lunes, 13 de octubre de 2008

Desesperanza





Desesperanza


En aquella tarde de otoño, la nieve se apoderara del viento.
El canal de radio todavía no había emitido ningún nuevo suceso. Nadie la encendiera desde el día anterior, los vecinos esperaban pacientes, a los que vendrían para saber si llegarían las ondas suficientes para arrancar chasquidos conexos a la caja de madera; el milagro de poner en contacto el exterior con el interior de sus vidas. Amenazaba el temporal, suspirando, con motear de blanco el envés de las hojas caídas, que dormitaban en la tierra, ahíta de agua de lluvia y de charcos con sus miles de fragmentos de nubes.
Las calles estaban a punto de sucumbir bajo la fortaleza del aire frío, semejando que sus edificios se apiñaban unos contra los otros, como para guardar un calor que les huía desde los aleros encumbrados hasta las bajas alcantarillas. Las veletas, replegadas en sí mismas, imitaban muelles de hierro al que un gigante hubiese retorcido queriendo ahorcar el gallo con las flechas indicadoras de las direcciones que podía tomar las brisas que se tornaban en vientos furibundos.
Los habitantes del barrio olvidaran por una vez, el sabor agrio del ambiente de guerra que impregnaba los vacíos de las conversaciones y los silencios densos que seguían a las retransmisiones de los noticieros. La gente se juntaba en el bar, con cartas en la mano, con sonrisas llenas de desconfianza, con la sumisión intranquila de quienes saben que solamente queda esperar un acontecimiento salvador o no en el rumbo de aquella situación.
Estaban agazapados tras el propio recelo, pero lo disimulaban cuando caminaban sobre otras huellas ya impresas en otros días hacia el local, dejándolo ya definitivamente enterrado con la primera copa. Esa que calentaba sus corazones y enfriaba sus pensamientos más terribles sobre un destino que se coloreaba a sí mismo de tétrica negrura.

Que el bar se llamase “Desesperanza” no habría sido
más indicativo de lo que dormía y despertaba en su interior. Allí tenían la oportunidad de escuchar las noticias, hecho vital para el funcionamiento de sus disertaciones individuales y, en ocasiones, colectivas. La radio tenía un lugar privilegiado en aquel refugio. Era una caja de madera que el antiguo relojero había preparado, ese del que se decía que se dedicara durante mucho tiempo al estraperlo. Antes de volver a la barriada con lo puesto y un brillo de haber conocido cosas mejores. Pecados que ahora parecían no tener importancia junto a la transportadora de nuevas músicas. Había nacido una nueva clase de ritmo, aunque nadie de los presentes lo escuchaba, prestando atención ni lo definiría como tal si llegase a hacerlo.
Los jóvenes estaban lejos, marcharan con la palabra
“ Patria” llenando los bolsillos de los uniformes que les había dado el gobierno. A lo primeros reclutas, chiquillos con sueños que virarían en pesadillas, el resto de sus noches, les ofrecieran dinero, honor y fama, con la distinción que les prometía un futuro lleno de loas a la profesión que estaban a punto de comenzar: matar a semejantes tan confundidos como ellos mismos.

Pero ahora era la emisión la protagonista. Asi alrededor de sus altavoces, ventanas ojivales, que recordaban cúpulas góticas se enramaban las tardes de aquel arbóreo otoño con aguanieve que amenazaba saturarlo todo con su trágico helado de melancolía.

El dueño, después de echar un vistazo al reloj, se acercó hacia el mueble que sostenía la radio. Era la hora de las noticias, y sintió en la nuca los ojos de los que dejaran las partidas en suspenso, las barajas en la mano, las apuestas derrotadas encima del tapete de las mesas. Con el momento de las crónicas todos se paralizaban, los vasos adquirían distancias dejando el sentido del gusto libre y el afán de ahogo a favor de los oídos y de la escucha atenta, dando a las conversaciones tregua y a los cigarros pausa.
Pero esta tarde, el otoño, con su manto de hojas muertas y su vaivén de ropajes escarchados, amenazaba con algo más inmediato que el recibimiento de una notificación de alguna derrota de los aliados. Amenazaba con la carestía que hacía tiempo asomaba su nariz por el cristal de la ventana de cada salón. Hoy se le presumía llegada y cada cual trataba de rogar a su dios para que eso, aunque sucediera, le dejara bien parado de su visita. Que no se quedara demasiado tiempo.
Los transportes eran unas rememoranzas utópicas en las que nadie tenía fe. Si, decían que en la región más meridional y mejor comunicada con el país vecino, contara con buena cosecha, pero en esta parte que nos ocupa, el pedrisco y la falta de mano de obra había desplazado la posibilidad de contar con el avituallamiento suficiente. Ni aún poniendo todo el dinero que el gobierno les prometiera para estos casos, lograrían que algún camión emprendiera el viaje hacia esa ciudad, tan sitiada y aislada frente a las inclemencias del tiempo, como sólo pueden estarlo las murallas de un castillo abandonado. Algunos hombres veían en este asunto, la mano traicionera del dirigente encargado de estas lides, mas cuando no se puede arreglar un asunto, las pataletas políticas debían ser relegadas por una contemplación callada y táctica a la espera de mejores ocasiones.


Las raquíticas despensas habían adelgazado, quedando algunos restos misteriosos en botes de cristal de antiguas frutas convertidas en mermeladas por las mujeres, algún resto de proteínas en salazón, pero jamás quedaba café, harina o azúcar. Ni siquiera achicoria para engañar las papilas gustativas y la imaginación, ni miel para suavizar las horrorosas llagas que se producían en la boca de los niños por la falta de fruta fresca.
Una de las vecinas, sabedora de que el cerebro y la vista son los mejores aliados del engaño, hiciera llenar los estantes de su despensa con cajas vacías, amontonadas como si esperasen a alguien que las ordenara, con restos alimenticios visibles desde la puerta. Papeles viejos llenaban las cajas y los capazos, algunos incluso rotulados con bonitas letras: huevos, galletas, miel. Con ristras de paja colgadas de la pared, acaso con una o dos cebollas, más una decoración de teatro que un almacén para subsistir.
A su marido no le había engañado ni por un momento, pero su anciano padre miraba a su hija con orgullosa resolución y a ella le bastaba su tranquilidad. Las necesidades de la vejez son escasas y disimuladas. Su hijo pequeño jamás llegaría a descubrir los papeles que inflaban las barrigas de aquellos bultos. Le diría siempre que algo más tarde sería la hora de comer y saborear aquellos alimentos, distrayéndolo con juegos y sabiduría propia de quien conoce que el fin justifica los medios. Ninguno de ellos, abuelo y nieto, sabían leer, y si se contaba con el milagro de algún alimento, hacía el rol de maga, en un espectáculo magistral, sacándolo en el momento adecuado ante los ojos asombrados y ávidos del chiquillo y de su viejo progenitor.
En el local, la desesperanza, al igual que su nombre, era el tablón de salvamento ante una ventisca glacial que anegaría todas las viviendas y todas las almas.
La radio comenzó a hablar, convirtiéndose en la resonancia más fuerte. Pues sí, la derrota de los aliados no dejó de imprimir unas arrugas más en cada rostro. Nadie dijo en voz alta que lo sabía. Aquella guerra terminaría algún día y estarían allí para recoger los despojos, a no ser que el hambre les terminara royendo los huesos hasta el tuétano.
La viuda del alfarero rompió a llorar en silencio, mientras se oía la previsión del tiempo para las próximas horas. La nevada y la tormenta de frío que anunciaban, asegurarían el total devastecimiento de provisiones, por lo que se rogaba a la población que tuviese paciencia y cortedad en sus apetitos.
Un veterano resopló con furia y desaliento.
El dueño del bar silenció la radio. Los demás comenzaron de nuevo a beber, si acaso con más ahínco, y asieron sus cartas como agarrándose a una esperanza que estaba fuera de aquellas paredes.


Desprovista de abrigo, a la intemperie.

1 comentario:

merce dijo...

Sosita,tierno y entrañable. Un beso