sábado, 19 de julio de 2008

Caballito de mar alado.



"El caballito de mar está llamado a la extinción. Un animal tan delicado no puede sobrevivir expuesto a la
contaminación creciente de los mares.
Es su defecto: Ser demasiado sensible."


Durmiendo encima de la colcha. En una de las camas de la casa, aunque no sea su almohada, su edredón, sus sábanas. Ni siquiera le había dado tiempo a desnudarse. Ni se le había ocurrido hacerlo.



Había soñado con los caballitos de mar. Miles, millones de ellos. Todos con alas de pàjaro, volando en medio del mar. Se le colaban en su psique, flotando en el lìquido cerebral cuando bajaba de la cobarde consciencia hacia la inconsciencia valiente.




Todavía en posición fetal, se abrazaba a sus piernas buscando un calor, aunque fuese tan precario como escasa la temperatura de su cuerpo en ese momento. Buscaba un consuelo que no hallaba.
El rimel pegaba sus párpados como un fuerte adhesivo. Lágrimas negras le colorearan unas ojeras a carboncillo; ojeras que antes no estaban. Un enmarañado cabello tapizaba parte de su cara. Había llorado durante horas, rompiendo su pecho en cada sollozo, desgarrando todo pensamiento que su mente desordenara sin lograr hacerse oír al resto del cuerpo.



Volvía del día más obscuro de su vida. Un día que se colgaba de su retina como una imagen de agua, de acentos agudos, de sonidos estridentes. Que difícil había sido sobrevivir a aquel suceso. Incluso le parecía irreal, nublado como un sueño, entre brumas y jirones de pesadillas reales. Con el temor de recordar si despertaba. Pero estaba despierta, en plena vigilia, totalmente lúcida y se odiaba por ello.




Le habían obligado a tomar un potente tranquilizante. Ella lo vomitó a escondidas. Quería ser consciente, lo más posible que le permitiera el dolor. Consciente para ser útil. Como le enseñó. Práctica y útil. Fuerte. Se lo debía.
Siempre imaginara la escena de forma distinta. No así. No era como tenía que haber sucedido. Era ella, la que se veía respirando dificultosa y trabajosamente, con ese sonido gutural que impresiona a quien lo escucha por la agonía compartida que provoca. Debería haber sido ella la que, por sus pecados, inmóvil entre las sábanas blanqueadas una y otra vez, recosidas con conversaciones entre afectos y odios, estuviese a punto de decir adiós.



Pero no era ella, sino su madre la que ponía ese cuerpecito que apenas abultaba en el lecho, de protagonista relevante. Su madre, que luchaba por seguir respirando un aire más, un segundo más, un instante de vida, robando un pedazo de presente al viciado ambiente que olía a ella.




Se sentó encima de las sábanas, su estómago desapareció,o quizás se hizo inmenso en su dolor, en sus nudos, en sus paredes pegadas corroyendo los ácidos de una pared con la otra. Desechó las balderas inútiles, acariciando con las manos abiertas, palmas llenas de cariño, de cosas nunca dichas, de recuerdos de infancia borrosa, de conversaciones medianas y susurros enteros a medianoche. Ordenó sus cabellos, al igual que ella lo hubiera hecho de ser pintada la escena de la forma que debería haber sido,con óleos lógicos, tocándole suave y lento el rostro, los ojos cerrados, su nariz recta, sus labios gruesos.



Algo le dijo que faltaba muy poco ya. Quizás la nueva visitante que esperaba a su lado, que ella veía clara y los demás trataban de no mirar.
Lágrimas cayeron sin continuidad de golpeteo, silenciosas, desparramándose con palabras que nacieron en el suelo y en el cielo de su boca, quedando en el aire suspendidas, llenando el espacio ajeno a sus interiores.



Mandó callar con un gesto a la gente que ocupaba con sus cuerpos la habitación, mas que con sus mentes volaban muy lejos de allí. La mayoría de personas que habían entrado en el cuarto, salieron incómodas ante el escenario tan lleno de vida y tan abocado a la muerte.
Colocó sus manos en forma de mariposa sobre su pecho, cubriéndolo, cada vez más inmóvil, cada vez más lento. Música agónica. Menos fuerte, menos vivo. Sentía el corazón latiendo de forma tímida, pidiéndole perdón por comenzar a frenarse. Hasta que lo hizo.
Su madre exhaló con un sonido sordo, indefinible, con un girar de ojos, negros, negrísimos, y ella lo sintió, entre los dedos, ese algo que dicen perdemos cuando los hilos cortados de la vida se aflojan.

Lo vió escurrirse inevitable, hacia no se sabe dónde, hacia el camino de no se sabe jamás qué.
Su pecho quedó tal caja vacía, inhóspita al igual que aquél que le había dado la suavidad de sus abrazos.
Tras los años, recordaría aquel momento con ternura y punzadas agudas, habiendo acompañado en el camino más angosto y tenebroso a el ser que le dio su vida para que luego le ayudara a perder la suya.
Y la imagen de que unas alas inmensas, hermosísimas iniciaran su vuelo hacia el infinito, no le consoló de su rabia.
No recordaba haber llegado a su casa. Despertó encima de un dibujo hecho con su cuerpo, en posición embrionaria, vestida, los zapatos puestos, frío en los huesos. Pelo enmarañado, mejillas negras.



Tenía tras la retina la imagen de un caballito de mar, orgulloso y pequeño, con escamas recubriendo su cuerpecillo, mas con dos alas níveas que no hacían más de desconcertarla.
Había soñado con los caballos de mar. Miles, millones de ellos. Todos con alas de pàjaro, volando en medio del océano. El conjunto era hermoso, al no ser por el boqueo incesante de su pequeña boca. Un intento por respirar con unos pulmones que no posee. Que la naturaleza no le ha dado.



Volvió a llorar, no quería haber despertado jamás...

1 comentario:

cristinha dijo...

son fermosísimos os cabaliños estes...