viernes, 20 de junio de 2008

Soy un papelito...cualquiera


Mi padre me ha metido en una papelera. Dentro.
Como si fuera una acción planeada.

Soy un papelito...cualquiera.

Mi padre me ha metido en la papelera.
Lo hizo sin timidez. Estábamos paseando, como cualquier sábado de mi infancia que he tenido que olvidar. Me aupó y ¡hala, diversión a costa de la niña!.


Cree que es gracioso. No lo es. Busca la mirada de mi madre para contagiarle la sonrisa.

Yo estoy furiosa. Querría bajarme en este instante, aun a riesgo de romperme la crisma, pero soy demasiado miedosa y además, no comprendo el porqué lo ha hecho.


Sería más fácil que él escuchara mis protestas y me librase de aquella papelera del parque, color amarillo, que seguro que aguardaba otra clase de desecho.
Sólo soy un papelito cualquiera para él. Prescindible. Desechable.


Protesto y no me escucha. Se coloca a distancia, frente a mí y sonríe.

" Tienes la misma sonrisa cínica de tu padre" me diría alguna tía en un futuro no muy lejano. ¡Vaya por dios!

Y con esa sonrisa, hace un gesto y ¡horror!, aparece la cámara de fotos.
De aquellas grandes que parecen el ojo de un moustro que te vigila, a la vez que te amenazaba con retratarte para la posteridad en aquella humillante situación.

¡Y yo que estaba tan contenta de verme de domingo,
con el vestido, cosido por mamá, de un retal de una de las camisas gastadas de mi padrino!
Lloro y siento las mejillas ardientes. Protesto y sigo protestando,
pero el mundo está sordo.

Mirando ahora esa foto, me sigo sintiendo igual de arrugada que el resto de los papeles que me rodean.
Rodeada de una campana de vacío. Compruebo que fue el primer detonante en mi cabeza para disparar una clara alarma : aquel hombre no escucharía el parecer de su hija jamás, ante la leve, pero pasiva sonrisa de su madre.

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