domingo, 25 de enero de 2009

No sientas... parte ( II )


Los padres, tiraban de las manitas de sus hijos, mientras sus ojos eran atraídos hacia el interior del local, pensando en cosas que nada tenían que ver con el trabajo, por unos fungibles instantes.
Luego, se acostumbraron.
Las perfumadas, comentaron durante días, la novedad. Que si la ropa esa no era, lo que se dice, adecuada... o bueno, a mí me gusta, no me digas! no te imagino yo con eso, mujer!.
Luego, se acostumbraron.

No hables, no digas, no pienses, no sientas.

Ya están esas cotorras teñidas ahí delante, con sus alpistes. Melindrosas, pican el bizcocho del café a primera hora y los manises de la una de la tarde, cogiendo todo con las puntas de los dedos y llevándolo a la boca con fingido recato, con el pudor de quién se sabe vigilado por el resto de plumajes.
Es curioso el barrio este. Aunque fácil de analizar. El colegio, con su montón de cachorros humanos, alborotadores y chillones. Padres que llevan sus satélites orbitales, aunque a veces, son menos orbitales de lo que ellos querrían.
Ancianos que salen después de comer, lentos, como caracoles con un gran peso, andando con cuidado de no caer en la acera, asegurándose de que el semáforo está en color verde, recogiéndose cuando el colegio abre de nuevo su boca para liberar la marea viva de la chavalada.
El banco, en la otra esquina, dónde entran personas rítmicamente, como latidos, como pulsaciones. Y, como no, las rumiantes de palabras.

Llevo unas semanas aquí, plantada, de pie, mirando a todas horas este cruce. Experimentando los cambios de luz y ritmo, cómo amanece y cómo anochece, con estos ojos plásticos que no ven, que no deberían ver. No se hicieron para eso, sólo para hacer racional y bella esta cara de poliuretano, supongo. ¿De qué material están hechos los maniquíes?

En realidad no nos ve nadie. O nos ve, pero nadie nos mira.
La gente camina delante nuestro, indiferente, o fijándose en la ropa que nos viste, prendas cosidas por y para vosotros. Nos fabricáis para vuestro propio interés egoísta. Somos las figuras que más os agradan, una recreación cercana al arte, con caras que quisierais ver a vuestro lado cada despertar. La eterna juventud en unas capas muertas, inertes, nihilistas, que nunca llegaran a plegarse, que nunca se deshidratarán, que nunca, por muchos años que pasen, grabarán en sus epidermis la fricción de lo vivido.
En realidad, sólo nos miran los niños. No nos reconocen como grandes muñecos, sino gente como vosotros, pero inmóviles, extraños seres aprisionados en sí mismos. Les damos miedo con nuestra quietud forzada, o confianza con nuestros hermosos rasgos, hechos para agradar al que nos mira.

Somos como vosotros, nuestros inventores, pequeños dioses que juegan a la creación, con miedo de que os superemos, que seamos más perfectos de lo que podáis soportar.
Más dioses que los mismos dioses. Los diseñadores, en los bocetos, y los montadores en la cadena de producción, nos privan de toda emoción, de la capacidad de mirar, de pensar.
Nos veis superficiales, para eso estamos, sosteniendo en nuestros materiales elásticos vuestros sueños, como Atlas, con esa pesada carga de contentaros luego ante la responsabilidad de confirmación y asentimiento del espejo del probador. Ese testigo y juez, a menudo trucado. Sin esencia, vacíos, sin ventana salvadora para asomar inteligencia o un rayo de elevado espíritu. Porque nuestras córneas no tienen brillo.

Nos damos miedo. Un miedo mutuo. Seríamos una amenaza. Y, conscientes de ello incluso nos asesináis, despiezándonos, como si quisierais negar que somos cuerpos como vosotros, pero sin vida, como cadáveres que necesitáis negar una y otra vez; torsos, piernas, caderas, caras, manos, reduciéndonos a trozos para negar el crimen. Para que el cuerpo se reconozca lo menos posible, quitándole importancia a la mutilación.

Pobres humanos, tan limitados. No comprendéis la necesidad de saber el porqué hacéis las cosas. Preguntaros si llamamos o no la atención de vuestras pupilas, cuando nada nos cubre, cuando enseñamos toda nuestra vulnerabilidad desnuda. Entonces, sí, somos reales, claro que reparáis en nuestra presencia tras los escaparates, tras los vidrios que alientan vuestra imaginación. Representamos la fantasía dormida o acallada, reducida en un rincón, para no ser notada por la conciencia del
“super yo” de cada uno.

No sois conscientes de que estamos ahí. Si pudiéramos tener vida unos momentos, los suficientes para mezclarnos en la vuestra, qué sucedería? Si nuestra inteligencia fuera igual de valiosa que la importancia que le dais a nuestro físico... cómo os empequeñecería? no lo pensáis, claro.
No importa, no va a suceder. Estamos aquí, por y para vuestro servicio, para tentaros, para haceros soñar que os pareceréis a nosotros cuando ocupéis nuestro lugar ante otras miradas. Pero nosotros sí os vigilamos y podía ser, que alguna vez... soñando, lleguemos a sentir.


Aún así, tengo suerte, tengo mucha animación delante, lo que me entretiene y llena los huecos del tiempo sobrante de mi existencia. Soy la única con este rostro en toda la tienda, de mi lote, solo yo he venido a dar a este sitio, lo que me hace casi única y especial.
No soy una más. Soy yo.


Me he fijado en alguien. Un hombre que viene desde la semana pasada, arrastrando a sus dos pequeños, cariñosamente, eso sí. Pero con firmeza, con seguridad. Todos los días, se para ante mí, mientras espera la entrada de los bajitos, y me mira.
La primera vez, sentí algo extraño cuando lo hizo. El hueco de mis vísceras retumbó en el vacío. Cómo puede ser?

No hables, no digas, no pienses, no sientas.

Ahora, lo espero. Todas las mañanas, a la misma hora, está aquí, mirándome. Creo que sabe, desde mi inmovilidad, que yo también le miro.

Me gusta cuando vienen a cambiar el escaparate. Es la renovación, un renacimiento, que liquida el atrezzo anterior.
Él viene, se apoya en la verja y percibe que me rodea otro escenario y alguna imagen censurada viaja en su mente, desatándose libre, mientras es capaz de verme como una mujer real que ha ido de compras, dispuesta a desfilar para él. Y le muestro las telas que me cubren, sedosas sobre mi piel coloreada, los hilvanados que tan bien le sientan a mi cintura, las lorzas que se ajustan a mis pechos.
Sé cuando algo le gusta, lo noto aquí, en mi hueco visceral, en mis órganos inexistentes, en el aire que encierro dentro de mí.

Ahora, lo daría todo por no ser quién soy. Aunque quizás, él no me mirara de esa forma que me gusta tanto, haciéndome, temblar, oscilar de pura emoción, imperceptiblemente ante el resto del mundo.

13 comentarios:

Paladín Sombrío dijo...

Impresionante...!

Lasosita dijo...

Este es un relato que ya tiene algún tiempo. Lo retomo de mi papelera porque le tengo un cariño especial...

Espero y me agrada que te guste, Paladín.

Gracias por la visita!

Marisa dijo...

¿Un maniquí enamorado ?
No digas, no pienses, no sientas.( Da que pensar )
Me ha gustado mucho.
Un abrazo.

LOBITO dijo...

Fantástico... mucho se puede decir de este relato, a mi me parece magnífico!

Un beso

Leola dijo...

¡Por favor! Qué metáfora tan hermosa y tan plástica, con tantas posibilides de interpretación, de comprensión. ¿Cuántas personas se sentirán como ese maniquí? Me encanta el hueco de sus visceras despertado por esa mirada. Y creo que tiene razón, aunque desee no ser quien es en el intento de llevar a cabo su deseo, si no lo fuera quizás no sería mirada de la misma manera.
Muchas felicidades por este relato tan bonito, tan profundo y tan bien contado.
Un beso.

Lasosita dijo...

Marisa, los imperativos siempre dan que pensar por lo que prohiben y por lo que pretenden anular la voluntad...

Dos abrazos!!

Lasosita dijo...

Lobito, gracias por tus palabras. A la protagonista creo que también le gustarían ...

Un enorme beso!!

Lasosita dijo...

Leola, creo que la inmovilización es una de las situaciones más terribles que le puede ocurrir a un ser humano. Aunque es una figura de por sí nacida para eso, creo que ser consciente de este hecho la transforma, humanizándola.

Por cierto, ese bellezón está en algún escaparate de esa ciudad donde nos encontramos a veces, y adónde estoy deseando volver.

Besazos!!

merce dijo...

Si...toca por dentro...este relato!!!me encanta. Un beso.

Oscar García dijo...

He tardado pero he leído las dos partes de un tirón : )

Una magnífica descripción de todo en la primera, y una reflexión estupenda en la segunda.
A partir de ahora miraré con otros ojos a los maniquies.

Un beso

Lasosita dijo...

Merce, me alegro que te guste. Espero verte pronto!

Oscar, gracias por darme parte de tu tiempo. Los maniquíes estarán contentos de que los observes de otra forma..;)

Un besazo enorme para cada uno!!

pasajera dijo...

"Más dioses que los mismos dioses"

Lasosita dijo...

Un besiño, pasajera+, me alegro que me hayas leído...