lunes, 20 de octubre de 2008

Vieja sirena


Dejó deslizar su voluminoso cuerpo sobre la espuma, resbalando torpemente hasta llegar al suelo. Éste, mugriento y gastado, lo recibió con una dureza impía.
La vieja sirena sintió en el interior de su cabeza el impacto chapoteante contra el empedrado, consciente de la imagen que proyectaba, una ballena varada en medio de rojizas losas, derrotada, cansada. Exhausta.





Se había sentido oprimida en el interior de aquella bañera de color herrumbroso, oxidada en sus cañerías infectadas de heridas. El agua del suelo era fétida.
El gotear obstinado del grifo componía una melodía extraña.

Su último canto en aquel sucedáneo mar que cubría ahora en charcos irregulares, anegando por momentos la superficie rugosa que en ningún momento le recordaba a la orilla de la playa, a su arena, a su juventud pasada.
Sus cabellos se desparramaron como queriendo huir hacia una puerta que podía salvarlos de secar sus canosidades, pegados a aquella mantecosa anciana que ya no sabía nadar en el pavimento de la ciudad.

A su mente brotó una imagen. Quizás esa que le acompañaría a un más allá que pedía no existiera. No se arrepentía de haber envejecido lejos del viejo pirata, aunque siempre tuviera la certeza de que él era consciente de su decisión, respetándola, aceptando su silencio, en sí mismo, tan revelador.
Hay sueños que mejor que mueran, día a día,
sin que tengan la oportunidad de nacer.





Una lágrima, disfrazada de gota jabonosa, surcó una de las arrugas de su rostro.

No era una forma desdichada de morir, de bruces encima de lápidas corroídas y recordando su voz gruesa y fuerte, de vagabundo de mares lejanos, de mendigo de tesoros ocultos. Peor hubiese sido morir ante sus ojos, derrotada sobre una barra de algún antro con los labios morados y etílicos.

Dos semanas más tarde, la policía derrumbaría a golpes la puerta de aquel cubículo infecto, a petición de los vecinos.





El olor a pescado podrido se extendiera por todo el edificio.


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