lunes, 17 de noviembre de 2008

Magia.

En verdad, la magia existe.
Puede que te asalte en cualquier momento, cuando menos te lo esperes o aguardándola con ansia.
Creerás que es una casualidad. O un efecto. Quizás estés convencido, después de pensarlo un rato, que la necesidad de un café te ha afectado hasta tal punto que ha desvar
iado tu raciocinio y tu sensatez, esa que huye de ti cuando menos quieres perderla.
Y de repente, allí está.
La magia no es necesario que se presente con relámpagos de colores, músicas inéditas, o movimientos voluptuosos. No es necesario el artificio para encontrar una miga de hechizo en el pan de lo cotidiano. Pero es capaz de estremecerte y llenarte el alma.
A partir de ahí, de que ella se presenta, otro punto de inflexión puede dar un giro a tu vida, a tu manera de pensar, al desánimo que te acercó una mañana a una máquina de café, cansada de recibir peticiones, cafeínas azucaradas, de seres sumidos en pensamientos sombríos. Darte un recuerdo que llevarás contigo en el bolsillo de tu uniforme blanco.
Que añadirás a otros, en otras mañanas desastrosas.

Fue una niña la que provocó la magia, el despertar, el giro del signo fatídico de aquél día que te parecía gris y abocado a la negrura.
Fue una pequeña a la que no reconociste y que te saludó. Después de dos segundos de búsqueda, tus ojos permanecieron indagando en tu memoria la carta de la baraja, ésa dónde ella se encontraba. Tu sonrisa, ya lucía plena, sin necesitar ese recordatorio para que tu afabilidad brillase.
Fue su madre, la que rápida, te indicó el camino. Le ha crecido el pelo, te susurra, mientras la pequeña te sigue mirando. Y tu mente encaja la imagen y le acaricias el nuevo cabello con dulzura.
Qué guapa. Sí, ahora recuerdo.
Ella no te ha olvidado, dice la madre, haciéndose cargo de la situación, con voz dulce.

Me hubiese gustado que viesen tu reacción posterior, ellas, madre e hija. Una para hacerte perdonar el descuido, la otra para sentirse cerca de tí, al igual que estás en su cabecita cuando tiene que volver al hospital.
Te emocionaste. Tu expresión fue: a veces no pensamos que somos importantes para los pacientes. Pero no pensabas en “los pacientes”, seres anónimos que llenan las horas de trabajo, números o nombres, caras olvidadas; lo hacías en aquella niña, para la que tan importante eras, sin que jamás lo supieras si no estuvieses aferrado a una máquina de café, desesperanzado y creyendo en el mal karma del día. Deseando que algo pasara… algo como un encantamiento en el vaso de plástico.

Me marché descubriendo la magia que permitió, a mí también, sentir un hálito cálido en el corazón. Preciosa escena.
Y es que la magia existe…