Noche en amarillos.


Recordó como la había encontrado la primera vez, tratando de sosegar mil y un pensamientos que le venían a la cabeza todos juntos, chillando y gritando sensaciones que le aturdían girando en un espacio tan reducido como aquel interior del coche que estrenara el mes anterior.
El humo iba dibujando difusos mensajes en el cristal, obligando a parpadear a su ocupante. Los ojos se le humedecieron para servir de excusa a un congoja que levitaba sobre el aire.

Había sido en una noche.


El estaba desperezándose tras el cableado imposible por su enredo, del ordenador. En su rostro, una luminosidad que contrastaba con la cetrina faz que ahora se envuelve en humo. Una avería sin importancia que le llevara cuatro horas de su tarde libre.
Dió el rodeo a la mesa, encarándose ante una pantalla que se iluminaba como si reconociera el rostro de un amigo apreciado que llevara mucho tiempo sin ver. Se felicitó a sí mismo y recogió el estuche de sus gafas junto con el periódico durmiente por la espera desde primera hora de la mañana. No había tenido tiempo ni para un café y muchísimo menos para echar un vistazo a la lotería del día anterior, al horóscopo de hoy, las páginas de una economía de mañana y las noticias de siempre.

Algún día tendré tanto tiempo que lograré aburrirme de pensar en como llenarlo, se dijo. Era consciente del autoengaño. Le encantaba su trabajo pese a los inconvenientes. La falta de tiempo era uno de ellos, pero lo compensaba como lo hace la juventud, sacando horas de la noche para crear días de más a la semana. Eso y los amigos eran el escape que le permitían aquella sonrisa franca que lucía unos blancos dientes entre su rostro moreno.

Diría que todo le venía de cara, que el futuro sólo podía mejorar sus espectativas. Era joven y tenía éxito con la empresa que había creado en colaboración de su socio. Les bastaba. El trabajo lo pondrían ellos.
Suspiró mientras salía de la oficina hacia la calle. Un aspersor de agua frío le envolvió, colgando lágrimas diminutas a su cara y puntos de luz a sus cabellos oscuros.

Las farolas comenzaban su horario laboral, iluminándose poco a poco a lo largo de la avenida repleta de tráfico. Una tarea pictórica en amarillos no reparado por los paseantes, más atentos a los escaparates, a luces de neón de las boutiques, de las cafeterías.

Comentarios

Paladín Sombrío ha dicho que…
Qué imágenes tan hermosas. De todos modos... mmm... con este tengo la impresión de que se me escapa algo! Tendré que releerlo fuera del horario laboral.

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