viernes, 27 de noviembre de 2009

Rectilíneos alfileres.



Rectilíneos alfileres.




-¡Buenos días… señor… señora…! Déjeme pasar, por favor. Gracias por su amabilidad. Ah, buenos días, es usted de Información ¿verdad?



Tengo mi número en orden. Sí, el turno me lo dieron para la Consulta número once, puerta cuatro. En la primera planta. Muy agradecido.



Oftalmología






-¿Cómo? No entiendo… ¿Se dirige a mí? Pues… ¿me pregunta “cómo estoy aquí”?



He entrado por la entrada principal como cualquier otro paciente, tengo aquí el informe de la cita… ¿Qué quién me lo ha dado? Pues la Trabajadora Social. Una chica muy amable, lo que es extraño, si lo pienso. La mayoría de ellas se fruncen con hocico amargo, al verme sentado frente a ellas, con todo el tiempo del mundo extendido en la mesa, sin dejarles tomar su café o charlotear por teléfono. Alguna se esconde entre los papeles o los archivadores. Golpean su bolígrafo con impaciencia.



Se repliegan como los contendientes en las guerras. Tierra por medio. Les impongo. Son demasiado jóvenes para tener empatía… tampoco para darse cuenta de que la vida no es lineal.



En realidad, es un zigzag que recorre todos los estados posibles de las anotaciones mentales que extraemos de la vida. Un recorrer abismos y tratar de caer en ellos. Es en la segunda oportunidad cuando lucharás por esquivarlos, si has conseguido sobrevivir a la primera caída…



Sus pupilas se encogen hasta el tamaño mínimo y fabuloso de las cabezas de alfiler, aguijoneando sin facilitarme sitio en sus pupilas. Tienen miedo de que algo mío les infecte por los ojos…



Perdone, me he distraído con mis pensamientos, que a veces se visten de sonidos, por la costumbre, sabe… Si no hay nadie que escuche… ¿Qué importancia tiene hablar o no hacerlo? Sí claro, yo lo entiendo, es usted el Vigilante de Seguridad y tiene que hacer su trabajo, en este caso preguntarme a qué parte de este edificio voy, con ropas de habitual arrugadas y mal barbeado. Recién salido del albergue; no señor, no huelo fuerte, como usted me dice, estoy oliendo a limpio reciente, pero con el poso de suciedad tardía.



Me han dado de desayunar, no se confunda… no soy un muerto de hambre ni mi objetivo es robar o mendigar. El albergue está limpio y tienen sus normas extrañas e insoportables:… siempre se vende una doctrina, sabe usted; pero el estómago lo contemplan como vía para sendear hacia el cerebro, ¿comprende? por eso no deseo tomarme algo aunque me invite… para obligarme a esperar al final de la consulta y darle tiempo al médico a decidir si tendrá ganas de atenderme o de escapar por otra puerta, rezando para no encontrarse con el "sintecho" que le han dicho está esperando; cuando no tenga al resto de citados esperando su turno, esos que estarán lanzándome cuchicheos y reojos curiosos.



Un acerico soy… diana de dardos de chismes y rechazos, aún sin conocer nada de mi vida, soy culpable, llevando mi culpabilidad a rastras en mis ropas, en mis modales supuestamente rudos y maleducados… en la suposición de que me merezco lo que vivo… solamente por verse protegidos de una situación que desean alejar de sus terrores.



El camino no se presenta recto, con frecuencia, es corto y esquinado. Crea sombras en los carteles indicadores. El fin se diluye en la lejanía, dejando quizás adivinarse con desgana.



Pero ¿importa? ¿Qué importa cuando me miran con curiosidad malsana o rechazan palabras que escribo en un cartón?



Me ensartan el corazón en alfileres, como si mi humanidad quedase en entredicho, en pura apariencia. En hilvanados preventivos.



Perdone, otra vez me dejo llevar por cavilar en alta voz, incontinente mi garganta para expresar lo que pienso. Converso conmigo mismo, pese a que me escuchen los demás.



Usted me dice: ¡Entienda, hombre…!



No sé que tengo que entender, si tengo que entender algo…
¡Disculpe! No tengo inconveniente en sentarme aquí, bajo su vista y sudorosa axila, en esta puerta de entrada e intentar hacerme invisible hasta el fin de la hora de mi cita. Pero quiero que me atiendan, tengo el papel que la confirma y me he presentado. Estoy aquí.



Soy un remiendo, pero aún… late mi pecho.



Quiero que el doctor me vea. Aunque sea de mala gana. Aunque ponga barrera de mascarilla y guantes de látex. Aunque arrugue la cara con gesto de asco no disimulada. He venido. Antes de la hora correspondiente, puntual, que yo sé comportarme, no crea. No soy un ser antisocial.



Y tengo raya en los pantalones y en la cabeza.



Vengo perfectamente rectilíneo. ¿Vé usted?



Espero que ahora, el médico no tenga una urgencia o un malestar de barriga increíble; amplia en el umbral del dolor, viéndose obligado a abandonar el centro sin poderme atender, o dejarme para que me vea otro colega, ése que seguro que le cae fatal o le debe un favor gordísimo.



Ese favor-error gordísimo sería yo… que estoy aquí incómodo, vigilado por un uniforme con autoridad, al lado de una máquina expendedora de agua, viendo a la gente pasar con prisa, cruzarse unos con otros, unos enfermos con otros más enfermos, tan similares en sus casos y no deseando verse ni conocerse por el miedo al contagio.



Si alguna lágrima abre un surco en el párpado inferior, mirarán hacia otro sitio. No por falta de humanidad, sino por vergüenza, por imposibilidad de consolar, por un no querer tocar las lágrimas de los demás…



Es la vida. Usted lo comprueba en cada jornada laboral.



Yo también he venido para que me examinen. Es el ojo izquierdo, está estropeado. ¿Ve? Tengo una nube de lluvia que nunca escampa. No es para volver a leer, aunque me gustaría poder ver nítidos los horóscopos del periódico, ¿sabe? … soy el que los cree… o los resultados de los partidos del fútbol, ni para ver de nuevo la estrella polar, que sé dónde aparecerá cada noche, entre el brillo sedoso del luto, no; es para verla a ella…



Distinguirla entre el resto de nosotros, de esa masa que se pierde por las manzanas de edificios, desbandadas de pájaros humanos, porque a veces no brilla con la fuerza habitual, entonces sé que está triste, que algo empaña su aura blanquecina de purpurina.


Quisiera limpiar el cristal con el que la miro, para advertir su tristeza y combatirla. Aniquilándola, pulverizándola, destruyéndola.



Blandiendo alguno de estos alfileres que me atraviesan.



Si no distingo rápido su cuerpo, entre los millones de personas que pueblan el mundo, cualquier otro puede acercarse a ella… y besar sus labios acariciando su imagen con ojos sanos.



Por eso estoy aquí hoy.



Quiero ser yo el que lo haga.



Dejar de ser muñeco alfileteado y sentirme héroe por un momento…












                                                                                                 *********************

24 comentarios:

Lasosita dijo...

“La pobreza no debe tener cabida en una sociedad civilizada.
El lugar que le corresponde son los museos. Y allí es donde acabará.
Cuando los escolares visiten con sus escuelas los museos de la pobreza,
se horrorizarán al contemplar el sufrimiento y la humillación que
padecían los seres humanos. Culparán a sus antepasados de haber
tolerado aquella situación inhumana y de haber permitido
que se prolongase en un sector tan amplio de la población
hasta el primer tramo del siglo XXI”

Muhammad Yunus

TORO SALVAJE dijo...

Es tal como lo dices.
Por desgracia.
Los pobres, los mendigos, los indigentes son los leprosos modernos.
Molestan en todas partes.
Casi se han vuelto invisibles.
Todo el mundo huye de ellos.
Para vergüenza de la humanidad.

Besos.

rapanuy dijo...

La evolución social del género humano no va, tristemente, al mismo ritmo que la evolución genética. El instinto de supervivencia domina muchas de nuestras reacciones. Si en algún momento se consiguió establecer un orden al unirnos en grupos pequeños, células, tribus, aldeas y ayudarnos como comunidad, todo eso se perdió al crecer los pueblos y las ciudades, que dejaron solo y aislado al individuo.

Interesante relato, saludos.

rapanuy dijo...

La evolución social del género humano no va, tristemente, al mismo ritmo que la evolución genética. El instinto de supervivencia domina muchas de nuestras reacciones. Si en algún momento se consiguió establecer un orden al unirnos en grupos pequeños, células, tribus, aldeas y ayudarnos como comunidad, todo eso se perdió al crecer los pueblos y las ciudades, que dejaron solo y aislado al individuo.

Interesante relato, saludos.

Marisa dijo...

Solo una persona sensible
ante el padecimiento humano
es capaz de ver con los ojos
del corazón como lo has hecho
tu. Por desgracia esta historia
está ocurriendo cada día en
cualquier lugar del mundo.
Ojalá que todos los ojos se
abran y sean capaces de ver
el dolor en los demás.

Un excelente relato.

Un abrazo muy,muy grande.

Lisandro dijo...

Es muy fuerte... pero es real... fuerte abrazo!!!!

Robërto Loigar dijo...

"Me puse en la fila en espera de las oportunidades.
Es tan larga que se me agota la vida."

Un indigente.

Mario dijo...

"...estoy oliendo a limpio reciente, pero con el poso de suciedad tardía..."

Gracias por este rato de lectura. Qué sublime placer disfrutar con tu riqueza literaria.

Gracias.

cuentapasos dijo...

Bella lectura como las de siempre. Llegar hasta aquí es un bálsamo para los sentidos. Me dejáis con mejores ganas para continuar......
Saludos

Lucina dijo...

Para observar la Estrella Polar, en esta calida primavera..

Un sentido escrito Susi, gracias por ello.
Un beso

Sir Bran dijo...

Has relatado con esa precisión tuya... sobre un personaje que habita descuidadamente... el mundo del "no tener".
Y me ha gustado mucho (muchísimo diría yo si no temiera excederme).
¿Y por qué?, bueno, pues por dos razones esenciales: la primera es que has puesto la luz de tu literatura sobre algo que tiende a permanecer en la oscuridad, porque no siempre queremos verlo.
Y segundo porque ese personaje protagonista mantiene toda su educación y su enorme cortesía ante un mundo que ya se lo ha negado todo.
Me encantan sus excelsos modales.
Aunque entre las sensaciones provocadas haya ganado la pena.

Excelente Susi, es Ud toda una escritora!

Besiños.

La sonrisa de Hiperión dijo...

Observando la estrella polar, me he quedado dormido... Desperaté algún día?


Saludos y un abrazo enorme.

sue dijo...

"Quisiera limpiar el cristal con el que la miro, para advertir su tristeza y combatirla. Aniquilándola, pulverizándola, destruyéndola". WOW!

Precioso relato. Triste, pero precioso. El dedo en la yaga. La navaja en el ojo.
Una vez escribí un artículo en el periódico del instituto titulado "La miseria y la muerte". Nadie lo entendió.

Gran acierto pasar por aquí. Te sigo.

Daniel Os dijo...

Evitando reafirmar lo evidente, no puedo dejar de contemplar tu grado de sensibilidad y compromiso de narrar esa experiencia desde la primera persona… seguramente de no leerte jamás lo hubiera escuchado en boca de nadie.

D.

Agua dijo...

Niña me he quedado sin palabras ante un texto tan maravilloso y con tanta carga social como este. Ahora que se acercan estas fechas navideñas, en las que la pobreza sale a la luz mas aun si cabe entre los despilfarros de las manos burgesas de la clase media, este texto nos abre los ojos y nos hace recapacitar. Ojala nadie tuviera que verse en una situación de pobreza, ojala el mundo fuera justo para todos... un beso !!!!

Pal Abrazo dijo...

ES DESCARNADO,SUGERENTE.ME GUSTA PORQUE LAS PALABRAS PINCHAN COMO ALFILERES AL DESCRIBIR LA SITUACION.ESA SENSACION DE ESCRIBIR DESDE LOS MARGENES,DESDE LA PALABRa REMENDADA COMO UN CALCETIN.TE INVITO A INGRESAR EN MI BLOG Y QUE ME CUENTES LO QUE TE PARECE MI PROPUESTA:
http://palabrazoss.blogspot.com/

Mercedes dijo...

Originalidad, sensibilidad, empatía, maestría literaria... ¡Bravo, Lasosita!

Mientras espero impaciente tu próximo relato, te mando un beso!

Albino dijo...

Ademas de una excelente redaccion y un claro sentido de la observacion, te presentas en este relato con una gran sensibilidad que estoy seguro que no es literaria, sino real.
Hazme un hueco en tu isla, que no debe estar muy lejos de mi bahia y me acercaré para darte el beso de ternura que te mereces.

fonsilleda dijo...

Como otras veces, tus post remueven conciencias, además de tu buen hacer literario y tu gran sensibilidad. Gracias por ello.

Silencios dijo...

La cruda realidad, así es por desgracia. Es una lástima que olvidemos la condición humana
Mil besitos cielo.
Excelente como siempre

María dijo...

Tu post nos hace reflexionar, la verdad es que es una pena que los pobres molesten en todos los sitios, parece como si tuvieran una enfermedad contagiosa, y nos tenemos que dar cuenta que todos hemos nacido desnudos, sin nada y así moriremos, con nuestra piel como compañera.

Un beso.

Meiguiña dijo...

En mi rincon he dejado algo para ti querida amiga

Bicos e apertas meigas

Alatriste dijo...

Últimamente has despertado tu lado más social por lo que veo. Te aplaudo el gesto. Como dices, la pobreza no debería tener cabida en una sociedad civilizada, así que la pregunta es si vivimos en una sociedad así. Yo creo que no. Tu relato es desgarrados y crudo. Como la vida misma y lo peor es que de nuevo no se trata de ficción. Esos pensamientos existen ahí fuera, donde todo se hace real. Enormes tus palabras, amiga. Te admiro. Me dan vacaciones en Navidad. Dos semanitas. Tendré tiempo para ese reto que tenemos pendiente. Palabra de Alatriste. Je, je, je. Un beso enorme y confío en que estés genial. Pronto tendrás noticias mías en tu correo. Hasta pronto.

merce dijo...

Cruél,e hipócrita realidad que tu sabes transmitir de una forma exquisita,
y esa ternura de final...

Muy buen relato Susi.
Un abrazo.