Un infinito de colores.







Un pedazo mío. Para ti, que me lees ahora. Un recuerdo. Quizás dos, si reconoces mi voz llegando desde el pasado. Te preguntarás porqué lo hago, si no te conozco. Una razón es que me estás leyendo AHORA, en ESTE INSTANTE, cuento con tu atención y con parte de tus minutos. Otra: he sentido en tus escritos, un toque intimista de narrador que me permite la deducción, espero que acertada, de creer que apreciarás lo que quiero darte.

No miento si te digo que el miedo asoma encima del hombro, acechando lo que escribo y, su presencia se hace tan imperiosa, que mi mano vacila y duda. Me dice que debería ser menos transparente: los cristales son frágiles expositores de paisajes interiores; dártelos tal y como yo los dibujo, puede convertirse en una peligrosa forma de darte poder. Asumo el riesgo, creo que vale la pena.
Lo difícil de poseer este caudal incesante de ideas, letras y significados, en verdad complicado, es decidir el cómo colocarlas para darte un fragmento de mí, transmitiéndote, surcando, inoculando en el interior de tu piel, mi “yo”.

Un recuerdo es un regalo, algo que antes no poseías, ahora lo tienes y puedes hacer lo que desees con él: es tuyo.
Una evocación corta, porque yo era muy pequeña. Tal vez los grandes recuerdos los fabriquemos de mayores, de adultos.
Éste mío… es pequeño y perdible, facilmente desorientable, casi solitario entre todos los que almacenan las buhardillas de mi memoria.



****


Mi nombre es…, bueno no importa. Una niña rubia, con ojos azules, cosa que no es importante tampoco, pero da una tonalidad que una misma no percibe, aunque sí la creen los demás. Pero no corresponde a mi definición más correcta.
Era mucho más.

Para empezar, yo era un diagnóstico médico.


Estoy en una gran cama, encima de una colcha. Es inmensa o a mí me lo parece. La colcha está cosida a retales, tejida a calceta por mi madre, con grandes cuadrados de color fucsia y verde. Forma una un extenso y vasto campo con ocaso incluído, aunque yo no lo sabía. Mi alrededor más inmediato está decorado con esas cuadrículas y esos tejidos hilos. Muevo mi cabeza de un lado a otro; sus colores acompañan mi vista hasta lo que es la lejanía del final del lecho.


Demasiado lejos. Nunca he visitado ese horizonte.

Y héme aquí, mirando al techo. Mi habitación. Mi mundo. Mi techo.
Yo lo desconozco, pero sólo puedo mover el cuello y los brazos de forma limitada. No sé que eso no es lo normal, al contrario, me parece lo más normal del mundo. Rígida e inmóvil mirando al horizonte de mi cielo particular.
Observo la lámpara de tela abierta desde mi posición. Su color es igual al del resto de la pared, blanca, sosa, insípida, aburrida, aunque cuando anochece se transforma. Sombras me hacen dibujar contornos con la imaginación. Pero se van demasiado pronto. Resulta decepcionante incluso para mí, porque su luz es amarillenta y mortecina vistiendo una panzuda bombilla que parece agonizar sin fin. Gran parte de mi universo, junto con sombras, bombilla, colcha, techo son las esquinas.


Recorro las cuatro de la habitación. Descanso la mirada en la única ventana. Unas rejas torneadas, pero rejas al fin, impiden que mi imaginación vuele… Aunque eso lo pienso ahora; antes este hecho no era simbólico ni estaba dotado de significado en mis percepciones. Jamás oí hablar de prisiones ni cárceles, de privaciones sensoriales, de angustias ni de libertades.


Total, no puedo llegar a la ventana.


Al fondo de mi mundo, sobre la almohada colocada bajo mi cabeza, un armario con espejo me sonríe. Me gusta el brillo que luce en ocasiones en que el sol se cuela entre los barrotes. Yo no alcanzo a mirarme en esa superficie pulida. Nunca me he visto. No sé como soy. Soy una prolongación de la colcha, quizás a cuadros, a retales tejidos, una esquina cualquiera iluminada tenue por una bombilla desnuda.


Aunque me contemplase no me reconocería. Solo sé lo que me dicen o lo que escucho. A veces también tengo aquí la televisión. Mi madre, que es la que hace los milagros, la trae arrastrando en un mueble de tubos de hierro negro, la enchufa y la enciende. Es como el descubrimiento del fuego, prende y la magia llena estas cuatro paredes, estas cuatro esquinas, la inóspita extensión de mi cama, haciendo crecer otra almohada para recostarme un poquitín más, solo un poco.


Lo justo. Una dosis ajustada para que la medicina recién nacida llene estas pupilas azules que se pierden en las imágenes y las músicas de ese milagro al que no pertenezco.


Ella no sabe que más hacer para entretenerme durante las horas que estoy despierta. Sabe que yo no la llamo. Es demasiado joven para saber, pero lo suficientemente inteligente para notar que algo puedo estar perdiendo, día tras día, en esta postura de muñeca abandonada. Nota que bulle en mi interior tanta vida y energía que podría mover las montañas, dentro de mi armadura.

Me gustan los dibujos animados. Río mucho cuando mamá sonríe mirando “Embrujada “, porque ella también está contenta. Soy su reflejo. Se recuesta contra mí, y aunque yo no sienta su piel contra la mía, ni su calor, me basta con que me remueva el pelo con ternura.
Soy demasiado pesada y trabajosa para una niña de dieciocho años. Juega con una muñeca a tamaño real que le sonríe y la llama mamá.

De otro lado del cuarto, una puerta. Para mí es “La Puerta”. Una caja de sorpresas, el telón de un teatro que se levanta en sesiones contadas y reparte papeles cortos a distintos personajes en mi particular escenario.


La actriz principal, mi madre.
Mi padre en menos ocasiones. Tiene pocas frases y ningún gesto en las representaciones. Cuando llega, escucho el tintineo tranquilizador de llaves, saludo entusiasta de mamá y comen juntos, ruido de luchas entre platos, vasos, cuchillos y tenedores, todo antes de traspasar hacia la pública escena y venir a verme.
Otras personas desconocidas también se asoman superando la barrera de bambalinas.
Mi médico no cuenta como extraño, siempre ha estado presente en papeles relevantes, con su voz ronca de fumador empedernido y dulzura adquirida por grandes ingestas de café, otorgándole un disfraz de oscura rudeza.


La vecina, la única, me trae un dulce cuando viene de visita.
_ Mira que cosa más rica te traen!

Yo sonrío. Me he visto en fotos. Montones de fotografías con el fondo de colcha tupida. Fondo de una gran cama, una niña pequeña, un detalle en un mar de colores. Un adorno sobre una almohada.
Al lado de la cabecera, a un giro de cabeza, una mesilla de noche, en la cual en el futuro, colocaré una caja de música. Gota de magia.
Aprendí a darle cuerda yo sola y eso me permitía escuchar su melodía cuando quería, a mi antojo. Mis primeras decisiones.
Sin permisos ni restricciones, sin avisar a nadie. Mi primera independencia. Pero no conocía lo satisfactorio que era eso, todavía no.


Era feliz.


Mi madre pasaba el tiempo en mil cosas distintas, pero me cantaba canciones (los cinco Lobitos, el Palma Repalma…) me leía muchos cuentos y me enseñaba las letras con unos grandísimos dados. Por eso, aprendí a leer pronto, lo que me llevaría de adolescente a sumergirme en libros, huyendo hacia las páginas, que nada pedían y escapando del charlar incesante, insustancial del resto de la gente.
Cuando ella se iba a sus quehaceres me colocaba dos muñecos, uno en cada brazo. Yo les miraba por turno y les hablaba con mi media lengua. Eran de plástico rígido, de los antiguos, con un pelo imposible de peinar y ojos que no descansaban aunque fuese de noche y les ordenara dormir.

Ahora ya no están. Quise que otro niño recibiera toda la compañía que ellos fueron capaces de darme. Eran mis amigos y mis mejores medicinas. Ellos sufrían lo que yo, alegrándose con los mismos motivos que hacían que mis ojos brillaran.

Desde mi territorio, oía muchas cosas. Conversaciones entre mamá y papá; radio, sonidos de voces procedentes de la televisión, lejana en el salón. El teléfono sonaba y la voz de mi madre se dulcificaba y con cadencia gallega cuando hablaba con su familia.

Yo siempre, la protagonista. “La niña está bien”.


Ahora es un oscuro misterio, el porqué no me llaman por mi nombre. Que siempre ha sido el mío. Desde que murió mi madre, han recuperado el nombre con el que me inscribieron, ese tan odiado y formal, tan desconocido, tan poco de mí. Duele cuando lo hacen. Me mutilan una parte de mi cuerpo, y me arrancan lo que resta de ella.


Ponemos distancias con actos tan pequeños…


La oigo hablar con el teléfono. Me nombra varias veces en sus conversaciones. Mis apellidos, desde que recuerdo, son la etiqueta de lo que padezco desde que lloré por vez. Términos médicos que una niña pequeña acaba por tepetir sin saber lo limitada que harán su vida, ni conocer su verdadero significado. Habla de una posible operación. Otra más.
Con las cicatrices de piel rasgada, me he sentido identificada durante todos estos años, hasta no imaginarme como sería mi cuerpo sin ellas.


Ellas, las visibles.




Mi madre me repetía en ocasiones
que así le sería fácil reconocer
mi cuerpo si alguna vez
tenía que identificarlo.
Qué complicidad la suya con la Muerte.
Reconfortante idea, aunque,
curiosamente, me ha tranquilizado
su realismo.

De todas formas, estas cicatrices mías, que antes eran enormes para las piernas que habrían de ser parte de la “niña de rehabilitación”, mutaron a una anécdota. Se han ido empequeñeciendo, convirtiéndose en el conocimiento más íntimo de mi envoltorio.
Me gustan. Soy yo y parte mía. Nada que, incluso en la adolescencia, impidieran mostrarlas al aire de la playa, ni ante nadie más cercano.


Las expectativas: Silla de ruedas, o a lo mejor, una cojera, quizás leve, un balanceo característico, un movimiento desacompasado, una falta de ortografía en un poema, una nota de música desafinada en acorde sintonía; una necesidad de muletas…
Palabras que eran conocidas a fuerza de escucharlas. Formaban parte de mi bagaje infantil, dónde yo, era la Reina Eternamente Tumbada.
Todo giraba en torno a mi colcha de colores.


Por todo eso, era feliz. Era importante.


Me sentía tan libre como lo era mi mente y tan protegida como si aún estuviese dentro del cálido vientre de mi madre, inconsciencia infantil de un mundo exterior.
Pero un día, mi idea de esta paz, se transformó.

Amaneció soleado y claro. Mi cuarto sintió ell indicio de la creciente primavera. El aire era limpio y olía a verde. Mi madre traspasó “La Puerta”. Venía con alguien. Abrí los ojos, sorprendida y encantada a la vez.
Era la vecina.

No estaba sola.
Tenía un niño de mi misma edad, supongo, de su mano. Observé su carita y sorprendía en ella una mueca de extrañeza ante mí. Debía preguntarse porqué razón había una niña encima de una colcha, de una cama ya hecha, a él, que seguro no le dejaban saltar sobre el colchón; inmóvil, aprisionada dentro de un armazón de escayola, con una barra enorme separándome los pies. Aunque esto último se lo ahorró, solía tener una manta tapándome el lugar donde deberían de estar mis envueltas piernas.


“Qué pena, que no puedas llevarla al parque a jugar”,

pronunciaba la mujer dirigiéndose a mi joven madre.
Yo jamás había ido a un parque, por lo tanto no reparé más en el vocablo. Mi atención era para el desconocido que arrugaba la nariz mientras me observaba a distancia. Notaba una diferencia entre él y yo, vacía tortuga encaracolada, viendo pasar la vida sin participar en ella.
El niño tiraba de su mano hacia “La Puerta”, con apremio y urgencia en sus gestos. Creo que fue ahí. En ese segundo. Mi inocencia quebró. Nadie oyó el chasquido al principio, porque la primera vez, siempre es una fuerza la que doblega y malhiere, silenciosa y fluida como un veneno.
Con viscosidad manifiesta, se extiende sobre la mente, conquistando todo a su paso, abriendo brechas que ya no curarán.

Cuando volvió mi madre a mis cuatro paredes, algo había cambiado para siempre. Su hija no estaba en su lugar.
Alarmada, rodeó y me encontró bajo la ventana, boca abajo, sin poder apenas respirar por el golpe. Oigo todavía su voz, pero no sentí sus manos al recogerme del suelo. Yo era una muñeca rígida en su regazo. La sentí jadear…” Pero hija… que haces…”
Pobre chica, pienso desde mi atalaya de adulta.


Y mi respuesta, alta fuerte, clara.
Toda una declaración de intenciones, meta anhelada, deseo recién adquirido:


“ MAMÁ, YO QUIERO ANDAR COMO AQUÉL NIÑO!”

****
Pensarás que esto no lo esperabas. Quizás cuando comenzaste a leer, querías magia, acción, amor, misterio o intriga. De esas cosas también sé, a veces, pero hoy tenía que entrar en ti de alguna manera. Me siento más ligera, he traspasado una barrera, cediendo una carga que jamás conté ni compartí con nadie. No escribiré un segundo recuerdo. Con uno basta.
Ya no soy protagonista, ni gira el cosmos a mí alrededor. Hace ya bastante tiempo de eso. Mejor así. Ahora puedo ser más libre, me mimetizo entre la gente, camaleónica y observadora.
Desapercibida. Una más. Mi encierro, ha tomado otras maneras de ser, y no posee por paisaje un horizonte verde y fucsia.
Quizás es el destino. Podía estar todo escrito, todo sólo para que hoy pudieses tener estas letras en tu mano… y que las leas sin conocerme, lo convierte en milagroso y mágico. Mi objetivo era claro: si he conseguido distraerte durante unos minutos, o un latido tuyo ha sido mío, todo lo que he vivido y ahora relatado, volvería a vivirlo cien, mil veces más.

Porque habrá valido la pena….



Comentarios

merce ha dicho que…
Tengo prisa, pero como siempre, tus palabras me atrapan, aquí estoy, tratando de digerir esta emoción que queda,intenso, profundo.

Volveré a leerlo.

Sosita un abrazo grande.
Ah !recuerda que tengo un libro tuyo, pronto te lo devolveré.
Elen ha dicho que…
Susi...
Me he leído tres veces esta entrada, y como siempre, consigues dejarme sin palabras que llevar a los dedos.

Fui la niña que no sabía que había más allá de su mundo, y aún así era feliz, ya que, aparentemente, no podemos echar en falta aquello que no conocemos...hasta que alguien entreabre un poco la cortina y logramos ver lo que hay al otro lado.
La valentía de superarlo, de acomodarlo en la esencia de uno mismo y llevarlo como una herida de guerra de la cual uno se siente orgulloso...(eso sé lo que es... puedes creerme...)porque conseguimos superarlo, con fuerza, tesón, alguna lágrima y mucho cariño.

Tus escritos siempre desbordan sensibilidad Susi, y es todo un placer leerte.

Un besote fuerte

(Uff.. para no salirme las palabras.. mirá que me lié.. jijiji)
Meiguiña ha dicho que…
Has conseguido centrar toda mi atención, me has hecho recordar muchas cosas desagradables y agradables de mi infancia y si esperaba magia y me la has proporcionado de un modo u otro.

Gracias, un biquiño y seguiée visitándote.
pasajera ha dicho que…
Todavía noto los escalofríos que me invadían en algunas partes del texto, ahora se conglomeran todos, tal vez sea ese pedazo tuyo que has querido darnos, yo lo he tomado. No soy buena comentarista, ni de broma, es más, podría decirte que me has dejado sin palabras, ensimismada, atrapada entre tus palabras, sentimientos, sensaciones.
Entrelazando nuestro tiempo… siente mi abrazo, por favor.
Lady Hefziba ha dicho que…
Grandes gotas de emociones cubren todo mi ser… grandes gotas de sudor. Traspasa mis huesos, toca el alma, el espíritu. Este pedazo tuyo lo guardo ahora en mi caja de tesoros (¡tengo una caja de tesoros!)
Ahora sos mi presente… y en mi futuro no se si esto será un recuerdo (creo que seguirá siendo un tesoro)
Quiero dar las gracias… no se bien a quien… a Internet? Al blog? A la majestuosidad de los avances tecnológicos?
¡Gracias a todos los factores y a la casualidad que me hizo encontrarte aquí! JAJA! No se como te encontré. No se si me encontraste vos. Pero se que no quiero dejar de dar gracias por haberte conocido. Y conocido un poco más hoy. Gracias por estar aquí.
Tengo un nudo en la garganta! Tengo mil palabras estancadas, no se que primero expresar! Este nudo es quizá por que quiero llorar… quizá por que me consume un sueño loco de querer cruzar mi pantalla, el océano y las fronteras para darte un abrazo, para ver la luz de tus ojos (azules que los imagino)
Por ahora me lleno con ver la luz de tus palabras, con abrazarte fuerte en cada párrafo, en cada recuerdo.
Acertaste en tu conclusión. Lo inesperado. Lo inimaginable. Pero te diste a volar. Y estas más ligera. Y libre como siempre.
En fin, gracias por deducir los sentimientos. Gracias por la sensibilidad. Gracias por las palabras. Gracias por “distraer durante unos minutos” mi atención, solo que esta distracción es eterna. Es profunda. Mágica! Gracias por llevarme a ese infinito de colores. A lo infinito de tus profundidades que pintan a esta personita aquí, ahora.
Te regalo un mar de sentimientos, de mucho cariño hacia vos que te hiciste muy especial en mi mundo, en mi realidad, en mi paraje. Te abrazo en los colores. En la distante cercanía. En la sensibilidad de espíritus, aunque no se sienta en la piel...
mara-mara ha dicho que…
No sé cuantos minutos habré tardado en leer este relato, pero puedo asegurarte que desde el principio hasta el final la emoción ha estado sentada a mi lado.
Desnudarse del pasado y vestirse de valentía...
definitivamente, ha merecido la pena!

saludos
Alatriste ha dicho que…
Me has dejado temblando, con tu infinita sensibilidad. Transmites tanto que abrumas. El afán de superación es lo que nos hace grandes. Que siempre tengas bellos colores, que pinten tus labios de risas. Un beso muy fuerte, niña.
Marisa ha dicho que…
El sufrimiento nos hace grandes, es una especie de inmunidad que
nos hace fuertes ante las adversidades.
Creo que tanto las cicatrices del cuerpo como las del espíritu imprimen carácter.
Esa dulce niña de ojos azules se enfrentará sin temores ante la vida.
Como todos tus textos,palabras llenas de dulzura y sensibilidad.

Un abrazo muy grande.
Lasosita ha dicho que…
Estas prisas acabarán con nosotras, querida Merce.

Debo confesar que esta entrada es un poco especial, y me alegra que desees leerlo de nuevo.

No te preocupes por la devolución, esta semana voy a faltar a nuestra cita, con gran pesar... espero que te haya gustado!

Por cierto, tengo una novedad, que deseo compartir con vosotros.

Hasta la próxima y muchos besos!
Lasosita ha dicho que…
Mi apreciadísima niña... ya sabíamos que teníamos más de una secuencia común...

Y has sabido resumir. Conoces!

...Jamás te lias, eh? No quiero yo dejarte sin palabras con que pulsar el teclado!

;)

Igual que si estuvieses cerca... un abrazo con sonrisa!
Lasosita ha dicho que…
Meiguiña, gracias por venir, pararte a leerme y comentar. Eso sí que es magia!

Perdona si he revivido en tí recuerdos desagradables, aunque todos tenemos que vivir con ellos, tratando de superarlos y utilizarlos como escalones para apoyar el presente.

Estupenda tu promesa de volver!

Un abrazo!
Lasosita ha dicho que…
Qué no eres buena comentarista?

Pasajera, tú no te quedas sin palabras, es más las usas para darte y dar significado y belleza.

( lo sé...)

Sí, enlacemos el tiempo...

Un gran beso y ... siento tu abrazo, y gracias por querer consolar a mi protagonista!
Lasosita ha dicho que…
Tienes una Caja de Tesoros!
Mi relato está en ella! Pues sí que me abrumas totalmente, Lady!

Es maravilloso ver que algo mío descubre tantas emociones... no tengo palabras!

" Te abrazo en los colores. En la lejanía, que no lo es..."

Mil y un abrazos coloridos.
Mil y un agradecimiento por tus hermosas, redondas, plenas, sensitivas, pletóricas, apasionantes, henchidas palabras!

Pues sí que ha valido la pena!
Lasosita ha dicho que…
Qué bonita imagen...

Tú, sentada junto a algo tan abstracto como real, la emoción!

Y sí... creo que algo me he desnudado. Vaya!

Vestida de valentía, espero con frecuencia. Es bueno ver algo pasado y coger fuerzas.

Abrazos.
Lasosita ha dicho que…
Mi Capitán... mi Capitán...

Gracias por tus buenos deseos, por dedicarme unos instantes y por tu cariñoso comentario!

Tú sí que me tienes abrumada!
Lasosita ha dicho que…
El sufrimiento es, junto con las cicatrices, exteriores o interiores, una experiencia más, al igual que la alegría o la felicidad.

Y una sin la otra, una balanza sin uno de los platillos.

Marisa, aunque no pusieras tu nombre en el comentario, SABRIA que es tuyo!

Recibe muchos abrazos, y tengo algo pendiente que te daré para la próxima...


Besos!
Meiguiña ha dicho que…
Gracias por tus bellas palabras de ánimo dejadas en mi espacio de desahogo, sentimiento, dolor, alegría.

Aunque me has hecho recordar momentos malos de mi infancia, también me has dado una lección de superación que ahora mismo me debo aplicar.

Gracias, dormiré en tu papelera muchas veces.

Biquiños
Alatriste ha dicho que…
Vengo a dormir de nuevo en tu papelera, porque es mi mejor lecho. Gracias por tus palabras y por no dejarme solo. Te busco siempre entre mi caos, porque tus letras me calman. Un beso muy fuerte y feliz semana. Espero que lo veas todo de colores. Hasta pronto.
Lasosita ha dicho que…
Sabes que estoy... Meiguiña.

No te digo nada que no sepas, verdad?

Un agarimo!
Lasosita ha dicho que…
Las pinceladas de colores las ponen en mi vida gente y letras como tú y cómo las tuyas.

Alatriste :

Un bico = un beso
Unha aperta = un abrazo
Un agarimo = cariño


Bico, aperta e agarimo!!
Hugo ha dicho que…
Querida Reina Eternamente Tumbada:
Me ha sorprendido tu relato,es dulcemente encantador; lo he leído desde tu colcha, desde tu posición,"la colcha" era capaz de tapar el frío que como adulto yo sentiría en tu lugar y me alegra que hayas cruzado "La Puerta" para convertir o para poder compartir,aunque sólo sea por un instante,ese recuerdo del que hablabas en un principio....compartirlo conmigo,con nosotros....has cruzado "La Puerta" y a zancadas.
Qué suerte la mía poder leerte....qué suerte,palabra.
Gracias por tu recuerdo-regalo.
Susi DelaTorre ha dicho que…
Multiverso Leopoldino...
la fortuna me sonríe cada vez que encuentro el reflejo de red verde con ojos azules.

Gracias por los "siempres"!

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