jueves, 11 de septiembre de 2008

Trenzando historias.




Muni- Agua naciera al igual que se derrama una cascada desde el manantial. Su pelo era como la lluvia, una cabellera lisa y perfecta, un mar tranquilo, llegando hacia el nacimiento de unos muslos perfectos en firmeza y color, asomando con su movimiento bajo la túnica. Sus ojos reflejaban la negrura, despuntando un halo de luz en sus pupilas que recordaba a la estela de la luna cuando camina en la noche.

La india se ocupaba de los cinturones mágicos. Sus dedos hábiles en sus movimientos, trenzaban cuentas que surcaban mares de historias.
Ella se encargaba de realizar los abalorios con los que confeccionaba sartas que llevaban los mensajeros para identificarse.
Diferentes
longitudes y distintas ordenaciones, dibujando mosaicos claros y obscuros eran recordatorios también de cuentos y narraciones. Se llamaban " Wampum", libros vivientes destinados a sentir yemas de dedos acariciándolas. Descifrando el pasado para construir el futuro.
Había aprendido este saber de su madre, quién, ya mayor y sin vista que le guiase, dependía de su hija para lograr llevar los días como una carga no demasiado pesada o aniquilante. Su propio cuerpo y los rosados amaneceres eran la tortura para el dolor. La muerte de su hijo la sumiera en el recodo de un mar inmenso que la anegaba con sus aguas, ahogándola, sin dejarla respirar ni desear hacerlo.

Muni- Agua hacía tiempo que huía de la pasión que se desató en Pájaro Encarnado. Cuando por primera vez vio el deseo en los ojos del hombre, su mayor afán había consistido en mantenerse en la lejanía de sus manos y ojos. El aprendiera, aunque nunca consintiera, a verla en la línea del horizonte de sus querencias pero jamás había soportado los quiebros de su fina cintura para sortear el musculoso cuerpo que luchaba por atraparla en cualquier ocasión propicia.

Pasaba ante la joven con cualquier excusa, mientras ella recogía el material necesario para su labor, ya fuera en la playa, para seleccionar las conchas más coloridas, como las piedras que eran rodadas desde alguna montaña o en el fondo del río. Ante el paso de su cabalgadura o la mirada fija del hombre, ella bajaba la cabeza sobre sus archivos mágicos y rogaba que tardase poco la tortura que le daba la presencia impuesta por aquél ser testarudo. Mala cosa que daba como resultado la clara visión de la catarata negruzca que acababa en sus puntas rozando sus piernas flexionadas, sus hombros redondeados y cubriendo sus pechos, apenas visibles bajo el cuero de su túnica.
Ella deseaba desaparecer de su vista, convertirse en invisible, en otra cosa que no sea ella, en acallar sus latidos o enlentecerlos.

No hay comentarios: