No hables.No sientas...( I ª parte)


No hables. No digas. No pienses. No sientas.

Todas estas prohibitivas y negativas frases las oí yo, deslizándose sibilinas, tan pronto como nací, como vuestra Venus, de las máquinas moldeadoras. No era yo la única, éramos bastantes unidades, con la misma figura, con la misma cara de rasgos finos, con la breve cintura y largas piernas torneadas.


En el barrio, todo estaba igual que cualquier otro día. El horario laboral iba a dar comienzo. Todo estaba a punto. Los conductores se afanaban, mirando el reloj y acelerando en los cruces, arañando segundos a los minutos, ya demasiado justos.
Los padres, tiraban de las manos de sus pequeños, con esas incesantes cantinelas de “¡date prisa, venga, vamos!”. El autobús urbano vomitaba sobre la acera, rítmicamente, seres con gibas portátiles y con caras de sueño, cuya preocupación más inmediata era desear que fuese, ya, cuanto antes, la hora del recreo.

En la terraza de la cafetería, el camarero ordenaba las mesas, las sillas y acercaba las sombrillas publicitarias. Colocaba ceniceros, y los paquetes de servilletas, en cada mesa, tras pasar el paño. Listas para esas madres que, ociosas tras la entrega de sus retoños, tras la dura lucha de ponerlos en pie, iban a charlar de la comida que tenían ese mediodía, de cuánto cuesta la sesión de solarium o la depilación láser, ahora, que se acerca el verano. Mezclando el sabor del café, con el olor al perfume más caro que habían podido permitirse.
El revuelo y la algarabía infantil, terminaron bruscamente, al sonido del timbre. Todos se pusieron en fila, y más o menos ordenados, entraron en el patio del colegio que cerró, con un bostezo perezoso, el portal, apropiándose de los niños.

Se hizo la quietud. Algunos rezagados pasaban como si aquello no fuera el cruce de dos calles de la ciudad, como si alguien los hubiera abducido y dejado caer en otras coordenadas espacio-tiempo. Como si estuvieran en el parque practicando maratón de fondo.

Pero hoy no era un día cualquiera, de esos de rutina previsible. De esos que las mujeres del café pudieran calcular el horario por las señales habituales: a las menos cuarto, llega el director del banco, porque a las y media, ya entró el cajero; la chica de la zapatería llega diez minutos antes de su hora, porque le gusta encender el ordenador y abrir su correo antes de que llegue su jefa...

Frenó el camión. Llamó la atención, tanto por su rótulo serigrafiado en los laterales, como por la zona dónde decidió el conductor liberar su carga. Las madres, que rodeaban las mesitas circulares y ya sabían lo que prepararían de comida, los precios de los bonos y el nombre del perfume de las restantes, callaron, observando atentas.

La tienda llevaba mucho tiempo cerrada. Ya nadie se acordaba de lo que había sido. La verja de metal, sólo había permanecido allí para acumular capas de polvo en aquella red que tapizaba, inmóvil, un cristal mugriento, recubierto de hojas de periódico, ya amarillentas, ya ilegibles.

Un hombre joven, con vaqueros y camiseta, se acercó al conductor. Después de unas frases y un repiqueteo de llaves, se dirigió a la verja y, tras darle un empujón, la dirigió hacia el cielo de cemento, haciéndola desaparecer. Luego, entre los dos, abrieron la puerta de cristal, pesada, anquilosada, con sus goznes dormitando desde hacia tiempo ya, en abrazos eternos con las bisagras.

Se dispusieron a abrir las puertas del camión. Las féminas contuvieron la respiración, olvidando alguna de echar la ceniza en el cenicero a su debido tiempo, ocasionando una mancha en sus ropas, que sería usado más tarde para recordar dónde rayos está el quitamanchas. En esta casa no se encuentra nunca nada.

Apilaron paquetes en la acera. Algunos eran formas reconocibles, cajas, estanterías, alguna araña de cristal mal embalada, y los otros, eran bultos informes, grandes como personas, que se aguantaron de pie, como columnas griegas. Todas iban tapadas con lonas, y sobre ellas, cinta adhesiva rodeaba sus cuerpos como ataduras. Solo una de ellas tenía la cara descubierta.

Unos ojos inmensos, abiertos y rodeados de doble fila de pestañas, contemplaron ante sí la porción de calles. Algo trágico había en aquella cara, de mirada perfecta, de nariz perfecta y de labios perfectos. No sólo era el hecho de estar atada con saña, como si el camionero fuera un secuestrador psicópata, sino que hacía sentirse observado al espectador.

Quizás, por eso, sus compañeras, estaban enteramente amortajadas.

Así comenzó el negocio. Tras una escasa semana de obreros, decoradores, pintores y carpinteros, quedó inaugurada la tienda de moda alternativa. Escaparate en tonos obscuros, sobrios, dónde con estética cuidada, rompían el embrujo dos maniquíes con ropas extrañas, luminosas y casi galácticas.

Al principio, fue la novedad. Los niños, antes de entrar en el patio, miraban aquel cristal limpio, con aquellos seres encerrados dentro, como en una pecera enorme, que miraban hieráticos a la calle.






Luego, se acostumbraron.

Comentarios

Elen ha dicho que…
Tiene buena pinta la historia. Estaré atenta a la continuación.
Besitos.
Marisa ha dicho que…
Querida Sosita con tus textos por capítulos nos dejas intrigados.
Continúa que te seguiremos.
Un abrazo fuerte.
Lasosita ha dicho que…
Gracias Elen. Besote de finde!
Lasosita ha dicho que…
Otro abrazo para tí, Marisa.
Fuerte, para que no nos lleve el temporal que hace afuera...

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