo ahora es coger escalera abajo e ir a romperte las patas. No conviene que me vean, los del barrio, quiero decir. Equivaldría a correr un riesgo que no deseo. La policía frena cerca de aquí para tomar los cafés, que los tengo muy calados a esos tíos. Son vampiros diurnos al mediodía, en sus motos enormes y sus cachazas engordadas por las pistolas, las porras y todo lo demás que forjan a golpe de gimnasio. ¡Valientes rebeldes, ellos!

Pues eso. Una malísima noche… y no porque Ravena no esté en mi cama ahora. Bueno, eso también. En principio, quedamos en los lugares acostumbrados, para disimular. En el bar de Paco nos encontramos, curiosamente todos vestidos de negro, menos Tocoko, que prefiere el gris, hasta para su mirada perdida y estrabiótica. Será por eso que es daltónico.


El jefe nos achucha con eso de no beber. Antes de trabajar no, durante no, después tampoco, ¡no seáis idiotas!


Vamos a hacerlo bien, ¿vale?

Pues estábamos ante varias decentes y sobrias copas, aunque Paco no reparó en ello, atento a otros detalles de urgencia, atinando con los ojos al culo de su camarera, aquella mulata con las ventanas de la nariz tan ofensivamente abiertas y mirar altanero. ¡Que mal me cae la jodida!


Pagó las consumiciones el jefe. Todos llevábamos orden de no lastrar de calderilla los bolsillos. Nada de móvil, nada de llaves, nada de nada en los pantalones. La hombría en casa. El tabaco en casa. Yo pensaba en la bola de hachís que me esperaba tras el trabajito, para calmar los nervios, ya se sabe, el stress es muy malo. Luego, dijo aquello de: Chicos,


(sonaba a falso, pero así es la vida: falsa) sois unos profesionales, y si no lo sois, creédlo ahora mismo, actuad en consecuencia y olvidadlo después.


Meco no es mi mejor amigo. Los demás tampoco. No gasto de eso ni lo necesito. De amistad, estoy hablando. Mis puertas bien cerradas para que no se cuele nadie. Menos los ladridos desde la tienda de abajo. Pero lo solucionaré. Vaya que sí. Estos marulos forman una banda de impresentables con los que no quiero tratos más allá de esta noche. Tocoko es de un aspecto físico demasiado desagradable para soportar que te enseñe su sonrisa canina en cualquier oscuridad. Inclinado sobre la barra del bar, atento a la voz imperante del jefe, parece más siniestro y más ojeroso de lo habitual.


El jefe es un ser extraño. Observa torvo, sin apenas palabras. Estoy convencido de que está loco, nunca abandona la vista de un punto fijo, sea cual sea… desde el cuello de tu camisa hasta un imaginario punto de mira en medio de tu frente. Lo que te hacer estremecer. Pero muestra la seguridad de quién dirige una operación importante y repetida con éxito en otras ocasiones; habrá que dejarse manipular por el momento.


La verdad es que estaba deseando perderlos de vista.


Siguen los ladridos, siguen mis ganas de porros, de ésa tipa, de aplastar las patas de arácnido de la vecina. De deshacerme de la vacuidad de mis pantalones. Ya desvarío. No necesariamente en ése orden…









24 comentarios:

merce dijo...

Extremecedor ese mundo sombrío de alma y corazón sedados por sabe dios que historia.
Tu forma de narrar es impresionante nos llevas por dentro de sus cerebros, por los rincones de sus vacios como un precipicio denso.


Lasosita un abrazo grande.

moderato_Dos_josef dijo...

Conozco un perro como el de tu historia, pero no lo puedo reventar; Se trata de la perra de mi madre. siempre me despierta con sus conciertos de ladridos por la mañana. Y además sabe que no me gustan, cuando me ve aparecer, la cabrita, enmudece.
Buen relato. No me pude detener hasta el punto y final.

Daniel Os dijo...

Cómo disfruto de tus relatos en primera persona en que la historia se va develando a través de la mirada del protagonista. Es imposible no sentirse el que la cuenta ni adoptar sus sensaciones y pensamientos.

Más de una vez hubiera matado a ese perro. Muy buen cuento.
D.

La viajera mas lenta. Madrid Paper Art dijo...

Lo que unos ladridos a deshora de un perro pueden decir de una persona y su mundo interior. Si el chucho no hubiera machacado el cerebro del protagonista, nunca habríamos conocido sus pensamientos, sus actividades, sus tensiones y sus deseos.

Magistral, Susi. Deliciosa la manera de enlazar las situaciones.

Un beso muy grande

TORO SALVAJE dijo...

No voy a defender al energúmeno peligroso pero hay veces que los ladridos consiguen ponernos de los nervios.

Ah, y no pasé lista... si la llego a pasar te vas castigada a casa una semana, eso como mínimo.

Besos.

Mercedes dijo...

Entre ladrido y ladrido, un siniestro paseo por las tinieblas de un alma tirando a podrida...¡Y qué bien nos has conducido!

No me cansaré de decir que es un verdadero placer leerte! Un saludo!!!

sara dijo...

Lasosita, que relato tan real. Te entiendo perfectamente, antes mi vecino tenía un perrito muy lindo, pequeñito, pero, no sabes cuanto ladraba y como te despertaba siempre!! Era un pesado!!

Me ha encantado tu relato, un placer leerte

besos y abrazos de tu niña gallega

sara

El Drac dijo...

Excelente relato sobre todo descarnado, mostrando las emociones que nos impulsa a hacer determinadas acciones que como terceras personas no logramos advertir. Fue muy emocionante. Un gran abrazo.

Marisa dijo...

Como un hecho por repetitivo desagradable,puede sacar
todo lo que uno lleva dentro,
si no fuese el chucho sería
otra cosa, cuando el recipiente ya va lleno tiene que desbordar.

Un enfoque muy bueno, de los tuyos, nos llevas por el adentro del personaje, haciéndonos ver ese otro
mundo subterráneo.

Un beso y un abrazo.

Sofi dijo...

Yo tengo un perro al costado mio (es decir de mi vecina) que tambien ladra. Nunca lo reventaria, porque no tiene la culpa, pero bueno jajajaja

sue dijo...

Un relato desgarrador.
Esos perros pequeñajos que no paran de ladrar...argth! dan ganas de ofrecérselo de cena al Dogo del vecino.
Pero aún peor que los perros son los dueños, que no los educan o los dejan solos durante horas. No deberían dejar a todo el mundo tener animales.
Yo no tengo perro que me ladre, por lo que tampoco ladra a nadie. Es una cuestión kantiana: no hago a nadie lo que no quiero que me hagan a mi.

Buen post, lleno de imágenes y giros.

fonsilleda dijo...

Nos has dejado casi ladrando, como el perro de la historia.
La imaginación es peor que leer la resolución de una historia. Tú lo debes saber muy bien, nos das unos cuantos ingredientes, todos terribles y crudos, que nos muestran una realidad sombría y retorcida, unos sentimientos que casi no parecen humanos (no debieran serlo) y nos dejas que pensemos, que resolvamos...
Y, claro, pasa lo que pasa.
¡Fantástico!
Bicos

Mario dijo...

Es que después de una mala tarde, viene una noche peor. Y si la cosa no se soluciona, la mañana que espera a las puertas, ni te cuento...
Me gusta como narras, aunque eso ya lo sabes.
Y no me gusta como ladran muchas veces, muchos perros diminutos.

Un abrazo.

Sir Bran dijo...

Me quedo con tus hermosos desvaríos, con la velocidad que alteras a propósito, con los cauces que rebelas y que luego transfiguras y moldeas...
el chucho es la excusa... el ruído de fondo... pero tu relato toca muchas más fibras, tales como la honestidad o la pequeña avaricia... me gustó mucho el comentario sobre la calderilla en los bolsillos.
De verdad que me he llenado de matices.
Eres estupenda.
Quiero más!
Que has tardado mucho.
Besiños.
Ah... y enorme foto, con esa fuerza inmersa en si misma, dogmatizandolo todo, su presencia nos prepara para un gran aluvión de perfectos adjetivos... y llegarón en perfecto estado.

Carla dijo...

Que perrito!
Excelente como lo cuentas. La historia es muy buena!

María dijo...

Si es que algunos perritos son muy traviesos y están todo el día ladrando.

Bonito relato.

Un beso.

salvadorpliego dijo...

Esos tremendos perros que hacen historias tremendas como estas... Con todo y todo no me gustan los perros y hacen buen merecido con esta historia.

Bien por ese cierre, me gusto.

Un fuerte abrazo.

Lisandro dijo...

cada vez que leo tus textos, me quedo facinado por permitirme abrir la mente e imaginar cada secuencia.. me ha encantado, estremecedor! exelente!!!!

Domingo dijo...

Hoy es un ladrido, mañana será otra cosa, pero cuando algo se rompe dentro, cuando algo hace "clic" en nuestra cabeza, suele desatarse un infierno, sin importar ya cuál ha sido el detonante.

La sonrisa de Hiperión dijo...

pero ladrando como un perro? jajaja

Saludos y un abrazo enorme.

mara-mara dijo...

Por los cauces que la imaginación invita..., me llevas!!! tus palabras se hacen imágenes muy extensas, y sensaciones multiplicadas sujetas todas al hilo de la intriga, donde el desenlace es un potente imán para la curiosidad.

Precioso cortometraje... sin intermedios!!!

Besos

rapanuy dijo...

Pobre spiderperro, a lo mejor, simplemente, es que estaba cantando el animal y sacó su vena de cantautor…mira que si perdemos a un nuevo Sabina, ¡que pena! ¿No?... bueno quizás no, va a gustos.

Un abrazo silencioso.

jordim dijo...

buen texto, demonios..

wílliam venegas dijo...

Buen manejo del narrador, testigo y protagonista a la vez; sabes estructurar el relato; lástima que los perros no leen para saber qué opinan ellos de tu relato. Yo lo disfruté mucho.